Las cartas de Flaubert: belleza, amor y lubricidad

Gustave Flaubert (1821-1880) cumple doscientos años y no envejece. Su Bovary es una de las primeras heroínas modernas; su relato de la antigua Cartago sigue siendo un modelo exquisito de novela histórica; su afán estilístico aún permea tantas ambiciones literarias. Para recordarlo ofrecemos una selección de su extensa correspondencia, una muestra de sus ideas acerca del amor, la escritura, el arte y la sexualidad, arrojando luz sobre algunos rincones prohibidos de su intimidad.

Todo el problema reside ahí. Ser trovador sin ser bruto. Ser ideal.
Hacer belleza sin que deje de ser verdad.
—Gustave Flaubert

En el año de los bicentenarios de Baudelaire (1821-1867) y Doistoievski (1821-1881), las calamidades apenas dieron espacio a la celebración. El último de los tres, Gustave Flaubert ha recibido alguna atención en su país de origen. No hay duda de que la herencia mundial de estos tres contemporáneos es colosal. Flaubert es uno de los fundadores de la novela moderna y apenas puede entenderse la literatura de los siglos XIX y XX sin él. Nacido en Rouen en una familia acomodada —su padre era un exitoso cirujano—, Flaubert nunca tuvo que vender su fuerza de trabajo a las nacientes empresas que habían reemplazado el mecenazgo artístico en el siglo de la revolución industrial y el auge del capitalismo. Es el escritor burgués por antonomasia, que puede vivir escribiendo en la comodidad de su granja en Croisset, la casa de la familia a las afueras de Rouen a la vera del Sena. Aun así, dedica jornadas de doce horas a leer, escribir, pulir una sola frase, borrar, corregir, encontrar el adjetivo, el verbo más preciso. Así eleva el arte novelístico a una cúspide entonces sólo reservada a la poesía.

De largo mostacho encanecido, la modesta panza revestida de chaleco con reloj de cadeneta, camisa blanca, abrigo y corbatín, debemos imaginarlo con las manos entintadas, encerrado en el despacho de su casa de Croisset, fumando pipa en sus pausas de escritura; o en los refinados convites de artistas, intelectuales y mecenas pseudo-aristócratas o burgueses en la decadente París de mediados del siglo XIX; e incluso viajando por los Pirineos, en los rústicos hospicios de Túnez o en la ruta de Pont l’Evêque, donde sufre el colapso nervioso que lo llevará de vuelta a casa con tan solo veintitrés años y lo sumirá definitivamente en el “amargo oficio de la escritura”.

Como ese empeño de perfección verbal, la correspondencia de Flaubert es pantagruélica, “la más amplia ventana jamás abierta sobre el taller de un escritor”, en palabras de José Emilio Pacheco. Frente a la codicia de agentes literarios multinacionales y herederos, el Centro Flaubert de la Universidad de Rouen le ha dado un regalo al mundo que es la mejor lección de generosidad, difusión cultural e investigación bibliográfica exhaustiva. Pone a disposición del público un inmenso archivo digitalizado, que incluye 6941 cartas escritas o recibidas por el autor de Madame Bovary, además de una interminable cantidad de materiales (estudios, tesis, traducciones, ediciones manuscritas, iconografías y un largo etcétera). El desasosiego que sentía Flaubert frente a la enormidad de los temas que investigó para sus novelas sólo es comparable al del internauta contemporáneo que empieza a adentrarse en la selva sin fin del Centro Flaubert. Sin ánimo abarcador, hemos escogido algunos fragmentos de su correspondencia, donde sobresale el Flaubert más íntimo, el más lúbrico e incorrecto tanto como el más sensible y entregado corresponsal.

Flaubert en sus 50 años. Retrato de Eugène Giraud

El arte, la única grandeza

Adiós, hasta luego, y ocupémonos siempre del arte, que es más grande que los pueblos, las coronas y los reyes; está siempre ahí, volando suspendido en el entusiasmo con su diadema de Dios.

(A Ernest Chevalier,1 Rouen, 14 de agosto de 1835.)

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La contemplación de las cosas bellas siempre lo pone a uno triste por cierto tiempo. Pareciera que no estamos hechos más que para soportar cierta dosis de belleza, una poca más nos cansa. He ahí por qué los temperamentos mediocres prefieren la vista de un río que la del Océano, y por qué hay tanta gente que proclama que Béranger es el primer poeta francés. No confundamos por lo demás el bostezo del burgués ante Homero con la meditación profunda, con la ensoñación intensa y casi dolorosa que llega al corazón del poeta cuando mide los colosos y se dice afligido: ¡Oh, Altura!

(A Louis de Cormenin,2 Rouen, 7 de  junio de 1844)

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Admiro tanto el oropel como el oro. La poesía del oropel es incluso superior en cuanto es triste. Para mí en el mundo no hay más que los versos bellos, las frases bien hechas, armoniosas, melodiosas, las bellas puestas de sol, los claros de luna, los cuadros coloridos, los mármoles antiguos y las cabezas en relieve. Más allá no hay nada. Tú me hablas de trabajo, sí, trabaja, ama el arte. De todas las mentiras es incluso la menos mentirosa.Trata de amarlo con un amor exclusivo, ardiente, devoto. Eso no te fallará. La idea sola es eterna y necesaria.

(A Louise Colet,3 Croisset, 6 de agosto de 1846)

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Había entonces algo más serio que los hombres que morían por la patria, que los que rezaban por ella, que los que trabajaban en volverla más feliz: eran los que cantaban. Ya que solo esos sobreviven. Se descubrieron nuevos mundos para leerlos. Se inventó la imprenta para difundirlos. ¡Ah! Sí, el amor de Glycere o de Lycoris pasará todavía por encima de las civilizaciones futuras. El arte como una estrella ve la tierra girar sin emocionarse; titilando en su azul la belleza no se desprende del cielo.

(A Louise Colet, Croisset, 30 de agosto de 1846)

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Me encanta la basura, sí, y cuando es lírica, como en Rabelais, que no es en absoluto un hombre de basura. Pero la basura es francesa. Para complacer el gusto de los franceses, hay que esconder la poesía casi como píldoras en un polvo incoloro, y hacer que se la traguen sin sospecharlo.

(A Louise Colet, Croisset, 27 de junio 1852)

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Si el libro que escribo con tanta dificultad [Madame Bovary] llega a buen término habré establecido por el sólo hecho de su ejecución estas dos verdades, que son para mí axiomas, a saber: primero que la poesía es puramente subjetiva, que en literatura no hay bellos temas de arte, y que entonces Yvelot vale lo mismo que Constantinopla; y en consecuencia se puede escribir sobre cualquier cosa tan bien como sobre cualquier otra.

(A Louise Colet, Croisset, 25 de junio de 1853)

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Lo que a mí me parece de mayor altura en el Arte (y de mayor dificultad), no es ni hacer reír, ni hacer llorar ni ponerlos cachondos o furibundos, sino actuar como la naturaleza; es decir, hacer soñar. Las obras más hermosas tienen ese carácter. Son de aspecto sereno y de procedimientos incomprensibles, son inmóviles como acantilados, tempestuosas como el Océano, llenas de fronda, de vegetaciones y murmullos como bosques, tristes como el desierto, azules como el cielo.

(A Louise Colet, Trouville, 26 de agosto de 1853)

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No vaya usted a creer que cuento con la posteridad para vengarme de la indiferencia de mis contemporáneos. Solamente quise decir esto: cuando uno no se dirige a las masas, es justo que las masas no paguen a cambio. Esto es economía política. Sin embargo, sostengo que una obra de arte (digna de ser llamada así y hecha con consciencia) no puede pagarse. Conclusión: si el artista no tiene rentas, ¡deberá morirse de hambre! Lo cual es encantador.

(A George Sand,4 Croisset, 12 de diciembre 1852)

De cómo escribí Madame Bovary

Estoy en otro mundo ahora. El de la observación atenta de los detalles más planos. Tengo la mirada inclinada sobre las espumas del musgo del alma. Muy lejos de ahí los resplandores mitológicos y teológicos de San Antonio. Y así como el tema es diferente escribo en un proceso contrario. No quiero que haya en mi libro ni un solo movimiento ni una sola reflexión del autor. Creo que será menos elevado que San Antonio en cuanto a las ideas (a lo cual le hago poco caso), pero será quizás más rígido y más raro, sin que lo parezca.

(A Louise Colet, Croisset, 8 de febrero de 1852)

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A ratos me siento estéril como un tronco viejo. Tengo una narración que hacer. Pero el relato es algo que me resulta muy fastidioso. Debo poner a mi heroína en un baile. Hace tanto que no veo uno que me exige enormes esfuerzos de imaginación. ¡Y además todo es tan común, tan fácil de decir! Sería una maravilla evitar lo vulgar, y quiero hacerlo.

(A Louise Colet, Croisset, 2 de mayo 1852)

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Otra proximidad: mi madre me mostró (lo descubrió ayer) en Un médico rural de Balzac la misma escena que en mi Bovary: una visita a una nodriza (yo nunca leí ese libro, y tampoco L. L. [Louis Lambert]). Son los mismos detalles, los mismos efectos, la misma intención, como para creer que le copié, si no fuera porque mi página está infinitamente mejor escrita, sin presumir.

(A Louise Colet, Croisset, 27 de diciembre 1852)

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Cada párrafo es bueno en sí y hay páginas, estoy seguro de ello, perfectas. Pero precisamente por eso no funciona. Es una serie de párrafos entornados, detenidos, que no desembocan unos en otros. Hará falta desenroscarlos, soltar las juntas, como se hace con los mástiles de los barcos cuando se busca que las velas tomen más viento. Me canso en llevar a cabo un ideal acaso absurdo. Mi tema tal vez no contiene ese estilo.

(A Louise Colet, Croisset, 29 de enero 1853)

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¡Dios! ¡Cómo me fastidia mi Bovary! A veces llego a la convicción de que es imposible escribir. Tengo que hacer un diálogo de mi mujercita con un cura —¡diálogo canalla! y espeso. Y porque el fondo es común, hace falta que el lenguaje sea tanto más limpio. La idea y las palabras me faltan. Sólo tengo el sentimiento.

(A Louise Colet, Croisset, 10 de abril de 1853.)

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Madame Bovary no tiene nada verdadero. Es una historia totalmente inventada. No le puse nada ni de mis sentimientos ni de mi existencia. Por lo contrario, la ilusión (si es que la hay) viene de la impersonalidad de la obra. Es uno de mis principios, que uno no debe escribirse. El artista debe ser en su obra como Dios en la creación: invisible y todopoderoso, que podamos sentirlo en todas partes, pero sin verlo.

(A M. S. Leroyer de Chantepie,5 Paris, 18 de marzo 1857)

De cómo escribí La educación sentimental

Ve usted en su viejo trovador a un hombre desgastado. Pasé ocho días en París, buscando información aburrida (de 7 a 9 horas diarias en un carruaje, que es una buena manera de hacer una fortuna con la literatura… ¡en fin!) Acabo de releer mi esquema. Todo lo que me queda por escribir me horroriza, o más bien me repugna hasta el punto de vomitar. Siempre es así cuando vuelvo al trabajo. ¡Eso es cuando me aburro! ¡Me aburro, me aburro! ¡Pero esta vez más que las otras! Por eso me dan tanto miedo las interrupciones en mi trabajo. No podía actuar de otro modo, de todas formas.

(A George Sand, Croisset, 2 de febrero de 1869)

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Prosigo no obstante mi odioso libro, con tesón. Pero me jode de una forma en que me provoca, a veces, ganas de llorar.

(A Edmond y Jules de Goncourt,6 Croisset, 5 de marzo de 1869.)

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Todavía espero, y con mucha impaciencia, la pequeña nota que usted debía darle a Jules. El amigo que podría hacerme este favor en Rouen ahora está de viaje, de manera que sigo con el pico en el agua de mi hoja blanca. 1) Cuáles son las vergonzosas funciones que un banquero puede proponerle a un joven de mundo 2) Por qué medios un banquero puede arruinar (sin escándalo) a un amigo. Y cómo un tercero (alguien ajeno a los negocios) puede tener las pruebas de dichas estafas y luego amenazar con un chantaje. Si usted está muy abrumado de trabajo sería tan amable en nombre de los principios y del Viejo de enviarme esto inmediatamente.

(A Ernest Duplan,7 Croisset, 24 de julio de 1863)

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El comercio de arte me ocupa exclusivamente. Estoy perdido en medio de viejos periódicos y de  vendedores de cuadros. Mañana y los días siguientes tengo cita con varios de ellos. Nada es más difícil que encontrar la información que necesito. Al mismo tiempo estoy estudiando la historia del grabado.

(A Caroline Commanville,8 Paris, 22 de febrero de 1865)

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Heme aquí dedicado ya desde hace un mes a una novela de moralidades modernas que ocurrirá en París. Quiero hacer la historia moral de los hombres de mi generación; sentimental, sería más cierto. Es un libro de amor, de pasión, pero de una pasión tal y como puede existir ahora; es decir, inactiva. El tema, tal y como lo he concebido, es, creo, profundamente verdadero, pero por lo mismo probablemente poco entretenido. Los hechos, el drama faltan, y además la acción se extiende en un lapso de tiempo demasiado considerable.

(A M-S. Leroyer de Chantepie, Croisset, 6 de octubre de 1864.)

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Ya pasé bastante tiempo buscándole otro título a mi novela. Pero no le veo otro. La educación sentimental tiene para sí la ventaja de no ser común y, después de todo, ¿nos da la idea del libro?

(A Ivan Turguéniev,9 Croisset, abril 1869)

Magníficos efluvios

Las cogidas ya no me enseñan nada. Mi deseo es demasiado universal, demasiado permanente y demasiado intenso para que tenga otros deseos. No utilizo mujeres, hago como el poeta de tu novela, las mato con la mirada.

(A Alfred Le Poittevin,10 Milán, 13 de mayo de 1845)

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Es singular cómo estoy alejado de la mujer. Estoy saciado como deben estarlo aquellos que han amado demasiado. Tal vez soy yo el que he amado demasiado. La masturbación es la causa, masturbación moral, quiero decir. Todo se ha ido de mí, todo ha entrado ahí. Me volví impotente por estos efluvios magníficos que sentí borbotear demasiado para nunca verlos derramarse.

(A Alfred Le Poittevin, Genève, 26 de mayo de 1845.)

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Pienso en tu lámpara de alabastro mientras observo su luz mortecina ondeando en el techo. Entendiste, esa noche, que me había dado ese término porque no me atrevía, soy tímido, a pesar de mi cinismo, acaso gracias a él. Me dije que esperaría hasta que la vela se apagara. Oh, qué olvido de todo, qué exclusión del resto del mundo… qué suave era la piel de tu cuerpo desnudo, …y qué alegría hipócrita saboreaba, en mi despecho, mientras los otros estaban allí y no se iban. Siempre recordaré la expresión de tu cara cuando estabas de rodillas en el suelo, y tu sonrisa de borracha cuando abriste la puerta y nos separamos. Bajé de puntillas a la oscuridad como un ladrón. ¿No era yo uno de ellos? Y todos son tan felices cuando huyen con su botín.

(A Louise Colet, Croisset, 6 de agosto de 1846)

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Esta mañana cuando me acosté soñé con el estremecimiento que viví en Mantes cuando sentí en la cama tu muslo sobre mi vientre y tu cintura en mis brazos, y la impresión de esa meditación se me quedó todo el día.

(A Louise Colet, Croisset, 23 de octubre de 1846)

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Puesto que hablamos de jovenzuelos, esto es lo que sé. Aquí se lleva bastante bien la cosa. Se admite su sodomía y se habla de ello en la mesa. A veces se niega un poco y todo el mundo entonces te regaña y así acaba por admitirse el asunto. Viajando según nuestra instrucción y encargados de una misión del gobierno, tomamos como nuestro deber entregarnos a ese modo de eyaculación. La ocasión no se ha presentado aún, pero la buscamos. Es en los baños donde ocurren estas prácticas. Uno reserva el baño para sí (5 francos, incluyendo masajistas, pipa, café y toallas) y  conduce al jovencito a una de las salas.

(A  Louis Bouilhet,11 El Cairo, 15 de enero de 1850.)

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En El Cairo vi a un mono masturbar a un burro. El burro se debatía, el chango rechinaba los dientes, la multitud miraba. Estuvo fuerte.

(A Théophile Gautier,12 Jérusalem, 13 de agosto de 1850)

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En Beirut conocimos a un valeroso muchacho, Camille Rogier, el director de postas del lugar. Es un pintor de París, de la camarilla de Gautier, que vive ahí de orientalista. Este encuentro inteligente nos dio mucho gusto. Tiene una casa linda, un cocinero lindo y un miembro enorme frente al cual el tuyo es un clavito. Cuando estuvo en Constantinopla, esa reputación se estuvo difundiendo y los turcos llegaban, cada mañana, con todo el propósito de vérselo.

(A Louis Bouilhet, Jérusalem, 20 de agosto de 1850)

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Nada es tan bello como el adolescente de Damasco. Hay jóvenes de 18 a 20 años que son magníficos. Si fuera mujer haría un viaje de placer a Siria. Por lo demás, vivimos ahí de una forma más casta que en cualquier otro lugar. Nuestro buen José, muy resuelto en Egipto, es bastante imbécil aquí para todas estas cosas. Tiene miedo de atraer problemas. Tal vez no se equivoca.

(A Louis Bouilhet, Damasco, 4 de septiembre de 1850)

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En la blanda Parténope no se me deja de parar. Me pongo como un asno desmontado. Tan solo el solo contacto con mi pantalón me hace entrar en erección. Uno de estos días voy incluso a agacharme para cogerme a la lavandera, a quien le parece que soy molto gentile. Es quizás la vecindad del Vesubio la que me calienta el culo. Lo que sí es cierto es que estoy en un estado de furor que intentaría calificar de venéreo e incluso de lúbrico.

(A Camille Rogier,13 Naples, 11 de marzo de 1851)

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¿Cada libro que escribo no es como una sífilis que me trago? Salgo, me retiro de un coito largo y fastidioso, con un hermoso chancro en el orgullo, el cual se endurece.

(A Louis Bouilhet, Croisset, 16 de junio de 1856)

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De esta manera se las arreglan los Árabes de Túnez para curarse de la sífilis: le dan por el culo a un burro. Aquí la gente se entrega a una bestialidad rabiosa. Es el efecto del clima, diría Montesquieu.

(A Louis Bouilhet, Túnez, 8 de mayo 1858)

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Al día siguiente de mi llegada me bañé en el mar Rojo. Fue uno de los placeres más voluptuosos de mi vida, me enrollé entre las aguas como sobre mil pezones líquidos que hubieran rozado todo mi cuerpo.

(A Louis Bouilhet, entre Girga y Siout, 2 de Junio de 1850)

He amado mucho

Sabes muy bien que ya no tengo corazón ni voluntad ni nada; soy una cosa fofa y enternecida que anda a tus órdenes. Vivo en sueños en los pliegues de tu falda, en las puntas de tus rizos ligeros que guardo aquí. ¡Ah, qué bien huelen! Si supieras cómo pienso en tu voz, en tus hombros, y el aroma que respiro en ellos.

(A Louise Colet, Croisset, 11 de agosto de 1846)

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Ayer estaba tan bien, confiado, sereno, feliz como un sol de verano entre dos aguaceros. El mitón está aquí. Huele bien, me parece que todavía respiro tu hombro y el dulce calor de tu brazo desnudo. ¡Vamos! Aquí van algunas ideas sobre el placer y las caricias que me poseen, mi corazón pega brincos pensando en ti. Deseo todo tu ser, evoco tu recuerdo para que apacigüe esta necesidad que grita al fondo de mis entrañas, ¡que no estás aquí!

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El río brilla bajo la luna, son negras las islas, el pasto verde esmeralda. ¿Quieres venir aquí, heroína mía? En una noche semejante llegaría la dicha de recibirte. Me imagino tu rostro y tu cuello al desnudo iluminados por el astro pálido. Veo tus ojos brillar en la sombra azulada. ¿Sabes que esto sería genial y magníficamente hermoso?

(A Louise Colet, Croisset, 2 de septiembre 1846)

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Tu imagen llega siempre como una bruma ligera —ya sabes, uno de esos vapores matinales que danzan y ascienden, luminosos, aéreos, rosados— entre mis ojos y las líneas que recorren.

(A Louise Colet, Croisset, 17 de septiembre 1846)

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Te envío, querida amiga mía, una flor que recogí ayer —al sol poniente sobre la tumba de Chateaubriand—, el mar estaba hermoso, el cielo rosado, el aire plácido. Era una de esas grandes noches de verano llameantes de colores, de un esplendor tan inmenso que así se vuelve melancólica —una de esas noches ardientes y tristes como un primer amor.

(A Louise Colet, Pontorson, 14 de julio de 1847)

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Si yo he amado mucho, a mí, en cambio, me han amado muy poco de vuelta (en lo que respecta a las mujeres al menos) y tú eres la única que me lo ha dicho. Las otras, por un momento, pueden haber gritado de voluptuosidad o haberme amado como buenas chicas durante un cuarto de hora o una noche. ¡Una noche! Eso es mucho tiempo, apenas lo recuerdo. Pues bien, declaro que estaban equivocadas; yo era mejor que tantos otros. Las culpo por no haberlo aprovechado. Este amor hablador y apasionado, la mejilla de nácar de la que hablas, y la ternura hirviente, como hubiera dicho Corneille, yo lo tenía todo. Pero me habría vuelto loco si alguien hubiera recogido este pobre tesoro, sin etiqueta.

(A Louise Colet, Croisset, 19 de septiembre de 1852)

La historia de los Sentidos

Ah, el porvenir, horizonte rosa de magníficas formas, de nubes de oro donde el pensamiento te acaricia, donde el corazón se fuga en éxtasis, y que a medida que se avanza, como el horizonte porque de hecho la comparación es exacta, retrocede, retrocede y se va. Hay momentos en que uno cree que ese porvenir toca el cielo y que vamos a tomarle la mano, crac, un llano, un valle que desciende y uno corre siempre llevado por sí mismo para romperse la nariz contra una piedra, hundirse con los pies en mierda o caer en una fosa.

(A Ernest Chevalier, Rouen, 19 de enero 1840)

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Era de mañana, se elevaba el sol frente a mí, todo el valle del Nilo bañado en la bruma parecía un mar blanco, inmóvil, y el desierto atrás con sus montículos de arena de un negruzco violeta, como otro océano de un violeta sombrío y del cual cada ola se hubiera petrificado. Entretanto, el sol ascendía por detrás de la cordillera arábiga, la bruma se deshacía en grandes gasas ligeras, los prados que recortaban canales eran como verdes tapices, de arabescas cintas bordadas, de manera que no había más que tres colores: un verde inmenso a mis pies, en el primer plano; el cielo rubio rojizo como corladura gastada, detrás, y, por un costado, otra extensión punteada de un tono enrojecido y terso; luego los blancos minaretes del Cairo al fondo, y las pangas que pasaban por el Nilo, con ambas velas extendidas (como las alas de una golondrina si se observan de cerca); y aquí y allá en el campo algunas matas de palmeras.

(A Louis Bouilhet, El Cairo, 15 de enero 1850)

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La luz es algo maravilloso, pone todo a brillar. En las ciudades siempre nos ciega como el parpadeo de colores de un inmenso baile de disfraces. Esos vestidos blancos, amarillos o azules destacan en la atmósfera translúcida con una intensidad tonal como para extasiar a cualquier  pintor.

(A Caroline [su madre] Flaubert, Esneh, 22 abril 1850)

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Queda la historia de los Sentidos. Siempre han sido mis sirvientes. Incluso en tiempos de mi juventud más verde, hacía con ellos lo que quería. Me acerco a los cincuenta; ¡y no es su fuga lo que me disgusta! Semejante régimen no es chistoso, ¡lo admito! Tenemos momentos de vacío y de horrendo aburrimiento, pero se vuelven cada vez más raros a medida que envejecemos. En fin, ¡vivir me parece un oficio para el que no estoy hecho! ¡Y aun así!

(A George Sand, Croisset, 1 de enero de 1869)

Los escritores nos sirven para vivir

Esperas detalles sobre V. Hugo. ¿Qué quieres que te diga? Es un hombre que se ve como cualquier otro, de rostro más bien feo y de fachada bastante ordinaria. Tiene dientes magníficos, una frente soberbia, ninguna pestaña ni cejas. Habla poco, parece observarse a sí mismo y no querer soltar nada. Es muy educado y algo afectado. Me gusta mucho el sonido de su voz, he disfrutado contemplarlo de cerca y lo he observado atentamente con asombro, como un joyero en el que hubiera diamantes reales y muchos millones, pensando en todo lo que había surgido de ese hombre sentado a mi lado en una sillita, y mirando fijamente su mano derecha que había escrito tantas cosas bellas. Estaba ahí, no obstante, el hombre que más me había hecho latir el corazón desde que nací, y probablemente al que mejor quería de entre todos aquellos que no conozco. Hablamos de suplicios, de venganzas, de ladrones, etcétera.

(A Caroline Flaubert-Hamard [su hermana menor], Paris, 26 de noviembre de 1843)

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¿Cómo agradecerle, Señor y querido Maestro, por el envío de su libro? ¿Cómo decirle el encantamiento en que me sumergió su lectura? Pero déjeme antes hablarle un poco de usted. Es una necesidad que tengo desde hace mucho y, puesto que se presenta la ocasión, aprovecho. Hay Genios que uno admira y sin embargo no quiere. Y otros que gustan sin que uno los considere. Pero uno venera a aquellos que nos toman por todas las puntas, aquellos que nos parecen creados para nuestro temperamento. ¡Respiramos por ellos! ¡Nos nutren! Nos sirven para vivir.

(A Jules Michelet,14 Croisset, 26 enero 1861)

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Usted es un guerrero de verdad. Merecería ser del batallón sagrado. Tiene usted la ciega fe de la amistad, que implica la verdadera política.

(De Charles Baudelaire a Flaubert, Paris, 31 de enero de 1862)

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Es usted una de esas altas cumbres que azotan todos los vientos, y que ninguno abate. Está mi corazón profundamente con usted.

(De Victor Hugo a Flaubert, París, 12 de abril 1872)

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A Balzac no le preocupa ni el arte, ni la Religión, ni la humanidad, ni la Ciencia: ¡él y sólo él! Sus deudas, sus muebles, su imprenta. Lo cual no impide que haya sido un hombre valeroso. ¡Qué lamentable vida! ¿Y sabe usted su final? Le dijo a Mme. de Surville que le repitió la frase a Mme. Cornu: “muero de tristeza”, de la tristeza que le causaba su esposa.

(A Edma Roger des Genettes,15 Croisset, 3 de agosto 1877)

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Que te persigan por un artículo político, ¡bueno!; aunque reto a cualquier ministerio a que me demuestre la utilidad práctica de hacerlo; pero por unos versos, por literatura: ¡No! ¡Es demasiado! ¡Van a responderte que tu poesía tiene tendencias obscenas! Con la teoría de las tendencias, se puede guillotinar a un borrego por haber soñado con la carne. Habría que entenderse definitivamente sobre esta cuestión de la moralidad en el Estado. Lo que es bello es moral, así de simple y nada más. La poesía, como el sol, baña de oro el estiércol. Ni modo por los que no lo ven. Trataste un lugar común, a la perfección, y mereces elogios en lugar de merecer multa o cárcel.

(A Guy de Maupassant, Croisset, 19 de febrero 1880)

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Actualmente es investigador posdoctoral en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas (UNAM).

Camilo Rodríguez
Lector, traductor y escritor. Profesor de la Universidad La Salle México


1 Ernest Chevalier (1820-1887) fue un magistrado del que se separó Flaubert, a pesar de haber sido uno de sus grandes amigos íntimos durante la infancia y la adolescencia.

2 Louis de Cormenin (1821-1866), poeta, periodista y político que conoció a Flaubert en sus años de estudiante.

3 Louise Colet (1810-1876) fue una escritora que conoció a Flaubert en el taller del escultor Pradier. Su relación con Flaubert dejó una de las correspondencias amorosas más imprescindibles de la historia de la literatura.

4 George Sand (1804-1876) fue una afamada novelista francesa. Su correspondencia con Flaubert es riquísima y extensa, de más de cuatrocientas cartas.

5 Marie-Sophie Leroyer de Chantepie (1800-1888) fue una novelista que se carteó tanto con George Sand como con Flaubert, con este último durante diecinueve años.

6 Los hermanos Edmond y Jules Goncourt fueron clave en el desarrollo de la cultura francesa del siglo XIX, no sólo por su cercanía con personajes centrales del medio literario, que pueblan su viperino Diario, sino por sus colecciones de arte. Publicaron en colaboración y por separado. 

7 Notario, amigo de Flaubert.

8 Caroline Commanville (1846-1931) es la sobrina de Flaubert, muy cercana y protegida suya, con quien intercambió más de quinientas cartas.

9 Iván Turguéniev (1818-1883), escritor ruso que se instaló en París, amigo de los grandes escritores de la época: Flaubert, Zola, Victor Hugo, Maupassant, Jules Verne, entre otros.

10 Alfred Le Poittevin (1816-1848) fue el amigo más cercano y querido de Flaubert.

11 Louis Bouillhet (1821-1869) fue un poeta y dramaturgo, con el que colaboró Flaubert en varias obras de teatro.

12 Théophile Gautier (1811-1872) uno de los poetas y novelistas más importantes del siglo XIX francés, precursor del parnasianismo.

13 Camille Rogier (1810-1896) fue una pintora y viñetista francesa, que frecuentó a escritores como Nerval, Gautier y Flaubert, y se hizo orientalista. Además de en París, vivió en Constantinopla y en Beirut.

14 Jules Michelet (1798-1874) es uno de los grandes historiadores del siglo XIX francés.

15 Edma Roger des Genettes (1818-1891) fue una gran amiga de Flaubert; hay más de cien cartas entre ambos.

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Publicado en: Resurrectorio