Apropiarse de la pandemia

Como no podemos enviar corresponsales a documentar el mundo exterior, la siguiente cronista observa desde casa y aquí propone una taxonomía de actitudes y temperamentos ante la pandemia.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Tengo pruebas irrefutables: casi todos tratamos de salvar a los demás de su propia ignorancia imponiéndoles la nuestra. Después de cada conversación sobre el Coronavirus me quedo dudando si soy ligera, irresponsable, paranoica, prudente o todas las anteriores, según el informe o mi lectura del día. ¿Será ésta la nueva clasificación de los mortales? Noticieros, prensa nacional e internacional, hermanos, amigos, colegas, médicos, periodistas, voces desautorizadas, etcétera, cada uno aporta su conocimiento, algunos su opinión y entre todos vamos trazando fronteras en el mapa imaginario del bien y del mal: es una forma de apropiarnos de la pandemia, de volver nuestro ese “enemigo invisible” que, si nos descuidamos, nos llena de angustia. Con esto en mente me pongo a inventar categorías para clasificar(nos) de acuerdo a algunas de las actitudes y comportamientos que probamos ante la pandemia:

El que se lo toma muy en serio: no sale de su casa y no permite que nadie entre. Tiene las manos ásperas de tanto jabón; cuando recibe algún paquete, lo rocía con desinfectante y lo deja fuera de la casa. Está al día en todas las noticias y nos obliga a escucharlo como si estuviera haciendo caridad. Su consigna es “más vale que sobre (cuidado) y no falte”. Se considera ciudadano ejemplar, puesto que no pone en peligro a nadie (sólo a los mensajeros que le llevan la comida se exponen por él, pero no lo nota).

El del justo medio: sale, pero poco. Ve a algunas personas, pocas. Lee noticias, pocas. Su método de protección consiste en que todo sea poco, por lo que va una vez a la semana a comprar comida (poca, para poder regresar caminando) y tres días a correr en un horario en que coincide con poca gente. Como el anterior, si necesita algo que sale de su dosis de exposición, lo pide a la casa, pero trata de que sean, otra vez, pocas las ocasiones en que esto suceda. La cita con la que acosa al resto de la humanidad es “Hay que ocupar en todo el justo medio”. 

El no hay tos: cada vez que busca a algún amigo para salir y éste se niega, lo considera exagerado. La sabiduría que lo acompaña desde que tiene memoria se resume en la frase “no pasa nada”. Nadie se va a contagiar por ir al mercado o a tomar un café. Ve el resumen diario de contagios como un espectáculo para neuróticos; sabe —desde lo más profundo de su ignorancia— que nadie se ha muerto por salir a la calle.

El sólo se vive una vez: su lema es “De algo nos vamos a morir”, pero no cree que sea por el covid-19, pues la proporción de muertos por gripe o influenza es incomparablemente mayor. Así su lógica. Por ello organiza fiestas, sale sin tapabocas y se detiene a conversar con la gente en la calle. Se burla de quienes se cuidan, pues la vida es una y hay que disfrutarla. El carpe diem es su jarabe. Ni por un momento piensa que su actitud sea irresponsable.

El sospechosista: aunque hay variantes en este grupo, todas las personas que lo integran coinciden en que somos víctimas de una conspiración. Unos creen que el virus fue un regalo envenenado de China; otros que es obra de la OMS en contubernio con las farmacéuticas; y otros más que se trata de una guerra bacteriológica a gran escala que predijo Chomsky. Miran con desprecio a los crédulos y diariamente documentan las evidencias para darlas a conocer al mundo.

El militante del “yo puedo”: sabe que todo depende de la mente, incluidas las enfermedades. Como la voluntad forma parte del sistema inmunológico, cada uno debe “programarse” para evitar la infección y decretar la salud. Su vena misionera lo impele a difundir su creencia para que los demás dejen de vivir en el engaño. “Cuando te toca, te toca” repite cada vez que alguien toca el tema. Se considera cuasi salvador de la humanidad. 

El generador de anticuerpos: como estornudó dos veces seguidas, está seguro de que es un contagiado asintomático, por lo que canceló todas las restricciones. Si tuvo los recursos, se hizo la prueba de anticuerpos; salió negativa, pero no lo convence.

El sabelotodo: generalmente se cuida igual que El que se lo toma muy en serio. Lee infinitos artículos, noticias, estudios, gráficas y debates; lo mismo si son de tuiteros, revistas científicas o de la OMS. Te explica con pelos y señales la configuración atómica del virus (por supuesto, no es químico ni biólogo), las formas en que se propaga por el aire o en espacios cerrados, y cómo devasta tus pulmones. Es tan benéfico como espantoso tenerlo cerca.

Aclaración pertinente: uno puede caer en una, dos o tres categorías, dependiendo de la hora del día. Y si bien es cierto que algunos quisieran cuidarse más y su trabajo no se los permite, me atrevo a suponer que son clasificables en los rubros señalados. En caso de no ser así, con gusto consideraré nuevas categorías a petición lectora (que pueden agregar aquí debajo, en los comentarios).

 

Esther Charabati
Profesora de carrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Animadora de Cafés filosóficos. Su último libro es Guía para desconcertados (Adarve, 2019).

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Publicado en: Corresponsal

2 comentarios en “Apropiarse de la pandemia

  1. Faltaron kod “escenciales” que siguieron trabajando a pesar de sus miedós o creencias, los que su empresa y el gobierno calificaron como escenciales aunque siendo maquiladoras de autos y muchios otros rubros que extrañamente consideraron escenciales.

  2. secreto simple..no entrar en la locura informativa general y ser prolijo.. sugerencia factible en comunidades pequeñas y sin covid

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