La biblioteca total del hijo de Cristóbal Colón

El sueño de una biblioteca que contenga todos los libros del mundo es tan viejo como la escritura. Aquí presentamos una crónica sobre Hernando Colón, el hijo del descubridor de América, quien consagró su vida al proyecto imposible de reunir en un solo lugar la totalidad del conocimiento humano.

Edición de Los Viajes de Marco Polo con las notas marginales de Cristóbal Colón que descansa en el acervo de la Biblioteca Colombina. Dominio público

Entre los bibliófilos hay uno del que se habla poco. Tal vez porque no definió un eje en torno al cual basar la selección de su acervo, a la manera benjaminiana. Tal vez porque tampoco siguió el axioma de Roberto Calasso que funda la distinción de las bibliotecas y las editoriales en un pacto de buena vecindad, en donde importa tanto lo que se admite como lo que se excluye. No tuvo una biblioteca planeada a la forma de Richard Copley, de Emily Jordan Folger, Jean Grolier de Servières o Louis César de la Baume Le Blanc, donde una disciplina, el tiempo o un nombre regían el afán persecutorio. Aunque todos los coleccionistas tienen como horizonte el sueño de consumar sus estanterías, este hombre de libros afianzaba su biblioteca en una única promesa: la de reunir la totalidad del pensamiento creado en cualquier tiempo, latitud o idioma. Su nombre era Hernando Colón.

El segundo hijo del descubridor de América, Hernando Colón (1488-1539) fue un notable personaje de la escena cultural e intelectual de la España de Carlos V y uno de los bibliófilos europeos más destacados de la historia. Su interés por los libros y sus inclinaciones intelectuales por innumerables saberes y disciplinas produjeron uno de los acervos bibliográficos más voluminosos del Renacimiento y una de las colecciones librescas más distinguidas de España: la Biblioteca Colombina, también conocida como Librería Fernandina. Un proyecto de biblioteca con miras universales que logró reunir más de 15,000 ejemplares; y que buscaba concentrar todo el conocimiento jamás producido hasta entonces. Como su padre, Hernando se propuso también explorar mares y tierras ignotas: su proyecto buscaba ordenar e indagar el mundo y los mundos que le antecedieron a través de las páginas. El hijo del Almirante buscaba con su biblioteca expandir aún más las fronteras de los territorios revelados por su padre a través de la literatura.

Tras el encuentro con América, Cristóbal Colón obtuvo posiciones que permitieron a su familia gozar de grandes oportunidades cerca de la Corona. Su hijo Hernando pudo formar parte del círculo cortesano de los Reyes Católicos a pesar de su falta de ascendencia noble. De acuerdo con la biografía que escribe de su padre, Hernando entró a la corte con su hermano Diego por primera vez con solo cinco años. Pasó su infancia como paje del príncipe Juan y, a la muerte de éste, perteneció a la corte de la Reina Isabel hasta el deceso de ésta en 1504. Esta posición le posibilitó formarse en la escuela cortesana, donde coincidió con personajes de los linajes más nobles y con importantes profesores humanistas, como Pedro Mártir Anglería y Lucio Marineo Siculo, quienes profesaban un particular apego por la Antigüedad Clásica. Esta inclinación propia del Renacimiento, sumada a una vida rodeada de libros y a las lecturas de su padre, tuvo importantes implicaciones en la formación de Hernando y, eventualmente, de su biblioteca.

Cuando el Almirante decidió emprender su cuarto viaje a las Indias, Hernando se sumó a la iniciativa familiar y con solo 13 años zarpó hacia el Nuevo Continente en 1502, para volver en noviembre de 1504, justo el mes en que la Reina Isabel falleció. Posteriormente, el 20 de mayo de 1506, murió su padre. El primogénito de Cristóbal Colón, Diego, heredó los títulos, privilegios y puestos de gobierno en el Nuevo Continente, y tras contraer matrimonio con la sobrina del Duque de Alba, fue nombrado “Gobernador de las Indias e Tierra Firme del Mar Océano”. En cambio, Hernando permaneció en la corte del Emperador para proteger los intereses familiares, labor que resultaría fundamental durante los llamados Pleitos Colombinos, donde defendió el reconocimiento de la jurisdicción de su hermano sobre el resto de las tierras que estaban siendo descubiertas en América.

Hernando se presentó frente a Fernando el Católico como el heredero intelectual de su padre y como un gran conocedor de los descubrimientos y los problemas de gobierno del Nuevo Mundo. Durante ese periodo, Hernando Colón comenzó a escribir lo que sería una importante y vasta obra política, histórica y cultural: entre sus proyectos se cuentan Forma de descubrir y poblar en la parte de las Indias y Colón de Concordia, escrito en 1511, donde propone al rey la circunnavegación del mundo varios años antes de Magallanes y Elcano.

De acuerdo con Klaus Wagner, uno de los mayores estudiosos de la Biblioteca Colombina, entre 1509 y 1510 Hernando comenzó a adquirir libros de forma sistemática. Los obtuvo primero en viajes por las principales ciudades de comercio librero de la Península Ibérica, como Sevilla y Salamanca. Después, y casi hasta el año de su muerte, recorrería ciudades en toda Europa para conseguirlos, como Roma, Venecia, Nuremberg, París y Lyon, además de muchas otras ciudades en Países Bajos e Inglaterra. Es posible conocer su ruta gracias a que en las guardas de los libros don Hernando solía anotar la fecha y el lugar en donde compraba el ejemplar, así como su precio y la conversión a su moneda.

¿Qué tipo de libros compraba el hijo del Almirante? Todo tipo, en todos idiomas, formas, materias y temáticas. Siempre estaba en busca de la última novedad y de las mejores ediciones. Los compraba como fuera, con o sin encuadernar. Entre sus marchantes, Hernando disfrutaba particularmente de aquellos caídos en desgracia, que por falta de liquidez se veían obligados a vender sus bibliotecas. Una tragedia de la que todo buen coleccionista se regocija.

Aunque la bibliofilia de Hernando se presentía desde mucho antes, es probable que éste haya decidido emprender el proyecto de su biblioteca universal tras las pérdidas que generó el saqueo de Roma en 1527 por parte de los ejércitos alemanes y españoles durante el conflicto entre Carlos V y la Liga del Cognac. Su intención, como declaró en un escrito al rey y después en su testamento, no era crear una biblioteca especializada, sino reunir una colección absoluta capaz de custodiar la memoria y el pensamiento producido hasta aquel entonces. De ahí su interés por saberes y disciplinas variadas y su inclinación por adquirir “obrezillas pequeñas de cualquier calidad”.

Como los libracos recogidos por Aby Warburg, Hernando Colón buscaba reunirlo todo: folletos de coplas y refranes, libros de caballerías, opúsculos, literatura popular, sagrada y profana. Tenía predilección por los libros impresos sobre las obras manuscritas. Adquiría libros de autores clásicos, textos bíblicos, volúmenes sobre medicina, derecho, cartografía, astronomía, literatura religiosa y cosmología. Su biblioteca contaba con obras en español, italiano, francés, alemán, latín y griego. Hay libros de género épico, gestas medievales, folletos de actos religiosos, partituras, libros ilustrados, una gran colección de ilustraciones sueltas, grabados y estampas. Reunió también un número importante de incunables, libros raros y piezas únicas, entre los que destacan notables fondos de lengua francesa e italiana, una colección de pronósticos astrológicos de los siglos XV y XVI y un códice carolino de finales del siglo IX o comienzos del X. Desde luego su biblioteca se nutrió también de sus propias obras, que no eran pocas, entre ellasuna Descripción y cosmografía de España, un Vocabulario o diccionario topográfico de España, el Diccionario o vocabulario latino y la admirable Historia del Almirante.

Entre las andanzas de Hernando hubo viajes particularmente significativos para la conformación de su biblioteca, como su estancia en la Roma de León X entre 1512 y 1516. Allí, poseído aún por el interés de su época por la Antigua Roma, adquirió libros de importantes estudiosos de la época, como Leon Battista Alberti, el famoso tratadista, secretario personal de los papas Eugenio IV, Nicolás V y Pío II, y arquitecto encargado de la fachada de Santa Maria Novella y del Palacio de la familia Rucellai. En ese periodo tuvo contacto con intelectuales cercanos del Papa Medici, entre ellos Pietro Bembo, Jacopo Sadoleto y Angelo Colocci. Sus estudios clásicos, especialmente en arquitectura antigua, tendrán una repercusión significativa en los proyectos arquitectónicos de Carlos V. Serán también los viajes en compañía del Emperador donde Hernando Colón se hará de grandes cantidades de libros.

La capacidad de Hernando de seguir expandiendo la Biblioteca Fernandina cambió cuando el acuerdo de la herencia del Almirante, entre la que se encontraba su notable colección de libros, cambió en 1520 con la Declaración de La Coruña, según la cual su hermano Diego mantenía todos sus privilegios y títulos nobiliarios mientras que Hernando renunciaba a los bienes de su padre a cambio de 200,000 maravedíes anuales y la biblioteca de Cristóbal Colón. Diego partió entonces como gobernador a La Española y Hernando permaneció en la corte con Carlos V, rodeado de libros e intelectuales para continuar con su proyecto. Entre el legado de Colón a don Hernando se encontraba el libro de viajes de Marco Polo, la Historia natural de Plinio el Viejo, e Historia rerum ubique gestarum del papa Pío II Piccolomini.

Desde el inicio de su reinado, Carlos V apoyó a los Colón. A lo largo de su gobierno favoreció el proyecto de biblioteca que perseguía Hernando; además, le confió negociaciones muy significativas, como aquella con el rey de Portugal sobre la influencia hispano-lusitana en las islas Molucas y sobre el comercio de especias después de la llegada de Magallanes. Por sus amplios conocimientos de navegación, Carlos V encargó a Colón supervisar la creación de un mapamundi para la afamada Casa de la Contratación de Sevilla. El emperador también dio beneplácito a Hernando para realizar un importante estudio cosmográfico: la ya mencionada Descripción o Cosmografía de España, también conocida como Itinerario, una obra que pretendía mostrar todas las particularidades de España.

Este último proyecto exigía un gran trabajo de campo. En palabras de Juan Pérez, colaborador de don Hernando en su biblioteca, “fue necesario enviar por todos los pueblos de España algunas personas que informasen en cada pueblo de los vecinos que había y de todo lo demás que en él hubiese digno de memoria y habida la información la trajese por fe de escribanos y de testigos fidedignos”. Cada enviado debía anotar en una libreta el nombre y la información geográfica del lugar, las características del terreno, la población, nobleza y arzobispado que ahí residían, las dependencias jurídicas y administrativas de las que dependían, así como leyendas, milagros, fiestas y ferias de la región. Todo esto en aras de ayudar al rey a conocer mejor sus dominios.

Hernando también jugó un papel importante en la vida del Emperador: lo acompañó en su coronación en Aquisgrán, a encuentros con Enrique VIII de Inglaterra y con Francisco I de Francia, así como a la Dieta de Worms. Durante este último evento en 1521, el rey recompensó a Hernando por sus labores con 200 000 maravedíes anuales. Es entonces cuando el hijo del Almirante decide viajar para conocer los más importantes centros intelectuales y libreros de su tiempo y ampliar su acervo; así recorrerá Italia, los Países Bajos y Alemania, donde conocerá a personajes como Erasmo de Rotterdam y comprará centenares de libros. Además de estas compras se sumarán a su biblioteca volúmenes que recibió como obsequios de personalidades como Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática castellana; Juan Ginés de Sepúlveda, opositor de fray Bartolomé de las Casas durante la Controversia; y el propio Rotterdam.

De acuerdo con la Real Cédula de Carlos V fechada el 20 de noviembre de 1536, el Emperador donó a Hernando una pensión vitalicia de 500 pesos “para ayuda a su sustentación y de la librería que hace en la ciudad de Sevilla”. Hernando intentó que esta donación fuera hecha a perpetuidad para que su acervo continuara creciendo incluso tras su muerte. Para persuadir al rey, alrededor de 1538, escribió el Memorial de D. Hernando Colón a S.M. Católica respecto a su librería, donde puede leerse:

[la importancia de] que haya cierto lugar en los reinos de Vuestra Majestad a donde se recojan todos los libros y de todas las lenguas y facultades que se podrán por la cristiandad, y aun fuera de ella, hallar. Lo que hasta hoy no se sabe que Príncipe haya mandado hacer: porque una cosa es instituir librería de lo que en sus tiempos se halla, como algunos han hecho, y otra es dar orden como para siempre se busquen y alleguen los que de nuevo sobrevinieren. Lo segundo es, que además de estar todos los libros juntos para que no se pierda la memoria de tan nobles varones como se desvelaron para nuestro bien, según de muchos está ya perdida, de cuya copia y posesión pudiera resultar certidumbre y sosiego para en las cosas que tocan la religión y al gobierno de la república, y así mismo servirán para beneficio común y para que haya refugio donde los letrados puedan recurrir en cualquier duda que se les ofreciere.

Según los cálculos realizados por Guy Beaujouan, de los 238 volúmenes comprados en 1509 se pasó a 5 878 en torno a 1526. A estas cifras, sin embargo, hay que descontar varios cientos, ya que en 1522 un barco que provenía de Venecia con una gran compra de don Hernando naufragó: 1 638 libros se perdieron. Entre 1526 y 1529 Hernando Colón se dedicó a reponer los libros naufragados, para 1529 el número de ejemplares que conformaban la biblioteca ya ascendía a 4 184. Este naufragio es el que da nombre a la obra de Edward Wilson Lee, Memorial de los libros naufragados (Ariel, 2019), un texto que indaga en la bibliofilia de Hernando, la figura de su padre, y el cambio de paradigma que suscitó el descubrimiento de América para Europa.

Aunque la cifra de libros que conformaron la biblioteca a la muerte de Hernando es incierta, algunos afirman que al menos contaba con 15 481 volúmenes, lo que lo convierte en el acervo bibliográfico privado más voluminosos del Renacimiento europeo. Hernando Colón comenzó la construcción de su residencia y biblioteca junto a la Puerta de Goles en Sevilla en 1526 y la terminó alrededor de 1529; ahí se asentó hasta su muerte en 1539. Existen documentos que nos permiten conocer la forma en la que Hernando Colón organizó y administró su biblioteca, así como la manera en que ésta debía gestionarse tras su muerte. Además del Memorial a Carlos V, contamos con el testamento del propio Colón, las Declaraciones de Marcos Felipe, albacea de don Hernando, y las Memorias de las obras y libros de Hernando Colón, escrito por el bachiller Juan Pérez, uno de los más cercanos colaboradores de Hernando y el encargado de cuidar de la librería tras la muerte de su fundador.

Como afirma Roberto Calasso en Cómo ordenar una biblioteca (Anagrama 2021), una biblioteca no debería encontrar nunca una solución definitiva a su acomodo, ya que la biblioteca y su orden van de la mano del movimiento del pensamiento de su dueño. La biblioteca de un verdadero lector está siempre inquieta porque depende de las preguntas y los mapas mentales de quien la habita. Hernando Colón ideó innumerables tablas y claves de organización para su biblioteca, así como sistemas de etiquetados y el recientemente hallado Libro de los Epítomes, en el que quiso resumir cada libro de la biblioteca. Se estima quediseñó al menos dieciséis repertorios distintos para catalogar su biblioteca, varios de ellos de sorprendente modernidad. Entre aquellos destacan el Regestrum B, un catálogo de adquisiciones con descripciones minuciosasde 4 321 libros adquiridos hasta 1530 en Italia, Alemania, Países Bajos e Inglaterra. En Abecedarium B, también llamado Repertorio 9 o Índice General Alfabético, se encuentran losvolúmenes repertoriados después de 1530, en donde cada libro contaba con la descripción bibliográfica imprescindible: autor, título, lugar y fecha de impresión, formato y signatura topográfica. A partir de este sistema de catalogación se estima la existencia de 1 5481 volúmenes. Además, Hernando concibió un moderno sistema de fichas con autor, título, materia, signatura topográfica, incipit y excipit y datos de impresión de cada obra.

Todo este trabajo exigía la participación de varios colaboradores, por lo que Hernando planeó un examen para los sumistas que quisieran pertenecer a La Colombina. Si el aspirante aprobaba, el sumista se comprometía a pasar al menos tres años en la biblioteca, uno aprendiendo el oficio y dos más rindiendo servicio. El bibliófilo también diseñó un sistema para vigilar a los sumistas y evitar o enmendar irregularidades en el acervo. Hernando Colón estaba particularmente preocupado por la custodia y el cuidado de sus libros, por lo que en su testamento aclaró horarios, salarios, recompensas y castigos pecuniarios para los colaboradores de la biblioteca; además, como ha recuperado Juan Guillén Torralba, el testamento establece la protección de los textos: “el libro estaría tras una rejas, sobre un pupitre o atril, delante correría una especie de tela metálica no muy tupida para que el lector pudiera pasar las hojas sin poder sacar el libro; solo el encargado tendría acceso al espacio donde éstos se colocaban”.

Cada libro del hijo del Almirante contaba con un ex libris en el que podía leerse “Don Fernando Colón, hijo de Don Christoval Colon, primero almirante que descubrió las Yndias, dexó este libro para uso e provecho de todos sus próximos. Rogad a Dios por él”.Si bien Hernando Colón quería que su biblioteca fuera un centro vivo que apoyara la investigación, no era un acervo abierto a todo público y los libros estaban disponibles únicamente para consulta interna: los préstamos estaban estrictamente prohibidos.

Para asegurar el cuidado de su acervo Hernando Colón también dejó establecido en su testamento las formas en las que sus sucesores debían continuar adquiriendo títulos. También dejó registro de las rutas idóneas para ir a las ciudades que destacaban por su industria editorial, asentó las prioridades de los libros a comprar, estableció los tipos de comerciantes a los que debían dirigirse y dio consejos sobre los mejores libreros. El testamento de Colón estableció también que su biblioteca sería heredada a su sobrino Luis Colón; si éste no aceptaba, el acervo pasaría a manos de la Catedral de Sevilla y, en caso de que ésta no la quisiera, sería enviada al Monasterio dominico de San Pablo. Como última opción, la Librería Fernandina sería entregada al Monasterio de las Cuevas. Sus deseos no fueron respetados y María de Toledo, madre de Luis Colón, envió la librería directamente al Monasterio de San Pablo en 1544. Frente a ello, la Catedral buscó que se le otorgara el legado de don Hernando y en 1552 lo consiguió, uniendo el acervo a la Biblioteca Capitular.

Actualmente de la Biblioteca Colombina solo se conservan alrededor de 3 500 volúmenes; entre ellos destacan materiales bibliográficos como el manuscrito único del Libro de las Profecías de Cristóbal Colón, un ejemplar de Imago Mundi del cardenal Pedro de Ailly, famoso por las notas del Almirante, y una edición holandesa de El libro de las maravillas de Marco Polo de 1483 o 1484. La merma de la biblioteca comenzó pocas décadas después de la muerte de su fundador. Hay pocas coordenadas para identificar cómo es que las colecciones fueron menguadas. Gracias al Abecedario de la Librería de la Santa Iglesia Catedral de Sevilla de Juan de Loaisa —el encargado de la biblioteca en la segunda mitad del siglo XVII— sabemos que en 1577, Felipe II pidió que se le prestaran manuscritos de San Isidoro y otros tantos más, que no fueron devueltos. Otros textos terminaron en la Real Biblioteca en El Escorial. Entre 1640 y 1662 los censores del Santo Oficio entraron a la biblioteca y destruyeron o mutilaron todos los libros relacionados con la Reforma, alrededor de 600 volúmenes. Con la desamortización de bienes eclesiásticos, varios otros ejemplares salieron de la biblioteca para reubicarse en la Biblioteca Provincial o en la Biblioteca Universitaria de Sevilla.

Durante la primera mitad del siglo XVIII la biblioteca padeció un terrible abandono que provocó nuevas pérdidas. En el siglo XIX la biblioteca recuperó su carácter de centro de estudios y se convirtió en una atracción para investigadores de todo el mundo; lamentablemente, esto supuso nuevas pérdidas por préstamos irregulares. En 1986 el techo de una de las salas de la Biblioteca Capitular y Colombina se derrumbó, provocando más pérdidas. Por fortuna este acontecimiento resultó una llamada de atención para buscar potenciar las capacidades de la biblioteca como centro cultural y de investigaciones. Hoy la Biblioteca Colombina y la Biblioteca Capitular están resguardadas junto con la Biblioteca del Arzobispado, del Archivo de la Catedral y del Archivo Arzobispal. Sus fondos reúnen más de 180 000 ejemplares.

La totalidad fue y sigue siendo el sueño irrefrenable de muchos coleccionistas y muchas bibliotecas —aunque esta totalidad sea incalculable o esté siempre por venir—. Lo fue para la biblioteca de Sir Thomas Phillipps y para la de Babel de Borges; lo es para la Biblioteca del Congreso y desde luego para el Internet. Sin embargo, siempre hay naufragios, secretos, descubrimientos, viajes inesperados o azares que se burlan de este afán. Paradójicamente, es en esas aguas sin cartografías claras ni confines definidos donde navegan y acometen su empresa los mejores coleccionistas de libros. Son ellos quienes nos muestran que los territorios que aún no conocemos son más que los conocidos y que vale la pena embarcarse en la aventura de esta exploración aunque la misión sea interminable.

 

Valeria Villalobos Guízar
Estudió literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y periodismo y literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires.


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