Una vez pasada la euforia de la reapertura de nueve estaciones de la Línea 12, quienes viajan desde Tláhuac hasta Mixcoac tienen muy poco que celebrar. Se agradece que a partir del 15 de enero el tiempo de traslado haya disminuido en el tramo subterráneo Atlalilco-Mixcoac, pero no hay que perder de vista lo que sucede a diario en el otro extremo.
¿Qué viven las personas que necesitan esta ruta para ir a trabajar, a estudiar o a cualquier compromiso? Éste es el relato de lo que sucedió el pasado 17 de enero.
El punto de partida es la colonia La Nopalera. Son las diez y media de la mañana. Primero se debe caminar en busca de un mototaxi porque el microbús se tarda un poco más en llegar a la estación del metro del mismo nombre. No hay a la vista ninguna de estas calandrias tapizadas con plástico azul. La razón: la calle Ana Bolena tiene una grieta que la atraviesa horizontalmente y ésta provocó un hundimiento riesgoso para los vehículos. No hay esperanza de que la arreglen pronto. Después de tres minutos, un mototaxista se detiene y acepta el viaje al metro Nopalera. En el trayecto hay que sostenerse bien de donde se pueda y si se es devoto, está la opción de encomendarse a Jesús Malverde, que observa desde una estampa pegada en el interior de la pequeña cabina. Los brincos por los baches lastiman el cuello o hacen que los dientes choquen de maneras inesperadas. Al paso salen costales con cascajo en la orilla de las banquetas. Tampoco es fácil esquivar las pipas con agua potable, que ya son tan comunes en esta zona de desabasto continuo, ni los carritos color naranja atiborrados de bolsas de basura.
Pese a tanto obstáculo, el mototaxista llega diez minutos después a la esquina de Arabella y avenida Tláhuac. Cobra ocho pesos por el viaje. El semáforo peatonal cambia al verde, pero ya es tarde para alcanzar el Metrobús, una de las opciones de movilidad disponibles después de que toda la Línea Dorada dejara de funcionar por el desplome de un tren entre las estaciones Tezonco y Olivos, el 3 de mayo de 2021. Hay dos filas para abordar: una para ir a Atlalilco y otra para llegar a Escuadrón 201. Un policía de transporte y un representante del Gobierno de la Ciudad de México encargado de la vigilancia del metro conversan.
A las 10:46 aparece otro Metrobús con un letrero que dice: “Atlalilco”. La aplicación del clima en el teléfono indica que la temperatura ambiente es de 16 grados, pero adentro del tren se siente que aumentó cuatro grados más.
Sobre avenida Tláhuac hay comercios de todo tipo: una ferretería, una gasolinera, una tienda de pinturas, una óptica, un laboratorio de análisis clínicos, una tienda de cocinas integrales, una agencia de autos.
Debajo de la vía elevada, de lo que antes era el transporte público más útil para esta zona de la ciudad, ahora hay piezas de acero pintadas de gris, trozos de madera amontonados, señalización de obras, grúas con brazos largos azules maniobrando. Personal con cascos blancos que suben o bajan, que van o vienen.
Desde el autobús rojo se escucha una voz que en el exterior grita: “Avance, avance”. Un sonido agudo anuncia la serie de mensajes que están llegando al teléfono de un pasajero. Por la ventana llaman la atención las chispas rojas que brincan cuando una cortadora roza una placa de metal. En un letrero naranja se lee: “Tramo en reparación”. Quienes alcanzaron lugar se maquillan, dormitan o ven lo que sucede en la calle.
A las 10:55 aparece una de las puertas de la estación Olivos con las cruces blancas que recuerdan a las veintiséis personas que murieron aquella terrible noche. En un minuto más, Tezonco. Una voz femenina con tono artificial dice: “Cuidado, puerta abierta. Destino: Atlalilco”.
Más avisos viales: “Tramo en reparación a 100 metros”; “Precaución. Reducción de carril”. Si antes dos carriles eran insuficientes, en estos días el tráfico es un cuento de nunca acabar. Hay soldadores subidos en andamios de metal. Unas cajas grises, rectangulares y de metal funcionan como oficinas o como centros de acopio de madera.
Del otro lado de la avenida, la banqueta conserva los puestos de lámina con sus característicos rótulos para anunciar tortas, tacos y birria o los puestos ambulantes que venden fundas para celular, ropa, chicharrones preparados, plátanos fritos, papas a la francesa. No faltan los talleres de bicis y motos, cuya necesidad ha aumentado porque algunos habitantes de la zona prefieren estos medios de transporte para ahorrar tiempo en sus viajes.
La siguiente estación es Periférico Oriente. Se nota que es un punto importante de transbordo por el número de personas que suben y bajan. Son las 11:09.
—Yo espero hacerme una hora o un poquito más de la hora. Voy viendo y te aviso. Traigo una sudadera azul y pantalones de mezclilla. Cuando llegue, te mando un mensaje —dice una mujer que va de pie.
El Metrobús se detiene cuando acaba de pasar Periférico. Pasan los minutos. El silencio que había desaparece y el ambiente se llena con palabras dictadas al teléfono para que alguien más las reciba como notas de voz o con respuestas sobre el propio viaje.
—¿Y qué hago o qué? Yo ya voy para la prepa —rezonga una joven que ocupa uno de los asientos cercanos a la puerta trasera de descenso.
El hartazgo aparece en los movimientos y gestos. El peso del cuerpo se recarga en un pie y luego en otro; las piernas se inquietan; las manos golpean los tubos de los que se sujetan.
En algunas partes de la obra hay anuncios dirigidos al personal. Se les pide que tengan cuidado en ciertos puntos porque podrían caerles encima objetos, de ahí que sea obligatorio el equipo de protección. Se les prohíbe fumar y se les indica que usen únicamente los pasillos seguros. Parece que el uso obligatorio de cubrebocas ahora es opcional.

Por las banquetas van a prisa algunos peatones que abandonaron otros transportes públicos. Quién diría que ir a pie resulta más veloz que andar en cuatro ruedas. En esta travesía resaltan los improvisados dirigentes de tráfico que están en las esquinas de las pequeñas calles que desembocan en avenida Tláhuac. Son expertos en silbar, agitar una franela y recibir monedas de los conductores.
Toma veintitrés minutos llegar a la estación Calle 11, dos más a Lomas Estrella y otros dos a San Andrés Tomatlán. Cuando la lentitud había llamado al olvido, la voz femenina de la grabación vuelve a recordar el destino de los ahí presentes: “Atlalilco”.
Aquí es momento de aclarar que esta ruta es gratis. Parte de Tláhuac y sólo hace paradas en Zapotitlán, Nopalera, Tezonco, Periférico Oriente, San Andrés Tomatlán y Atlalilco.
Las escenas urbanas de Culhuacán muestran al vendedor de jugos empujando un carro de autoservicio con la mitad de su capacidad ocupada por naranjas exprimidas. Un joven trae puesto el casco de motociclista pero en lugar de pasar montado en su moto a toda velocidad, la va guiando a paso lento con las dos manos. Los alrededores del mercado tienen el mismo ajetreo de siempre. Los legendarios locales de chamorros están cerrados.
A las 11:48, las personas empiezan a desperezarse, a acomodar sus cosas, a levantarse de los asientos y a buscar la salida más cercana para bajar del Metrobús. De nuevo el anuncio: “Llegando a Atlalilco. Última estación del recorrido. Ninguna persona a bordo. Cuidado al salir”. Son las 11:49.
Después de cinco minutos de caminata y de bajar escaleras, aparecen los torniquetes para ingresar al metro. Hay quienes olvidaron recargar su tarjeta y el sonido de rechazo de la máquina lectora les toma por sorpresa. Tienen que irse a formar en una fila en la que hay como veinte personas.
El vagón huele a desinfectante y a aromatizante ambiental. La luz interior sigue siendo la misma, es brillante y fría, como la de invierno. Desde aquí se nota que algo pasa en la taquilla: de la fila sobresalen cabezas ladeadas y nadie avanza. Hay tranquilidad en los rostros y asientos vacíos. La música en el tren es de la que suelen incluir en ese tipo de listas tituladas “Relax”, “Chill Vibes”, “Peaceful Music”.
—Todavía no arranca, pero ahorita voy para Mexicaltzingo —dice una usuaria con el celular pegado en la oreja.
En otra conversación:
—¿Sabes en dónde tengo que transbordar para irme a Garibaldi?
—¿A Garibaldi? Tiene que irse por ese pasillo. Esta línea no la deja.
Dos, tres, cuatro personas traen vasos de unicel con alguna bebida. No se sientan juntas.
En la pantalla que cuelga del techo del vagón aparece el mensaje que el Gobierno de la Ciudad de México preparó para la reapertura de las estaciones. Se informa: “Rehabilitamos y reforzamos el tramo subterráneo de la Línea 12”. Se asegura: “Seguimos trabajando”. Y se pide: “Planea tus viajes y toma previsiones”.
Cinco minutos después de las doce avanza el metro. Estación tras estación se anuncia su nombre y de qué lado es el descenso: Mexicaltzingo… apertura de puertas, lado derecho; Ermita… Eje Central… Parque de los Venados… Zapata… Hospital 20 de Noviembre… Insurgentes Sur… Mixcoac. No hay gran novedad durante el trayecto. A las 12:26 acaba este viaje. Pero hay personas a las que todavía les falta sumar minutos para llegar a su destino.
Ahora viene el paréntesis de las horas en la oficina, en el salón de clases o de aquellas que se toman para asistir a una cita.
Luego de cumplir con estas obligaciones hay que regresar a casa. ¿Cómo?
A las 16:07, puerta de la estación Juanacatlán. En el andén hay tres elementos de la Guardia Nacional conversando y algunas personas comentan entre ellas que tal vez “algo pasó” porque el tren que va a Observatorio está parado. El metro llega cinco minutos después. Descenso en Tacubaya dos minutos más tarde. Una pequeña confusión en el transbordo en dirección hacia Barranca del Muerto provoca pasos de más; son las 16:21 horas. Tres minutos después, el tren parte hacia Mixcoac. Entre San Pedro de los Pinos y Mixcoac transcurren tres minutos.
Para llegar a la Línea 12 hay que cruzar un puente y luego subir dos escaleras a las que la mayoría de las personas les rehúyen: más de cincuenta escalones cada una.
A las 16:34 se escucha en el andén de Mixcoac con dirección a Atlalilco: “Los dos últimos vagones son para damas y niños menores de 12 años. Por su seguridad, no rebase la línea amarilla”.
16:36, Insurgentes Sur; 16:38, Hospital 20 de noviembre. Las loncheras se ven vacías.
16:39, Zapata. Un policía dice con tono seco a un joven universitario: “De este lado amigo”. Así le indica que está invadiendo el vagón exclusivo para mujeres.
16:41, Parque de los Venados. La ropa invernal cuelga del brazo o de las asas de las bolsas de mano. Es de entenderse, el termómetro marca 25 grados.
16:43, Eje Central. En los muros de los andenes hay fotografías con escenas de “los trabajos de rehabilitación”.
16:45, Ermita. El tono musical es distinto al matutino. Ahora suena “Vereda Tropical”.
Dos minutos de espera. Espaldas echadas para atrás en los respaldos y ojos cerrados. Cabezas recargadas en todo lo que puede servir de apoyo. Pies con los zapatos cómodos que no se permiten en el trabajo. Conversaciones entrecortadas para el oído ajeno pero protegidas por el cubrebocas para los cercanos.
16:52, Mexicaltzingo. Despiertan quienes dormían. La sed obliga a destapar un vaso con frases que invitan a cumplir con la meta de beber el litro de agua que contiene.
16:54, Atlalilco. “Para Tláhuac, RTP y Metrobús de este lado”. El personal del gobierno da instrucciones muy claras. Pero la diversidad de las filas puede llevar a confusiones. El RTP tiene dos rutas: la que hace paradas en cada una de las estaciones que componen la Línea 12 y otra que sólo se detiene en Zapotitlán, Tlaltenco y Tláhuac. Es importante confirmar en cuál conviene formarse.
Cinco minutos de caminata para llegar a la fila del Metrobús que se alarga casi hasta la calle Agricultores, una esquina antes de Ermita. Instantes más tarde, hay arrepentidos que le hacen la parada a un microbús.
Una mujer policía grita desde la plataforma en la que se aborda el Metrobús: “Del lado derecho los que quieran ir sentados, adelante los que quieran ir de pie. Personas que se quieran ir paradas avancen, por favor, del lado izquierdo. No hay unidades”.
Parece que la mejor opción es viajar de pie. El Metrobús sale rumbo a Tláhuac a las 17:22 horas.
De este lado de la avenida también hay anuncios viales: “Disculpe las molestias, se inicia trabajo de reforzamiento de columnas de Línea 12”. El espacio vial es reducido y es difícil dejar pasar una ambulancia.
La llegada a la siguiente estación, San Andrés Tomatlán, sucede diez minutos después. En dos minutos, Lomas Estrella. Quienes no escuchan música con sus audífonos, ven videos en Instagram o en TikTok.
Diez minutos sin que las llantas se muevan provocan que los automovilistas comiencen a tocar el claxon. Cuatro minutos en los que se avanzan unos metros y lo que queda frente a las ventanas es la explanada de una plaza comercial: repartidores de comida limpian sus motocicletas, observan a su alrededor o acomodan sus mochilas.
A las 17:53, una tienda de azulejos para baño promociona sus ofertas con intervalos de “La Bachata” de Manuel Turizo. 18:04, otro poco de movimiento. Un letrero advierte: “Precaución. Disminuir su velocidad. Acceso de vehículos en obra”. Bajo estas circunstancias, los límites de velocidad ya no quedan claros.
Se avanza otro tramo. Hay soldadores que a las 18:15 horas arman y se suben a andamios. Un trabajador con chaleco amarillo neón recoge botellas de agua o envases de refresco y los mete en una bolsa negra de plástico. El movimiento de una de las grúas despierta la curiosidad adentro y afuera. Se escuchan voces indistinguibles; no se sabe si son de alegría o de advertencia. Hay dos hombres en la canastilla que está en la punta de una grúa. Ellos sí se entienden y empiezan a corear: “Olé, olé, olé, olééé”, como si estuvieran en un estadio de futbol.
La luz natural comienza a apagarse y a las 18:23 se mueve de nuevo el Metrobús. Hay tonos naranja en el cielo y el olor no es agradable. El polvo ensucia todo.
Este viaje tampoco ha sido ruidoso. Apenas comienzan las conversaciones por teléfono.
—Hola. Atorado. Todavía no llego ni a Periférico. Estoy en Calle 11 —reporta un joven con un tono de hastío en la voz.
El olor del suadero para los tacos y otros alimentos fritos se cuela por las ventanas abiertas. La recomendación oficial en la pantalla es “Mantente alerta, no te distraigas con el uso de audífonos y celular”. Sin embargo, parece que estos dos artefactos son lo único que evita perder la cabeza al viajar en estas circunstancias.
A las 18:41 se escucha:
—No, todavía voy en el Metrobús. Apenas a Periférico —dice un hombre que sostiene con la mano derecha unas bolsas para dulces que obsequiarán en una fiesta de cumpleaños.
Un teléfono suena tres minutos después:
—No, llevamos un buen de tiempo parados. Sí, ma —le responde una mujer como de veinte años a su madre que la espera para cenar.
Por fin Periférico, a las 18:51. Las filas para abordar el RTP son largas.
—Ya estoy aquí por el Elektra. A ver cuánto me tardo entre las Torres y San Lorenzo —le explica una mujer a su novio que la ha llamado en varias ocasiones durante el viaje.
Se percibe el olor de la leña que queman en la rosticería de pollos.
El Metrobús llega a Tezonco a las 18:58. Pasa por Olivos a las 19:01 y se ven de nuevo las cruces blancas aunque ya no esté el hueco por el que cayeron los vagones del metro.
A las 19:09 se anuncia la estación Nopalera. A las 19:21, con la sensación de vivir en un bucle, se cierra un ciclo de movilidad de cinco horas.
Kathya Millares
Editora