La profesora Louise Glück

Louise Glück, la poeta estadunidense que esta semana ganó el Premio Nobel de Literatura 2020, ha sido profesora en varias universidades durante décadas. A continuación presentamos una remembranza sobre la profesora Glück escrita por uno de sus alumnos de la Universidad de Yale.

A mis amigos y a mí nos encantó enterarnos de que el padre de Louise Glück había inventado el cuchillo X-Acto: el dato nos parecía apropiado a su manera incisiva de pensar y de hablar, en la que cada pensamiento emergía pulido y expresado en un lenguaje fino y afilado. La única vez que la escuché hablar sobre la patente, fue para decir que por desgracia su padre no había logrado convertir su invento en una fortuna.

En esas épocas mis compañeros y yo éramos estudiantes en su clase de poesía en la Universidad de Yale, donde Glück daba dos talleres y dirigía las tesis de licenciatura de varios jóvenes poetas. En el curso de los tres años en los que fui su alumno, mis poemas mejoraron considerablemente y mis amistades se llenaron de una sensación de posibilidad poética. Era una lectora generosa, que afirmaba nuestros poemas a veces infantiles con la riqueza de su atención y su crítica, que nos ayudaba a cultivar la alegría de escribir y compartir nuestra poesía.

Louise nos parecía genial y un tanto intimidante, amable y cool. Como escritora practicante, había logrado hacerse de un puesto no académico en una institución académica de élite. Tenía un chofer que la llevaba y traía de su casa en Cambridge, Massachusetts, a New Haven, Connecticut, donde Yale tiene su campus. Con frecuencia se vestía de negro de pies a cabeza y tenía la costumbre de ponerse muchos brazaletes. Como no tenía computadora, mecanografiaba sus materiales de clase  y se comunicaba con nosotros por teléfono.

Glück tiene un gran sentido del humor: mucho de lo que dice es mitad en broma. Un correo de voz que me dejó hace algún tiempo termina diciendo: “¿Está claro? Eso creo. ¿Por qué no recibiste mi mensaje? Eso es lo que no está claro. OK”.

Desde que escuché la noticia sobre el Nobel, he pensado mucho en Max Ritvo, un poeta y ser humano maravilloso que era parte de mi grupo cuando estudiaba con Glück. Los dos eran muy cercanos: Louise ofició en su boda. Max murió en 2016 tras años de padecer cáncer, dejándonos un cuerpo de poemas luminosos y el espíritu de su inigualable generosidad.

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Para la clase de Louise teníamos que escribir un poema a la semana a partir de una sugerencia suya; en nuestras sesiones, discutíamos los textos de tres estudiantes. Además, cada semana teníamos que leer un libro de poemas y escribir una reflexión sobre él. En nuestras pláticas, la interpretación colectiva de cada poema se convertía en parte de su lenguaje; y tanto en nuestros textos como en nuestras conversaciones el énfasis caía sobre la particularidad. El discurso lírico tejía lo familiar con lo desconocido. Las notas de Louise sobre nuestros poemas decían cosas como “Vago” o “Demasiado vago. Clarifica con una metáfora”.

Había también cierta presión —desafortunada, ahora que lo pienso— en la importancia de expresarse de forma articulada al hablar. Un lado positivo de esta presión fue que comencé a sentir que era posible afilar mi pensamiento, a través de la mediación de la escritura, para enfocarme en experiencias y percepciones del mundo específicas: lo que George Oppen, un poeta que Louise Glück admira y a quien nos enseñó a amar, llama “una claridad limitada y limitante”. El resultado es un proceso más vasto y más opaco que la idea comodificada de “voz poética” que estructura a tantos talleres de escritura creativa.

Tengo lindos recuerdos de la oficina de Louise en el último piso del edificio gótico del Departamento de Literatura Inglesa de la universidad. Una vez, mientras me sentaba con una taza desechable de café en la mano, me dijo: “Que no se te olvide llevarte tus detritos como la semana pasada”. En mi último año de licenciatura, me ayudó a armar mi primer manuscrito de poemas. En el proceso, Louise leyó prácticamente todos los poemas que había escrito hasta entonces, guiándome a lo largo de meses de revisiones y ensamblaje. Cuando la veía leer un nuevo poema y procesar sus pensamientos al respecto en tiempo real, sentía una especie de optimismo nervioso. Al final, me sentí orgulloso de los textos que había reunido y esperanzado de que la lectura y escritura de poesía me acompañarían por el resto de mis días.

Cuando un entrevistador de The New York Times le preguntó hace unos días acerca de su labor como docente, Louis respondió diciendo que ser profesora le permite “bañarse en lo inesperado y en lo nuevo. Tienes que reacomodar tus ideas para que puedas sacar a la luz lo que emociona a tus estudiantes. Mis estudiantes me sorprenden; me deslumbran. Aunque no siempre puedo escribir, siempre puedo leer la escritura de los otros”.
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Hace no mucho, después de años de no verla, fui a visitar a Louise en su departamento en Cambridge. Me mostró su jardín y después hablamos durante largo rato, poniéndonos al corriente. Le dije que últimamente me había estado enfocando en mi carrera como bailarín de tap. Ella respondió que había visto el video de uno de mis recitales que yo le había enviado y comentó sobre el pulso de mi danza —cómo le había parecido que yo bailaba a la vez dentro y en contra de ese pulso.

Tenía miedo de mostrarle mis pocos poemas recientes. No sabía cómo explicarle que los textos que había escrito en mis épocas de estudiante me parecían ahora limitados por una cierta aspiración a la blancura; que la sensación de que sus clases eran espacios blancos había complicado mi amor por sus cursos; que había tenido que buscar mi conciencia racial, tanto literaria como social, en otros lugares. Así que es posible que haya sido demasiado enfático cuando le dije que acababa de terminar una residencia artística en Puerto Rico; que estaba trabajando en proyectos de teatro bilingüe; que ahora me ganaba la vida haciendo promoción cultural para las comunidades latinas de Rhode Island.

Me dijo que no me olvidara de mi lado judío. Nunca me dijo que no olvidara mi “lado” puertorriqueño.

A estas alturas, escoger cómo me identifico es mi problema. Al mismo tiempo, la voz de Louise, o mi idea sobre ella, es parte de la conversación de voces que escucho cuando leo o escribo.

 

Orlando Hernández
Poeta y bailarín.

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Publicado en: Ciudad de libros