Dos invitaciones a László Krasznahorkai: Premio Nobel 2025

MADRID, SPAIN - OCTOBER 30: (EDITOR'S NOTE: Image has been converted to black and white) Author Laszlo Krasznahorkai poses for a portrait at Residencia de Estudiantes on October 30, 2018 in Madrid, Spain. (Photo by Carlos R. Alvarez/WireImage)
Carlos R. Álvarez / Getty Images

Presentamos dos cartas que sirven como invitación a la obra del recién premiado László Krasznahorkai: Premio Nobel de Literatura 2025. En ellas, dos lectores muestran las capas que esconde una prosa hipnótica, cuyo registro toca al no-tiempo de la poesía, de la ausencia y de la opresión que anida en el corazón humano y en las caras anónimas de seres que buscan la salvación en este purgatorio en vida. Una obra fundamental para nuestra época.

Alejandro Villaseñor

Ronda la idea de que nadie conoce a los ganadores del Nobel de literatura hasta el día en que los premian. En mi experiencia casi siempre es el caso: cada anuncio de un ganador significa un nuevo nombre para mí. Pero este año fue distinto, el jueves me desperté con la noticia de que la academia sueca le concedió el premio literario más célebre del mundo a László Krasznahorkai, uno de los escritores que más me han impresionado. Y si bien creo que los premios literarios son la peor cualidad para destacar en la obra de alguien, no puedo evitar emocionarme por el hecho de que los libros de uno de mis autores favoritos van a estar en la mesa de novedades de la mayoría de las librerías del mundo en sólo unas semanas.

Hay una anécdota que ejemplifica bien por qué considero a László Krasznahorkai un escritor tan fundamental para nuestra época. Cuando su novela Satantango se publicó en inglés por primera vez, el escritor húngaro comentó que sólo podía confiarle la titánica tarea de traducirla a su amigo el poeta George Szirtes. Tras varias súplicas, Szirtes le dijo: “acepto, pero necesitaré tiempo”. A lo que Krasznahorkai contestó: “no te preocupes, querido amigo, lo único que tenemos es tiempo”. Lo traigo a cuento no sólo porque la traducción de su novela tardó diez años, sino porque el tiempo, o mejor dicho, su ausencia, es un elemento fundamental en toda su obra. 

Los universos en donde se desarrollan sus novelas, similares al extraño poblado al que llega el agrimensor K. en El castillo, existen fuera del tiempo. Ya sea una granja colectiva o un pueblo aislado y sin nombre en la Hungría comunista, los escenarios de sus historias son una especie de purgatorios al margen de la historia. Como Vladimir y Estragon en Esperando a Godot, sus personajes viven en una vigilia perpetua. Pero no sólo es con Kafka o Becket como Krasznahorkai juega con el tiempo. Es con su prosa donde este elemento se vuelve más evidente. Una vez que nos sumergimos en sus larguísimas y elaboradas oraciones –que sin lugar a dudas exigen paciencia y concentración–, es como si saliéramos del tiempo y nos sumergiéramos en un caudal que fluye al margen de éste. Su estilo narrativo no es una mera cuestión de virtuosismo; intenta más bien llevarnos a un lugar al margen de nuestro mundo, donde la violencia y lo ominoso no se muestran de forma explícita, pero se sienten y respiran en cada una de sus páginas. 

Probablemente por ese estilo tan único, su amigo y compatriota Béla Tarr ha llevado a la pantalla varios de sus libros. Al traducir las imágenes literarias a un lenguaje cinematográfico, Béla Tarr sustituye las oraciones extensas e híperenfocadas por tomas muy largas y contemplativas. Ambos artistas coinciden en que la lentitud y la paciencia son actos revolucionarios en este mundo de lo efímero, de lo fugaz. 

Leer a László Krasznahorkai es entrar a un mundo donde todo está tan meticulosa y obsesivamente descrito, que los personajes, la historia y el ambiente terminan siendo parte de un todo. Leerlo también significa hacer algo tan radical para nuestros tiempos como concentrarnos en una página, un párrafo o una línea y olvidarnos de todo lo demás. Entendemos que, a diferencia de sus personajes que buscan un mesías o una revolución que los saque de su gris y anodina realidad, nosotros ya estamos saliendo de la nuestra al entrar en el caudal profundo y denso de su escritura. Si bien sus fábulas son oscuras y pesimistas, hay algo profundamente utópico en un escritor que no tiene miedo en adentrarse a un vendaval de oraciones y párrafos interminables donde como él mismo ha dicho: “en la literatura como en la vida, el punto final sólo lo pone Dios”.

Emiliano Márquez

Sucedió al fin. O bien, antes de lo esperado. A los 71 años László Krasznahorkai ganó el Premio Nobel de Literatura 2025. Cada cierto tiempo el premio se sacude el polvo de otros años para darse a un escritor como este. Un escritor único que avanza entre el escombro de los siglos, que mira el cielo alejarse, dueño de su cansancio, con un leve apetito de extinción. Cada cierto tiempo es ahora, mientras imaginamos que en alguna estancia del número 51 de Henrik Ibsens gate en Oslo un grupo de ancianos trajeados, entre risas nerviosas, y temblorosos por tanta cafeína, escondían en un sobre el dictamen del Nobel de la Paz.

En unos cuantos trazos el escritor laureado (Gyula, Hungría 1954) ha compuesto el relato de sus orígenes, donde el punto de partida es la asincronía del espacio soviético. Que huyó de su familia burguesa para andar entre la gente que después vendría a poblar sus libros. Para vivir, pues, como entre páginas de Chejov, Dostoieveski y Tolstoi. Que para ser un escritor húngaro de genio en esa época había que beberse primero la propia vida, aunque pronto dejó de beber. Que preparó Tango Satánico –su primera novela– oración por oración, como eslabones de memoria, antes de escribirla. Que no planeaba escribir más, pero tenía que volver a ensayar esa misma novela otras tres veces, con los títulos Melancolía de la Resistencia, Guerra y Guerra, y El barón Wenckheim vuelve a casa. Que Béla Tarr amenazó con suicidarse si no trabajaban juntos en algo. Que todos estaban briagos en el rodaje de Tango Satánico (1994), película de siete horas basada en la novela homónima. Que el príncipe Lev Nikolaievich Myshkin vive entre nosotros. Que terminó escribiendo prosa porque los personajes a su alrededor merecían más atención y eran más interesantes que él mismo. En fin, que no quería ser escritor. Pero henos aquí.

Mientras dormíamos, una llamada telefónica alcanzó al autor, de visita en casa de un amigo en Frankfurt. Su primer instinto, según cuenta, fue recordar la locución de Beckett al saberse ganador del Nobel en 1969: what a catastrophe!

Adentrarse en el cúmulo de sus libros es tarea gozosa de los días que vienen. Cualquier sitio es bueno para comenzar si aun no se comienza. Tal vez su narrativa podría verse como un ser bicípite. Las dos cabezas: Tango satánico, Y Seiobo descendió a la Tierra. Esta última, una obra de arte de cierta clase que, como la Comedia de Dante, “when first seen, puzzles one, but on leaving it […] one finds new beauty in natural things” (a decir de Ezra Pound). Un libro que ayuda a afinar la percepción de la belleza en un estadio donde el tiempo escatológico podría estar averiado.

Libro de pasajes numerosos que lleva de la Acrópolis con sus turistas regordetes como hormigas tostadas por el sol, a una conferencia donde un experto en Bach se eleva a la catedral del dolor de la Matthäuspassion mientras sus pocos oyentes roncan y cabecean, a la corte del Gran Rey Artajerjes II donde el Libro de Ester toma cuerpo, de ahí a la casa del maestro Ito Ryosuke en Kioto que talla en madera de hinoki una máscara , a la Alhambra –que uno puede visitar cualquier día o nunca, o todos los días–, sin dejar de ser víctimas de su mala disposición para ser en verdad mirada y entendida, nos dice Krasznahorkai. Y a lo largo de cada pasaje se avanza como en puerta giratoria. Un libro, en fin, sin el cual Krasznahorkai no hubiera merecido el Nobel, pero que por sí solo tampoco hubiera bastado para ganar. What a catastrophe indeed!

Alejandro Villaseñor

Lector y diletante

Emiliano Márquez

Lector


2 comentarios en “Dos invitaciones a László Krasznahorkai: Premio Nobel 2025

  1. Felicidades, Alejandro. Qué alegría leer un texto tan apasionado en el que nos contagias tu fascinación por Krasznahorkai.

  2. Gracias a los dos. Yo era de quienes no sabía nada de este escritor que ustedes y el Nobel consideran magnífico. Felicidades!

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