Estantería de verano

El verano es una estación que alienta las lecturas lentas, por el puro placer de pensar e imaginar, de volver sobre la misma página una y otra vez. Es también un tiempo propicio para dejarse convencer por el libro olvidado hace tiempo en el librero, la novedad entrevista en una librería o la recomendación de alguna entusiasta amistad. Con ese ánimo, en nexos reunimos las voces de una serie de colaboradoras y colaboradores, ensayistas, poetas, editores y libreros, que nos recomendaron algunos libros para hacer de la estancia en la playa, los días libres en la ciudad o los minutos antes de dormir, un momento más dichoso.

Rafael Toriz

Ahora que la recurrente decadencia de Francia y buena parte de lo que implica su extravío para el concierto de las naciones ha vuelto a ser vox populi —y no me refiero sólo al profundo desconcierto de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos en los que, se diga lo que se diga, la verdadera infamia consistió en imponerle al mundo entero, sabrá Dios por qué prevaricadas razones, a Céline Dion en la pantalla global (personaje por lo demás muy bien descrito y emplazado en sus más nítidos alcances en el libro más reciente de Carl Wilson)—, se me ocurre que un buen libro para sortear el más bien refrescante verano mexicano es el de Foucault en California de Simeon Wade: una crónica entretenida y bien contada que da cuenta de un momento epifánico en la vida del filósofo francés, que no es otro que un viaje realizado en 1975 por el mítico Valle de la Muerte en California (inmortalizado en el imaginario colectivo por la extraordinaria película Zabriski Point de Antonioni, 1970), en el que el autor de Las palabras y las cosas experimentó por primera vez con el consumo de ácido lisérgico, reportándole, como a todo espíritu sensible, un cambio de perspectiva respecto algunas concepciones generales sobre el entramado de lo real.

El libro, que se nota no sólo escrito con placer, sino con la devoción auténtica de un devoto natural, llega a nutrir las conocidas biografías de Foucault escritas por Didier Eribon, David Macey y la de James Miller –que hasta la crónica de Wade, era por mucho la más entretenida. Tan sólo la historia de por qué el libro estuvo sin publicar por más de 30 años es motivo de interés para los espíritus curiosos.

Por ello, si lo que se pretende es pasar un momento de regocijo epistemológico en la playa —o, mejor aún, si no se hará otro viaje más que el facilitado por la lectura—, este libro abre la posibilidad de viajar sin salir de casa, recordando de paso los beneficiosos efectos que el LSD puede tener sobre la historia de nuestra percepción, la medicina y la filosofía.

Andrés Cota Hiriart

Además de viajes, ferias y un eclipse total de sol, la primavera me reveló un par de voces luminosas. A la inspiradora Mariana Matija la descubrí en la FILBO, donde compartimos micrófono en «leer la naturaleza». Su libro Niñapájaroglaciar (Rey Naranjo 2023) me resultó envidiable, por la sensibilidad y tino con el que abraza vivencias tan drásticas para el espíritu como el duelo por los miembros no humanos de la parentela, el amor que entablamos por diversos entes y entornos —que va perfilando nuestro paisaje interior— y la reivindicación de la emotividad.

Con el venezolano Santiago Acosta me crucé en un congreso de humanismo ambiental en San José, California, y la poesía distópica de su magistral El próximo desierto (UDG, 2019) (ganador del Premio Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco), le consagró un lugar consentido en mi librero. Se me ocurre que mientras que sus pasajes futuristas enuncian una necesaria advertencia, la obra de Mariana plantea una posible solución: aproximarnos de manera más infantil hacia la vida y sus criaturas (favorecer el asombro, la emoción desbocada y la curiosidad). He ahí, quizás una escueta esperanza para salir de esta era.

Fabián Espejel

No es un hecho menor que, luego de más de una década, se otorgue el Premio Xavier Villaurrutia a un poemario, como tampoco que su autor se encuentre en plena madurez creativa. Quirón, de Christian Peña (Vaso Roto, 2023), es un libro a caballo: la mitología y la estricta astronomía, los equinos y el hombre y, sobre todo, la relación entre ser padre y ser hijo. El centauro no es sólo el hombre-caballo, nos dicen sus versos, también es el cuerpo celeste que parece asteroide y cometa: esto y aquello. Como el héroe griego, los poemas de Peña nos recuerdan que la complejidad de nuestros afectos y relaciones no nos divide, nos vuelve centáuricos: un hijo es un padre, un padre es un hijo. Galopar por la infancia, la juventud y la adultez —sobre el lomo de la paternidad o la filiación— es tocar al mismo tiempo la luz y la sombra; el dolor y el amor de acertar, de equivocarse. En Quirón —sea con una referencia a Homero o a BoJack Horseman, a Emily Dickinson o a Los caballeros del zodíaco— la poesía es un padre gobernando el mundo desde su sillón y un hijo que se lleva en los hombros: es la fragilidad y la fuerza de todas las estrellas en la noche de uno mismo.

Hernán Bravo Varela

Ensayo biográfico y, al mismo tiempo, ensayo sobre la poesía de su biografiado –la más alta, quizá, de la lengua castellana– San Juan de la Cruz, de la narradora, poeta y ensayista española Menchu Gutiérrez (1957). Se publicó en 2004 por primera y única vez dentro de la espléndida colección Vidas Literarias (dirigida por Nuria Amat), de Ediciones Omega.

San Juan de la Cruz indaga, con la habitual plasticidad de Gutiérrez, en las numerosas afrentas que padeció el santo: la pobreza, la enfermedad y, sobre todo, los titánicos trabajos reformadores de los carmelitas descalzos, emprendidos junto con Teresa de Jesús, y la dura e injusta persecución de la que ambos fueran objeto por parte de sus detractores dentro de la orden. Pero, sin perder un ápice de conocimiento vital, la atingencia de Gutiérrez logra adentrarse también en los ricos misterios de la escritura del santo: “el místico alcanza un estado en el que, a pesar de advertir que no puede traducir en palabras, encuentra infinidad de símbolos para expresarse, y que poseen un común denominador, la desaparición de ese yo, la libertad alcanzada por un ser descondicionado”.

Biografía del poeta de "la noche oscura" del lenguaje y del sentido, San Juan de la Cruz incluye, además, los poemas mayores del santo, así como una selección de sus declaraciones y textos en prosa. Ojalá que este título sea prontamente reeditado, no sólo como introducción a la figura y la obra del santo, sino como repaso al magisterio de quien José Lezama Lima llegó a llamar, sin ápice de ironía y con profunda devoción lectora, "el humilde del sinsentido".

Daniel F. Álvarez

«¿Sabes qué quiero yo —cuando quiero? Oscurecimiento, aclaramiento, transfiguración. El máximo relieve del alma ajena — y de la mía». Es verano, como hace casi cien años, pero las noches son frías y la gente que está allá afuera camina con los pies mojados. Me han pedido que recomiende un libro y pienso en los que leí en los meses que pasaron: libros largos, cincelados por el tiempo. Entre ellos, escojo uno de pasta verde en el que se pueden mirar cinco cúpulas bulbosas como sacadas de un sueño: es el sueño epistolar de Marina Tsvietáieva, Boris Pasternak y Rainer Maria Rilke. Uno construido por estrellas que se miran y se dicen palabras para hacer una constelación sensible, racional, dulce, cruel.Cartas del verano de 1926(Editorial Minúscula, 2012)no es sólo una obra literaria, muestra de la sublimación que puede adquirir el magnífico oficio de escribir. No: se trata de algo más, un documento histórico en el que se encuentran broquelados con palabras de oro los testimonios sinceros de admiración, cariño y respeto intelectual que se procuraron en la distancia estos tres grandes poetas del siglo XX. Un libro que muestra, como pocos, la vocación universal de lo privado, de lo dicho en secreto para otro, frente al otro, como una muestra del amor sin reparo.

Cartas, además, envueltas con el sobre pulcro, impecable, de los editores y traductores —Selma Ancira, Adan Kovacsics, Fransico Segovia, Konstantín Azadovski Evgueni Pasternak y Elena Pasternak—, que tejen con su hilo una narrativa, y hacen de esta edición un verdadero baluarte del cuidado y curiosidad por los pequeños textos que se suponen entre sí. En fin, misivas que invitan a uno, merced al fulgor de su estampilla, a colocarse en un estado emocional de abatimiento guiado por la inquieta permuta de sentimientos e ideas.

Siham El Khoury Caviedes

Autobiografía de Rojode Anne Carson es una lectura breve y amena, pero cargada de sentimiento; perfecta para quienes quieran disfrutar de una prosa vívida y sensible en un libro que es mitad novela, mitad poema. Carson recrea el Gerioneida de Estesícoro, un episodio clásico de la vida de Hércules donde este se enfrenta a una criatura roja y alada. Sin embargo, la imaginación de Carson pasa de largo frente al héroe griego para tomar la perspectiva del monstruo; para acunarlo, suavizar sus orillas y darle una voz nueva. Autobiografía de Rojo es, en efecto, la autobiografía que el mítico Gerión comienza a escribir a los cinco años, mientras intenta navegar nuestro mundo con su físico descomunal y su corazón de niño.

En este libro, Carson re-presenta el mito antiguo con la convicción entrañable de un narrador adolescente. Esta es una novela romántica, de crecimiento y, sobretodo, de autodescubrimiento, que explora nuestra capacidad para amar, sanar y desafiar nuestros límites. Descubriremos con Gerión nuestro inagotable potencial para encontrar y convertirnos en refugio; para recrearnos como si mudáramos de piel, no a pesar, sino a través de nuestra propia vulnerabilidad.

Guillermo Núñez

La última vez que leí un libro junto a una alberca fue Otra vuelta de tuerca de Henry James. Ya lo había leído y sólo quería matar el tiempo. No lo acabé, me metí al agua. Ya van como dos años de eso, desde entonces siento que no he tomado vacaciones pero tampoco he tenido la sensación de querer tomar vacaciones. He andado muy agusto, con los altibajos anímicos y económicos típicos, pero agusto al fin. Se me olvida, pues, que es verano, y por fin he podido darle la espalda a esa norma social que vuelve imprescindible viajar en vacaciones. Pero es verano y he leído y me ha contactado una redacción. Me he dado cuenta de que últimamente he alternado lecturas densas, como el Ulises de Joyce o Zona urbana de Martín Kohan, con novelas para pasar el tiempo, como Los falsificadores de Bradford Morrow. Recomiendo esos tres libros y anuncio, como plan, que me seguiré, en este verano lluvioso que es mi vida, con el Finnegan’s Wake y alternaré con El nombre del juego es muerte de Dan Marlowe.

Mariana Ortiz

Hay algo que cambia notablemente en las ciudades –sobre todo en la CDMX– una vez que los niños dejan de ir a la escuela durante las vacaciones de verano. Me ha tocado ver disminuido el tránsito en varias avenidas importantes (que otrora están siempre al ritmo del claxon) y el transporte público no va tan atascado como suele. La ciudad se convierte en una especie de campo abierto que explorar, que disfrutar como casi nunca nos permite el trabajo o las diversas ocupaciones.

Por eso, con esa tranquilidad limitada, siento que no hay mejor momento para leer Caminar, de Henry David Thoreau, en la edición de Impronta. Si bien es un texto que data originalmente de 1852, lo cierto es que encuentra su tesoro en la reivindicación del deambular o el vagar, o lo que es caminar sin un destino fijo. Yo misma lo he hecho muy pocas veces, casi siempre cuando tengo tiempo libre —o vacaciones, que hace mucho ni siquiera las huelo.

He deambulado desde el centro de Coyoacán hasta Plaza Universidad, y desde la Escandón hasta Reforma, sin un motivo o razón aparente más que el de simplemente caminar hasta que mis piernas ya no den más. La edición de Impronta es ligera y compacta: aspectos librescos que nunca vienen mal cuando se sale a pasear en tiempos de lluvia.

María Fernanda Marín

El verano me hace pensar en una sola cosa: paisaje. Y uno de los autores que han resignificado los paisajes en su poesía ha sido Raúl Zurita. Para el poeta, las playas, cordilleras y desiertos chilenos en su libro Anteparaíso (Lumen, 2022), publicado en 1982, fueron escenarios de la miseria humana durante la dictadura y llegaron a resentir aquella violencia. Como si esos sitios fueran extensiones de las personas en una región tomada por el poder militar tras el Golpe de Estado. Los panoramas chilenos contuvieron las ruinas humanas, al mismo tiempo que ofrecieron atisbos de luminosidad.

Algunos poemas de Zurita incluso se confunden con el cielo y el mar: son fotografías de cuando sus versos aparecieron por unos instantes en las alturas de Nueva York, escritos por aviones. El cuerpo también se entiende como relieve. Por eso una acción desesperada en 1980, consecuencia de la dictadura sobre los individuos, recorre sus páginas: su intento por enceguecerse con amoníaco, para extinguir sus visiones de Chile.

Anteparaíso recorre toda una geografía, como continuación de una tránsito dantesco que ya se había detenido en el Purgatorio, su poemario anterior. Lo que siguió en su camino literario fue un trayecto al paraíso, la vida como la entiende el poeta: un estado de penurias y dolores, donde la felicidad no está extinta, pero se mantiene en dosis mesuradas y se vislumbra en lontananza como una utopía. Zurita baja al abismo y nos renueva, como ver el horizonte y contemplar la inmensidad durante una pausa veraniega.

Elisa de Gortari

Por un lado, está una joven mexicana que visita Praga con la intención de escribir un libro sobre Franz Kafka, y que conoce en el camino a una tropa de cándidos fanáticos del autor. Por el otro, está Hermann Kafka, quien enfrenta como un misterio el legado escrito de su propio hijo, en los tiempos posteriores a su muerte. En medio, está la historia de un culto secreto que adora al autor de El proceso como a un profeta.

Carta al hijo (Textofilia, 2024) de Sergio Ceyca es una novela tan jovial como erudita, que no teme la ternura y, en cambio, rechaza el esnobismo. Cualquier fanático de Franz Kafka se sentirá bienvenido en este libro.

Andrea Ortiz Morales

La voz ensayística de Pantano(Almadía, 2024), de Ana Emilia Felker, viaja a Houston, Texas, al que se refiere como el humedal (en minúsculas), para hacer un doctorado durante cuatro años. Esta ciudad, el centro y los suburbios no le son ajenos. Durante su infancia fue habitual visitarla por temporadas cortas en el verano; cruzaba el río testigo de la vida a uno y otro lado de la frontera para pasar tiempo con su familia. Así, dotando al río de personalidad, inicia el libro. Le da voz a este territorio en conflicto y a partir de ahí construye una historia híbrida entre la memoria, el ensayo y la crónica, cuyo eje es, al mismo tiempo, una crítica a la blanquitud y la cultura de armas de fuego estadounidense, y una confrontación a la figura de su padre, quien vive en el humedal.

Este libro me gusta por tener varias aristas: es una clase de ensayo personal que entrelaza obsesiones con una consciencia de la voz propia –desde dónde escribo ideológica, corporal y territorialmente. Así, con esa misma consciencia y soltura nos deja ver las costuras: titubeos, emociones, lecturas y datos; lo que sucede alrededor de los trayectos en coche, en camión y a pie, de los descubrimientos dolorosos y de la resiliencia que nace de la tragedia.

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Publicado en: Ciudad de libros