Aprender a flotar sobre el abismo

Una tortuga japonesa es una criatura híbrida: como anfibio, puede disfrutar tanto de ambientes acuáticos como terrestres. Una tortuga japonesa sabe nadar, pero, fuera del agua, sólo flota cuando es atada a un globo de helio. Ésta es la escena de la junta empresarial que inaugura la novela Lecciones de nado para naufragios recurrentes (Antílope, 2025). El protagonista y narrador de la novela tiene que salir de esta junta de manera precipitada cuando recibe una llamada que le informa que su padre va a morir. La tortuga japonesa flotante, que una ejecutiva introduce como ejemplo de balance, se vuelve un detalle narrativo en el tapiz del absurdo que sostiene el ambiente de la novela. Pero la premisa de la historia es todo menos absurda: el protagonista está a punto de perder a su padre, quien ha decidido morir, y a M, su pareja, que lo deja por otro hombre. La textura disparatada del tapiz de Teja invita a acompañar al protagonista en su duelo, pero desde una perspectiva fresca —y, sobre todo, humorística— que expone la pérdida como experiencia humana de forma tan rica como reveladora. 

La palabra “anfibio” da cuenta de una condición híbrida: viene de los vocablos griegos amphí (ambos) y bios (vida). Un anfibio como la tortuga japonesa, entonces, vive dos vidas. El protagonista de Lecciones de nado para naufragios recurrentes es un hombre de mediana edad que, aunque mamífero y no anfibio, se ve atravesado por dos vidas y sus inminentes ausencias en la suya. En medio de este naufragio doble, el protagonista toma unas vacaciones en Estetitánic, un barco que no zarpa para evitar la suerte de la nave de donde toma su nombre. En estas vacaciones, el protagonista tiene una sola meta: aprender a nadar.

Sin embargo, las cosas no salen como esperaba: Estetitánic es un espacio pensado exclusivamente para parejas, pero, minutos antes de salir del departamento, M decide no acompañarlo. El acuerdo de tomarse unos días de vacaciones juntos fue el último intento de salvar su relación, pero M cambió de opinión. El protagonista, sin embargo, está decidido a embarcar, así que burla a la administración del barco y se mete a escondidas. Aunque puede participar en todas las actividades y aprovechar las instalaciones, tiene que dormir en una jaula, con el resto de solteros empedernidos. Durante la noche, los solteros (por cierto, todos hombres de mediana edad) dejan atrás los espacios para humanos y regresan a un espacio originalmente planeado para fieras. ¿Simulan los solteros ser bestias durante la noche, ser animales salvajes extraídos de sus hábitats naturales y se mantienen encerrados en jaulas para prevenir comportamiento errático o violento, o simulan ser vacacionistas plenos y racionales durante el día? Más bien, como la tortuga japonesa, los solteros son criaturas híbridas, que pueden moverse por ambas categorías sin estar completamente cómodos en ninguna. Los solteros enjaulados están tan desamparados y tan fuera de lugar en un crucero para parejas como un animal salvaje en una jaula. Su única alternativa es tratar de integrarse al circo que es Estetitánic, manteniendo la esperanza de que sus parejas llegarán aunque todo indique lo contrario. 

Estetitánic es quizá el elemento más disparatado de la novela: es un barco en una ciudad sin cuerpos de agua navegables, y toma el nombre de la que tal vez sea la embarcación más famosa debido a su hundimiento trágico. En Estetitánic, los vacacionistas participan en todo tipo de actividades recreativas, pero el suceso estelar es La Fiesta del Pasado. Cada jueves, los pasajeros asisten a esta fiesta, en la que rejuvenecen físicamente por unas horas y disfrutan de la música, la pista de baile y el alcohol como si tuvieran 25 años de nuevo. El narrador protagonista participa en esta fiesta, pero no la disfruta tanto como el resto: ya que está apenas en su tercera década de vida, aún tiene algo de juventud cotidiana y auténtica, y además, por ser soltero, no puede socializar en la fiesta quedándose confinado a un rincón entre la barra y la bocina. 

Todo el personal del barco se reduce a Pérsico Bezares (chofer, capitán, oficial de aduana y barman, entre otros oficios) y a dos gemelas misteriosas, que recuerdan a Leni de El Proceso de Franz Kafka. El escritor de Praga también inspira la atmósfera de Estetitánic: los espacios son irracionales e imposibles de recorrer, los pasillos son interminables y abundan las puertas entreabiertas, que ocultan ojos que miran desde las sombras y se burlan del protagonista. 

El ambiente imposible que habita (y al que ha escapado para huir de su ruptura amorosa y la decisión de morir que ha tomado su padre) refleja el estado psíquico y emocional del protagonista: su mundo ha perdido toda lógica y él carece de un camino claro. En medio del laberinto que es su vida y su destino vacacional, el protagonista tiene una meta clara: aprender a nadar. Para lograrlo, se inscribe a clases donde sólo hay adultos mayores, que se burlan de él. Rosa, que usa un traje de baño de leopardo, se vuelve su aliada y su amiga, y nunca se cansa de lanzarle aros para bucear. En la alberca, el protagonista encuentra un espacio para divertirse y superar sus retos: primero aprende a flotar y pronto es capaz de nadar con soltura. Como la tortuga japonesa, el protagonista sale del ambiente que le es natural (tierra firme, pero también su contexto familiar y su relación tóxica) y acepta el reto de sumergirse en lo desconocido y aprender a nadar.

Sería fácil leer la novela de Teja como una alegoría de autoayuda. Nadar es difícil, pero la alternativa es hundirse; así, aunque hacerlo quizá sea absurdo para un mamífero con el corazón roto, lo único que queda es aprovechar las vacaciones y tomar lecciones de nado. Sin embargo, la potencia narrativa de Lecciones de nado para naufragios recurrentes nos invita a ir mucho más allá. La novela entiende que el mundo, tanto el ficticio como el nuestro, no es lógico, y no hay una receta sencilla para flotar entre sus absurdos. Teja construye una ficción donde no hay respuestas claras, donde la gente cambia de opinión y rompe corazones, donde un barco varado en medio de una enorme ciudad de concreto promete un refugio romántico. Aunque la melosa metáfora de tocar fondo y aprender a nadar para superar situaciones difíciles es tentadora, Teja no se conforma con ella: el resultado es una novela compleja que encara las complejidades del duelo sin filtros, que rechaza la autoayuda y sus metáforas como bálsamo paliativo para buscar una perspectiva mucho más profunda del duelo como una emoción y una experiencia inherentemente humana. 

Es así como Teja nos propone aprender a nadar: no como una receta infalible para superar las dificultades de nuestras vidas, sino como un reconocimiento de que el naufragio es inevitable y recurrente, pero se puede aprender a flotar y a transitar. El protagonista de Teja se transforma de un mamífero citadino a una tortuga japonesa, que, aunque lento y quizá de manera un poco torpe, es capaz de flotar sobre el abismo.

Ana Herrera 

Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Ibero y estudiante de maestría en Experimental Humanities en New York University 

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Publicado en: Ciudad de libros, Reseña

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