Existe una generación de escritores para quienes las escritoras no existimos. Nos consideran ilegibles, indomables, que tenemos mal gusto. Creen que somos incapaces de afectar su sensibilidad. Por eso, durante años, se ha cuestionado la calidad de la escritura de las mujeres mientras que, a regañadientes, se ha tratado de cumplir con las cuotas de género.
Pero la escritura de mujeres se ha hecho visible de varias maneras. Sin embargo, muchas voces femeninas permanecen sometidas a mandatos sociales, culturales y de mercado, a arquetipos: a lo que Marta Lamas llamaría “mujerismo”. Nos condenan si escribimos sobre cosas complejas; si mujeres escriben sobre política, filosofía, ciencias, ficción o temas que trascienden lo femenino, permanecemos ilegibles. Como explica Emily Hind en Macholiteratura, no existe un sistema “alto y duro” como lo hay para los hombres, que legitime las voces de las escritoras y sobre el cuál pudiéramos construir nuestras reputaciones.
Literatura de la verga era el título que incomodó que la autora quería utilizar, pero Emily lo tuvo que modificar. Se publicó por primera vez en inglés en 2019, y es una radiografía lúcidísima de la cultura mexicana y su escena del siglo XX y principios del XXI. A través de análisis y crítica literaria, disección, investigación de estadísticas y cifras, una mirada finísima y el conocimiento situado, la pregunta que atraviesa este trabajo indispensable es ¿cómo es posible que se mantenga el sistema de privilegios sexista en la literatura y en el mundo?

Escrito en primera persona, en Macholiteratura Emily construye su perspectiva con un mordaz sentido del humor e ironía, marcadas a su vez por los meses de su licencia de maternidad que pasó amamantando a su hijo mayor. Desde ahí se da cuenta que la barbarie heteropatriarcales comienza cuando la sociedad normaliza el desprecio a la interdependencia, que es la base de la reproducción de la vida humana y del sexismo.
Partir de la teoría de la performatividad del género de Judith Butler, le permite a Emily desgranar la masculinidad textual y extratextual del campo de la literatura moderna y contemporánea mexicanas como un performance. Haciendo experimentos de pensamiento e investigaciones exhaustivas, concluye que los hombres mexicanos hacen un performance de “competencia” para convencernos de su inteligencia, de la superioridad de su talento, de su genio literario. Macholiteratura incluye un compendio de la serie de hábitos que se perpetúan en el gremio de escritores para ganar legitimidad. Emily argumenta que la biografía, trayectoria de estudios, red de amistades y oportunidades profesionales de un autor son tan importantes como la apariencia de los escritores y la calidad del trabajo que publican.
La autora plantea que el performance del genio literario radica en establecer un equilibrio entre la erudición caballerosa y el comportamiento del bad boy que rompe reglas. Es decir, los escritores necesitan violar estándares para demostrar su estatus como rebeldes competentes en literatura. En uno de mis pasajes favoritos, Emily anota: “No conozco el caso de ninguna escritora mexicana que haya hecho pública su afición por la cocaína” porque a diferencia de los hombres, las mujeres no podemos alternar entre los roles de civilizada y bárbara, y ganarnos el tipo de admiración y respeto, hasta veneración del que gozan los hombres intelectuales.
En el campo literario, en lo que respecta a los señores, “lo personal es profesional”, y el arquetipo de “dandy-izquierdista-machista-cosmopolita-cábula” que construyó Carlos Fuentes con la ‘ayuda’ de Rita Macedo (ver La mujer en papel), sigue vigente.
El binomio entre civilización y barbarie no es nuevo ni exclusivo de México. Pienso en los pasajes que Leslie Jamison dedica en The Recovering (2018) a las “old drunk legends”, un linaje de escritores mitificados calado de testosterona, poblado de egos inflados y construido sobre la glorificación de la disfunción:
La relación que se construye entre beber y la escritura supone que el alcohol te ayuda a ser visionario para luego ayudarte a sobrevivir las visiones. La atracción no es únicamente hacia la intoxicación como un portal y como una curita, sino que se basa en la seductora relación entre creatividad y adicción […] para este estado de esclavitud, lo extremo es su cuño […] se trata de la manera de estar de alguien que es más sensible que los hombres ordinarios, que convive con la oscuridad […] y ese es el drama que da le algo sobre lo que vale la pena escribir.
Los principales casos de estudio que desmenuza Emily en Macholiteratura son Las batallas en el desierto (1980) de José Emilio Pacheco, Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, Mis mujeres muertas (2012) de Guillermo Fadanelli y, de manera tangencial, La migraña (2010) de Antonio Alatorre. Con ellos, analiza las varias maneras en que los textos perpetúan formas de masculinidad tóxica: las mujeres en Pedro Páramo, por ejemplo, no hablan; en Las batallas y Mis mujeres muertas, los autores favorecen “la fría autonomía del personaje masculino”. En La migraña hay atisbos de conciencia corporal y esbozos de subjetividad cuir, pero no pasa de ahí.
La labor de la autora evoca también un pasaje enterradísimo de la literatura mexicana de la Autobiografía precoz (1966) de Salvador Elizondo, en el que narra un episodio de agresión física contra Silvia, su esposa, cuando sale del manicomio y le pide el divorcio: “mientras la golpeaba, sus posturas eran, de cierto modo, idénticas a las que adoptaba cuando hacía el amor”. La autoconciencia de Elizondo en su participación en esta conducta de chico malo, argumenta Emily, contribuye a su credibilidad artística como genio. Otro magnífico paisaje es cuando propone una lectura de la dinámica entre el chingón y la chingada de El laberinto de la soledad como la transformación por Paz de una historia cliché de amor y familia disfuncionales en pensamiento “alto y duro”, ni más ni menos que en la esencia de la mexicanidad.
En Macholiteratura, Emily aborda la figura del intelectual-burócrata-público: se trata de figuras imbuidas de conservadurismo y pudor, siendo el Manual de Carreño (publicado por primera vez en 1853) el parámetro de los modales correctos de los señores. Ya que en México los modales son más importantes que las leyes, Carreño marca las reglas que dictan los comportamientos del escritor civilizado y los políticos bien intencionados, y que se opone a lo cool (o al distanciamiento irónico) y a lo bárbaro. La genialidad masculina implica sostener esta dicotomía.
Un capítulo de Macholiteratura está dedicado al pene y asevera que “los privilegios de la masculinidad permiten que un bárbaro visite un burdel y luego escriba un texto civilizado sobre la experiencia”, que los escritores “controlan su lengua, pero no sus penes y el pene tiene, entonces, por inferencia literaria, un toque de divinidad”. Podríamos leer a través de este lente Las agujas dementes de Jorge Volpi (2022): una obra de teatro exquisita sobre la barbarie de Ted Hughes contra Sylvia Plath y Assia Wevill, que pone en escena el dolor femenino para diseccionarlo a través del lente de la mirada masculina en un acto de contrición (o de curarse en salud).
Entre otros elementos de la masculinidad literaria, encontramos falta de amabilidad, bajo grado de autoconciencia y altos niveles de estabilidad. El personaje principal de Bardo (2022) de Alejandro González Iñárritu, evidencia al dedillo estas cualidades: con sus daddy issues, machismo, racismo, un duelo atorado y su melancolía, es a la vez matón y espectador desentendido. Pienso también en la profunda mediocridad y vacío de los personajes de la película de Alonso Ruizpalacios, Museo (2018), en la que entran en 1985 a robar 140 piezas de la colección prehispánica del Museo de Antropología y que caballerosamente devuelven después. La rebelión masculina es de hecho, conformismo puro, menciona Emily.
A lo anterior, podemos sumar al texto de Vivian Abenshushan que aparece en la colección editada por Gabriela Jáuregui, Tsunami (Sexto Piso, 2018): “DISOLUTAS (a ante cabe con contra) las pedagogías de la crueldad”, en el que describe las pedagogías de la crueldad machista en el campo literario. Vivian elucida las dinámicas competitivas y violentas que reproducen al sistema literario como “orden patriarcal” y con un “alfabeto de la humillación”. El pasaje que describe sobre la escena en el taller literario es en particular estremecedor:cuenta cómo lapidan a una joven autora por “no escribir bien, no corregir lo suficiente, no respetar las convenciones y no soportar vilmente la crítica”. Vivian incluso plantea al taller de creación –que debería ser un espacio de diálogo o de transmisión de saberes– como un espacio de purga autoritaria que define qué subjetividades valen, cuáles no. Es decir, como un lugar sexista donde se silencian las voces de mujeres y otras disidencias.
Emily concluye que la conducta de bad boy conduce hacia una mayor credibilidad artística como genio, las mujeres no podemos oscilar entre los roles de civilizada y bárbara y lograr el mismo respeto que disfrutan los hombres escritores. Al contrario, en The Recovering, Leslie Jamison habla de las mujeres borrachas (Elizabeth Bishop, Marguerite Duras, Jean Rhys), y evoca un pasaje tremendo de Duras: “Cuando una mujer bebe, es como si bebiera un animal o un niño. Las mujeres aparecen tontas, avergonzadas, desvalidas […]”. Dice que cuando una mujer cae en el vicio, se debe a la autocomplacencia, proclividad por el melodrama, histeria o aflicción gratuita.
Mientras que un hombre “blanco’” civilizado sabe cuándo cruzar a los excepcionales privilegios del macho bárbaro y se autoriza para hacerlo, la afición al alcohol de una mujer, o sus displays de fuerza bruta en público, nunca será importantes como lo es en los hombres, cuyo gusto por el trago, por ejemplo, demuestra la conexión entre sufrimiento, sensibilidad, el ser interesantes (Faulkner, Fitzgerald, Hemingway, Baudelaire, Burroughs, De Quincey).
Cuando las mujeres intentan apropiarse de la fuerza bruta del bárbaro, maldiciendo y atacando a sus interlocutores, o se defienden de los agresores en el espacio público, generan escándalo y son descalificadas. Linchadas en público, los espectadores expresan desaprobación contra ellas. Emily subraya que cuando las mujeres rompen las reglas, en vez de ser elogiadas y originales, se arriesgan a ser descalificadas por locas e incompetentes.
Pero a pesar del #MeTooLiteratura, los Tsunamis, los tendederos, Terror Editorial y que hayamos construido espacios literarios propios, persiste el performance de bad boy caballeroso en la literatura.
Lo constaté siguiendo el ejemplo de Emily, haciendo pesquisas exhaustivas hasta encontrar un revelador artículo de Nicolás Medina Mora sobre Heriberto Yépez de 2022 titulado: “In Praise of the Terrorist”. Y aunque el título lo dice casi todo, el epígrafe de Yépez que cita Nicolás es revelador: “Hace veinte años yo era un obrero de la maquila en Tijuana y planeaba poner bombas en esas fábricas y en el edificio del PRI frente al muro que puso Estados Unidos”. Emily menciona que elogiarse entre ellos también es una manera de legitimarse. En el perfil de Yépez, Medina Mora reproduce al dedillo la dicotomía del bárbaro civilizado: lo que hace bárbaro a Yépez es que fue cancelado, es troll en Twitter (entre otras cosas); lo que lo hace civilizado es que es terapeuta de Gestalt y por supuesto, “víctima de su propio genio”. Lo que parece ser el tope de la masculinidad en las generaciones globalizadas post-TLCAN es la relación con el imperio: Yépez habla inglés con acento y fue guía de turistas de gringos en Tijuana convirtiéndose en “vendedor de su propia cultura”, anota Medina Mora, mientras que él no logró obtener estatus de ciudadano estadunidense y eso es causa de crisis existencial en su libro América del norte (2024).
En su libro Femmenism or the Mexican Woman Intelectual (2010), Emily desgrana cinco arquetipos las maneras en las que las mujeres han logrado encajar en el mundo literario construido por los hombres: la muñeca Barbie (Guadalupe Loaeza), la lesbiana de closet ascética y abnegada (Sor Juana, Rosario Castellanos), la diva-lectual que explota la feminidad en sus performances (Antonieta Rivas Mercado, Guadalupe Amor, Elena Garro). Por su parte, Elena Poniatowska es la engañadora que seduce con su ingenuidad. Este “semiótico femenino” que opera en espacios alrededor de la escritura masculina, implica subjetividades de mujeres construidas dentro del sentido común patriarcal.
Lo que llamamos “literatura” se reorganiza de forma constante, como lo menciona Emily, al igual que lo que consideramos que tiene valor estético o literario, el cambio al subsidio de la cultura, la mercantilización de la vida y de la cultura, la interacción y potencia que tienen las redes sociales en la construcción de las imágenes autoriales, juegan ahora un papel principal en la legitimación de la creación literaria. La autopromoción es parte integral de la construcción de la figura literaria, y la “aparición” o la “existencia” de las escritoras está en estrecha conexión con su figura e imagen, todo en complicidad con las estrategias de marketing, pero también aún sobre construcciones sociales centradas en expectativas sobre las mujeres.
Hace algunos años, Lorena Amaro inició una discusión al respecto en Chile. Esto ha ampliado lo que es posible y abierto el campo a voces fuera del sentido común patriarcal, por ejemplo, la figura de la verguera, la quejosa, las voces de escritoras indígenas o cuir. Sin embargo, quienes leen navegan los anaqueles de las librerías como niños en las jugueterías: dentro de un apartheid de género, y el modelo masculino de apreciación de la literatura de las mujeres, sigue evidentemente vigente.
¿Cómo sería un performance de intelectualidad y de pericia literaria en las mujeres fuera del marcaje patriarcal y del mercado, donde prevalece el peligro de la creencia en la inferioridad de nuestra literatura?
Gardi Emmelhainz
Escritora e investigadora independiente. Su más reciente publicación es la segunda edición de El cielo está incompleto. Cuadernos de viaje en Palestina (Siglo XXI, 2025).