Las trabajadoras: escritura-cuenco, escritura-hilo

Hay libros que no se leen de principio a fin, sino en espiral, como si uno los atravesara por capas de hilos. Las trabajadoras, de Mónica Nepote, es uno de esos: fragmentario, tejido, más cercano a un telar que a un relato lineal. No pide ser comprendido —ese verbo tan escolar—, sino habitado.

Nepote escribe con la conciencia de que el trabajo —en particular el de las mujeres— no cabe en definiciones unívocas. Su escritura fluctúa entre memoria, reflexión política y anotación cotidiana, recordándonos que el pensamiento también es una práctica manual. Cada fragmento es una puntada que revela lo que queda oculto: la costura.

En el panorama poético mexicano, el libro dialoga con esa demanda creciente por escribir sobre genealogías femeninas. Muchos textos vuelven una y otra vez a la premisa de que las mujeres de su familia son la raíz de su identidad. El gesto es valioso, pero cuando se repite sin giros nuevos se vuelve más reiteración que apertura. Lo que hace Nepote no se siente así: el rasgo definitorio de su escritura no es justificativo ni didáctico, sino hospitalario. Una escritura-cuenco que atiende tanto a voces como a silencios. En ellos, el texto adquiere su luminosidad más nítida.

Aunque la experiencia obrera se entrelaza con el deseo, la intimidad y la memoria, en Las trabajadoras la ruptura es clara: la autora se adentra en lo poético, en lo que no pertenece del todo a este mundo, sino que alumbra hacia otro. Ese cruce entre experiencia obrera y enunciación poética también lo han explorado otras voces. María Sudáieva, por ejemplo, que a través de su obra Eslóganes (Sur+, 2019) compone una escritura furiosa sobre la vida de los trabajadores de Bielorrusia y Vietnam; o el poemario del poeta chino Xu Lizhi (1990-2014), trabajador de Foxconn, una de las fábricas más grandes de ensamblaje electrónico, que circula en traducciones y fanzines por todo el mundo. Tengo en las manos una de esas ediciones, publicada por el colectivo Lumbre: ocho hojas cosidas con hilo dorado, papel rosa brillante, donde la denuncia se vuelve objeto manual. En el centro, una fotografía tomada de un noticiario: dos obreros de Foxconn, exhaustos, desplomados sobre la línea de producción. Ese mismo pulso de precariedad y resistencia atraviesa el libro de Nepote, quien logra que la escritura misma se convierta en denuncia y en gesto reparador.

Las máquinas —de escribir, de coser, de comunicar— no son neutras: respiran, laten, acompañan. Nepote desmonta el mito de la máquina impersonal y le devuelve un pulso humano, como Rosario Bléfari en sus canciones y poemas, donde lo banal se convierte en revelación. Bléfari podía detenerse en una bolsa de supermercado o en un paseo en colectivo para transformarlos en arte. Nepote hace lo mismo con la máquina de coser o la de escribir: las vuelve artefactos vivientes, contenedores de memoria, resonancias de una vida compartida.

En este gesto también resuena Cecilia Vicuña, la artista y poeta textil chilena: “Mi mamá me transmitió su fuerza, ella no usaba el ego. Me transmitió una creencia en que lo que uno siente es la guía. Estar enraizado en la tierra es lo que le da a uno la fuerza espiritual”. Para ambas, la práctica textil es más que oficio: es forma de pensamiento, vínculo con lo terrestre. El telar y la escritura aparecen como metáforas y prácticas corporales, inseparables de la tierra que sostiene a quien las ejecuta.

La escritura de Nepote también dialoga con Lilian Allen, poeta jamaicano-canadiense que en 1993 publicó un libro de dub-poetry dedicado a las mujeres trabajadoras, incluidas costureras migrantes. En distintos registros y latitudes, se repite la necesidad de devolver nombre y espesor a lo invisible, de convertir el canto o el poema en acto político.

Las trabajadoras se cruza, incluso, con el cine. En El hilo fantasma, película de Paul Thomas Anderson estrenada en 2017, la costura aparece como disciplina, obsesión y control, encarnados en el genio masculino de Reynolds Woodcock. Pero la película muestra apenas de reojo a las costureras anónimas que sostienen su prestigio. Nepote invierte la perspectiva: su foco está en esas manos invisibilizadas, las nombra, les devuelve densidad. Mientras que en el filme el vestido disciplina, en el libro la escritura hospitalaria teje linajes-hilos, fibras comunitarias.

El texto se permite quiebres de solemnidad. En un pasaje aparece la voz de la hermana de la autora, transcrita en su oralidad precisa. Este gesto brechtiano recuerda el poema “Preguntas de un obrero que lee”, escrito en 1935 durante el exilio de Bertol Brecht en Dinamarca:

La gran Roma está llena de arcos de triunfo,
¿quién los erigió?
César derrotó a los galos,
¿no llevaba siquiera cocinero?

Nepote actualiza esas preguntas en clave femenina y textil: ¿quiénes sostienen el genio, la historia, la producción?, ¿qué cuerpos se desgastan tras bambalinas?

La fibra verde: escritura y ecología

La dimensión ecológica en Las trabajadoras aparece como un murmullo persistente. No se trata sólo de hablar de talleres textiles, máquinas o genealogías femeninas, sino de situar esas prácticas en un horizonte donde lo íntimo se enlaza con lo planetario. El gesto de coser, de mecanografiar, de escribir, se hermana con los ciclos de la tierra: la precariedad de la obrera se conecta con la de los ecosistemas.

Es inevitable pensar en Donna Haraway y su propuesta de “hacer parentesco” más allá de lo humano. Las trabajadoras se puede leer como un texto que los fabrica: entre mujeres, entre máquinas y cuerpos, entre fibras vegetales y fibras narrativas. La escritura de Nepote hace visible esa red en la que lo doméstico se expande hacia lo global, donde la memoria obrera se mezcla con la urgencia ecológica. Como diría Haraway, se trata de aprender a “vivir y morir bien con los demás”, humanos y no humanos, en un planeta dañado.

Chantal Maillard también resuena en este libro, sobre todo en la imagen del huso: escritura que aparece y desaparece como hilado, que no busca totalidad sino filamentos, detenciones. En Husos, Maillard escribe como quien trama y destrama, como quien observa el hilo de lo viviente. De manera similar, Nepote convierte la escritura en tejido que se disuelve en silencio, que deja huecos para que hablen las plantas, los objetos, las ausencias. Esa apertura hacia lo más-que-humano es una forma de resistencia: un texto que no clausura, sino que ofrece hospitalidad al futuro.

La autora parece decirnos que el trabajo textil y la escritura no son sólo oficios humanos: están hermanados con los ritmos de lo verde, con la potencia de las semillas y con la fragilidad de los ecosistemas. En este sentido, Las trabajadoras no es sólo una crónica sobre mujeres y máquinas, sino también una ficción especulativa ecológica: apuesta a un futuro donde dignidad, tejido y naturaleza puedan coexistir como un mismo linaje. La escritura hospitalaria de Nepote es también terrestre, escritura que reconoce que el futuro será verde o no será.

Constelaciones fragmentarias

La hibridación formal —poesía, ensayo, listas, retazos de archivo— no es ornamento experimental. Es resistencia ante la homogeneización literaria. Frente a la monumentalidad del relato único, Nepote propone constelaciones sensibles, mosaicos que invitan a leer desde lo íntimo hacia lo común, que se expanden. Lo doméstico se desborda hacia lo mundial; la memoria familiar se inscribe en la colectiva.

Cuando se llega a la última página no hay conclusión, sino eco. Las trabajadoras vibra más allá de su cierre, alterando la manera en que pensamos la relación entre escritura, cuerpo, trabajo y comunidad. El libro forma parte del sello Heredad, cooperativa editorial que ha construido un catálogo dedicado a formar nexos entre el arte, la historia y la colectividad y que busca establecer lazos entre el presente profundamente violento que vivimos y la capacidad para seguir imaginando una experiencia de vida colectiva que no niegue las heridas del pasado sino que las suture hacia un futuro más digno. Como en un telar abierto, las hebras quedan sueltas, listas para que quien lee también las tome.

Luli Serrano Eguiluz

Escritora y locutora, ha colaborado en medios como Rockdelux, Vice, La Semana de Frente, Noisey, Gatopardo, Radio Chilango, entre otros.

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Publicado en: Ciudad de libros