J. Edgar o los matices del claroscuro

El mérito de una buena biopic, o película biográfica, es mostrar con destreza los claroscuros de un personaje. Digámoslo con los tonos acostumbrados: nadie es totalmente negro, gris o blanco. Con la controvertida La caída (Der Untergang, 2005) el alemán Oliver Hirschbiegel levantó ámpula al mostrar “el rostro humano” –el del final, el temor, la duda y la vulnerabilidad– de Adolf Hitler, el monstruo histórico por antonomasia.

Seguro que Clint Eastwood –el actor que dio rostro y manos a Harry El Sucio, policía de procedimientos no ortodoxos; que fue alcalde republicano de Carmel, California; y que dirigió Bird, la eficaz biopic sobre el malogrado Charlie Parker– sabía lo que se jugaba al involucrarse con la vida de J. Edgar Hoover, director por medio siglo del FBI, y uno de los hombres más poderosos de todas las épocas.

Es fácil dar por sentada la fluidez narrativa de la película, la naturalidad con la que se hilvanan secuencia tras secuencia en otra sorprendente muestra del oficio como director que ha alcanzado este ícono multifuncional de la cinematografía. Pero además de esa maestría, debe aplaudirse la exitosa mancuerna con el guionista Dustin Lance Black, que permite mostrar con seriedad a un personaje por demás complejo.

Habrá quien diga que en la mirada de Eastwood hay inocultable filia conservadora. Lo que en verdad se muestran son hechos, no juicios. El espectador ve y escucha los orígenes de Hoover, sus convicciones, creencias, fobias, paranoias, yerros, excesos, intimidades, preferencias y heridas profundas. El filme acierta al darle multidimensionalidad a un personaje que podría ser linchado fácilmente al nivel de la caricatura: hacerlo trizas en trazos superficiales.

Menudo reto lograr caracterizaciones convincentes de personajes exhibidos a lo largo de su vida; de jóvenes a viejos, y de regreso. Salvo algunos instantes en los que Arnie Hammer (en el papel de Clyde Tolson, protegido de Hoover) parece fugado de un caluroso museo de cera, los tres intérpretes principales –Leonardo DiCaprio, Naomi Watts y el propio Hammer– quedan bien parados en esta tarea.

J. Edgar (2011) puede ser vista como una invitación a reflexionar sobre la seguridad nacional, la pertinencia y los límites de las tareas de inteligencia, y la naturaleza y el ejercicio del poder. Pero esas ya son harinas –pertinentes aquí y ahora, es cierto– de un costal no cinematográfico. Jordi Torre 

 

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Publicado en: Cine