En este ensayo jocoso y erudito, el autor presenta un argumento inapelable contra la terrible costumbre de exigir a los músicos que toquen de nuevo una vez acabado el concierto.

Ilustración: Maricarmen Zapatero
“Un poco más / y, a lo mejor, nos comprendemos luego”, cantaba Álvaro Carrillo para pedirle a su amante que no se fuera; en otras palabras, pedía un desenlace tántrico, una demora de lo inevitable. Un encore que reviviese los pequeños grandes momentos de su relación fugaz. Sin embargo, con la repetición llega el hastío: “Un poco más, / que tengo aromas de cariño nuevo”. De alguna manera, el cantautor oaxaqueño reconoce que estamos condenados una y otra vez a buscar el momento irrepetible. Lo inédito resulta una costumbre.
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Según el escritor y músico inglés Jeremy Nicholas, encore
es una palabra francesa con varios significados (aún, más, todavía, de nuevo, etc.). Lo único que no significa es “Por favor, toque un poco más”. Cuando los franceses y alemanes piden un encore dicen “Bis” (“dos veces”), tal y como hacen los italianos. Paradójicamente, aunque encore es de origen francés, el ingreso de la palabra a la lengua inglesa se debió a una corrupción de la italiana ancora (“de nuevo”), utilizada a partir del siglo XVIII por los asistentes a la ópera italiana en Londres.
Si el término refleja una corrupción lexical, lo que entraña no es menos corrupto. Al grito de “Bis” o uniendo las palmas en un coro de aplausos rítmicos, el público no pide que la música vuelva a tocarse por placer, sino para reforzar didácticamente su memoria de corto plazo; no sospecha que la degustación musical —un proceso de liberación prolongada— es ya una suma de recuerdos que se crean y replican a sí mismos.
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Hoy, los conciertos parecen llevarse a cabo con el propósito de llegar al encore. Una sinfonía, un cuarteto de cuerdas o un conjunto de canciones desemboca en esa última voluntad del auditorio, concedida por músicos que resultan menos benefactores de ocasión que verdugos seriales. No basta, al parecer, con la música ya oída: siempre puede haber más (y peor). Si el fenómeno se replicara en la literatura, sería tanto como adquirir un ejemplar de cierto libro de poemas junto con varios sobrantes para reposición.
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¿Por qué el intérprete se obliga a dar los santos óleos de un encore? ¿Y por qué los escuchas lo reciben entre aplausos? Sobre el río Támesis, a bordo de una fastuosa embarcación, Jorge I ordenó repetir en tres ocasiones la recién estrenada Música acuática de Händel. Los cincuenta ejecutantes debieron tocar al cubo las tres suites y hacer de aquel concierto una repetición ad nauseam de la partitura, un disco proféticamente rayado. Pese al entusiasmo del monarca, la música, como un Titanic en su viaje inaugural, hizo agua y se hundió en el repertorio poco antes de la medianoche, el día diecisiete del séptimo mes de 1717.
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Nadie sabe el bien que tiene hasta que lo tiene por partida doble. Hace años, escuché la virtuosísima (por no decir celérica) actuación de una pianista rusa —a la que llamaré, a riesgo de folclor, Petrushka—. Es sabido que los mexicanos ovacionan los gritos de un cantante o el aporreo de un teclado, y apenas si rozan las palmas frente a un solista que hace alarde de contención. Pues bien, luego de concluir el Tercer concierto para piano y orquesta de Prokófiev, Petrushka ofreció un encore. La pieza podría haber sido de Rajmáninov o Liszt, de no ser porque un amigo y yo adivinamos la melodía de un nocturno de Chopin. No conforme con su indeseable brillantez, Petrushka editó el nocturno de buenas a primeras, quizá buscando eso de lo que carecía la obra del polaco: una impaciencia endemoniada. El público aplaudió a rabiar, como era de esperarse. La pianista alzó la cola de su vestido de noche y, pavorreal siberiano, hizo caravanas menos barrocas que su interpretación.
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Borges sentenció que “Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres”. El argentino, admirador del tango y de Brahms, bien pudo haber mencionado al encore, que multiplica el número de veces que un intérprete, sordo ante el adiós y el silencio, sale a escena seguido de un aplauso progresivamente afónico.
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Suelen citarse mal aquellas palabras de Ingrid Bergman en Casablanca. Play it once, Sam —“Tócala una vez, Sam”— mutó, con el paso de los años, en Play it again, Sam —“Tócala otra vez, Sam”—. Al pobre pianista no le ha quedado más que repetirse y tocar, con memorizada nostalgia, un error de reproducción. Segundas partes nunca fueron buenas —ni muy verosímiles que digamos.
Hernán Bravo Varela
Poeta, ensayista y traductor. Su libro de poemas más reciente es: La documentación de los procesos.