El baciyelmo (elogio de la insensatez)

Esta es la historia de la identidad de una bacía o de un yelmo. De cómo en la invención de los días, la vida puede desdoblarse y ser al mismo tiempo muchas cosas, tantas como imaginaciones y sueños existan. En el Quijote la fantasía se confunde con lo tangible y ambas se funden en una sola experiencia. El baciyelmo es una metáfora que une los mundos de la lucidez y la locura: la necesaria búsqueda de la insensatez.

Cervantes de forma constante interroga la realidad, porque en la historia hay una rivalidad permanente por la identidad. Cuestiona las premisas de la verdad, asumida siempre, como irremediable. Y no nos engaña, nos cuestiona. ¿En dónde está lo verdadero?

Se ha creído que el Quijote fue un loco. Tal vez, pero no necesariamente. Quizás su locura fue un recurso para recorrer los campos de la Mancha y que su voz resonara en los vientos que impulsaron los molinos. Puede ser que Alonso Quijano inventara con deliberación el personaje. O bien, que haya sido el hombre más lúcido de todos los tiempos. Ya no había caballeros de adarga y lanza, ni torres protegidas por monstruos o doncellas que rescatar. Es la melancolía de un hombre que mira el ocaso acercarse. Y en vez de huir, cabalga hacia él.

En uno de los episodios más hermosos y enajenados, el Quijote busca hacer penitencia en la Sierra Morena, desnudo, como Beltenebros. Sacrificio para merecer y salir librado de las aventuras. Se entrega al universo solo. Y le pide a Sancho que vaya al Toboso, a entregarle una carta de amor a Dulcinea. Firma la misiva como el Caballero de la Triste Figura. Pero acompañando esa carta, emite otra dirigida a su sobrina, para que le entreguen a Sancho, en compensación por sus servicios, tres asnos. Cuando el escudero le pide que la firme, se niega a hacerlo y sólo estampa su rúbrica. De haber firmado como el Quijote se invalidaría el documento jurídico y eso lo sabía. Por ello, con la rúbrica cumple la formalidad y preserva al personaje. ¿Es un paréntesis de lucidez en que vuelve a ser Alonso Quijano, el hidalgo, o nunca lo dejó de ser?

Ilustración: Belén García Monroy
Ilustración: Belén García Monroy

Mientras dicta su testamento dice “yo fui loco, y ya soy cuerdo: fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno”. ¿Le creemos? ¿En verdad dejó de ser Alonso en algún momento? Me gusta pensar que siempre fue los dos. Es más bello así, porque hace reales sus hazañas. Y en el fondo, lo que hay es una identidad que se crea a sí misma, que se sobrepone como capas de lava y que nunca dejará de ser. Inventamos la existencia y la creamos; el juego ineludible entre razón y fantasía. Pero lo cierto es que Alonso murió cuando cayó en cuenta que el mundo ingrato no necesitaba de caballeros andantes de amores inflamados.

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El Yelmo de Mambrino era un mítico casco que todos los caballeros codiciaban. Protegía a su portador y lo hacía invulnerable. El caballero de la corte de Carlomagno, Rinaldo di Montalbano, lo había ganado al rey moro Mambrino. En el poema épico Orlando Enamorado de Boiardo (1486), se describe la potencia del yelmo:

Y bien puede decir que se ha escapado
Por el yelmo hadado por Mambrino
Que si otro cualquier yelmo se hallaba,
La cabeza del cuello le quitaba
[…]
Sobre el yelmo que fue del rey Mambrino.
Más aquel, que es tan fiero y tan potente,
Aquel golpe casi nada siente.
                                      (libro primero, canto XXVII)

Una tarde lluviosa el Quijote y Sancho cabalgan cuando ven a lo lejos a un barbero que, para protegerse de la lluvia, se había colocado una bacía sobre la cabeza. La lluvia la hace brillar, como si fuera de oro. El Quijote sobre Rocinante carga en contra del barbero y se hace con el objeto indefinido. Sancho insiste en que es una bacía, y el Quijote dice que es el famoso yelmo. Después reconoce su forma, es decir, de bacía, pero cierto de su esencia asume que alguien habría fundido el yelmo sin conocer su valor. Y por eso es que ahora tiene esa figura. De todos modos lo portará con dignidad, porque más valía algo que nada, y cuando menos le serviría para defenderse de alguna pedrada.

Ahí hubiera quedado la historia del Yelmo de Mambrino, pero hacia el final de la primera parte, se encuentran de nuevo con el barbero. En una venta, que el Quijote creía que era un castillo encantado, el barbero reclama su posesión.  Y cada uno defiende la verdad de su intención. Yelmo o bacía. Sancho testifica sobre el asunto y dice que “desde que mi señor le ganó hasta agora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados, y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance”. De algo sirvió el Yelmo, sin duda. Pero Sancho duda de su identidad o más bien, no está seguro, porque una cosa es lo que ve y otra la que su señor sostiene, y a él le cree. Para no errar, propone un término medio, el “baciyelmo”, que son las dos esencias unidas. Cervantes de manera muy discreta, nos da a nosotros, los lectores, la elección. En voz del más sencillo de los personajes, nos hace comprender que la realidad es de quien la observa y la defiende.

Aquí reside la profundidad de neologismo que inventa Sancho. El Quijote persevera en su aparente fantasía. Él mismo ya había reconocido que la forma evidente de su casco era la de una bacía y no un yelmo. El caballero no lucha por una espada o una lanza, ni siquiera por un rocín(ante) con más brío y arrojo, instrumentos más importantes para un caballero andante. Lo que busca es algo que le proteja la cabeza. Pero no es su constitución física lo que quiere preservar, sino las ideas que habitan en ella; son la ilusión, sus sueños y utopías a los que escuda.

Antes de hacerse con el baciyelmo, la mente le juega una pasada al Quijote. Mientras cabalga con Sancho en una noche tupida, se adentran en un bosque y escuchan estruendos y cadenas que no cesan. Sancho asustado, le ata las patas a Rocinante para que el Caballero no pueda acometer otra aventura. Así, se está quieto hasta el amanecer. Avanzan con la luz del sol hacia esa nueva embestida, pero al llegar al sitio en que luciría su valentía, el de la Triste Figura enmudece y se decepciona. Se da cuenta de que no eran magos o monstruos quienes le llamaban para socorrer a algún necesitado, sino batanes que trabajan por la fuerza de un río. A diferencia de los molinos, aquí ve la realidad de su tiempo.

Cervantes hace suceder dos hechos simbólicos sobre la identidad de la mente del Quijote. El primero, la ilusión de una nueva aventura figurada en su imaginación, frustrada por la insistente certidumbre de lo evidente y, el segundo, la acometida en contra del barbero para hacerse con la bacía, que en su imaginación vio como Yelmo. La correlación de estos eventos conduce a pensar que lo que hizo el Quijote, después de tan gran decepción por la existencia cierta, fue proteger sus ideales. Pues como dice Dostoyevski en su breve carta “La mentira se salva con la mentira”: “el ideal del caballero andante es tan alto, tan bello y útil, y de modo tal se ha apoderado del corazón de don Quijote, que se le hace ya imposible renunciar a la creencia incondicional en él, pues eso equivaldría a traicionar el deber y traicionar el amor a Dulcinea y a la Humanidad”. De ahí que a pesar de toda evidencia, la bacía se convirtiera en el Yelmo de Mambrino. El Quijote se ve acechado por la duda y cuestiona la fe en sus ideales; la incongruencia que se le presentó en forma de realismo. El baciyelmo salva su imaginación caballeresca. 

La locura del Quijote es pura voluntad de fantasía, pura osadía de narrar al mundo. Para eso se hizo con el Yelmo, un símbolo que le recuerda a él y a nosotros, que la realidad la construimos cada día. El desenlace con los batanes hace mella en el Quijote, y es testimonio de cómo busca labrar su vida verdadera. El Yelmo es el que protege esa frontera entre los mundos divididos de las sombras, entre la lucidez y la locura, porque como dice Unamuno en la Vida de Don Quijote y Sancho “sólo el que ensaya lo absurdo es capaz de conquistar lo imposible”.

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La obcecación con la sensatez y la conciliación entre términos mediocres, la medianía que nos ajusta a los estereotipos y la urgencia por ser vindicados por el coro de las mayorías, es lo que nos tiene estupefactos entre cantos agridulces y empantanados. Así nuestros tiempos, lejanos del Quijote y su baciyelmo, en que la meta es la imposición de la cordura. Nos hace falta con urgencia la búsqueda de la insensatez, la valentía para andar por ahí con una verdad propia, por enajenada que parezca. Esa es la fragancia del Quijote, el aroma que cabalga hacia el atardecer, mientras su salutífera insensatez cuestiona las verdades asumidas.

 

Gonzalo Sánchez de Tagle
Escritor, historiador y abogado. Su más reciente libro es La realidad de las luciérnagas, de editorial Textofilia.

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Publicado en: Ensayo literario