Este año tenemos la oportunidad de mirar los rostros de papel de una de las editoriales señeras de nuestro país: el Fondo de Cultura Económica, que cumple 90 años de prolífica labor. Para celebrar a una de las casas que abanderan la edición mexicana en el mundo, vale la pena analizar la imagen de cubierta de algunas de sus colecciones emblemáticas: Economía, por ser la primera; Colección Popular, por ser una de las series bandera de la casa; Breviarios y Letras mexicanas, por ser muestra de la ampliación del catálogo que hizo el Fondo hacia nuevas disciplinas, a partir de los años 40. Además, todas surgen y son, de alguna forma, motor en la administración de dos icónicos editores de la casa: Daniel Cosío Villegas y Arnaldo Orfila.
El diseño en el FCE: editores, imprentas y diseñadores de la casa
La historia del Fondo no se comprendería sólo tomando en consideración los aspectos vinculados con su catálogo editorial, ya que en la construcción de esa casa también confluyeron aspectos materiales y técnicos de la edición, el diseño e impresión de las obras. En esa empresa participaron muchos editores, operarios tipográficos, ilustradores y diseñadores, quienes formaron el entramado humano de los Departamentos Técnicos, de Producción y Diseño.
Por las actividades relacionadas con la publicación de El trimestre económico, Daniel Cosío Villegas y Eduardo Villaseñor, sus primeros directores, se adentraron en el negocio editorial, lo que también incluyó los aspectos técnicos de la producción impresa y su comercialización. En esa primera etapa de la casa, el director estaba en relación directa con las responsabilidades de aspectos materiales de los libros y era él quien decidía, entre otras cosas, la compra de tipos móviles y papel.
En ese temprano momento de la editorial se conocieron Cosío y Vázquez, quien era entonces regente de la Imprenta Mundial de Rafael Quintero. En 1937 Quintero vendió la imprenta a los trabajadores que se organizaron en cooperativa. Un año después, la imprenta quebró. A ese inconveniente hubo de sumarse la irregularidad en el suministro papelero en México, que no se estabilizó más tarde. Estos problemas ocasionaron que el Fondo tuviera que encontrar otros talleres para imprimir sus libros, como la Imprenta Universitaria; la cooperativa de Artes Gráficas Comerciales, Imprenta Aldina, o Talleres Gráficos de la Nación. Después, se adquirió un taller para uso exclusivo del Fondo, aunque no fue hasta 1941 cuando la producción impresa de la editorial se regularizó.
A mediados de 1939, debido al aumento del ritmo de producción en la casa, se hizo evidente la necesidad de crear el Departamento Técnico, etapa que coincidió con la afluencia de intelectuales, escritores y editores del exilio republicano español a México. Javier Márquez, uno de ellos, se ocupó desde su llegada de la producción editorial del Fondo, con el apoyo de Vázquez. En 1942 Joaquín Díez-Canedo se incorporó como atendedor de galeras, tres años después ya ocupaba el Departamento Técnico; de allí pasó a ejercer el cargo de gerente de producción hasta que renunció en 1962 para iniciar su sello Joaquín Mortiz. En 1945 se sumaron Sindulfo de la Fuente, Luis Alaminos y Vicente Herrero; en esas fechas se iban del Fondo Francisco Giner de los Ríos y Javier Márquez. Un año después se incorporaba Antonio Alatorre, al que se sumaría luego Juan José Arreola, ellos serían los primeros dos mexicanos del Departamento Técnico. En 1954 se trasladó la editorial a las nuevas oficinas, con modificaciones en la estructura del departamento: se incorporaron Augusto Monterroso, Enrique González Pedrero, Juan Almela (mejor conocido como Gerardo Deniz) y Martí Soler, entre otros.
Díez-Canedo tenía un refinado gusto tipográfico formado entre otros estímulos por la admiración que sentía por el trabajo editorial de Juan Ramón Jiménez y de José Bergamín de Editorial Séneca, y era muy crítico con la calidad que presentaban los libros mexicanos de la década de 1930. Una de las colecciones que más le desagradaba era Tierra Firme, a la cual consideraba “modelo de lo que no se debe hacer”. Sin embargo, él mismo comentaba que Breviarios y Letras Mexicanas: “entonces sin comparación en México y en muchas otras partes; […] tenían un diseño más moderno”.
Otro de los colaboradores de ese periodo fue Martí Soler Vinyes quien estuvo ligado al Fondo por décadas. Su entrada fue de la mano de Orfila y Díez-Canedo; luego formó parte del equipo estable de Siglo XXI Editores, antes de volver al FCE con la administración de Consuelo Sáizar. Soler considera como sus maestros de edición y aspectos tipográficos a su propio padre, al refugiado Ramón La Moneda (que trabajaba en Grijalbo), a Díez-Canedo, Orfila, Chumacero y Alexandre Stols.

Volviendo a las imprentas vinculadas con Fondo, Imprenta Gráfica Panamericana prestó sus servicios desde 1941. En 1956, el Fondo recurrió de nuevo a una serie de empresas externas, momento en que llega a México el holandés Stols, enviado por la UNESCO. Él invitó a su paisano Boudewijn Ietswaart “Balduino”, para trabajar en la casa entre 1960 y 1962. Además, colaboraban en la diagramación y los dibujos de los libros un cuartero de artistas destacados: José Jiménez Botey, Elvira Gascón, Vicente Rojo y Alberto Beltrán.

Cuando Joaquín Díez-Canedo renunció en 1961, Alí Chumacero tomó el puesto de gerente de producción. Él será otro de los personajes relevantes en la vida e imagen de la editorial. Ingresó al sello como corrector en 1951; sería más tarde gerente de producción, editor y autor. Varios editores señalan de él su especial sensibilidad para el diseño tipográfico, que se vio plasmado en varias de las ediciones y portadas del Fondo.
La etapa gráfica que correspondió con la dirección de Arnaldo Orfila, y con el departamento técnico en manos tan diestras, fue una de las más propositivas en cuanto a la imagen en las portadas del Fondo. El abrupto e infortunado final de su gestión se vio también reflejado en la cara de las ediciones. Desde el ingreso de Salvador Azuela a la dirección en 1966 se presentaron numerosas dificultades técnicas y de producción, como la fluctuación en el mercado internacional de papel y cartulina, lo que aumentó de manera considerable los precios de estos insumos y por ello los costos generales, factores que provocaron retrasos editoriales.
Cosío Villegas y la Colección de Economía
Daniel Cosío Villegas estudió derecho en la Universidad Nacional donde se graduó en 1925. Durante su vida participó en diversas actividades académicas y desempeñó importantes cargos públicos: fue secretario general de la UNAM (1929) y por un breve periodo director de la Escuela Nacional de Economía (1933-1934); además fue presidente de El Colegio de México (1957 y 1963), consejero de la Secretaría de Hacienda y del Banco de México. Tuvo una notable producción como ensayista e historiador y fue director de la revista Historia Mexicana (1951-1961).
En 1934, con Eduardo Villaseñor, publicó el primer número de la revista El Trimestre Económico, que se convertiría en la piedra fundacional del Fondo de Cultura Económica. En 1937 la Junta de Gobierno lo nombró director de la casa. Durante sus años de gestión (1934-1947) estableció reglas claras de operación y definió el primer programa editorial que sumó a las publicaciones de economía, otras áreas de interés como las ciencias sociales, la literatura, la filosofía, la historia, la sociología y las ciencias políticas.
Al año siguiente se publicaron los dos primeros títulos del FCE: El dólar plata, de William P. Shea y Karl Marx, de Harold Laski, con los que se iniciaba la sección de Economía; ambas obras fueron impresas en los Talleres Gráficos de la Nación. La colección de Economía, tendrá como primer director al propio Cosío, luego a Javier Márquez, y más tarde a Víctor Urquidi.

En Economía podríamos identificar varias épocas en el diseño de sus portadas, la primera es sin duda el “Periodo Naranja”. La mayoría de las portadas de esta colección tendrán ese color conferido por el papel, matiz que será perceptible en las cubiertas hasta los años 70. Las portadas de los primeros 20 años de la colección, tendrán acomodos tipográficos centrados y con textos en la parte media superior de la página. Los títulos estarán compuestos sobre todo en mayúsculas, aunque son perceptibles algunos juegos de tamaños como en las portadas de Guía de Keynes y Presente y futuro del dinero. Las tipografías empleadas en las portadas e interiores de esta primera etapa son casi siempre revivals de cortes clásicos: Janson, Baskerville, Caslon.
El uso de la imagen se hará presente en la colección de Economía casi a finales de la década de los 50: fotomontajes o collages fotográficos, realizados con fotograbados en medios tonos. La gestión de Cosío Villegas se caracterizó por un tratamiento austero de estas portadas, fundado en el manejo tipográfico de buen gusto y un tanto conservador. Este recurso gráfico se prolongará también por casi 40 años, aunque con mejores resultados de impresión que en las primeras épocas. A inicios de la década de los 60 veremos algunas de las portadas que el diseñador holandés “Balduino” hizo para el FCE, lo que marca un primer “antes y después” en la imagen de esta colección. Sin despojarse de la paleta naranja, Balduino hace un uso más contrapunteado del color, y realiza los cabezales dibujados a mano en diversos estilos caligráficos. En la década de 1970 se iniciará para Economía una segunda etapa de diseño, con base en el uso de fotografías impresas en duotonos de objetos metálicos, y con tintas plateadas, muchas de Lourdes Almeida.
Arnaldo Orfila Reynal y la Colección Popular
El segundo director de Fondo fue Arnaldo Orfila Reynal (Argentina, 1897-México, 1997). El argentino tuvo su primer contacto con México al asistir como delegado de su país al Congreso Internacional de Estudiantes en 1921, durante el cual conoció a Cosío Villegas, quien años más tarde lo contactó para que fuera el director de la primera filial del Fondo en Argentina, tarea que cumplió entre 1945 y 1947. De ese cargo, pasó a dirigir la editorial en México, entre 1948 y 1965. Su gestión marcó de manera profunda el rumbo editorial del Fondo y, por extensión, de la imagen de sus portadas. Durante su dirección se publicaron casi 900 títulos nuevos, se iniciaron dos de las colecciones más relevantes del FCE: Breviarios y Colección Popular; y se reinició la publicación del Noticiero Bibliográfico.
En 1959, en el marco de las bodas de plata de la editorial, da inicio la Colección Popular con varios títulos entre los que destacan El llano en llamas y La muerte tiene permiso, y que más tarde albergaría obras como El laberinto de la soledad. Esta colección marcará uno de los momentos más interesantes del diseño gráfico del Fondo de Cultura, ya que es una de las que presentó con más claridad el amplio repertorio de artistas y diseñadores que trabajaron para la casa entre las décadas del 60 y 70.
De los diseñadores de Colección Popular quisiera resaltar al también argentino Alfredo Hlito, quien recibió su primera formación artística cuando en 1938 ingresó en la Escuela Nacional de Bellas Artes donde permaneció hasta 1942. En 1941 fue uno de los firmantes del “Manifiesto de Cuatro Jóvenes,” junto con Claudio Girola, Tomás Maldonado y Jorge Brito, que exaltaba el arte racionalista y condenaba el figurativo. Expresionista en sus inicios, Hlito evolucionó a partir de 1944 hacia la abstracción y, más tarde, hacia el arte concreto, fundando en 1946 la revista Arte concreto-Invención. Fue también uno de los fundadores de la Asociación Arte Concreto (1949) e integró el Grupo de Artistas Modernos de la Argentina (1952).
Además de su obra artística, Hlito realizó escritos teóricos y fue un destacado diseñador gráfico de portadas para la editorial argentina Nueva Visión. Con el tema de las volutas, que inició hacia 1956, Alfredo Hlito empieza a distanciarse de la estética geometría que había caracterizado su obra hasta entonces para centrarse en la creación de formas libres y esquemáticas basadas en líneas, articulaciones sobre el plano a través del color.
Entre 1963 y 1973 reside en México y en esa época produjo varias portadas para el Fondo. Es significativa la que hizo de El llano en llamas, de Juan Rulfo para la Colección Popular de 1965. En ella podemos constatar los elementos que definieron su creación visual. Este libro es un ejemplo interesante de las mutaciones en las concepciones gráficas que el FCE aplicó a sus portadas.

Como señaló alguna vez en entrevista Joaquín Díez-Canedo al referirse al estado del arte editorial de los años 30, incluía entre los libros feos a los del Fondo: “con sus portadas verdes, azules, naranjas y de otros colores; pero esto ya estaba establecido como norma por Cosío Villegas y no había modo de cambiar”. De una u otra forma, por omisión —tangible austeridad— o por acción, las cubiertas de los libros, elaboradas entre la fundación de la editorial y la salida de Orfila, fueron adoptando el “estilo” del editor en turno. Es verdad que este estilo debe verse a la luz de la disponibilidad de recursos materiales y condiciones técnicas del mercado mexicano, ya que es en ese periodo cuando se da una transformación en los procesos de impresión, primero fundado en el linotipo y más tarde en el offset, y cuando se presentan los problemas del suministro de papel en el país.
Otra consideración es que, si bien en la casa hubo un amplio espacio para el trabajo de artistas visuales y dibujantes, sus obras no se vieron reflejadas con nitidez en las portadas durante el periodo de Cosío Villegas y tampoco en las colecciones que no tuvieran un carácter literario o humanístico. El uso de ilustraciones para las colecciones de la casa tuvo un notable incremento a partir de la segunda mitad de la década de 1940, es decir durante la administración de Orfila, lo que permite vincular de algún modo la dirección editorial del argentino con la expansión de la ilustración editorial en el FCE.
Entre las colecciones que fueron escenario vivo del despliegue gráfico editorial figura, por ejemplo, Breviarios y Letras mexicanas. La primera, surgida en 1948 hizo amplio uso de imágenes fotográficas con una diagramación en dos mitades, que se mantuvo a lo largo de sus etapas de diseño, siendo una de las últimas caras la que rediseñó Pablo Rulfo (2002-2003).
Por su parte, Letras mexicanas surge en 1952 con Obra poética, de Alfonso Reyes. De exquisita factura las primeras portadas llevan discretas viñetas de Miguel Prieto, Elvira Gascón, María Teresa Toral y Guillermo Barclay, entre varios ilustradores más, que por lo que se recoge en el epistolario editorial de la casa fue del agrado de los autores.
Imposible abarcar la nómina de ilustradores, fotógrafos, artistas visuales y diseñadores que han forjado la estética editorial del Fondo en 90 años. Sirva esta breve reseña como homenaje a un espacio de creatividad en “fondo y forma” de las letras de México y el mundo.
Referencias
Arnaldo Orfila Reynal, La pasión por los libros, Edición Homenaje, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 1993.
Díaz Arciniega, Víctor, Historia de la casa. Fondo de Cultura Económica (1934-1996), 2a. ed., México, FCE, 1996.
Díaz, Carlos y Dujovne, Alejandro, “Todo está en el catálogo. Notas sobre Arnaldo Orfila Reynal y Siglo Veintiuno Editores”, en La Biblioteca, número 4, Revista de la Biblioteca Nacional, Buenos Aires, Argentina. Verano de 2006. ISSN Nro 0329-1588.
Garone Gravier, Marina, Historia en cubierta. El Fondo de Cultura Económica a través de sus portadas (1934-2009), México, FCE, 2011.
——, “Obra gráfica de Elvira Gascón en los libros de la Biblioteca Nacional de México”, en Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas, UNAM, 2014, vol. XIX, núms. 1 y 2, ISSN: 0006-1719. pp. 1-23. Número especial “La biblioteca y sus objetos”.
——, “Fondo de Cultura Económica y sus ilustradores. Panorama del trabajo editorial de nueve artistas (1942-1968)”, Revista Livro, Sao Pablo, Universidad de Sao Pablo, pp. 157-173.
Genette, Gérard, Umbrales, México, Siglo XXI Editores, 2001.
Marina Garone
Investigadora del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM