¿Es José Juan Tablada uno de nuestros grandes poetas? Se mensuran los grandes poemas por su relación con el presente y la capacidad de suspenderlo (“Homero es nuevo cada mañana”, observó Charles Péguy); con los grandes poetas sucede otra cosa: así los calificamos por sus relaciones sea con el pasado o con el futuro. La culminación de un género o el hallazgo de una forma bastan para abrir las puertas de la grandeza literaria; también hay razones extraliterarias —dijéramos—  que ofrecen el añorado paraíso: la conformación de una escuela es una de ellas, otra la recepción de premios y reconocimientos. De todas estas condiciones, Tablada sólo participó en una, la menos importante: ingresó, poco antes de morir, a la Academia Mexicana de la Lengua.

Hay un cierto consenso alrededor de la importancia de su obra: carece del alcance, sin embargo, del clasicismo de González Martínez y del ímpetu renovador de López Velarde, sus estrictos contemporáneos. De las cuatro grandes antologías de poesía del siglo —Las cien mejores poesías (líricas) mexicanas de Castro Leal, Toussaint y Vásquez del Mercado; la Antología de la poesía mexicana moderna de Cuesta; Poesía en movimiento de Paz, Chumacero, Aridjis y Pacheco; y el Ómnibus de poesía mexicana de Zaid—, aparece en todas. Como Dios, Tablada ejerce su poder en todas partes; y, al mismo tiempo, no lo vemos. O mejor dicho: no lo presiente quien no quiere hacerlo. ¿Qué ha pasado entonces con nuestro Tablada?

Al convenio literario sobre Tablada, pronto se arrimó otro: el de sus devaneos políticos. Se deseó reducir al poeta a señorito porfirista, a colaborador de Victoriano Huerta. Por favor, demos un manotazo en la mesa y clamemos injusticia. Fue más y peor que eso: ejerció la adulación y defensa de cuanto presidente ocupó la silla del águila (su arribismo se reveló, cuando menos, ecuménico). Estas acusaciones, que datan desde los tiempos del propio poeta, parecen haberle importado poco. En carta a Genero Estrada, desahogó: “Quizás cuando hable de Vasconcelos, me vuelvan a decir adulador, lo cual me tiene absolutamente sin cuidado”. El beneficiario aquella vez era nuestro Ulises pero podía tratarse de cualquiera.

“La revolución —comunica de nueva cuenta en misiva a su primo— en la mayoría de nuestros compatriotas no parece haber dejado más que un satánico afán de destruir, de menoscabar, de negar…”. La revuelta, comenzando por el asalto de su casa japonesa de Coyoacán por los zapatistas, obligó a Tablada a abandonar el país por más de veinte años (primero como diplomático en Colombia y Ecuador, luego en Nueva York); visto así, la aparente liquidez de sus lealtades es un conservadurismo más propio del cobarde que del genuino reaccionario. Tablada era un conservador como lo han de ser los poetas (por más temor al desorden que a la injusticia, según declaró Goethe a Eckermann) y, claro, también por el beneficio que le redundaba ese sabroso tráfico de influencias.

Además, sus contemporáneos vieron en Tablada a un frívolo: dueño de una notable solvencia técnica (escribió sobre todo y en todos los géneros), lo que el poeta presumía de dominio formal lo perdía en penetración. Las piezas de Tablada —amonestó Antonio Castro Leal— “ni llegan ni conmueven al gran público, aunque no dejen de tener valor en el progreso y desarrollo de las formas poéticas”. Militó en el parnasianismo, el simbolismo y el decadentismo, convirtiéndose el mejor imitador de Manuel Gutiérrez Nájera (a quien frecuentó con apenas 20 años, en la redacción de periódicos y revistas), en un México finisecular donde Justo Sierra ejercía de Jules Ferry y Ruben Darío de Victor Hugo. Las mejores pruebas poéticas de este periodo descansan en El florilegio, de 1911.   

“Los modernistas roban a la época”, acusó Jorge Cuesta. Tablada no habría repudiado esta apreciación: meditando sobre Apollinaire y Cocteau, poetas a los que con desprecio se  calificaba de amusants, afirmaba que esta aparente frivolidad podía ser una defensa contra el tedio de la vida moderna. Pero el oficio poético, para Tablada, era todo menos un divertimento: interesado pronto en la teosofía, se adhirió a la convicción de encontrar y revelar la Cuarta Dimensión de los seres y de las cosas. Esta transposición de las correspondencias de Baudelaire era, para él, la única  misión del poeta. Los rastros de este periodo, que mucho debe a Lugones, se encuentran en Al sol y bajo la luna

Tablada acometió dos viajes en su primera adultez que cambiaron su poesía. El primero de ellos fue al Japón, de donde su testimonio Viaje al país del sol. Si el viaje tuvo o no lugar es discusión que ya han mantenido Atsuko Tanabe y Seiko Ota, entre otros; por lo demás, poco importa. Xavier de Maistre precisó la posibilidad de viajar sin profanar siquiera los límites de nuestro cuarto; Borges, por su parte, insistió también en la supremacía de la literatura sobre la realidad: el abandono de las formas francesas por Tablada y su posterior adhesión al haiku acaso prueban un viaje más importante y sobradamente más real: el interior.  

Tablada había mutado —como observaron Borges y otros— el “jacquet baudeleriano” por el “florido kimono”; y, en el haiku, encontró por fin el “valor de la imagen” y el “poder de la concentración de la palabra” que tanto buscaba. Dejando atrás la impostura de sus primeros poemas, se reveló original; y, sin embargo, tampoco persistió en el ejercicio. Una vez celebrados Un día… poemas sintéticos Li-Po y otros poemas, de 1919 y 1920, nuestro poeta buscó otra cosa: un cierto mexicanismo. Tablada, a quien como a Alfonso Reyes, se acusaba de poco mexicano, aun cuando nadie ha difundido más que ellos el arte de nuestro país en las grandes capitales. Incluso Alfonso Tarracena, que tenía ojeriza contra Tablada, lo llamó nuestro “rompehielos” por esta labor de difusión. El jarro de flores y La feria son resultado de este ímpetu tardío. 

Si en algo nos podemos poner de acuerdo con respecto a Tablada, es sobre su carácter prometeico. El abate Mendoza, que fue cercano a nuestro primer haijin, atribuyó este afán de renovación poética a un trasunto de su personalidad. Y le asiste la razón: en carta al falso religioso, Tablada mismo confesó: “La vida universal puede resumirse en una sola palabra: movimiento”. Octavio Paz, que fue uno de los primeros en apreciar a Tablada en sus propios términos, se negó a buscar el valor de su obra en la unidad; ésta se esconde —acotó— en “su fidelidad de aventura”.

El juicio literario ha sido, hasta hoy, ambivalente con Tablada. Contemporáneos suyos, como Ciro B. Ceballos, lo desdeñaron, de la misma manera que lo hicieron los otros contemporáneos, quienes aceptaron su presencia con cortapisas (Villaurrutia sostuvo que era nuestra Eva, al tiempo que López Velarde nuestro Adán, frase en la que yo —junto con Castro Leal— intuyo una rosa envenenada). El resto de contemporáneos lo desechó al tener a Gutiérrez Nájera como único sanctus patronus. 

La generación de enmedio, la del Ateneo, lo ponderó bien como poeta correcto o bien como traductor de la novedad y de formas extranjeras; en todo caso, siempre como un poeta de segunda. Aquellos que siguieron, los estridentistas, abrazaron a Tablada de manera momentánea como figura tutelar, en buena medida gracias a las simpatías personales entre Tablada y su jefe de filas, Manuel Maples Arce. Durante la segunda mitad del siglo, Alí Chumacero elogió su espíritu pionero, mientras que José Emilio Pacheco que hubiera convertido el modernismo en vanguardia, y Gabriel Zaid su capacidad de rejuvenecimiento.

Pero asomamos la cabeza por la ventana  y seguimos sin ver a Tablada. Su biografía es la de un mexicano que contra todo y todos —ejerciendo de comerciante de muebles, pinos y vino, periodista, diplomático e intrigante de tiempo completo— quiso cumplir una vocación. Y no sólo eso: su recorrido literario, ayuno de la sensibilidad de unos y la profundidad de otros, acompasó el tránsito de nuestra tradición del siglo XIX al XX, pasando por todas las modas y vanguardias. 

Una sola palabra, seguida a lo largo de los años en la producción poética de Tablada, basta para testificarlo. El “saúz” como exuberancia decorativa del Tablada modernista: 

¡Tu sonrisa es un filtro de locura!

¡Tu boca es la mortal adormidera!

¡Tu cuerpo es una helada sepultura

que orna como un saúz tu cabellera! 

pasa  a objeto mágico durante el periodo satanista:

¡Yecán, Yecán!

Sufre y sufre el saúz

su queja desesperada…

deshebrando en mechas de azufre

sus ramas de amarilla luz…

¿No amanecerá nunca…?

Ladran a un falaz brillo

los coyotes de la espelunca

y no aparece el Dios Cariamarillo.

reducido después a los austeros rigores del haiku:

Tierno saúz

casi oro, casi ámbar

casi luz… 

o:

Romántico saúz, lloraste tanto

que agobiado, en el río te reflejas

como en tu propio llanto… 

que será después elemento bien mexicano hacia las postrimerías de la vida del poeta:

Nada hay

tan semejante a una chinampa florida

como su carne escondida

bajo tápalos de Catay…

Y a ella toda, como la gran curva de luz

del cohete que en silencio vuela

y suspende, doblado en festón de saúz,

un jardín milagroso en la plazuela

Tablada fue —acudo a Paz una vez más— “curioso e insaciable”, invitándonos siempre a la vida. “No a la vida heroica, ni a la vida ascética —agregó nuestro Nobel—, sino, simple y llanamente, a la vida”. ¿Acaso eso no hace a los grandes poetas?

Antonio Nájera Irigoyen

Ensayista. Ha colaborado en Letras Libres, Criticismo y Laberinto, entre otros medios


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