De la dicha verosímil.
Elogio de un ensayo mexicano

La siguiente reseña celebra la obra más reciente del escritor José Ramón Ruisánchez, Torres (Era, 2022), un conjunto de ensayos literarios personales que renuevan y vuelven a estimular el género.


“Acaso de lo que se trata este libro es de confesar al fin —anota José Ramón Ruisánchez a la mitad de Torres— cómo no he sabido leer a tiempo las anunciaciones de mi propia vida”. Curiosamente, contra todo pronóstico —y junto con Pozos (2015), su hermano mayor—, Torres constituye uno de los momentos más felices del actual ensayo mexicano. Lejos de la solemnidad académica, de las consignas epocales que han hecho del ensayo personal —de por sí escaso en nuestro país— un tibio manifiesto, Ruisánchez sale una y otra vez a conquistar su realidad y vuelve con un puñado de vibrantes incertidumbres. No todo está perdido: está por encontrarse. Cada anunciación leída a destiempo es la oportunidad perfecta para desempolvar los alumbramientos y las parábolas, la pasión y la resurrección, que resguarda nuestro evangelio personal.

Elegí cínicamente el adjetivo “feliz” para calificar el ensayo de Ruisánchez. Sobre todo, tratándose de uno elegiaco como Torres; no sólo por su conversación con los difuntos familiares y literarios, sino por su dicción nostálgica de un tiempo en que las revelaciones eran fruto del discurso y no de su método; por su estructura atomizada y su serie de meditaciones, nacidas con frecuencia de la poesía, en torno al instante. Si éste se define como “único rostro posible de lo eterno”, según Guillermo Fernández, Torres alberga una galería de retratos tan efímeros que más bien parece una casa de espejos rotos. No nos vemos en ellos con nitidez sino con intuición. Antes que reflejarnos ahí, nos advertimos o adivinamos —quiero decir, nos anunciamos desde el pasado o hacia el futuro, pero no en el momento mismo.

La verdadera nostalgia, propone el autor sin formularlo de manera explícita, es del presente. Donde el cuento y la novela exigen una serie de acciones coordinadas, el ensayo sugiere una dramatización reflexiva de los hechos. Trate del amor al cine, las rupturas sentimentales, las naturalezas muertas y las compulsiones del viajero; evoque a una muchacha en el acto de leer o el perfil claroscuro del padre, en cada fragmento de Torres asoma la punta de un iceberg desaparecido. Mejor aún: siguiendo a Erikson en su teoría del desarrollo psicosocial, Ruisánchez trabaja con lo que asoma a la conciencia: frases y visiones, párrafos y estrofas, huérfanos de una unidad mayor; tierras movedizas del sentido.

“El fragmento que ha perdido su contexto pero brilla en esa pérdida —asegura el autor— es una de las formas de mi emoción estética”. Tal emoción es una dicha verbal libre de conjugaciones, animada no por el deseo de iluminar sino de brillar. La diferencia es rotunda: Ruisánchez prefiere objetos que traduzcan la luz a aquellos que la emitan. Antes que una cuestión de pudor, un asunto de empatías y filiaciones. Sísifo del instante, el ensayista alza torres de aire, nunca de marfil, desde donde atisba “una felicidad en la que no se encuentra lo perdido sino que emana de esa pérdida”.

No otra cosa halló Montaigne, recluido en la torre de Burdeos, al hacer de sí mismo la materia errática de sus perdurables ensayos. Si filosofar —de acuerdo con el francés— implica aprender a morir, ensayar —para José Ramón Ruisánchez— equivale a aprender a vivir. Un arte entusiasmado por lo efímero, que traduce la luz de la experiencia a su propia e inalcanzable velocidad.

 

• José Ramón Ruisánchez, Torres. México: Era, 2021, 216 pp.

 

Hernán Bravo Varela
Poeta, ensayista y traductor. Su libro de poemas más reciente es: La documentación de los procesos.

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Publicado en: Reseña