Las remembranzas de Jorge Terrones, fruto de una tradición que incluye a Joe Brainard y Georges Pérec, no son un recuento aleatorio de cosas intrascendentes o frívolas, sino de recuerdos dolorosos en los que puede intervenir la ficción, forjando fantasmas. La siguiente reseña redirige nuestra atención a la obra de un ensayista mexicano, ahora ganador del Premio Malcolm Lowry 2023.
En 1975 el poeta y artista estadunidense Joe Brainard creó un estilo literario sumamente exitoso: la colección de remembranzas. “Me acuerdo de ir en coche e ir dibujando paisajes en mi cabeza”, “me acuerdo de los días lluviosos a través de la ventana”, “me acuerdo de los calcetines que siempre se te bajan”. Su libro I Remember, publicado ese año, inspiró el más conocido Je me souviens (1978) de Georges Pérec. En México, no olvidemos el arranque de esa novela clásica: “me acuerdo, no me acuerdo”, en Las batallas en el desierto (1981). Décadas después Margo Glantz publicó Yo también me acuerdo (2015). El año pasado el escritor mexicano Jorge Terrones, ganador del Premio Malcolm Lowry 2023, publicó Recuerdo.
Todos estos libros, salvo Las batallas,rememoran pequeños fragmentos de la vida cotidiana de los autores, evocaciones de acontecimientos triviales —experiencias de la escuela primaria, por ejemplo— o asuntos que marcaron drásticamente su existencia, como la pérdida de un hijo, en el caso de Terrones, o la fantasía del suicidio en el caso de Brainard.
Con todo, Jorge Terrones no busca repetir el ejercicio de rememoración que ya han hecho los demás. Para diferenciarse de sus predecesores, introduce dos elementos novedosos en el recuento de sus confesiones. Primero, advierte que la memoria no sólo supone experiencias que realmente ocurrieron, sino que pudieron haber ocurrido, que imaginamos que ocurrieron, que deseamos que hubieran ocurrido. Por eso, se pregunta con razón: “¿cuánto de lo que recordamos es sueño, imaginación, deseo?”. En el libro de Terrones recordar es recrear la realidad, volver a crear una escenario que ya no existe, el ejercicio asumido de narrar verdad y ficción, al mismo tiempo. El segundo elemento original es el del sufrimiento y la tristeza. Para él, como para el poeta Yorgos Seferis, “la memoria, donde se le toque, duele”. Es decir, a diferencia del texto clásico de Joe Brainard, el de Jorge Terrones no es un recuento aleatorio de cosas intrascendentes o frívolas que pasaron hace tiempo. Su libro se enfoca en recuerdos siempre dolorosos; la memoria de eventos que marcaron cruelmente su infancia, adolescencia y juventud, que ensombrecieron su vida.

La primera de tres partes del libro —y la más amplia— recuerda con nostalgia, compasión, miedo, envidia, recelo, amor y acaso deseo a un supuesto amigo llamado Cornelio, compañero de Terrones en la Licenciatura en Letras Hispánicas. Terrones recuerda una constelación de conversaciones que tuvo con él sobre distintos asuntos, en ocasiones serios, a veces triviales, pero siempre enmarcados por el arte y la cultura: las mujeres y el escritor sueco August Strindberg, el silencio y la locura, Cervantes y Shakespeare, los pintores Dalí y Velázquez, Robocop y la condición humana, la literatura y la crítica del arte.
El segundo segmento del libro trata de Santiago, el supuesto hijo que, al nacer, le fue arrebatado al autor. Es un apartado corto, pero devastador, que pretende ser una carta a Santiago, un mensaje sobre cómo Terrones lo imaginaba antes de nacer y el sufrimiento que vino cuando su madre le prohibió verle por el simple hecho de ser su padre. Terrones recuerda aquí la escritura no como profesión, sino como acto de salvación o, acaso, de escapismo. Recuerda su odio, su coqueteo con ideas suicidas, su cansancio, sus lágrimas, su rencor, el abandono de Dios.
Aún más breve, la última parte del libro es la más íntima. Jorge Terrones vuelve a referirse a su supuesto amigo Cornelio y al supuesto hijo perdido como dos fantasmas, como figuras que quizá existieron tiempo atrás, pero que se han ido sin dejar rastro, cuya presencia sólo se conserva en la memoria. He dicho “supuesto” en ambos casos, porque el autor no les ha visto en más de una década y media, porque no tienen redes sociales y no aparecen en una búsqueda de Google. Por eso, Terrones termina su libro dudando de su existencia: “Seres reales, seres imaginarios, seres imaginarios que son reales, seres reales que son imaginarios, no sé dónde colocar al amigo que no es más; no sé dónde colocar al padre que no soy”. Entonces, uno se pregunta, ¿dónde termina la realidad, si es que la hubo, y dónde empieza la ficción, si es que la hay?
“Una historia de amor” se titula esta última sección. Y en el párrafo final el autor afirma que “uno de los dos —Santiago o Cornelio— nació como una historia de amor; el otro, como una historia de enredos y errores”. ¿Se puede amar a un hijo que apenas se conoció? ¿Se puede dejar de amar a un compañero que, pese a que desapareció hace tanto tiempo, despierta aún hoy tantas pasiones?
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Cualquier persona podría hacer tres lecturas de esta “novela autobiográfica ensayada”. La primera es evidente, la del arte y la cultura. Los lectores podrán disfrutar del vasto conocimiento sobre arte y cultura que el autor generosamente comparte. Podrán disentir o coincidir con los géneros musicales, los músicos o cantantes analizados por Terrones; o con su visión de las pinturas de Dalí, Picasso, o Velázquez. Una segunda lectura, también obvia, es la de la literatura. El lector puede andar por las páginas del libro como quien lo hace por una amplia biblioteca guiado por un bibliotecario estricto, crítico y diligente, que va expresando su opinión honesta y lapidaria acerca de Miguel de Cervantes, William Shakespeare, Jorge Luis Borges, T. S. Eliot, Martin Heidegger, Juan García Ponce u Octavio Paz. Cornelio y Jorge Terrones tenían ideas muy claras sobre cómo, cuándo y por qué subrayar los libros que se leen. Terrones concluye que al heredar su biblioteca pretende también legar sus subrayados, compartir con otros lo que disfrutó o aborreció de los libros que tuvo en sus manos. Recuerdo es, en este sentido, una aproximación a la biblioteca personal.
Finalmente, hay acaso una tercera lectura inevitable, la psicoanalítica: una interpretación que quizá sea más evidente para quienes se han recostado en un diván y han hurgado en las profundidades del inconsciente. Visto así, el libro es una confesión del autor sobre algunos de los aspectos más íntimos de su vida, pero es también, de alguna manera, un análisis agudo y virulento de la decadencia anímica de la sociedad del siglo XXI. Es una lectura entrañable y conmovedora del sufrimiento. En este sentido, es un tratado acerca de la depresión y la ansiedad, sobre la compleja relación con el padre, a quien se mata simbólicamente en el más puro estilo freudiano, de quien se detestan algunas actitudes o acciones que luego uno repite; de las fobias o fantasías que compartimos y que en el libro son materializadas por el supuesto amigo Cornelio: por ejemplo, el deseo de desaparecer imprevistamente sin dejar rastro, para entonces ser extrañado.
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Pero quiero agregar otras dos lecturas sobre el libro, acaso incorrectas, basadas en mis prejuicios. Creo que el libro de Jorge Terrones puede entenderse como una proclama sobre la estética, una estética quizá clásica y civilizatoria, una declaración contra la barbarie. Al estilo del escritor Javier Marías, cualquier anécdota del libro es la excusa perfecta para que Terrones ofrezca una admirable lección de civilidad, sobre lo que, según él, es estéticamente correcto o no, según sus propios conceptos de belleza, elegancia y sentido común. Por ejemplo, Terrones defiende la cultura popular en la oralidad, la existencia de expresiones populares que sobreviven cuando hablamos, pero critica sin piedad a quienes en la literatura no respetan la tradición, los códigos y las normas. Para él, llevar la oralidad a una página, tal como se escucha, sólo evidencia la pereza del autor y su falta de oficio. Ilustra lo anterior con un texto de la popular escritora Fernanda Melchor. La escritora, en su exitoso libro Temporada de huracanes, narra a un personaje que grita “mamááááááááá”. Así escrita con nueve vocales acentuadas. Quizá, señala irónicamente Terrones, hubiera sido suficiente con que Melchor hubiera dicho que su personaje estaba gritando.
Mi segunda lectura personal sobre el libro es que es un manifiesto en defensa de la libertad de expresión. Hay pasajes importantes dedicados a la crítica, a la crítica literaria y a la crítica de arte. Para él, la crítica inteligente y honesta no es un ataque, sino una conversación. Por eso afirma: “No hay palabra más precisa para la crítica que diálogo”. Somos animales políticos que critican y dialogan —esos valores fundamentales de un régimen democrático y liberal, hoy tan atacado por distintos fanatismos— nos dice Jorge Terrones volviendo al clásico. Y agrega, por fortuna, que también somos animales lectores. Todo esto es lo que nos hace humanos, incluso cuando conversamos con nuestros fantasmas.
• Jorge Terrones, Recuerdo, México, Fondo Blanco, 2022, 162 pp.
Javier Treviño Rangel
Doctor en Sociología por la London School of Economics, autor del libro Policing the Mexican Past. Transitional Justice in a Post-authoritarian Regime, Londres, Palgrave, 2022.