‘No te calles. Alza la voz’

Las obras de arte y las imágenes de propaganda no sólo tienen “contenidos” otorgados por creadores autónomos. El romanticismo construyó como “artistas” a los pintores, escritores y poetas. Esa noción suponía que los individuos harían patente en “la obra” un individualismo siempre renovado. A lo largo del siglo XX, esta ideología influyó el análisis de las imágenes en distintas disciplinas en las humanidades y las ciencias sociales, que frecuentemente buscan las intenciones de “los creadores” (a veces las de sus mecenas) como explicación maestra de las esquivas imágenes, que desafortunadamente no tienen un significado literal. Uno de los mecanismos para que ese análisis diera frutos era atribuirle a las imágenes la “expresión” de dilemas éticos absolutos. El “creador” se situaba peligrosamente sobre el muro que divide el bien y el mal para hacer patentes sus alternativas y su autonomía.

Desde luego hay otras opciones de análisis un poco menos lineales. Las imágenes pueden ser interpretadas por el público de manera opuesta a lo que querían los autores, como decía Umberto Eco.1 Las imágenes, lo mismo que el lenguaje verbal, muestran, dicen, articulan y señalan cosas que sus autores ignoran. El lenguaje, como las imágenes, es el medio de una relación social, no una sencilla emanación del alma individual. La “ideología” ha sido un instrumento bastante limitado para encarar ese problema. La administración retórica de las lealtades pinta mundos en blanco y negro, y es justo cuando procede así que la ambivalencia de los signos se hace más notoria.

Aquí un ejemplo que es como un búmeran: una campaña publicitaria del Consejo de la Comunicación (CC). El organismo, heredero del Consejo Nacional de la Publicidad, fue fundado en 1959 bajo la batuta del empresario Juan Sánchez Navarro. Hay un par de artículos muy bien documentados de Georgina Sosa Hernández sobre las dos épocas de esta asociación civil.2 En 2007, el CC promovió una campaña (“No te calles”) para promover la honestidad que, a juicio de sus ejecutivos, faltaba en el gobierno y la sociedad. Dicha iniciativa incluyó carteles para las paradas del transporte público, con los que aleccionaba a los transeúntes que esperaban el micro. El diseño de los mismos es tripartito: la enunciación de una falta, la acción que se recomienda y la moraleja. En la parte superior, tienen una leyenda que declara la falta e instruye al observador: “Al que robe llámalo así”/ “Al que dé mordida llámalo así”. En el centro, cada uno tiene un rostro que abre la boca para gritar. Su exclamación se representa como un gran triángulo rojo, en cada caso con una palabra: “¡LADRÓN!”; o bien: “¡CORRUPTO!”. En la parte inferior hay dos lemas: “No te calles/ alza la voz” y “Honestamente/ te necesitamos”. Las inscripciones están en letras mayúsculas; podría pensarse que “gritan”. Es como si la diseñadora o el diseñador hubiera desconfiado del altísimo contraste de una imagen en blanco, negro y rojo; como si fuera indispensable establecer de manera muy patente algo que las imágenes nunca tienen: un significado literal. Y esta incertidumbre, cancelada con mayúsculas y signos de admiración, tenía un motivo.

Ilustración: David Peón
Ilustración: David Peón

Las fuentes de estas imágenes no están, como podría suponerse por su contenido escrito, en alguna iconografía de la derecha. Ambas reelaboran dos pósteres soviéticos de los años veinte. Uno es de Aleksandr Ródchenko, Lengiz. Libros en todas las ramas del saber (1924), que aquel artista diseñó para una casa editorial soviética. El otro póster es de El Lissitzky: Ataquen a los blancos con el yunque rojo, de 1920. Los dos se inspiraron en uno de los diagramas más influyentes en la cultura de vanguardia del siglo XX: la Síntesis futurista de la guerra(1914), con el que los futuristas italianos agrupados en torno a Filippo Tommaso Marinetti buscaron promover la entrada de Italia en la Primera Guerra Mundial, pero también la renovación de las formas poéticas y artísticas en torno al culto a las máquinas y a la guerra, al tiempo que deploraban los anacronismos, los museos y los sonetos. El antecedente remoto de “No te calles” son las “Palabras en libertad” de Marinetti: los caligramas tipográficos con los que pretendía bombardear y destruir las formas tradicionales de la poesía.

No es raro que corrientes políticas opuestas se apoyen en recursos gráficos semejantes, o bien iguales. Dos corrientes u organizaciones que tuvieran un lenguaje o imágenes diferentes y hasta incompatibles no podrían enfrentarse nunca. Con el paso de los años, Marinetti se acercó de manera conspicua al fascismo de Mussolini, y Lissitzky se dedicó a hacer fotomontajes de propaganda para Stalin. Podríamos llenar miles de páginas con otros ejemplos de imágenes que se crearon para defender una causa, y que acabaron expropiadas y resignificadas por los adversarios o víctimas de las propias campañas de propaganda. No existen imágenes que tengan un significado estable o fijo. Esa fluidez no sorprende a nadie cuando se refiere al lenguaje verbal, pero tiende a causar escándalo cuando las imágenes son empleadas con fines opuestos a los que supuestamente les dieron sentido por primera vez.

No te calles. Alza la voz. Llámalo por su nombre. Ladrón. Corrupto. Honestamente, te necesitamos. La campaña del Consejo de la Comunicación usaba, junto con esas sencillas consignas, un diseño gráfico inspirado en las vanguardias soviéticas —como ha sido frecuente en la publicidad comercial desde la disolución de la URSS. El propio CC tenía en su sitio de internet, en el ya lejano 2006, una presentación digital que enumeraba los objetivos de la campaña. Ese documento, titulado “Mensajes y definiciones”, abría con una aclaración bastante precisa:

La honestidad no consiste sólo en franqueza (capacidad de decir la verdad) sino en asumir que la verdad es sólo una y que no depende de personas o consensos, sino de lo que el mundo real nos presenta como imprescindible de reconocer.3

El subrayado es mío. Apoyado en ese rumboso monismo ético, el CC llamaba a los ciudadanos a denunciar a otros ciudadanos. Pero no indicaba, por ejemplo, algún teléfono del Ministerio Público para llevar a cabo esas denuncias. Eso hubiera sido motivo de risa. Ni en 2006 ni hoy los ciudadanos se apoyan en el MP, o bien en las fiscalías, para resolver problema alguno. Esto había llevado a que distintos actores políticos y académicos, tratando de explicar por qué en México no se persiguen los delitos, propusieran una explicación: el problema eran los ciudadanos. Los ciudadanos no querían denunciar los delitos y por eso los delitos quedaban impunes. Por ejemplo, el Programa Nacional de Seguridad Pública (2003) aseveraba:

Mediante el fortalecimiento de los mecanismos de participación, organización, colaboración social, se debe impulsar una formación cívica de respeto a los ordenamientos jurídicos y administrativos, fomentando la cultura de la denuncia, el combate a la impunidad y la corrupción y una actitud de colaboración, vigilancia y evaluación de resultados de las corporaciones policiales.4

La redacción del documento es cuidadosa y sensible, pero no intenta ocultar su preocupación central: son los ciudadanos quienes, además de no denunciar, desconocen los ordenamientos jurídicos y administrativos. Más pragmático: el CC promovía una acción con pocas consecuencias legales, a la que su propia publicidad atribuía grandes consecuencias: denostar a los infractores a gritos, tal vez en plena calle (donde se exhibían los carteles). Con esa acción, el CC pretendía restaurar el carácter único de la verdad. Quedaba implícito que el problema estaba en los malvados relativismos, en la búsqueda de “consensos”.

* * *

Más de tres lustros después, la retórica es muy semejante; pero ahora no se trata de agencias de publicidad que organizan sus ideas en presentaciones electrónicas. La denuncia pública es una doctrina oficial del gobierno. Posiblemente no provoque mayor consecuencia judicial, pero ayudará a educar a los mexicanos en la tan ansiada cultura de la denuncia. Así el anterior jefe de la Unidad de Inteligencia Financiera, Santiago Nieto, explicó en un evento en El Colegio de México que ya no sería posible enjuiciar por corrupción a los expresidentes anteriores a Felipe Calderón. Sugirió, en lugar de hacerles un juicio, ponerlos en evidencia:

Donde ya no puede haber una acción jurídica por lo menos que estén en una investigación, como una comisión de la verdad, respecto a los alcances de la corrupción en el país, y la población sepa todos los alcances a los que llegaron los expresidentes que ha mencionado el presidente López Obrador, creo que podría ser una buena salida en razón de que el marco jurídico establece esta conclusión de responsabilidades penales o administrativas por el simple paso del tiempo.5

Como sabemos, hubo una consulta para ver si la ciudadanía estaba de acuerdo en enjuiciar a los expresidentes. Quienes ahí votaron, lo hicieron mayoritariamente por la afirmativa. No se han tenido noticias de alguna investigación, pues no se podría llamar “investigaciones” a las acciones legales contra exfuncionarios de los que se piensa que podrían denunciar a sus antiguos jefes. Excluida la confesión como “reina de las pruebas”, gracias a los tratados internacionales de derechos humanos, la técnica de “investigación” parece detenerse en la denuncia.

El presidente de la República también se ha manifestado en más de una ocasión en favor de exhibir públicamente a los que llama sus “adversarios”; en últimos días, se trata de los diputados que votaron contra su propuesta de reforma eléctrica. Y al anunciar dicha campaña contra los legisladores, retomó la vieja consigna del Consejo de la Comunicación: “Hay que llamarles por su nombre”:

Queremos que la gente vea la cara, los rostros de los traidores, para que no olvidemos nunca quién le dio la espalda al pueblo, quién le dio la espalda a nuestros hijos, quién le dio la espalda a nuestros nietos, quiénes deshonraron tantos siglos de historia que tenemos como nación, que tenemos como patria.6

Nadie sabe para quién trabaja. Lo único que puede pensarse es que el presidente de la República está cosechando los frutos sembrados por las campañas de terror moral que lanzó la derecha mexicana en las últimas décadas. Cuando llama “corruptos” a todos los que se le oponen, cuando restringe lo más posible el gasto público, cuando expresa que “la familia” remediará todos los males de México, cuando hace muy patente su desagrado por los nuevos feminismos y cuando militariza la lucha contra las organizaciones criminales, el presidente presenta sus propuestas como asuntos de sentido común. Y puede hacerlo porque se apoya en muchos años de propaganda —aunque fuera la propaganda de los otros. Baste recordar las palabras con las que Víctor Trujillo, personificando a un payaso, increpó a René Bejarano después de mostrarle un video donde este último aceptaba dinero de un empresario: “¡Estamos ya hasta la madre de que estas situaciones sucedan!”.7 Aunque sus adversarios le atribuyen pocas prendas para el análisis (el clásico error de los intelectuales), el presidente parece haber entendido muy bien que las imprecaciones del payasito calaron hondo en el ánimo de la población; ahora es él quien acusa y rebasa los límites del decoro —no tanto como Brozo— para clamar a los cielos: “Ahora todo es distinto, lo estamos mencionando todos los días, el corrupto está quedando mal visto, estigmatizado: fuchi-caca”.8 Y más todavía: “¿Saben cuándo se va a acabar la corrupción? Cuando logremos estigmatizarla; es decir: que sea algo feo, fuchi, guácala, porque la corrupción ya se veía como algo normal”.9 Los muy modestos resultados obtenidos con esta metodología no contradicen su eficacia retórica: todos los problemas vienen de la corrupción. ¿Cómo se resolverá la corrupción? Cuando los ciudadanos dejen de participar en ella. ¿Y cómo le van a hacer? Tienen que decirlo en público, en voz alta. “No te calles. Alza la voz”.

 

Renato González Mello
Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Es miembro de la Academia de Artes.


1 Eco, U. Obra abierta, Ariel, Barcelona, 1979. La autocrítica de Eco en Eco, U. Los límites de la interpretación, Editorial Limusa, Barcelona, 1990.

2 Sosa Hernández, G. G. “El Consejo Nacional de la Publicidad (CNP). La ‘voz’ empresarial mexicana en tiempos no democráticos (1959-2000)”, Secuencia 0, núm. 95, 27 de abril de 2016, p. 115, https://doi.org/10.18234/secuencia.v0i95.1380. Sosa Hernández, G. G. “El Consejo de la Comunicación: ‘Portavoz’ de los empresarios en la democracia mexicana”, Andamios 7, núm. 14, diciembre de 2010, pp. 69–99, consulta en agosto de 2006.

3 Consejo de la Comunicación, “Mensajes y definiciones”, México, marzo de 2005.

4Programa Nacional de Seguridad Pública 2001-2006”, Diario Oficial de la Federación, 14 de enero de 2003.

5Por corrupción, sólo pueden ir a juicio Calderón y EPN: Santiago Nieto”, La Razón, consultado el 29 de abril de 2022.

6‘Hay que llamarles por su nombre’, dice AMLO sobre campaña contra ‘traidores’”, ADNPolítico, 21 de abril de 2022.

7Corrupción honesta: AMLO y el financiamiento ilegal”, Etcétera (blog), 25 de agosto de 2020.

8El corrupto ya es visto como ‘fuchi caca’: AMLO”, El Universal, 10 de febrero de 2020.

9AMLO urge a estigmatizar la corrupción para acabarla”, Crónica 8 de julio de 2019.

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Publicado en: Dislexia política