¿Por qué son tan populares las teorías del complot?

En el aniversario de la Noche de Guy Fawkes, compartimos una selección de las ideas más estimulantes en torno al complot de la filósofa italiana Donatella di Cesare, que en su libro El complot en el poder, recientemente publicado en México por Editorial Sexto Piso, ubica el pensamiento conspirativo como uno de los síntomas de una sociedad democrática despolitizada.


¿Quién maneja los hilos que controlan el orden mundial? ¿Qué acuerdos se esconden detrás de la política que observamos? En el complejo escenario de una sociedad democrática global, mayormente despolitizada, Donatella Di Cesare analiza la teoría del complot como un síntoma, una manifestación de una ciudadanía impotente que, en aras de entender su contexto, busca un lado oculto, un orden secreto.

En El complot en el poder (Sexto Piso, 2023), la filósofa italiana escudriña los matices históricos del pensamiento complotista y se adentra en las esferas más contemporáneas de este fenómeno global. Di Cesare no rechaza este tipo de pensamiento, tampoco lo califica de ilusorio o descabellado, se aboca a comprenderlo e interpretarlo para entender su funcionamiento y sus consecuencias para las democracias actuales.

A continuación compartimos una selección del ensayo de Di Cesare:

¿Quién maneja los hilos?

~. No hay acontecimiento inesperado que no provoque un estremecimiento de desconfianza: desastres medioambientales, ataques terroristas, migraciones imparables, descalabros económicos, conflictos explosivos, reveses políticos. En medio del estupor y la indignación, estalla el pánico y crece la fiebre complotista. ¿Quién hay detrás? ¿Quién maneja los hilos?

~. El complotismo es una reacción inmediata a la complejidad. Es el atajo, la vía más sencilla y rápida para dar con la solución a un mundo que se ha vuelto ilegible.

~. La desconfianza hacia la política, las instituciones, los medios o los expertos se convierte en desaprobación sistemática y sospecha sin fin.

~. Es necesario aguzar la mirada y desvelar los planes ocultos del “Nuevo Orden Mundial”. Contra un poder sin rostro, ¿cómo podría darse jamás una revuelta? La admisión tácita de esta impotencia va de la mano con un resentimiento oscuro, una rabia explosiva y la exigencia improrrogable de desenmascarar el complot que está en el poder.

~. El complotismo expresa un malestar difuso, manifiesta una desazón profunda. No es una mera señal de oscurantismo, sino una señal oscura. Pone al descubierto la crisis que agita la democracia contemporánea. ¡Cuántas promesas no cumplidas! ¡Cuántas esperanzas traicionadas!

~. El “Estado profundo” se convierte en la consigna para confirmar de manera taimada el tormento al que se ha arrojado el entusiasmo democrático. Se insinúa que la democracia está vacía de todo valor; más aún, que no es más que una “farsa”.

La política y su reino de sombras

~. En el mundo se cuentan por millones quienes creen que los políticos no son más que marionetas en manos de fuerzas ocultas. No todo es lo que parece. Detrás de la realidad aparente y engañosa se oculta otra, más auténtica y verdadera.

~. Este desdoblamiento de la realidad, esta dicotomía entre exterior e interior, superficie y profundidad, que casi recuerda al mito platónico de la caverna, caracteriza la metafísica política contemporánea.

~. ¿Qué fuerzas gobiernan la nación? ¿Cuáles dirigen el mercado? ¿Cuál es el rostro de los amos del mundo? ¿Quién determina el curso de la historia? Se busca a los responsables de las innumerables intrigas: banqueros, financieros, capitalistas; o bien, anarquistas, subversivos, terroristas; inclusive judíos, internacionalistas, cosmopolitas, potencias extranjeras. Las conjeturas son diversas.

~. Lo cierto es que el complotismo triunfa y, lejos de ser un asunto sectorial, aparece como un fenómeno global con dimensiones de masas.

~. El complotismo se extiende de la derecha más extrema a la izquierda más improbable. Pero es que, al margen de la vida política, es difícil encontrar un ámbito inmune al contagio del complot: de la gobernanza económica a las cuestiones sanitarias, del contexto científico al universo eclesiástico, por no hablar de la historia.

~. El complotismo no puede medirse ni juzgarse o liquidarse. No es reducible a hipótesis teóricas, y por eso escapa la dicotomía de la verdad y la falsedad. Por lo demás, la ausencia de pruebas se considera, a su vez, una prueba aplastante.

~. El mundo se ha convertido en un complot, el complot se ha convertido en el mundo. Y ello gracias a la imagen técnico-mediática.

~. Que se evoque la imagen no debe despistar, de todos modos: la cuestión no se limita a la espacialidad y visibilidad. El complot es la forma en que hoy entendemos el mundo y lo habitamos.

La causa de todos nuestros males

~. El complotista se pone el traje de diagnosticador, a medio camino entre el psicoanalista y el investigador. La explicación causal parece colmar, ante todo, un vacío cognoscitivo, la necesidad de saber. Pero no es difícil entrever objetivos ulteriores. La búsqueda de la causa es, a la vez, también la acusación. Y tal imputación contiene, implícita, la condena moral.

~. Cuanto más devastadores y perturbadores son los efectos, tanto más poderosas y espantosas son las causas —los Judíos, el Capital, la CIA, Bill Gates—. El pensamiento complotista tiene en cuenta las proporciones. Y funciona restableciendo una suerte de orden explicativo, atribuyendo los acontecimientos a las intenciones malévolas de sujetos que, con plena conciencia, urden planes, elaboran proyectos siempre bien disimulados.

Hambre de mitos

~. Los mitos políticos actuales son cuanto queda en el imaginario político tras el final de los grandes relatos. Por eso, sin duda, la huelga general no ejerce la atracción mítica de otros tiempos. Sin embargo, los mitos que siguen existiendo tienen una capacidad de penetración mucho mayor.

~. Entre estos, un lugar especial lo ocupa el complot, mito del pasado más remoto que sobrevive con una vida póstuma inédita. Lo cual debería llevar a reflexionar sobre la época actual, cuando el mito del complot, además de remitir al lugar oculto del poder, lanza una acusación y, a la vez, instiga a la autodefensa.

~. El mito del complot, que sobrevive de un modo tan omnipresente, no es, pues, un mito en sentido propio, sino el resultado de la máquina o, mejor, del dispositivo mitológico. La red tendida sobre el mundo, que lo envuelve y lo aovilla, no tiene solo la metálica asepsia de la técnica, sino que se aviva gracias también a la carne muerta de la mitología. Es en esta alquimia donde reside su mortífera gravedad.

El Nuevo Orden Mundial

~. Justo al mismo tiempo que se iba consolidando, en los años que siguieron a la Guerra Fría, la globalización parecía estar desdibujándose, y yéndose ya de las manos. La unificación del mundo a través del capital y de la técnica producía de manera paradójica un desorden inédito e imponderable.

~. Este imaginario favorece y refuerza la pesadilla de un mundo uniformado, sin fronteras ni límites, modelado conforme a idénticos valores e idénticas normas, un mundo sometido a la tutela exclusiva de un poder ajeno y totalitario.

~. Se entiende mejor, pues, que hablando hoy de “Estado profundo” se hable a la vez de “Nuevo Orden Mundial”. Son las dos caras del mismo complot. Se trata de aquellas fuerzas subterráneas —no importa bajo qué siglas: ONU, FMI, OTAN, BCE OMS, UE— que constituyen los monstruosos vectores del mundialismo.

~. Deep State no es un término nuevo. Traduce la expresión turca denim devlet, que en el período entre 1960 y 1980 hacía referencia a aquella parte de los servicios secretos llamada a hacer frente a una hipotética invasión soviética.

~. Inicialmente libre de resonancias complotistas el “Estado profundo” entra a formar parte de la terminología política para referirse a la continuidad de grupos de poder que, no obstante la alternancia democrática, terminan por ejercer una influencia notable.

El gusto extremo por el apocalipsis

~. En plena modernidad se dibuja el apocalipsis. La idea de progreso se desvanece, y desaparece la confianza en la posibilidad de incidir en el curso de los acontecimientos evitando lo inevitable. Para los padecimientos y atropellos sufridos en el presente no hay promesa de resarcimiento en una justicia venidera. Cada existencia hace historia por separado, dispersada y portada en un destino singular, mientra la Historia pierde sentido y el mundo es una maraña indescifrable.

~. El trasfondo del complot es el apocalipsis, entendido no solo en su significación común de catástrofe, sino también en la originaria de revelación. El mundo está dominado por una potencia malvada de destructividad ilimitada, una fuerza tiránica oculta, despiadada y sin escrúpulos que inflige tormentas y cosecha víctimas.

~. La vocación totalitaria del complot queda a la vista en la imagen del enemigo, entidad fantasmática donde convergen los muchos adversarios cuyo carácter plural llevaría a dudar de la causa propia. El enemigo es Uno, aun cuando se trata de “ellos” indiferenciado del sistema o de la casta. Ubicuo y omnipresente, es la máscara del poder sin rostro.

~. En la construcción del enemigo absoluto, que los contiene a todos, pasados y futuros, se da también una deshumanización en la que se ve implicado el universo entero, del microbio al cosmos.

~. Dado que se trata siempre de una lucha entre el Bien y el Mal, entre las fuerzas de la luz y las de las tinieblas, es indispensable una victoria absoluta e incondicionada. No puede haber condiciones con ese maligno despiadado al que, si no se le elimina, se debe por lo menos sacar de su cubil y expulsar del trasmundo en el que opera.

~. Por eso el enemigo siempre es necesario. Es útil, en efecto, para que la identidad del grupo resentido y victimizador cristalice y se defina, más aún si se trata de una nación cuyos lazos son endebles y peligran. El desmitificador, el portavoz del engaño, en lugar de señalar una vía de salida, evoca la catástrofe, que presenta como un escenario inexorable, aprovechándose de un temor indeterminado, de una angustia difusa y acuciante.

~. En la era de la globalización, obra demoníaca por la que todo se ve alterado y contaminado, el complot es todavía más difícil de desenmascarar. El enemigo recurre a los métodos acostumbrados: maneja la prensa, propaga noticias falsas, controla a los políticos, influye en las mentes, dirige el sistema educativo; pero reactiva, además, trucos ocultos mediante fórmulas nuevas. Empezando por el virus, el genio maligno de la ajenidad, tan abstracto e inmaterial como mortífero y ruinoso.

Populismo y complotismo

~. El populismo aparece como un formidable medio de movilización del pueblo contra el sistema que, a la vez se aprovecha del resentimiento y utiliza la ansiedad generalizada, denuncia el complot, la estafa, la corrupción del establishment, sus embrollos, los fraudes impunes y reiterados a expensas de la gente sencilla. Sobre todo en las formas últimas del neopopulismo, el registro dominante es el del complot.

~. La demonización de la élite ha ido de la mano de una exaltación del “pueblo” entendido no como plebe, o proletariado, sino, de manera creciente, como comunidad de origen y de destino.

La condición de víctima y la impotencia política

~. La competencia entre víctimas, la rivalidad por la primacía en el sufrimiento, ya casi es un espectáculo cotidiano. Pero ¿qué sentido puede tener esta victimización?

~. La aparición de la víctima señala entonces la despolitización del espacio público. Así, por la costumbre a la amenaza y el sentido de seguridad extrema, sintiendo que se es un posible blanco, uno se declara víctima de forma preventiva. Es, además, un paso hacia la reivindicación de derecho que a menudo se reconocen y se conceden por esta vía. No se trata solo, pues, de demandar protección, sino también de dilatar la propia esfera en el espacio público. En suma, el poder que tiene la víctima es inédito.

Transparencia y secreto. A propósito de la prensa escrita

~. Los complotistas son militantes convencidos de la transparencia. Al contrario de lo que podría suponerse, no se refugian en la superstición, no se evaden en la irracionalidad, sino que, por el contrario, son hiperracionales y, bien mirado, se revelan como los herederos a ultranza de los ideales ilustrados.

~. El secreto representa, por un lado, una barrera y, por el otro, un estímulo constante a atravesarla. La tentación de transgredir, profanar, divulgar forma ya parte de los atractivos del secreto.

~. Pero el estímulo a clarificar aumenta de manera hiperbólica en la sociedad democrática. La transparencia, elevada a valor y norma, ya no puede tolerar ningún margen de oscuridad, ningún resto de opacidad. Es aquí donde echa raíces el complotismo, que promete borrar de un plumazo todo misterio, disolver de inmediato todo enigma.

~. La información se convierte en una máquina que produce una oscuridad más profunda. Porque la exigencia de revelar es inagotable en un mundo que no ha conseguido todavía despedirse de lo absoluto. Solo la certeza del complot puede disipar todas las dudas y detener la espiral. Así pues, la transparencia normativa es la otra cara del complotismo.

~. El ciudadano extraviado y desorientado, que no consigue bandearse en medio de la creciente complejidad, que no sabe cribar ni interpretar el enorme flujo de informaciones que se le viene encima, termina por convertirse en un complotista potencial. Demasiados datos, demasiadas noticias y un torbellino de versiones diferentes, no pocas veces opuestas. ¿A quién creer?

~. Para descubrir la verdad que está detrás, se impone, al contrario, ir más allá de la “desinformación oficial”. Quien se detiene en ella es un ingenuo. “Ya se sabe que nos engañan”, “ya se sabe que no nos cuentan más que una parte”, “ya se sabe que nos esconden las cosas más importantes”.

~. Solo que este presunto librepensador, que no corre más riesgo que el del ridículo, a menudo resulta ser un delator, en apariencia inocuo, que difunde rumores sin contrastar, da pábulo a la caza de brujas, alienta al circo mediático, se inventa chivos expiatorios. Prefiere los remedios naturales a la medicina oficial; ante las vacunas, menea la cabeza. Y, es obvio, niega la Shoá, o la rebaja. Puede llegar a promover auténticas campañas de odio, hasta el punto de poner en riesgo la vida de otros.

~. ¿Librepensamiento o más bien su versión caricaturesca? Este conformista del anticonformismo comparte casi siempre las banalidades comunes, que relanza como si fueran tesis demostradas. El placer de la repetición hace de él un consumidor insaciable de complots y microcomplots —un consumo reconfortante que incentiva, por lo tanto, con éxito—.

Elogio de la sospecha

~. ¿Es posible tratar de contener el contagio complotista, que no hace más que propagarse, con el fármaco del espíritu crítico?

~. Hoy, más que nunca, la sospecha debe ser defendida y elogiada. Lo cual no equivale a cosificarla, como sucede con la duda del hiperescéptico que termina por volverse hipercrédulo. Practicar la sospecha ilimitada significa ir a parar la obsesión por el indicio tomado como prueba, por la traza entendida como correspondencia. La existencia se convierte entonces en una indagación extenuante, siempre a la espera de una respuesta definitiva que podría poner fin a las preguntas.

~. Elevada abusivamente a dogma, a postulado innegociable, a inapelable principio de vida, la sospecha se vuelve prisión en la que se blinda el presunto espíritu libre entre taimada mala fe e ingenua credulidad. Sin embargo, semejantes imputaciones no pueden hacérsele a la hermenéutica, a la deconstrucción o a la teoría crítica, que son, por el contrario, el antídoto contra el complotismo.

 

Donatella Di Cesare, El complot en el poder, Sexto Piso, 2023, Madrid, 158 p. Traducción de Francisco Amella Vela.

 

Melissa Cassab
Editora y productora del podcast Control de cambios.

 

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Ciudad de libros