Por qué importa José José

La posible respuesta a esta pregunta radica en definir una caída, más que un ascenso artístico. Radica en delinear el contorno de unas alas que nunca acabaron de abrirse. A un año de su muerte, el “Príncipe de la canción” se nos aparece con toda la nostalgia del destronado gracias a la lúcida lectura de su vida y obra que hace el siguiente ensayo.

A la familia Oceguera Lavín, por la que me hice la pregunta

Ametrallan con rosas y claveles al joven de gazné, casaca y olanes que canta entre susurros:

Qué triste fue decirnos adiós
cuando nos adorábamos más.
Hasta la golondrina emigró,
presagiando el final.

Qué triste luce todo sin ti:
los mares de las playas se van,
se tiñen los colores de gris;
hoy todo es soledad.

Entre el público, algunos colegas ponen cara de incredulidad o de éxtasis: Angélica María sonríe de perfil con una timidez parecida al llanto; inmóvil, Marco Antonio Muñiz mantiene la boca abierta como un ídolo idólatra; Alberto Vázquez, cigarro entre labios, aplaude con el furor de los envidiosos. Bombardean de rosas y claveles al joven que ha conseguido levantar a la audiencia de su asiento —incluidos los jurados del II Festival de la Canción Latina, quienes le niegan el primer lugar.

Mote es destino. “El triste”, la canción de Roberto Cantoral con la que un José José de veintidós años participa en el certamen, es una elegía al amor perdido. Y porque la letra promueve la autoconmiseración (“Hoy quiero saborear mi dolor. / No pido compasión ni piedad”); porque el reino amoroso no es, para el súbdito que lo padece, de este mundo, no podía sino concedérsele un tercer lugar al debutante. De ahí que José Rómulo, oriundo de la colonia Clavería, hijo del tenor José Sosa y de la pianista Margarita Ortiz, fuera bautizado como “El príncipe” —y no como “el Rey”— “de la canción”. 

José José no ascendió al trono por razones propias y ajenas. Aquel festival fue el inicio de una carrera tan perdurable como accidentada: obtuvo doscientos discos de oro y platino, pero terminó embaucado por familiares y “viviendo al día”, de acuerdo con su propio testimonio; Frank Sinatra lo invitó a grabar un dueto con él y un álbum solista, los cuales no se concretaron por la exclusividad discográfica del mexicano; cantó a Álvaro Carillo, Mario Ruiz Armengol, César Portillo de la Luz, Lolita de la Colina, Alberto Cortez, Armando Manzanero, Juan Gabriel, al propio Cantoral y a Manuel Alejandro, pero grabó álbumes enteros con canciones de Rafael Pérez Botija, José María Napoleón y otros inverosímiles compositores —él mismo, entre ellos—; después de abarrotar el Madison Square Garden y el Radio City Music Hall, acabó dando conciertos semivacíos en el Teatro Morelos, un foro de cuatrocientas butacas; dueño de un fraseo que atacaba notas altas y bajas con la misma tersura, fue perdiendo la voz por el alcohol, la cocaína y la cortisona hasta llegar, en los últimos años, a recitar penosamente las letras de su cancionero.

“Yo que fui tormenta, / yo que fui tornado… / Yo, que fui un volcán, / soy un volcán apagado.”  En plena fama —y en su mejor década como intérprete: la de los años setenta—, José José resumió en aquellos cuatro versos su decadencia por venir, pero no serían los únicos. Muchos de sus temas resultan previsores himnos al fracaso: “A veces regreso, borracho de angustia”; “He renunciado a ti […] como las aves a las estrellas, / como renuncia a ser flor lo que es hierba”; “Porque el sentimiento es humo, / y ceniza, la palabra”; “Pobre tonto, ingenuo charlatán; / que fui paloma por querer ser gavilán”; “Fui gorrión que se quedó preso en tu jaula / porque yo corté mis alas”; “Mira si estoy tonto de verdad / que pienso que, si obras mal, / es culpa mía”; “Desesperado, / decidido a aceptar lo que sea; tú has ganado. / Ya lo ves que sin ti soy un hombre acabado”; “Y es verdad, soy un payaso, / pero qué le voy a hacer. / Uno no es lo que quiere, / sino lo que puede ser”. Borracheras, renuncias, reclusiones, autoescarnios; la trágica lucidez de aceptar que el sentimiento —por más vehemencia que transmita— se vuelve humo, polvo, sombra, nada en particular; que la palabra —por más elocuencia con que se profiera— será ceniza y no tendrá, necesariamente, sentido. Con cada nueva producción se cosechaban los frutos amargos del éxito. Aunque las decisiones finales las tomaran su representante y el dueño de la disquera en turno, José José no podía quedar al margen del repertorio, entre suicida y plañidero, que cantaba. Pareció seguir hasta el final aquellas instrucciones y “exactitudes desgarradoras” de Rafael Cadenas: “Que cada palabra lleve lo que dice”.

Como ocurre con Sinatra, quien lo admiró —quizá porque vio en él a un Doppelgänger treinta años más joven y cándido—, el mejor José José es, también, el más reiterativo. Si en aquél la soledad a medianoche construye un monólogo, según Pete Hamill, “esencialmente urbano, [sobre] ser el solitario en medio de la aglomeración de la ciudad”, en éste al amor y al desamor los atraviesa una misma nostalgia: la del reino perdido o, más aún, la que distingue al destronado. No importa si es de día o de noche, si el escenario es la cama o la calle, si se está bien solo o mal acompañado, si hubo entrega o sacrificio. La poderosa ternura vocal de José José no permite hacer distingos. Nada más triste que una mujer enamorada, la que da “en una flor la razón del mundo”; nada más reconfortante, al despertar, que una almohada vacía.

 Aquella nostalgia del destronado —o, para decirlo con Nerval, la de “El Desdichado” al que no lo calienta ni “el negro Sol de la Melancolía”— definió al retraído estilista que se hizo llamar José José. Su propio nombre, redundante como tropezar con la misma piedra y efectivo como un tartamudeo vuelto moda, buscó a la vez rendir homenaje y exorcizar al padre, el cantante de ópera de quien heredó las facultades artísticas pero también, y sobre todo, las alcohólicas. Si mote es destino, todo nombre artístico es destino manifiesto. José padre y José hijo reunidos por la francachela, separados por el abandono y por la doble “j” fricativa que mucho tiene de juerga, de jaula y, a fin de cuentas, de jamás.

Ilustración: Guillermo Préstegui

“La Caída”, asegura Hamill, “fue esencial para el mito Sinatra. En su mayor parte, se trató de una combinación de inoportunidad, pésima suerte y heridas autoinfligidas. No se dio todo al mismo tiempo; por el contrario, la Caída empezó siendo leve y fue cobrando fuerza, como una avalancha”. Algo semejante puede afirmarse del mito José José. “La Caída” del crooner, sin embargo, afianzó su carrera con la ejemplaridad de los sobrevivientes, desembocando en temas de superación personal como “Cycles” [“Ciclos”] o “My Way” [“A mi manera”]. José José, desde un comienzo, no pudo alzar el vuelo. Ya había sufrido una severa neumonía en 1972 y una operación para extirparle ganglios vocales en 1987, antes de perder nuevamente la voz en 1993 y anunciar su retiro de los escenarios. Luego de una desintoxicación que duró un año entero, su canto no había vuelto para quedarse y él lo sabía. Grabó un último disco en 2001, con las cuerdas ya resignadas a evocar sus pretéritas glorias. A ello siguió un expediente digno de Job: diabetes, parálisis de Bell, enfisema, retinopatía diabética, gastritis, cataratas, depresión y, coronando la lista, un fulminante cáncer de páncreas. Cuando José José falleció en 2019, a los 71 años, la noticia pasó inadvertida; antes bien, suscitó en sus fans reacciones tan curiosas como crueles: ¿Cómo que murió hasta ahora? ¿No había muerto ya?

Había yo dicho que José José nunca pudo abrir las alas: he ahí su gracia límite y, asimismo, el porqué de su importancia. El joven de gazné, casaca y olanes que cantó “El triste”, y el maduro de traje y pajarita azules que empezaba a carraspear “40 y 20”, encarnó para sus seguidores una derrota zen, una pena impecable, una vida interior vivida en “la callada voz de [su] tristeza” y no en la altisonante de sus pocos júbilos. Quienes aún tarareamos a “El Príncipe de la Canción” a bordo de un taxi, en pleno juego de dominó o en una mesa de cantina somos, a su vez, los plebeyos de una corte de los milagros, los mendigos de un mendicante mayor.

“Creo, con toda sinceridad”, apunta Juan José Arreola en la última página de su Inventario, “que estamos definitivamente perdidos si tenemos la obsesión de ganar. Porque el éxito verdaderamente humano se encuentra en el empate. Esto es, en las tablas”. Y prosigue el confabulador: “¡Qué bueno sería que todos fuéramos subcampeones! […] Muy bello sería este mundo si todos fuéramos capaces de aspirar a los asientos de segunda, de tercera o de cuarta fila”. José José fue un cantante de primera cuyos dones siempre viajaron hasta atrás, un subcampeón rodeado de victorias ajenas. Como su tumba, su corona está donde la dejó hace medio siglo: en el suelo, cubierta de flores.

 

Hernán Bravo Varela
Poeta, ensayista y traductor. Su libro de poemas más reciente es: La documentación de los procesos.