Cartas desde el encierro
(4.ª entrega)

Con este intercambio se cierra el ciclo de cartas que nos han mostrado el rostro más sensible, cercano y tenaz de la cuarentena que afecta al mundo entero. Así Tarazona y Zárate han demostrado el potencial humanista y empático del género epistolar en tiempos de crisis.

Ciudad de México rumbo a la fase 3, 13 de abril de 2020

Querida Karla,

Ya desde que escribí tu nombre en la línea de arriba sentí tristeza, me desesperancé. Esta es la última de las entregas que nos trajeron hasta aquí.

Hoy me caí por las escaleras en la mañana. Después de hacer la clase de yoga que me ha salvado en estos días, me resbalé con la pierna izquierda, mi mala pierna, y caí de sentón. Iba en chanclas. Bajé tres escalones con el suceso. Aventé el celular que traía en la mano. Me di en la madre. Ahora sufro el clásico dolor por el sentón.

Hoy, como ayer, he tenido episodios de angustia plena y gorda; me he preguntado cómo voy a hacer para no perder el juicio. Ya ves que dicen que estaremos en esto un mes más.

A la hora de la comida, salí a dejarle las compras del súper a mi papá. También le llevé una ensalada de pasta y un poco de gazpacho, ambos de mi autoría. Hace apenas una hora (son casi las once de la noche), me llamó sólo para decirme que la ensalada era la más rica que había comido en su vida y que puedo poner un restaurante sin ningún problema. Mi papá lleva más de tres semanas resguardándose del virus en su casa. Me acongoja mucho su encierro, quizá porque yo misma no acepto lo que ocurre.

Dicen que viene lo peor, Karla. Y no tengo ni la menor idea de qué sea eso. Imagino un porvenir imposible. ¿No te pasa? ¿Puedes pensar, digamos, en qué será del mundo para Navidad? Alguien apretó el botón universal de Reset.

Me estoy tomando una copa de vino para escribirte, para despedir este intercambio que ha sido tan emocionante. Quiero agradecer tus palabras. No se me va a olvidar que estuvimos metidas en estos menesteres en los tiempos del pavor.

Hace rato fui a comprar pan. Debe verse en mi cara la incredulidad porque sentí que me miraban mal en la panadería. Tal vez fue por mi falta de tapabocas (escribo esto y tampoco me lo creo, no creo lo que significa, se me parte en dos el cerebro, se me derrumba el juicio)… Sé, sin embargo, que en muchos lugares del país las cosas siguen como si nada. Es un poco natural ¿no te parece? ¿A cuenta de qué tendríamos que comprender con facilidad que esto ocurre y que hay que asumirlo? Entiendo que existen antecedentes mundiales, pero también tiene lugar la resistencia, esa maravillosa pretensión que nos caracteriza en el sabroso “a mí no me va a ocurrir”. Pues eso: cantidades de poblaciones, ciudades y demás en las que la gente atraviesa el umbral de los riesgos. Millones de personas que necesitan salir a la calle y continuar con sus actividades diarias para sobrevivir; claro que esto es más importante que la posibilidad de que te ataque un virus.

Te confieso lo siguiente, Karla querida: yo ya sentía horror por las pantallas, luego, el horror se trasladó hacia las personas y empecé a preocuparme de gravedad por los procedimientos afectivos y de odio a través de ellas. Por medio de un dispositivo electrónico los sentimientos se convierten en líneas de muerte, de veras lo creo (no pienses que ya me tomé la botella de vino y que no razono), te lo digo con franqueza y en sobriedad: las pantallas han venido a terminar con nosotros. El amor es una superficie plana y oscura que vibra cuando hay tiempo para escribir un mensaje. La repulsión se encarna en el corazón de las interfaces. Sino, pregúntale a Zuckerberg por qué inventó Facebook: fue para vengarse.

Y ahora, en este pandemónium, no nos queda mas que ver a los otros reproducidos en cuadritos desquiciantes y pensar que están bien porque los vemos hablar ¡a través de una pantalla! Nada está bien. Yo tampoco.

Perdóname si he sido insoportable en esta carta de despedida.

Gracias, de corazón,

Daniela

Ilustración de Marco Colín

§

¿Importa el día? Abril, otro mes de la pandemia, 2020

Daniela,

Esta semana me pasó algo que les ocurre a los escritores, o por lo menos a mí, bastante seguido. Desapareció, se borró, se esfumó mi réplica a tu correspondencia anterior. Busqué el archivo en los rincones más encriptados de la computadora, en su memoria y la mía, sin éxito. Otra misteriosa carta robada, Monsieur Dupin.¿A dónde se fueron mis palabras, palabras, palabras? Freud me contestaría que fue un acto fallido, algo había ahí que tenía deseos de revelar o de no revelar. El inconsciente me venció una vez más, y aquí me tienes tecleando de nuevo. Al releer sobre tu resbalón pensé que al caer por las escaleras, justo lo que salió volando fue tu celular, como si tu intención hubiera sido lanzar y deshacerte de ese aparato y de la pantalla que tanto te choca y aturde. El dolor, además de instalarse en la espalda baja o en el coxis, puede sentirse en la nostalgia, en extrañar algo o alguien, en la angustia ante un futuro incierto, en el hecho de caer y dar por sentado o “por sentón” nuestra condición de desamparo. A mí, por ejemplo, un severo superyó me ha estado castigando con fuertes dolores de cabeza. ¿Alguien podrá recetarnos ibuprofeno para desinflamar las emociones?

Hay una persona a la que casi no veo pero con quien platico a deshoras, cuando no hay luna pero tampoco sol, porque no nos queda de otra. En las conversaciones nos preguntamos por qué el día es día, la noche noche, el tiempo tiempo. Intentamos resolver el mundo, hablamos de todo y de nada, nos contamos historias o chistes, discutimos sobre literatura. Hace apenas tres madrugadas me recomendó Yzur, un cuento de Leopoldo Lugones que yo no conocía y leí apenas colgué el teléfono. El protagonista y su obsesión por enseñarle a hablar a un mono fueron los culpables del insomnio. ¿Qué sería de nosotros sin el lenguaje estructurado? ¿Nos volveríamos menos humanos y más salvajes? Después de la verborrea me encontraba en un mutismo animal, como mi perra Virginia que dormía a mi lado. La comunicación entre los seres humanos está cambiando, estoy de acuerdo contigo, y más ahora. Yo ya me cansé del WhatsApp, de los emojis que no se acercan nada a mis verdaderas intenciones ni sentimientos. No me gusta tomar clases por Zoom, tener reuniones por Skype ni comentar libros por GotoMeeting. Lo único que quiero es hablar frente a frente, aunque sea balbucear como el chimpancé Yzur.

Durante este mes y pico me han pasado cosas tanto buenas como malas. Me he tomado setenta y ocho cafés. Comido doce paquetes de gomitas con chile. Soy más empática pero estoy más vulnerable. Menos libros que tapabocas. Dos menstruaciones. Dieciséis películas y una serie. No debería contar las muertes ni los contagios, sí las recuperaciones. Tres olvidos importantes y dos reparaciones técnicas en casa. Camino por las mañanas varios kilómetros por las calles donde vivo. Diario riego el jardín y recojo las popós de Virginia. Cuatro cartas desde el encierro. Como tú, voy cada semana al súper para comprarle comida a mi mamá; la poca gente con la que me topo también se me queda viendo raro y probablemente yo a ellos. ¿Será que nos estamos desconociendo, pareciendo más extraños? ¿Somos o no somos zombies? ¿Se nos nota el ayuno carnal? A veces todo me parece un sueño que habré de contar a mi psicoanalista cuando regrese al diván.

Ayer, bajo un cielo anaranjado con una franja de nubes como borregos, estaba regando el jardín y veía el atardecer (he observado casi más de veinte y fotografiado nueve). Deseé con ganas tener una epifanía a la Joyce que me revele la esencia no de mí como individuo sino de todos como comunidad, que me asegure que pronto esto pasará y que estaremos quizás no como antes pero sí mejor que antes. Yo quiero recordar, no quiero olvidar. Este ejercicio epistolar nos va a servir para ello; estamos dejando registro de las cosas que pasan acá adentro, allá afuera, somos testimonio de lo que pensamos y sentimos no sólo con relación al virus sino con nosotras mismas.

Daniela, me costó mucho trabajo escribir esta despedida. Extraviar la respuesta pudo haber sido también una resistencia porque no quería decir adiós, un intento de evitar poner punto final-final a esta misiva, la cuarta y última. Me acostumbré rápido a dialogar contigo, y lo disfruté; me niego a terminar con esto. ¿Y si continuamos escribiéndonos durante lo que queda del encierro y después de éste? Eso sería atravesar otro tipo de umbrales. Pensémoslo. Mientras, te propongo que, cuando se pueda, planeemos un encuentro. Tú preparas la ensalada, yo me encargo de llevar un par de botellas de vino tinto mexicano, que es mi favorito. Si se nos derrumba el razonamiento no importa, ya lo recuperaremos.

Estaremos más o menos bien. Te lo prometo.

karla zárate

 

 

Daniela Tarazona
Escritora. Es autora de: El animal sobre la piedra, entre otros títulos.

Karla Zárate
Escritora. Su novela más reciente es: Llegada la hora.

Marco Colín
Dibujante, fotógrafo y publicista. Es director general creativo de la agencia AVIÓN.


• Leer aquí la 1.ª entrega, aquí la 2.ª y aquí la 3.ª.


2 comentarios en “Cartas desde el encierro
(4.ª entrega)

  1. Soy , viuda , mamá y abuela , me dedico a las artes mi salvación en este encierro Dejando en mi una de las enseñanzas más grandes de mi larga vida, como la tristeza más grande , no poder abrazar y besar a mi familia y amigos , convivir y disfrutar con ellos situaciones que se nos habían olvidado que eran disfrutables . Las platicas de ustedes dos son enriquecedoras , fuertes , sutiles y sinceras nos abren las puertas a una realidad existente y sabia. Sus vivencias geniales llenas de profundidad sabiendo plasmarlas para que nosotros los lectores nos enorgullezcamos de quien sabe plasmar sus ideas llevarlas al corazón y trasmitirlas por medio de la escritura .No lo dejen de hacer y compartirlas con quienes las admiramos mucho. Por favor sigan haciéndolo. Reciban toda mi admiración.

  2. Gracias por estas cartas, es como entrar a la intimidad de Uds. Escritoras, ojalá puedan seguir, con epidemia y sin ella, siempre habra temas que nos pueden compartir

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