En un futuro distópico, inquietantemente similar a nuestro presente, donde las corporaciones son dueñas del calendario, las videollamadas han alcanzado niveles horroríficos de sofisticación, y Estados Unidos, México y Canadá son parte de un mismo país gobernado por una ex estrella de televisión —que además de todo usa peluquín—, personajes de los orígenes más disímiles luchan por existir, se desarrolla La broma infinita, quizá la última gran novela americana.
A 30 años de su publicación, regresamos a las colinas de Boston y a las historias de sus decenas de personajes que, a lo largo de más de mil páginas con notas al pie, poco a poco dejarán de ser sólo historias para convertirse en profecías de nuestros tiempos. Y es que a finales del siglo pasado, la literatura norteamericana ya anticipaba varias de las tendencias que definirían al nuevo milenio. American Psycho, de Bret Easton Ellis, o Fight Club, de Chuck Palahniuk, ya exploraban temas como la masculinidad, el consumismo o la soledad.
David Foster Wallace decidió ir mucho más allá: sus historias no sólo buscaban explorar las ansias del ser humano ante el futuro incierto, sino ser un vehículo para que él mismo —y nosotros junto a él— pudiéramos sumergirnos en la búsqueda más sagrada y vital: la búsqueda del sentido de la vida. Eso es La broma infinita: una novela maximalista sobre gente de todas las edades y orígenes sociales tratando de encontrarse a sí misma y su lugar en este mundo caótico y despiadado.

Desde jóvenes promesas del tenis con futuros tan prometedores como sus propias ansias, hasta drogadictos en rehabilitación, los personajes de Wallace comparten la misma lucha por encontrar algo verdadero a qué aferrarse en un mundo repleto de estímulos enajenantes y esclavizantes. Afecto, amistades reales, compasión con uno mismo… No importa cuál sea, todos podemos identificarnos con alguna de las carencias que padecen sus personajes. Foster Wallace renuncia a ser un simple escritor y empieza a convertirse en oráculo, porque no sólo muestra de forma conmovedora los estragos espirituales de sus personajes, también que los coloca en un contexto político y social similar al nuestro.
Con investigar muy poco sobre Foster Wallace, sabremos que, además de contar con un cerebro brillante, fue una persona de una sensibilidad y empatía casi tan grandes como su ansiedad y depresión. Quizás esta forma de ser le permitió ver que varias de las “bondades” de la modernidad, como la comunicación instantánea, la globalización o la inmediatez, son sólo barreras para distanciarnos aún más del otro.
La gran paradoja de nuestros tiempos —y que quizás La broma infinita anticipó mejor que cualquier obra académica o de ficción— es que la virtualidad, sumada a la velocidad con la que el mundo se mueve y nos arrastra, tarde o temprano nos arranca de nuestro entorno y nos pone al borde de un precipicio de autocompasión, ansias perpetuas y depresión. En un mundo que cambia de forma vertiginosa, es muy fácil sentirnos rebasados y abandonados, totalmente solos e incomprendidos. Y ante problemas espirituales difíciles de resolver, quizá los estímulos artificiales como las sustancias o el entretenimiento sean el único medio, si no para escapar, al menos para evadir esa pesadez existencial.
Por eso digo que David Foster Wallace dejó de ser un escritor para convertirse en profeta. Creo que él, mucho mejor que nadie, logró anticipar este presente de scrolleo incesante, de estímulos repetitivos que, en lugar de alimentar el alma, la adormecen; que, en lugar de acercarnos a los demás, nos alejan. Una de las mayores virtudes de la novela es la forma en la que el autor logró llevar las ansiedades que sentíamos a finales del siglo pasado a un futuro cercano —que más o menos coincide con nuestro presente— en el que, de manera casi clarividente, logró anticipar los excesos sociales y tecnológicos del capitalismo posguerra fría. Desastres ecológicos, drogas de diseño, políticos demagogos y adicción mortal a las pantallas.
Es en este contexto donde los personajes de nuestra historia luchan por dejar únicamente de sobrevivir para poder empezar a vivir. Pero la virtualidad, la competencia sin tregua por prosperar en la vida, las expectativas nuestras y de los demás sobre nosotros, muchas veces nos lo impiden. Eso, tarde o temprano, nos lleva a buscar formas de evasión: no importa si son las sustancias, el sexo o la fama, al final estas falsas soluciones solo nos adormecen y quedan lejos de curarnos el alma. El mensaje constante de la novela es que todas estas opciones, que todos estos estímulos tanto físicos como químicos, distan mucho de ser soluciones reales para nuestros estragos espirituales.
Como alguien que batalla con un problema tan de nuestros tiempos como la procrastinación, el haberle podido dedicar durante meses varios de mis días y mis noches a La broma infinita ha sido una de las experiencias más satisfactorias que he tenido como lector. El perfecto balance entre ficción posmoderna y manual de autoayuda hace que cada página leída sea una mezcla de especulación tecnológica y social y un proceso terapéutico y de autoconocimiento. Genuinamente, pocas veces he leído una novela en la que perciba tanta empatía del autor hacia el lector. A pesar de que por momentos pueda ser una lectura demandante, hay algo en la forma en la que la novela está escrita que parece decirnos: “Eh, cierra Twitter y guarda tu celular. No tengas miedo de seguir leyendo y sentir, que eso sí es real”.
En varias de sus entrevistas, Foster Wallace habló de la diferencia entre entretenimiento y cultura. Mientras el primero nos adormece, la segunda nos nutre. Algo similar decía de las relaciones personales: existen las relaciones codependientes en las que ambas personas se hunden mutuamente, o las relaciones virtuosas en las que los involucrados se impulsan a crecer y superarse. En el fondo el tema es el mismo: la capacidad de elegir. Ya sea entre alimento o comida chatarra —el primero nutre mientras la segunda enferma—, como entre la evasión o las ganas reales de vivir y sentir, incluso con los riesgos que esto conlleva.
Vivir es enfrentarse a esto todos los días y perderle el miedo a elegir: a elegir crecer como personas, a elegir construir relaciones genuinas, amar y perdonar, a elegir trabajar, disciplinarse y romper malos hábitos; elegir, al final de cuentas, que merecemos vivir de verdad y no sólo existir. En el fondo, la gran profecía de David Foster Wallace es menos pesimista de lo que creíamos: sí, el mundo es hostil y busca borrarnos como individuos; sin embargo, siempre, incluso en la circunstancia más adversa o desfavorable, podemos elegir.
Elegir ser nosotros y desde ahí construir nuestra relación con el mundo, no desde lo que creemos que este espera de nosotros, sino desde la reflexión y el autoconocimiento profundo de cómo queremos vivir en él. Al final del día, por más hostil que el mundo sea con nosotros mismos, siempre podremos optar por lo verdadero y real ante lo virtual, lo falso o lo efímero. Optar por la verdad frente a lo falso, por difícil que resulte. Ésa es la lección del profeta estadunidense que bien dijo: “La verdad te hará libre, pero primero te hará sentir fatal”.
Alejandro Villaseñor
Lector y diletante