Mariana Enriquez, la escritora argentina que ganó el Premio Herralde de Novela de este año, ha construido una obra polifacética en la que los tropos de la literatura de terror se mezclan con la historia política de su país. Este ensayo hace un repaso de los libros de Enriquez para esclarecer sus procedimientos literarios.
Después de que leí “El niño sucio” no pude dejar de leer a Mariana Enriquez. Yo vivía en Buenos Aires y recuerdo el terror que le tenía al barrio de Constitución, una zona al este de la ciudad porteña famosa por su bullicioso trajín debido a la terminal ferroviaria de su plaza principal —y también por sus crímenes. Sentía un miedo incomprensible de que los consejos de buenos samaritanos de mis vecinos me habían enraizado, de que en lugar de advertirme de zonas urbanas me hablaban de espacios condenados. Pero eso no fue lo único. Cuando entré a la Facultad de Filosofía y Letras de Puán me recomendaron a Roberto Arlt como guía de turista (¡qué pasaba con las bienvenidas en ese país!). Después de un par de páginas de las Aguafuertes porteñas ya no podía pasar por los tumultos de Plaza Once sin imaginarme a dos o tres suicidas por ahí. Era cierto lo que decía Macedonio Fernández: “Ser recienvenido en Buenos Aires ni por un momento se perdona”.

Ilustración: Alberto Caudillo
Para colmo llegué en julio de 2015, en pleno año de elecciones presidenciales. La ciudad estaba enfangada de disgustos y discusiones. Mi casera me preguntaba: ¿cómo es que te venís a la Argentina justamente en este año? La ciudad estaba tapiada con jirones de carteles con los candidatos a la presidencia, pero también con avisos de alerta contra el peronismo y la dictadura. Yo no entendía nada.
Venía de México, así que el miedo le daba un aire hogareño a la ciudad. Pero cuando piensas que con la bancarrota espiritual que te cargas le llevas la delantera al terror, llega la literatura a recordarte que lo más horroroso es aquello que se descubre entre lo familiar. Eso fue lo que me ocurrió con la obra de Mariana Enriquez: sentí que se me empalmaban los terrores en la piel ya de por sí espeluznada por la realidad.
Aunque las letras latinoamericanas están plagadas de situaciones insólitas y de obras que pueden leerse en clave de terror —como algunos cuentos de Cortázar, Juan Rulfo, Silvina Ocampo, Elena Garro, Horacio Quiroga, o Amparo Dávila— la literatura de este género no tiene en nuestros países una tradición tan larga, amplia y clara como la anglosajona. Por ello, Mariana Enriquez, gran lectora de Stephen King, H.P. Lovecraft, Clive Barker y Shirley Jackson —así como disciplinada consumidora de cine de terror, cómic y mucho rock— tuvo que crear su propia tradición y preguntarse ¿cómo hacer literatura de terror en Latinoamérica hoy?
La respuesta a esta pregunta queda clara en libros como Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), Los peligros de fumar en la cama (Anagrama, 2017), Ese verano a oscuras (Páginas de espuma, 2019), o su novela Nuestra parte de noche(Anagrama, 2019), con la que Enriquez obtuvo el Premio Herralde de Novela 2020. En estas obras el terror suele surgir de la mezcla de una situación política y social —como la dictadura, la vida en las villas miseria o la brutalidad de las instituciones— con leyendas urbanas propias de la Argentina: historias de horror folclórico como San La Muerte, el Invunche o el Gauchito Gil. Enriquez revive los clichés del género en clave política: sus fantasmas, demonios, casas embrujadas, monstruos y brujas son ruinas de la pobreza, el poder y la violencia.
Como cualquier escritora, Mariana Enriquez tiene obsesiones que aparecen y reaparecen en sus libros: la adolescencia, las drogas, el rock, la fragilidad de los cuerpos, los espacios y las presencias liminales, la deformidad, lo sórdido, la magia negra y, por supuesto, la violencia. Todo esto entramado en una telaraña de lenguaje claro y sin adornos.
Es cierto que lo real no es lo mismo que lo visible, pero, en los libros de la escritora argentina, ambas categorías prometen algo atroz. En Nuestra parte de noche y en cuentos como “Chicos que faltan” y “Cuando hablamos con los muertos”, la presencia de la dictadura proporciona muchos de los fantasmas. Para entender esto vale ofrecer una definición de fantasma: un ser atrapado en un trauma que exige escucha a los vivos. ¿Qué otra cosa es un desaparecido político sino eso? Los fantasmas de Enríquez son figuras entre la vida y la muerte, ausencias a quienes se les arrebató el final de su propia narrativa, y con quienes no hay manera de dialogar para resarcirlos. Los fantasmas y los desaparecidos en las ficciones de Enriquez están lejos de la visión romantizada del amor a través de los mundos: sus muertos no vienen a acompañar a los vivos, no los asisten, no les dan pistas. Los muertos muertos están y nada puede aclararse, ni a través de la investigación policial, ni del periodismo, ni de la literatura.
La dictadura será también la fuente de los espacios embrujados. Tenemos, por ejemplo, el lugar maldito de su cuento “La Hostería”, donde un viejo hotel parecido a un cuartel militar resguarda los gritos de un pasado terrorífico. O bien, la casa embrujada de Nuestra parte de noche, que es la misma que se encuentra en el relato “La casa de Adela”. Esta casa, más grande por dentro que por fuera, resguarda restos humanos y, como era el caso de los centros clandestinos de detención o los chupaderos de la dictadura, no todos los que entran, salen.
Si bien la literatura de Enríquez trata fuertes temas políticos y sociales, —como la impunidad del dinero, el control de los cuerpos, la indiferencia social o la corrupción—, y si bien lo hace con claras referencias históricas —la Junta Militar, el gobierno de Menem o el de Alfonsín, incluso crímenes reales acontecidos en las últimas dos décadas en Argentina—, su obra es mucho más que un simple repertorio de alegorías históricas del horror. No hay que perder de vista que tanto sus libros de cuento como su novela Nuestra parte de noche son literatura fantástica. Enriquez apuesta por una imaginación perturbadora que se filtra en una realidad ya de por sí miserable y violenta. Introducirse en su obra es aceptar que diversas claves de lectura van a entrelazarse sin un final feliz para proponer la existencia de una legalidad diferente: no sólo aquella de las terribles lógicas paraestatales, sino una legalidad de lo insólito.
Leer es por lo regular una actividad solitaria, pero cuando uno lee a Enriquez se siente más solo de lo normal; no porque los cuentos relaten la experiencia individual de un personaje, sino porque el lector se ve imposibilitado de compartir lo inexplicable, de articular de forma satisfactoria lo que acaba de leer. Hay un exceso de sentido en su escritura que produce cortocircuitos de significado. Intentar dar una interpretación clara de sus relatos implica escindir posibilidades. Sus cuentos y su novela, como ella misma explica, “son más jirones que un moño”. Con su literatura uno presiente el mal y señala la grieta, pero no puede terminar de alumbrarlos. Sin embargo, lo fantástico no es irracional: supone una lógica. El problema es que esa lógica está oculta a pesar de estar cerca, y que cuando creemos tenerla se nos escapa, pues los signos que conocemos se revelan como la superficie de algo abisal que intuimos aberrante.
Afortunadamente, cuando viví en Buenos Aires no leí a Mariana Enriquez. Ya bastante molida de miedo estaba con el cine de desaparecidos —y con la literatura fantástico-cientificista de Quiroga, Lugones y Atilio Chiappori— como para sumarle el terror de un pasado que apenas conocía, y que ya estaba tocando a la puerta de un departamento que recién alquilaba. Ya bastante miedo le tenía también a los policías y a andar sola de noche por las estaciones de trenes. No habría podido divisar las villas sin sus monstruos, ni deambular por las plazas sin pensar en el chico sucio y sus historias del santoral pagano. Pero ahora, de vuelta en México, la leo y el miedo de todo lo que relata se remueve como si hubiera estado empozado en mí desde antes. Tal vez porque, como dice Emiliano Monge, “el pasado está esperando siempre allí adelante”, lo conozcas o no, lo recuerdes o no, lo hayas vivido o no. En América Latina vivimos una suerte de realismo gótico: siempre estamos dialogando entre villas, baldíos y casas abandonados con los fantasmas que se quedaron sin final.
Valeria Villalobos-Guízar
Estudió literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y periodismo y literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires.