En la antigua Roma, el término opus no sólo designaba el trabajo físico; refería también el afán intelectual —incluida la obra de arte. En su famosa “Epístola a los Pisones”, Horacio aconseja cómo perfeccionar el opus mediante feliz analogía: la obra ha de ser pulida mediante el limae labor (el trabajo de la lima), al tratar al texto como un objeto artesanal que requiere perfección técnica. Los artistas, pues, producen obras; ¿pero qué hay de aquellos que no las produjeron y que, sin embargo, portaron con justicia la pesada corona del arte sobre sus cabezas?
En un ensayo sobre los oficios de André Gide, Christopher Dominguez Michael sugiere que, siendo su diario su pieza capital, la misma vida de Gide no fue otra cosa que su verdadera obra maestra; Octavio Paz hace lo propio al sugerir que la verdadera obra de Jorge Cuesta se encontraba en su magisterio. La formulación de esta hipótesis puede retrotraerse más todavía: Nietzsche ya lo había insinuado en el aforismo 299 de La gaya ciencia: “¡seamos poetas de nuestra vida, sobre todo en los detalles menudos y triviales!”.
Ricardo Gómez Robelo engrosa las filas de los artistas sin obra. Los concilios de la Santa Iglesia han definido la naturaleza de su dogma; el de Gomez Robelo ha tenido, de suyo, tres estadios: Jamie Torres Bodet, Sergei Zaïtzeff y José Emilio Pacheco. Otros más han escrito sobre él; no han aportado, sin embargo, información otra. Yo seré uno más de esta cofradía; me limito acaso a actualizar las noticias a los nuevos lectores.
Éstos son los hechos de su vida: nació en 1884 e, ignorando su niñez y adolescencia, se sabrá de Gómez Robelo hasta la primera juventud, cuando comenzó a publicar en El Mundo Ilustrado y la Revista Moderna; en 1904, recopiló sus mejores poemas en En el camino; hizo después vida literaria en Savia Moderna; firmó la “Protesta Literaria” contra la Revista Azul de Manuel Caballero; y, al final de cuentas miembro inconstante del Ateneo, conferenció y se opuso al positivismo. Una de estas intervenciones (“Obra de Edgar Poe”) asombró a Pedro Henríquez Ureña, quien elogió su alta preparación intelectual, espíritu independiente y la profundidad de sus ideas estéticas, basadas a la sazón en Schopenhauer.
Gómez Robelo fue descrito por sus contemporáneos como poseedor de “vigorosa inteligencia”, “vasta cultura” y “don de hablar”. Era “cruel” y “siempre un poco estéril”; no sorprende que se dejara captar con recurrencia por su abúlico temperamento. Idealista, creía que la práctica poética es facultad de “espíritus angélicos”, elegidos, a los que les es permitido “dar forma a las apariciones flotantes e intangibles”. Por eso su lucha era desde entonces contra sí mismo: sublimada, acicate de creación; solidificada, ímpetu autodestructivo. Tenía físico y carácter de personaje de Dostoievski (huesudo y feo, de gruesos labios, con algo de lagarto) y, como ellos, compadecía a su hermano, el hombre. Alguna ocasión, al ver postrada a una prostituta en un burdel, se arrodilló y proclamó: “¡No te beso a ti, beso en ti todo el sufrimiento humano!”.

Tras el golpe de Victoriano Huerta (de quien se desempeñó como procurador general), Gómez Robelo se exilió en San Antonio, Texas, junto con su esposa, “La China”, y su hijo. Quizá para hacerse la vida menos miserable, el poeta hizo migas con un grupo de bohemios que gravitaba alrededor del escritor John Cowper Powys y el matrimonio comprendido por Roubaix de l’Abrie-Richey “Robo” y Tina Modotti. Formaron un falansterio acaso parecido al de Bloomsbury y, en cuyas largas noches, Gómez Robelo discurría sobre filosofías orientales y recitaba poesía inglesa (Blake, Shelley, Swinburne), al tiempo que sostenía un sake en las manos.
Allá, Gomez Robelo colaboró para la Revista Mexicana de Nemesio García Naranjo, a quien, en ocasiones, sustituyó como redactor de editoriales y artículos de fondo. Ahí, teniendo al Álamo como testigo, publicó Sátiros y amores, un segundo libro de poesías ilustradas por Robo. Con el ascenso del general Obregón, volvió a la patria mediante llamado de José Vasconcelos para ocuparse primero como inspector de bibliotecas y después como director de Bellas Artes. El entusiasmo del Ulises lo contagió; y él, Gómez Robelo, lo extendió a su vez a sus amistades trabadas en los Estados Unidos, mientras les figuraba un México donde podrían “vivir en comunidad, cultivar verduras y flores”.
El matrimonio Gómez Robelo acogió a los l’Abrie-Richey, así como al fotógrafo Edward Weston; fungió como su cicerone, y los introdujo en los ambientes culturales de la época. Incluso les agenció un par de exposiciones. Luego de la trágica muerte de Robo por viruela, los Gómez Robelo acompañarán a Modotti en el proceso; sin embargo, el duelo no obstó a que Ricardo exacerbara su devoción por la fotógrafa italiana. Debemos a Vasconcelos esclarecedora precisión del estado del poeta hacia estos años, producto del desamor de Modotti: “Lentamente —registra en El desastre— la pasión malsana le adelgazaba el cuerpo, le narcotizaba el cuerpo”.
Durante su regreso a México, Gómez Robelo escribió para Azulejos, El Universal Ilustrado y El Maestro, revelándose como un correcto traductor (trasladó a Wilde, Ruskin y Mallarmé) y crítico de arte (de no disimulada inspiración mauclairiana, quien se ostentaba como el rey de los críticos desde el Mercure de France). No obstante, fuera de En el camino, tampoco produjo otra obra cabal. Alfonso Reyes expresará de él que pertenece a “la raza de escritores que no escriben”; Julio Torri lo clasificará dentro del grupo de los “escritores malogrados”; y, de haberlo conocido, Enrique Vila-Matas habríalo incluido en su colección de Bartlebys.
La obra de Gómez Robelo ha sido neglijida; diríamos: no sin injusticia. Sus piezas conocidas —reunidas en edición por Zaïtzeff dedicada a él y a Carlos Diaz Dufoo hijo— hablan del amor. Nuestro poeta intenta cantarlo (su descubrimiento: la emoción y la expectativa); pero la melodía del amor es caprichosa y no basta desearla para escucharla. Y entonces testifica su desfalco (la decepción: el sabor amargo y el dolor). Como uno de sus personajes, Gómez Robelo no amaba a una mujer, sino a la Mujer. Amaba al amor: era el místico sentimiento quien lo torturaba y escribirlo, para el poeta, su remedio. En política, el absoluto propende a la tragedia colectiva; en el poeta, a su anihilación.
Para Gómez Robelo, “uno es el poeta y múltiples las situaciones que describe” y siempre, en el fondo, se encuentra “la verdad de lo que llaman los indios La Gran Palabra”. En su caso, esa Gran Palabra transmigró casi siempre por medio del soneto o de la silva. Predominan en Gómez Robelo los versos de arte mayor (alejandrinos y endecasílabos), a veces los heptasílabos. Eso sí: incorpora, las más de las veces, rima asonante o bien de consonante libre. No fue un poeta académico, sin duda; pero no cometemos atropello si decimos que fue un modernista más de aquella generación.
Hallazgos en su obra hay pocos. Sorprenden sobre todo algunas innovaciones en el tema. Tal es el caso de Alma patria (1923), cuyo sujeto es, a la manera de López Velarde, un acercamiento a la idea de México. Gómez Robelo no presume la pureza, tono menor y sutil ironía del jerezano —ni quién lo dude; con todo, no deja de sorprender que ambos se hayan consagrado a la misma búsqueda durante la primavera de 1924. No hay registro de comunicaciones entrambos, como tampoco las hay entre Newton y Leibniz al descubrir cada cual, en el mismo periodo, el cálculo infinitesimal.
Despunta, si se quiere, una innovación temática: aquí es el idealista de las formas quien se impone al enamorado (el lector del Fedón deja de lado al del Banquete). Surge una poética de la negatividad en Gómez Robelo, que comienza por su objetivación a través de los sentidos, las sustancias y los paraísos artificiales:
Estas ebria, Ninón, mas llega y dame
Del vino que bebiste: yo he dejado
Mi fuerza en el camino, que he escuchado
Palabras que dijera un labio infame.
Deja esta noche que al olvido llame
Y en el vino piadoso refugiado,
Sueno no ser un hombre, que he escuchado […]
para mutar, en último término, en un salto a la Nada:
Muerte, sólo por ti la vida es buena,
Sólo en ti no hay tortura ni esperanza
Y roída de angustias y de pena
Cada vida se aflige en tu añoranza.
Para el poeta, lector hasta sus postreros días de Schopenhauer, la belleza surge en la contemplación desinteresada de las Ideas, manifestadas por el artista a través de la representación. Gómez Robelo acusa saberlo; se presenta como ese traductor de ideas:
Transformadas por ti, diosa tranquila,
Y en la luz de tus ojos se ha encendido
La mirada de todos los poetas.
Pero hay un riesgo: para encontrar esas Ideas, exige liberarse de la sujeción a la voluntad individual. El costo —Gómez Robelo no lo desconocía de antemano—era alto. Hölderlin se recluyó en la torre de su mente durante 36 años; Gérard de Nerval se ahorcó tras varios episodios maníacos; a Robert Lowell apenas y lo salvaron los internamientos psiquiátricos y los electroshocks. Gómez Robelo, “genio prematuramente condenado”, asumió su destino y resolvió consagrarse a la belleza sin importar los costos. Ofrendó su vida a esa:
[…] flor envenenada
Que da la muerte a quien procaz la toca
Y en el fuego divino de tu boca
Vuelves el polvo a convertir en nada.
Hacia 1922, el Museo Nacional publicó a Gómez Robelo un opúsculo sobre antropología mexicana (El significado esotérico de algunos símbolos nahoas); uno más, hasta donde tengo noticia, permanece inédito (La ciencia en la construcción de los templos precolombinos de México). Más que un autor en toda regla, nuestro poeta fue un facilitador entre potencias creadoras o, mejor aún, alguien para quien saber —y hacer saber— era fecundar. Un poeta de su propia vida y de la de los otros.
Se ofreció a Gómez Robelo salir en encomienda diplomática a Brasil en misión especial, donde ya “iba poseso” y “dominado de satiriasis”; poco después, perecería “devorado por el deseo”. El calendario marcaba el año 24 y Gómez no pasaba de los 42.
Antonio Nájera Irigoyen
Ensayista. Ha colaborado en Letras Libres, Criticismo y Laberinto, entre otros medios.