“[L]as fotografías post mortem”, advierte Matteo Terzaghi (Suiza, 1970), “no son otra cosa que la continuación por medios nuevos de una práctica tan antigua como para llevarnos de vuelta al origen mismo de la palabra ‘imagen’, si es cierto, como sostenía mi profesor de Latín, que en sus tiempos —vivía en otro milenio— la palabra imago (imagines en plural) designaba la efigie o la estatuilla de cera que mientras evocaba la presencia de los muertos sellaba la ausencia”.

Tales evocación y sello son las dos caras de la naturaleza fotográfica anterior a la era digital: mientras que visibilizaba un determinado momento, su práctica dependía de medios poco fiables para la posteridad. Los daguerrotipos y las placas, las cámaras manuales, los rollos y líquidos de revelado fueron la victoria de Fausto sobre el instante y la derrota de Mefistófeles, quien perdió el alma de un creador pero ganó un cuerpo de obra: un álbum de ilusiones humanas, confeccionado con materiales aún más ilusorios. “Las fotografías”, según Susan Sontag, “permiten la posesión imaginaria de un pasado irreal”. Una posesión irremediablemente póstuma, heredada de un tiempo que perdimos al fijarlo con técnicas y máquinas caducas.
Máscaras animadas o mortuorias, las personas e imágenes de una foto solían contarnos su verdad; pero, como si se tratara de una orgía, la revelación se daba en un cuarto oscuro. Hoy, las selfies no lucen máscaras sino filtros, autorretratos que desaparecen al subirlos a las redes sociales y a sus así llamadas “historias” —un dominio público que se reinventa cada veinticuatro horas—. Terzaghi, a caballo entre generaciones analógicas y digitales, plantea en este libroel arte actual de un relato fotográfico en vías de extinción.
Escrito en breves ensayos narrativos, las fotos evocadas o presentes que los acompañan cumplen la función de “pies de texto”. Como Edmund de Waal en La liebre con ojos de ámbar (2010), Terzaghi hace inventario de “una herencia oculta” de fotos con diversos fines, formatos y sujetos: dos pollos con capucha y anteojos como parte de un experimento científico; un coche de carreras en el Grand Prix francés de 1912; cinco obreras italianas de una fábrica de chocolates; Hugo Ball oficiando su misa dadaísta en el Cabaret Voltaire; tres hombres que inspeccionan el estado de los libros de una biblioteca durante el bombardeo aéreo de Londres, en 1940; una anciana de antifaz que celebra el año nuevo en un asilo; George W. Bush eludiendo el ataque terrorista de un zapato; una mujer en abrigo de piel y una bolsa de plástico en la cabeza; un hombre que dispara la cámara mientras otro lo hace con una pistola y asesina al mismísimo fotógrafo…
Terzaghi también incluye fotos especulativas que convocan presencias de manera textual; siguiendo a Roland Barthes en La cámara lúcida, el suizo parte de la premeditada ausencia de referentes; confía en que los lectores y espectadores “a veces van a ver cosas ubicadas un poco más allá de lo que en efecto verán, y eso confiere a su ir, que es un ir a ver lo invisible, que es también siempre un divagar, algo de angélico”. De ahí que la escritura de Terzaghi sea ensayística: la divagación como procedimiento de una atención inquieta, nómada, maleable, que permite “ir a ver, dar vueltas alrededor de las cosas, abrirlas, seccionarlas, hacerlas pedazos, a menudo sin conseguir nada”. Pero el autor no sale con las manos vacías. En vez de una exposición donde las imágenes son los conceptos y espacios que aquellas parasitan, monta una oficina o un taller donde se proyectan iluminaciones erráticas, libres de sublimidad; donde se admite —y se estimula, incluso— una óptica tan distraída como la de nuestros tiempos.
Bien podemos practicar, en términos de Matteo Terzaghi, un “voyeurismo metafísico”, sabedores de que los objetos de deseo están más cerca de lo que aparentan. Pensándolo mejor, Oficina de proyecciones luminosas es el título de una instalación de 38 espejos retrovisores. Lo que se refleja en ellos es, sí, el pasado; no como nostalgia sino como punto ciego de una realidad virtual que, ahora mismo, nos embiste.
• Matteo Terzaghi, Oficina de proyecciones luminosas (traducción de Pablo Ingberg). Valencia, Pre-Textos, 2021, 110 p.
Hernán Bravo Varela
Poeta, ensayista y traductor. Su libro de poemas más reciente es: La documentación de los procesos.