La trayectoria literaria de Hernán Bravo Varela (Ciudad de México, 1979) es una de las más destacadas en México. Ensayista de registro personalísimo y confesional, traductor de poesía en lengua inglesa con versiones inigualables de Emily Dickinson, T.S. Eliot o Christina Rosetti, entre otros, y poeta con años de oficio nítido y asombroso manejo de voces y tonos, Bravo Varela presenta ahora La documentación de los procesos (Valencia, Pre-Textos, 2019) que llega a México de la mano de ediciones Era.

La voz lírica, con sus distintos y misteriosos pronombres, nos hace parte aquí de su indagación poética sobre los posibles procesos del habla, de la expresión oral y escrita, del curso del pensamiento y las distintas esferas de la comunicación, como lo indica el único epígrafe del poemario, de Juan Rodolfo Wilcock: “Estos juegos […] aparte de dar órdenes consisten en describir el aspecto de un objeto, comunicar sus medidas, referir un acontecimiento, comentarlo, formular hipótesis, ponerlas a prueba, presentar los resultados de un experimento mediante tablas y diagramas, inventar una fábula, leerla en voz alta, recitar una escena de teatro, cantar letanías, […]”. Aunque los cinco poemas siguientes —sin título, como en todo el libro— no conserven el orden de aparición ni se comparen con la experiencia de lectura en conjunto de esta documentación poética, sí nos dan una clara impresión de sus escenas, donde reina cierta limpidez conceptual y un lúcido, controlado, desarrollo de imágenes y temas.


UNA puerta está abierta o cerrada.
Lo que sigue de ahí es una epifanía,
la pregunta por la belleza en un reino muy cercano,
la respuesta de un espejo de obsidiana.

                                                                  No sé
a quién seguimos, pero damos vueltas como trompos
que buscan la cuerda que los dejó girando.
Esa es la forma en que nos hacemos atractivos:
los que nos daban asco ganan urgencia, oscuridad.

§

¡LLUEVE afuera del antro! ¡Llueve
como para salir a desintoxicarse!
Lavémonos los ojos, abramos la boca:
el cielo nublado es una botella de agua
que pagamos antes de entrar.
Dejemos en pausa la música que nos rodea
y empapémonos hasta la ropa.
Los huesos son algo del futuro.

                                                    ¡Cómo salimos
en masa los responsables de este amor! Y el cadenero
se concentra en los menores de edad, y los maduros
reparan por primera vez en sus contemporáneos,
y las luces de la patrulla escoltan a las de la pista
que pretendían huir por la puerta entreabierta.

                                                                           Actores suplentes
de comedia musical, cartomancianos,
estilistas, cientos de estilistas que alacian
la noche… Todos bajo el aguacero,
mudos, gnósticamente anfetaminados,
hechos una sopa de origen.

                                                Algunos aprenden
a tomar distancia, comienzan a hablar,
advierten en la luna un viejo satélite
y no una uña recién colocada.

§

SÓLO ellos saben la dirección del agua,
cómo inventar su tibieza, cómo hacerla más líquida.
Hay que pararla en seco, educar su incontinencia,
llevarla al congelador.

                                    Los demás la bebemos
o la codiciamos. Sólo ellos se ahogan.
Ellos, los que hacen del agua algo vital,
los que tienen una sed redundante,
los que terminan tallando sus iniciales con orina
en el bloque de hielo de un mingitorio.

§

NO me vengas a decir lo que sabes.
Soy una estructura superior, una astromelia
a punto. No me llames tu terremoto.
¿Qué no viniste a sacar al muerto
de la alberca? Deja que se hunda
con un lirio en los párpados. No me vengas
a decir cuánto me quieres en el fondo
porque no soy tu dolor y así es difícil anunciarse,
conocerse, salir contigo, el que se va.

§

CERNÍCALO, me decían de jabato;
foca también, lobo marino, pero hijo,
hijo de Norma y José Antonio…

                                                        Hablemos
de cómo se hacen las familias:
del priapismo de los agapandos,
del riego por aspersión, de las monografías
del cuerpo humano para recortar.

                                                        Nunca
me llamé animal porque, arriba,
todo era un planeta rojo
y yo no alcanzaba.
Tuve que posarme en el cetrero,
aplaudir el iceberg que se derrite;
hijo sumergido, padres
que, en la noche adulta, salen a flote.

• Hernán Bravo Varela, La documentación de los procesos, México, ediciones Era, octubre 2019, 64 p.

Hernán Bravo Varela
Poeta, traductor y ensayista. Su último libro de ensayos se titula Malversaciones. Sobre poesía, literatura y otros fraudes (Almadía, 2019).