El 18 de mayo de 1930, el Graf Zeppelin inició el primer vuelo comercial con pasajeros rumbo a Sudamérica. El escritor y periodista berlinés Heinrich Eduard Jacob fue transparente y escribió la crónica de uno de esos vuelos bajo el encanto del hombre que vive algo por primera vez. Alrededor de la publicación de ese relato hay otra microhistoria editorial que va más allá de una simple curiosidad para los amantes de los incunables.
A mediados de 1991, en una reunión del comité organizador del pabellón alemán en la Exposición Universal de Sevilla, a celebrarse el año siguiente, el del tristemente célebre Quinto Centenario, alguno de los responsables sugirió disponer de un regalo especial para las altas personalidades que, sin duda, visitarían el pabellón y estarían encantadas de llevarse un recuerdo imborrable del mismo. Pero ¿cuál? Porque además tenía que ser algo que, de cierto modo, guardara relación con Alemania, España y América.
No sé cómo se desarrolló el proceso decisivo, sólo que al final se encargó a la Katzengraben–Presse, de Berlín, la confección de una edición súper especial y limitada de un texto hasta entonces inédito de Heinrich Eduard Jacob. Pero vayamos por partes.
La Katzengraben–Presse, domiciliada en Köpenick, en el sudeste de Berlín, era una editorial 100 % artesanal, especializada en ediciones para bibliófilos, una especie humana que puede llegar al asesinato si ello le supone adquirir un incunable. Y como los incunables no están ni al alcance de la mano ni de cualquier bolsillo, se conforman con estas ediciones artesanales de las que les consta que, como norma, no hay sino mil ejemplares en todo el mundo. 999, para ser más exactos. Somos ya 7 700 millones de personas las que infestamos el planeta. ¿Imaginan el placer de un bibliófilo, ser uno de los nada más que 999 poseedores de un objeto concreto?
La fama del sello Katzengraben–Presse provenía del hecho de que fueron quienes editaron el último libro publicado en la entretanto extinta RDA. El 2.10.1989, a las 23:59, se terminaron de imprimir los 999 ejemplares de Ostberliner Treppengespräche [Berlín oriental: Diálogos en las escaleras], de Jan Silberschuh, y un minuto más tarde se unían —¡no se reunificaban, ojo!— las dos Alemanias nacidas sobre las ruinas del Tercer Reich. La hazaña editorial marcó ya para siempre el destino de la Katzengraben–Presse como sello especializado en tales boccati di cardenale. Razón por la cual resultó elegida por el comité del pabellón alemán en la Expo sevillana.

Por su parte, Heinrich Eduard Jacob fue un escritor y periodista berlinés, judío, nacido en 1899, y que desde muy joven vivió en Viena. Publicó varias novelas y estuvo acreditado como cronista en las conversaciones de paz de 1919 que dieron lugar a los Tratados de Versalles. En la era nazi sus obras pasaron a engrosar el Índex del Dr. Josef Goebbels y en 1938 fueron quemadas en público, en la honrosa compañía de los grandes nombres de la literatura alemana. Antes, en 1934, y pese a ser judío, el valeroso editor Ernst Rowohlt le publicó su Saga y triunfo del café, que se considera la primera obra de la narrativa documental y fue un éxito en todo el mundo; éxito que repetiría en 1954 con Seis mil años de pan, editada originalmente en inglés, 1944, en los Estados Unidos, donde su autor se había refugiado huyendo de la vesania y el terror del Tercer Reich. Sabía de lo que huía porque tras el Anschluss (la anexión de Austria), Jacob pasó por el campo de concentración de Dachau, y luego el de Buchenwald, hasta que un par de influyentes amistades lograron sacarlo de allí. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
En estos días, exactamente el 18 de mayo, se cumplen 90 años del primer vuelo comercial de un zepelín a Sudamérica, llevando pasajeros a bordo. Aquello debió ser un toque de clarín llamando la atención del periodista nato que era Jacob, porque atravesar el Atlántico, partiendo del Lago de Constanza, en una majestuosa nave aérea como la del Conde Zeppelin, debía ser toda una experiencia digna de ser relatada. No le fue fácil obtener una plaza, porque los zepelines sólo transportaban diez pasajeros por viaje, y la cola para comprar esos boletos era larga y, como es lógico, la integraban los miembros de las clases privilegiadas.
Sea como fuere, en la noche del 20.3.1932 Heinrich Eduard Jacob se contaba entre los pasajeros del Graf Zeppelin cuando éste soltó amarras y puso rumbo a Pernambuco, en el Brasil. Fueron 7 840 km en 68 horas, toda una aventura, que se convirtió para Jacob en una vivencia profunda, “del recuerdo de cuyas imágenes puede nutrirse un artista durante muchos años”. Andando el tiempo, allá por los años 50, y refiriéndose a su relato del viaje, escribió que “hay libros que quieren ser testimonio de cómo fue todo alguna vez anterior”.
Llegados a este punto conviene decir que los promotores del proyecto ponían como condición que ese relato —hasta ahora el único del que se tiene noticia de un viaje trasatlántico a bordo de un zepelín— se editase en forma bilingüe, en el original alemán y en su traducción al español, tal vez pensando que el mayor contingente de personalidades visitantes del pabellón alemán iban a ser hispanoamericanos. De modo y manera que Christian Ewald, el entretanto prestigioso editor de la Katzengraben–Presse, contactó para ello a un escritor famoso en la RDA y casi vecino suyo en Petershagen, en las afueras de Berlín; un alemán nacido en Bilbao, llamado Fritz Rudolf Fries y entre cuyas hazañas más renombradas se contaban las traducciones al alemán de nada menos que el Amadís de Gaula y la revolucionaria Rayuela.
Fries le agradeció la atención a Christian Ewald y le instruyó acerca de que él siempre traducía del español al alemán, pero que ni loco se le ocurriría traducir del alemán al español. Ahora bien, si Ewald le aceptase una sugerencia, Fries le aconsejaba encomendar la traducción del texto de Jacob a un periodista español residente en Colonia y de nombre Ricardo Bada. Le dio mi dirección y mi número de teléfono, y ese mismo día me llamó Ewald para concertar una cita conmigo en mi casa, donde quería mostrarme las obras de su catálogo y firmar un contrato de traducción en unas condiciones económicas a tono con la empresa. Y así fue como a fines de 1991 recibí el texto del relato de viaje de Heinrich Eduard Jacob, que devoré en un par de horas, y me puse a la tarea de trasvasarlo a mi propio idioma.
Del libro se imprimió una edición única y limitada, de 999 ejemplares, de los que 99 son una edición especial dentro de la ya de por sí especial de los otros 900. Esos 99 llevan un grabado también numerado, de Manfred Gruber, el diseñador en jefe del pabellón alemán: el grabado muestra un zepelín sobrevolando una costa tropical frente a la cual hay ancladas unas carabelas, mientras desde la orilla un grupo de conquistadores otea con sus catalejos a la extraordinaria máquina voladora; y el premonitorio título del grabado es “Encuentro inesperado”. (Recuerden que al final se le restó explosividad a lo de “Quinto Centenario del Descubrimiento”, cambiando por el suave eufemismo “Encuentro de dos Mundos”).
Ese mismo año 1992, con motivo del Premio Internazionale Felice Feliciano (Per la storia, l’arte e la qualità del libro), éste de la Katzengraben–Presse fue elegido en Verona en tercer lugar como uno de los veinte más bellos del mundo.
Ah, no se me olvide: los 900 ejemplares “normales” pesan ± 430 g, impresos en papel Fabriano, italiano, 70 g/m², mientras que los 99 de marras, impresos en papel Sekishu Sui, japonés, 31 g/m², livianísimo, sólo pesan 250 g. Se toma uno de ellos en la mano, y no pesa, sino que levita, flota, es el trasunto en libro de un zepelín, a lo que contribuyen bastante el diseño apaisado del libro y su estuche de lino gris acero, en cuyo interior se reproduce el manuscrito de la ruta del vuelo. Y aquí soy yo quien sabe de lo que habla, porque en el contrato con la Katzengraben–Presse me aseguré un ejemplar de los 99 para nuestra biblioteca, y tres de los “normales” para nuestros hijos.
***

No resisto la tentación de añadir una cauda que sirva como tráiler de la película del viaje, en las palabras de Heinrich Eduard Jacob vertidas por mí a la lengua de Castilla:
Observación preliminar
Tras acceder al zepelín se recibe a los pasajeros del dirigible en el interior de la barquilla principal, con todo el confort imaginable. Al gran salón le siguen doce cómodas cabinas con sala y dormitorio, lavabo aparte, así como también WC. Todas las cabinas cuentan con calefacción en los días fríos. La cocina eléctrica suministra durante el vuelo unas comidas exquisitas que nada tienen que envidiar a las de restaurantes de primera categoría en grandes ciudades. No es necesario cargar en el equipaje ropa de etiqueta ya que la vida a bordo transcurre agradable y sin formalismos. Los ventanales del salón y las ventanas de las cabinas son practicables y proporcionan una vista despejada sobre los encantos incomparables del paisaje que se desliza bajo la aeronave.21 de marzo de 1932
¡Amado Lago de Constanza! ¿Dónde mejor decir adiós a Alemania que allí donde es más hermosa? ¡Amada Suabia! A tu abrigo creció —tan igual en alcurnia— la obra del Conde Zeppelin. Entusiasta, perseverante, tenido por loco, trabajó en su experimento. Rechazado, y a veces tan pobre que —sin quererlo— tuvo que descansar por falta de materiales y de dinero. Y por último, victorioso, un viejo maestro alemán. Dirigible o catedral —¡sentidlo tan sólo!—, hay una esfera en que son iguales.Quien ve por primera vez el dirigible, en su hangar, grande y vacío, se asusta. Pero maletas y personas son cargadas a bordo de esta construcción ideal, el engañoso trampantojo se acerca un paso a la realidad. Y de pronto el observador ve cómo unas pesadas sacas con piedras cuelgan del vientre del albi–plateado objeto, y barrunta la verdad y siente lo que significa: éste –¡y no otro!– es el cuerpo grande, dócil, semoviente, que transportará todo un grupo de seres humanos a Sudamérica. Igual que un pez carga las huevas en su bolsa, no más importantes somos para este animal que nada sabe de nuestra existencia. Nosotros, empero, confiamos en él sin límites, y tiernamente tocamos con el índice su revestimiento, liviano, como quien dice improvisado, con el que quiere engañar a los aires. Pero ligereza no quiere decir mentira: lo que Mozart es entre los músicos, eso es el aluminio entre los metales de la Tierra.
Uncida a unos cables, la nave abandona el hangar. Así como Virgilio dice que al arrastrar el caballo de Troya las armas resonaron en su vientre, así también atraviesa el blanco y plateado animal un suspiro imponderable. Ya se alza. No de cabeza ni sólo los estabilizadores: ¡todas sus partes al mismo tiempo! Los que han quedado abajo todavía no han tenido tiempo de recobrar el aliento después de decir adiós, y él ya está flotando a cincuenta metros de altura. El ser humano, pegado al vientre del animal aéreo, lleva consigo todas sus matemáticas y todas sus artes de maniobrar y eléctricas. La forma torneada de las hélices las ha sacado del caracol, y de la trucha el timón de cola. Al animal entero con el que vuela, el hombre lo ha pensado desde la base.
¡Adiós, Alemania! Sobre los Vosgos cuelga una luna de greda. Cerca de Besançon se nos cierran los ojos. En el sueño sentimos como un viento de cola, procedente del centro de Francia, agarra al zepelín. Pero el agua en el vaso no tiembla, ni el sombrero colgado de su percha. La nave corre por delante del viento. Con el Ródano, atravesando la Provenza. Es el mistral, el amigo de Nietzsche. También amigo nuestro: sobre su lisa mano lleva nuestra aeronave hasta el Mediterráneo.
Por la mañana, el Mediterráneo. Semejante a una trucha —cuya imagen, la del pez más veloz, fue capturada cuando el constructor los hizo uno, la aeronave y el pez—, la sombra del gigantesco vehículo corre junto a nosotros a través de las aguas. Un mapa en relieve, suprarreal, nada hacia nosotros: gris, azulado, color vino tinto. Con estratégicas figuras de ajedrez. Cuán extrañamente chicos son los objetos. Peón, alfil, caballo y torre. ¡Las Baleares! ¿Si serán ellas? ¡Lo son! Media hora más tarde: el mar se corona de rabiosa espuma. Dos vapores se tambalean, olas arriba, olas abajo. Pero para nosotros no cuenta esta tormenta. Un tirón, y escapamos a ella. Hacia arriba. Por encima de ella, sobrevolando su organismo que golpea y se hunde en el agua salada, seguimos camino al África.
22 de marzo de 1932
Tánger. El zepelín vuela bajo sobre la escudilla del puerto. Hay barcos franceses en la rada. Salvas de ordenanza saludan desde tierra, si bien apenas suenan a través del ambiente dominado por los motores de rotación. Blanco asciende hasta nosotros el cerro de las casas, salpicado de chalés moriscos. Es un “paisaje modelo” que todo lo tiene, como para enseñanza escolar: montes, flumina, litera…¡El cabo Espartel! Aquí puede verse lo que nunca vio el pasajero de un barco, ni un automovilista, ningún jinete beréber desde su caballo y nadie desde su puesto en la caravana: cómo África se dobla hacia el sur. A quinientos metros por encima del mar se puede ver el brusco esquinazo del Continente. ¡Los mapas tienen razón! El Continente quiere seguir hacia el oeste, pero el embate de las olas no le deja.
¡Casablanca y su puerto a la hora del crepúsculo! Al oeste, donde se encuentra Madeira, nada un largo anillo de rubí, de púrpura occidental, cual Europa no la conoce, en algunos lugares veteada de un violeta claro. La intensidad de los colores aumenta, es como si el sol no quisiera marcharse sino regresar de nuevo.
Noche de luna sobre el África. Depresión barométrica en el interior del Sáhara. Eso significa un buen alisio del Nordeste. La nave aérea corre como soplada por el cuerno de Oberón. El candente hocico desértico del África envía de vez en cuando una ráfaga de costado. Pero nosotros somos más rápidos que la calor. Cuatrocientos metros debajo de nosotros, el mar se afana como si fuese plata repujada.
23 de marzo de 1932
El Ecuador. Agua y sol tropical. ¿A qué altura volamos? Las apariencias engañan. Creemos estar a cuarenta metros por sobre el mar tranquilo, azul acero. En realidad son seiscientos metros. Veremos América antes de lo que hubiera podido verla el vigía de Colón. Volamos más alto de lo que nunca se alzó una cofa de la flota descubridora española sobre las aguas occidentales.¡Tierra! ¿Ya? ¡Es Fernando Noronha! Una roca de basalto y alguna tierra cultivable. Castillo militar y estación radiotelegráfica. Como una especie de Helgoland delante de la costa del Brasil.
Mediodía: se bebe un último vaso de vino en confianza con el comandante. Se recuerda aquel genio que fue Gottfried Keller, de quien un par de versos flotarán siempre alrededor de todo zepelín. Flotarán alrededor de todo avión de pasajeros o de carga: “Y si después de un siglo llega ahora / –cargada de buen vino moscatel– / una aeronave al filo de la aurora / ¿quién no querría ser su timonel? / Me inclinaría, pues, feliz bacante, / (el verso que sigue se lo lleva el viento) / para verter mi copa rebosante / en el mar desolado que hay abajo”.*
Brasil. Allí. ¡Una orilla al mediodía! Una larga costa. El horizonte, al principio grisazul, se llena de verde. ¡Qué profundo color aterciopelado anuncia el Nuevo Continente! Si volásemos más bajo, sentiríamos el perfume… Ya se nos acercan los primeros pájaros. Un rebaño de palmeras, inclinadas como jirafas bebiendo, barre el suelo debajo de nosotros. ¡América! ¡Tierra! ¡Tierra después de 65 horas! “Sólo dos horas más hasta Pernambuco”, se nos contesta desde el puente de mando.
En una pradera, la sombra del zepelín provoca la estampida de una recua de caballos. Galopan, se encabritan, algunos se caen. Pastores, como de libros “de indios”, salen corriendo tras ellos. Dos vacas, con las colas enhiestas, corren bramando por una huerta y se cuelan por el portón de una villa. Los automóviles se detienen. La gente se para en medio de los caminos. Claxons, sirenas, saludos. Se oye ahora claramente a los niños: “¡Conde Sep–pel–líííínnn!”.
Ya vemos el mástil de atraque, y alrededor de él, como en un ruedo, esperan cien hombres vestidos de caqui. Han puesto a la vista en grandes cifras romanas la temperatura en tierra: “XXXII” grados de calor. ¡Descendemos! El círculo caqui se vuelve cosa viva. Dos arpones con cabos salen disparados hacia abajo y se estrellan sordamente en la pradera. Se reconocen los rostros relucientes de sudor, los ojos risueños, las hileras de dientes de los soldados brasileños. Cuarenta… treinta… veinte metros todavía. Se arroja una nueva amarra con dogales de madera, ¡los agarran! Todavía flota la aeronave, pero ya tiran de ella. Una vez más quiere la nave girar a un lado, muchos la abordan, la aseguran, la empujan contra el suelo y arriman el gigante al mástil de atraque: Gulliver en el país de los liliputienses.
Así que ¿todo esto es realidad? El domingo estábamos en Friedrichshafen, nuestros ojos aún saborean la nieve. En la madrugada del lunes partimos… no es posible que 68 horas después, el miércoles por la tarde, estemos de repente en Brasil. Pero estamos, y nos maravillamos mucho. ¡Ah, y cómo huele esta pradera! Bom dia! (Esto es portugués y significa “Buenos días”.
Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.
* Gottfried Keller: La traducción de sus versos la hice a partir del poema original, no de como se los cita en el manuscrito de Jacob, quien evidentemente lo hace de memoria (y es una memoria excelente). Para los malpensados: el verso que se lleva el viento, de hecho is gone with the wind, no ninguna pudibundez de Jacob.
Textos así hacen grande a una revista.