En esta ocasión la correspondencia de la cuarentena se ocupa de otra escritura íntima: los diarios y sus formas de evocar el pasado. El diálogo también roza el tema de la videncia y los astros, el amor a distancia impuesto por el virus, los cambios en las relaciones interpersonales, y más.
Ciudad de México, 8 de abril de 2020 (seis y cuarto de la mañana)
¡Karla!
Ahora tuve que levantarme de la cama. No por el trauma del confinamiento, sino por un mosquito que estuvo despertándome hasta que consiguió que me pusiera de pie. Empezó a llover y los mosquitos llegaron ya. Me alegra mucho saber que no tienes el famosísimo COVID-19. Nada nos excluirá de él, sin embargo; llegó para ponerlo todo de cabeza. Qué extraño padecer la enfermedad ¿no? Parecido a hermanarse con la humanidad de la peor forma.
Hace días actualicé los programas en mi computadora. Tuve que instalar uno nuevo para escribir y me siento con cuaderno de estreno. ¿Escribes diarios? Yo lo hacía, pero lo dejé, como tantas cosas en el camino. Mi primer diario fue una libreta rosada con osos diminutos en colores pastel y un candado. Me la regaló mi padre a los once o doce años, tal vez como manera de alentar mi vida interior y sus correspondientes secretos. Luego, tuve decenas de cuadernos sin candado en los que escribía lo desajustada que me sentía en el mundo. Nunca los he releído. Cuando lo haga, es posible que me escinda y me desconozca. ¿No te parece alucinante el modo en que cambiamos a lo largo del tiempo? A mí me cuesta concebir que soy la que fui a los dieciséis, a los veinticinco o a los treinta años.
Me preguntas por los astros que nos rigen. No sé mucho de eso, pero me gusta. Al día siguiente de terminar la carta anterior, tuve una sesión con una astróloga por vía remota. Desde los confines de la red, me leyó mi carta astral. Describió aspectos de mi carácter que yo conocía eso es lo que fascina. Por la cuadratura de los planetas, por las oposiciones y, sobre todo, a través de la fuerza simbólica, es posible contar con pormenores que nos definen el ánimo. Por ejemplo: yo soy Cáncer, como te decía, pero tengo a la Luna en el signo de Capricornio, es decir, existe una tensión entre mi voluntad y mi deseo porque son signos opuestos. Cáncer riega las plantas y las quiere ver crecer; Capricornio hace listas sobre las plantas que debería cuidar, creo que uno es más amoroso y el otro es más bien autoritario. Cuando estemos tú y yo frente a frente (por fin), te daré los datos de la astróloga para que puedas pedirle una carta tú, si quieres.
Hablas del amor en tiempos de encierro. Sí: está siendo un sufrimiento. Las relaciones entre las personas son determinadas por el virus. Ojalá los amantes estén escribiéndose cartas o imaginándose los cuerpos en la oscuridad del resguardo planetario. Pero, también, si desean ver al otro, espero que se permitan ejercer la desobediencia y encontrarse a escondidas del mundo, como debe ser. El amor ahora se presenta como un acto de rebeldía. Habría que combatir: empecinarnos en cambiar el rumbo de la existencia, proceder a darle de patadas a nuestra soberbia para comenzar otra historia en la que no seamos la especie más gandalla sobre el planeta. Habría que aproximarse al otro con sigilo y devoción para darle su justo lugar. Los amores ahora operan por deglución y desecho. Nos hemos vuelto productos en serie de nosotros mismos. Si a eso le sumamos el peligro latente de contagio en el cuerpo del otro como uno, nos desechamos de nueva cuenta.
¿Has visto la película Contagio? El otro día vi una parte y pensé que estamos siendo testigos de un guion de Hollywood. Luego, ayer, supe de la existencia de una novela, publicada en 1981, en la que se habla de un virus creado en la ciudad de Wuhan. Lo bueno de la ficción es que siempre está antes y después que la realidad. Lo que se supone existe y existirá.
Un abrazo profético,
Daniela

Ilustración de Marco Colín
§
0:33, horario nuevo, mediados de abril 2020
Daniela,
Me hiciste recordar un cuento que escribí hace poco. A un tipo le pica un mosco en el muslo y su compañera, para quitarle la comezón, presiona la roncha con la uña del dedo índice de forma vertical, luego horizontal, con fuerza. Después de lamer la lesión y probar un poco de la sangre de su amado, ella concluye afirmando que marcarle una cruz a alguien sobre un piquete de mosquito es un verdadero acto de amor. Te platico que en esta primavera en especial los insectos se han estado metiendo a mi cuarto por lo que duermo con un Baygón Casa y Jardín sobre el buró.
Además del 1975, compartimos varias cosas en común. Más o menos a la misma edad que tú escribí mi primer diario de viaje durante un verano, en un campamento. Intentaba anotar sobre las hojas (también rosas) historias divertidas de lo que allá me había ocurrido y no simples anécdotas de paseos por las montañas y los lagos o fogatas nocturnas con malvaviscos rostizados. Lo retomé a los catorce, día tras día, sin falta, casi de forma obsesiva durante los siguientes quince años. No sé si lo hacía para dejar constancia de mí o para recordar en el futuro lo que había hecho en el pasado. Me hubiera gustado ser un Kafka con dolores de cabeza o una abatida Pizarnik plasmando sus atormentadas vivencias en los diarios de vida. Yo, en cambio, era una adolescente impulsiva, un remolino andante, un océano desbordado. Volcaba en los diarios mis secretos, que eran muchos. Ninguno tuvo candado pero los escondía bien; temía que alguien los descubriera y se informara sobre mis reprimidos instintos de asesinar a la abuela que me regañaba sin motivo o de mi afición por coleccionar huesos de animales muertos. Pasó el tiempo y seguí con los cuadernos. Uno se casa o lleva un diario; sucedió lo primero y lo dejé. Tuve que guardar en la cabeza todas esas fantasías que no me convenía detallar. Luego me divorcié y no he podido retomar el hábito. ¿Tú por qué dejaste de escribir diarios? A veces los reviso y, te confieso, parece que sigo siendo la misma sólo que más vieja por fuera. Si relees los tuyos un día, no tengas miedo a descubrirte, cambiamos menos de lo que creemos.
Al narrarme sobre tu astróloga, pienso en los videntes o tarotistas que predicen el destino. Aunque soy bastante escéptica, nunca quiero que me lean el futuro. ¿Y si en un naipe se aparece la pelona? ¿Y si el lunar de la palma de mi mano derecha indica que pronto iré al extranjero dejando para siempre a los que amo? O no vaya a ser que me ocurra lo mismo que a Macabea en La hora de la estrella, que tú bien conoces, y me den la predicción que le corresponde a otra. Daniela, más allá de las características de los planetas, te estoy conociendo a través de estas cartas semanales, no inmediatas, como de otro siglo. Observo no tu caligrafía sino tu lenguaje, imagino por qué eliges ciertas palabras y no otras, voy descubriendo un tono, un ritmo particular, empiezo a conocer las ideas que te mueven. Hablas de ambivalencias y oposiciones, del deseo contra la voluntad. Bienvenida al mundo de los escindidos, querida, que no es tan malo, por cierto.
Encuentro esta época llena de contradicciones. Es la lucha de la ciencia versus el poder de la enfermedad. El debate entre el pesimismo y entusiasmo. Los contagiados fallecen, los sanos a veces nos damos por vencidos, los médicos y enfermeros se sacrifican por los demás. Unos quedándonos en casa, otros queriendo salir, veo en la gente miedo y enojo, a la vez percibo fe y confianza. La literatura se adelanta, nos da diferentes ángulos y perspectivas que hoy podemos retomar. Dante habla de sombras y de luz, de claroscuros y colores pero al final, en el Purgatorio, se asoma la esperanza. Con la caja de Pandora ocurre igual. Después de que se fugan todos los males, muy en el fondo del recipiente, queda la esperanza disfrazada de mariposa con alas multicolor.
No he visto Contagio, sin embargo opino igual que tú: estamos viviendo una tragedia tan grave como algunas guerras o pandemias del pasado. La muerte no puede arrasar con todo, ¿no crees? Yo no tengo tantas respuestas pero sí muchas preguntas. ¿Qué iremos a escribir después de este desastre? ¿Va a haber un cambio sustancial en nosotros?
Es irónico que lo esencial esté prohibido ahora, es decir, las relaciones interpersonales, el contacto físico, el afecto sin los que —pregúntale a los changos de laboratorio— uno puede enloquecer o morir. Di no a los encuentros clandestinos, lo repito a cada rato para convencerme. Tú ya me lo advertiste: el amor, que hoy significa contagio, siempre ha sido y seguirá siendo rebelde. Si no, qué chiste.
No quiero que se me olvide platicar con la voz, ver a los ojos, poner atención en los gestos del otro, reconocerme en quien tengo frente a mí.
Recibe un abrazo desde la ciudad doliente pero viva,
karla zárate
Daniela Tarazona
Escritora. Es autora de: El animal sobre la piedra, entre otros títulos.
Karla Zárate
Escritora. Su novela más reciente es: Llegada la hora.
Marco Colín
Dibujante, fotógrafo y publicista. Es director general creativo de la agencia AVIÓN.