Una de las novedades culturales desapercibidas de este año es el Museo de Arte Kaluz, cuya primera exposición augura un futuro prometedor para el arte en la ciudad de México y la zona del centro histórico.

Siempre que un museo nuevo abre sus puertas es una buena noticia. El flamante Museo de Arte Kaluz ocupa ahora el edificio del antiguo hospicio agustino de fray Juan de Borja en el siglo XVII, mejor conocido como el Hotel de Cortés (Hidalgo 85, Centro Histórico), justo frente a la Alameda Central, en una zona de la Ciudad de México donde los museos de arte se han alineado (Bellas Artes, Franz Meyer, Museo de San Carlos, etc.) de manera casi astronómica frente a escenarios de la vida social de la ciudad como el Barrio Chino, la iglesia de San Hipólito o el Panteón de San Fernando. En este recinto, la exposición “80 años del exilio español en México” llegó en el momento justo en que nuestro país pareciera tener la necesidad de replantarse un “¿quién soy?” profundo frente a la Historia, y contrastar la pregunta con un pasado traumático que aún no termina de acecharnos.

A 80 años de la llegada del barco Sinaia a las costas de Veracruz, que marcó un quiebre en la vida social y cultural de México y fue el inicio de una de las migraciones más nutridas e impactantes de las que se tenga memoria, la exposición “80 años del exilio español en México” es la segunda de este tipo que se hizo en nuestro país —la primera fue en el Museo de San Carlos en septiembre/octubre de 1989 para conmemorar los 50 años del exilio y fue promovida por el Ateneo español. En ella se mostró la obra de un grupo de artistas plásticos que vinieron a enriquecer la escena del arte mexicano en un momento donde casi todo lo ocupaba la perspectiva estética de la llamada Escuela mexicana de pintura.

Cortesía de: Museo Kaluz

“Queríamos contar una historia”, afirma Paloma Porraz del Amo, directora del Museo de Arte Kaluz, al referirse a la propuesta museográfica, “la historia del implante de estos emigrados: su vida en el frente de batalla; el difícil episodio en los campos de concentración como el de Argelès-sur-Mer, en Francia; el viaje en los barcos; su arribo a México y la memoria de una España que se iba diluyendo en la distancia; así como el diálogo con el arte mexicano”. Las obras en su conjunto representaban el grito desolador de un dolor vivo, plagado de inválidos que desfilan en un éxodo triste hacia otras tierras: niños desvalidos, caballos que relinchan en medio de la oscuridad, barracas, alambradas, personajes solitarios que miran el mar, nostalgia… ¡maldita nostalgia!

La exposición reunió 134 piezas de una gran diversidad de estilos: desde el surrealismo, el cubismo o el fauvismo hasta el arte abstracto, la gráfica y el collage. Esto nos sirve para entender el abanico de visiones que llegaron a nuestro país, artistas formados en su mayoría en la Academia de San Fernando, en Madrid, lo que les permitía tener un continuo diálogo con las tendencias europeas y enlazarlos con México. Como bien afirma el investigador Miguel Cabañas Bravo, el éxodo de los derrotados españoles, cuya creatividad y grado intelectual ya crecían en la España anterior a la guerra, pronto se encontró con la floreciente propuesta cultural del México posrevolucionario.1

La experiencia de abandonar una España republicana

Detrás está la tierra amada, pero también la tierra destrozada. Al lado están los compañeros de lucha, pero también los compañeros de marcha, las miradas fijas en la tierra, en los pasos. Uno de los ejes de la exposición era la experiencia de la travesía: primero el cruce fronterizo España-Francia, después el encierro en los campos de internamiento de Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien, Barcarès en Pyrénées-Orientales, Gurs, Setpfonds, Riversaltes y Vernet d’Ariège en donde estuvieron encerrados casi 550 mil españoles en condiciones infrahumanas; después los barcos, nombres como Sinaia, Mexique o Ipanema, sonaban a libertad. Ahí están los cuadros que dan testimonio, los Éxodos de Antonio Rodríguez Luna y de Francisco Moreno Capdevilla, una mirada nebulosa de aquel largo andar; las Barracas de José Bardasano, con un trazo tenue como una luz de esperanza, o el aguerrido grito surrealista de los Campos de concentración pintados por Gerardo Lizárraga que, además de surrealistas, tienen la mirada cruda e impresionista de la guerra de un Otto Dix o el dolor informe del Guernica de Pablo Picasso; o bien Tres cafres de Josep Bartoli i Guiu cuya dureza nos hace pensar en que en la guerra siempre hay sangre, siempre hay tristeza.

De este conjunto habría que destacar el trabajo de Antonio Rodríguez Luna, no sólo por su atinada versión del éxodo, cuadros que hacen recordar al emblemático Don Quijote en el exilio, mural que el pintor andaluz realizó en 1973 en el museo iconográfico del Quijote en Guanajuato, sino por sus grabados que definen el horror vivido en los campos de concentración y su guiño goyesco a las temáticas recientes de la pintura del México que le tocó vivir con su cuadro Colgados, de 1943. Estos cuadros nos dicen que el arte está ahí para señalarnos las aristas de la sociedad, como afirmó alguna vez el pintor alemán Anselm Kiefer: “el arte es un intento de llegar al mismo centro de la verdad”.

El barco significa la esperanza, de ahí se desprende la serie de fotografías de Kati y José Horna, una pareja que hace la travesía de Le Havre a Nueva York y de ahí a Veracruz. Una suerte de álbum familiar y lúdico en el que la pareja narra un viaje íntimo y esperanzador y que evoca el trabajo de ambos durante los últimos años de la guerra en la revista Umbral, cuyos collages, fotografías y portadas también forman parte de la exposición. La fotografía de Kati Horna tiene la capacidad de volver mágico lo más simple, aquello que ocurre a diario o esos instantes que se perpetuarán con un guiño de sorpresa como ocurre con su fotografía Los paraguas, tomada durante un mitin de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en una Barcelona lluviosa en los aciagos días de 1937.

El oficio de pintar

Una vez instalados en México los artistas del exilio español pudieron desplegar su técnica e incursionar en otros campos como el muralismo y el diseño gráfico. Tal es el caso de dos pintores que tomaron senderos técnicos y temáticos muy distintos. Por un lado está el valenciano Josep Renau que fue invitado a participar, junto con Miguel Prieto y Antonio Rodríguez Luna, en el mural titulado Retrato de la burguesía, del Sindicato de Electricistas (SME). Este hecho determinó parte de su producción artística, ya que Renau se dedicó a la pintura mural hasta el final de su vida en Berlín; a él se le debe la creación del mural La Hispanidad del Casino de la Selva en Cuernavaca, hoy desaparecido. Renau también haría un destacado trabajo en el ámbito del diseño gráfico creando más de 70 carteles para películas mexicanas de los cuales algunos formaron parte de la exposición.

Otra de las pintoras que incursionó tanto en el muralismo como en la ilustración fue Elvira Gascón, cuyo trabajo aparece en más de 150 libros editados en México. De ella se eligió una serie de grabados para La Iliada de Homero: traslado de Alfonso Reyes (Fondo de Cultura Económica, 1951), además de una serie de caricaturas de algunos de los compañeros de exilio como León Felipe o Ramón Xirau, del poeta Juan Ramón Jiménez e incluso del propio Alfonso Reyes. Elvira Gascón es tal vez la pintora más importante que llegó con el exilio de 1939, no sólo por su enorme calidad técnica, descrita como “helenismo picassiano”, sino porque tuvo la oportunidad de colaborar con los más grandes escritores de su época. Fue además la única mujer que incursionó con relativo éxito en el muralismo, del cual destaca el que pintó en el tempo de San Francisco en Zongolica, Veracruz.

También se seleccionaron los carteles promocionales de José Horna para el Primer Festival Mexicano de Motociclismo y para la IV Carrera Panamericana. En estos trabajos se puede apreciar la influencia de las vanguardias europeas, pero también la influencia de las nuevas tendencias mexicanas tanto en colores como en formas. El implante de los pintores exiliados dejaba ver que se abandonaba a una España muy difusa pero que buscaban apropiarse de una nueva tierra que no era del todo suya.

La mirada lejana y la introspección

Mirar a España era como mirarse a los ojos. Aquí la mirada se confunde con el recuerdo, los colores ya son los de una patria prestada, hay nuevas formas, nuevas temáticas y un intento de adaptarse al entorno. Esto se puede apreciar en cuadros como Indígenas, de Juan Eugenio Mignorance, Músicos huicholes, de Roberto Fernández Balbuena o La casa del pescador, de Arturo Souto, obras que buscan capturar la esencia de lo que se vive a diario, de esos nuevos tonos del campo mexicano. Estos cuadros están en un diálogo permanente con otros como La espera, de José Bardasano, Caballos, de José Moreno Villa o Plaza antigua, de Enrique Climent, por mencionar sólo algunos, donde España está cada vez más difusa y la paleta de colores la selecciona la memoria, acaso el anhelo.

Los exiliados se miran a sí mismos, se retratan entre ellos. Cristóbal Ruiz pinta Mi hija Magdalena en Madrid mientras que Jesús Martín Martín hace un retrato de León Felipe y Roberto Fernández Balbuena se hace una Autorretrato, y así una serie de retratos y autorretratos donde los pintores transterrados parecieran buscar en sus gestos a esa poca España que aún les queda en la mirada. Es entonces cuando deciden que el camino es otro, España ya no volverá y entonces hay que seguir adelante, como escribe Javier Cercas al final de Soldados de Salamina, “y un soldado solo, llevando la bandera de un país que no es su país, de un país que es todos de los países y que sólo existe porque ese soldado levanta su bandera abolida […] sin saber muy bien hacia dónde va ni con quién ni por qué va, sin importarle mucho siempre que sea hacia delante, hacia delante, hacia delante, siempre hacia delante”.

Los caminos llegan y con ellos la explosión de estilos y tendencias. Los pintores maduros incursionan en el surrealismo y en el arte abstracto. Es ahí cuando surgen los jóvenes, esos pintores que reconocemos como “nuestros”. Porque ahí está la inconfundible Remedios Varo con su Revelación o el relojero y Esteban Francés, su primer marido, cuya obra es poco conocida en México, pero su talento lo llevó a tener una exposición en el Museum of Modern Art de Nueva York en 1948. Ahí está también nuestro Vicente Rojo (cuyo mural Jardín Urbano engalana una de las fachadas exteriores del museo), acaso el pintor español-mexicano, que funciona como bisagra entre México y el exilio y quien define la esencia de una nueva cultura de un México moderno que se separa de un pasado revolucionario institucionalizado.

La importancia de la exposición “80 años del exilio español en México” no sólo radica en la multiplicidad de artistas, estilos, corrientes y temáticas que, como bien dijo Manuel Ulacia en el catálogo de la exposición 50 Aniversario del exilio español, “si se la pudiera calificar con una palabra sería: pluralidad”. Es también la apuesta valiente de un empresario como Antonio del Valle Ruiz, no sólo porque su colección de más de 1500 piezas quiere mostrar el arte mexicano de los siglos XVIII al XXI, sino porque con esta exposición integra al paradigma mexicano al exilio español de 1939, prueba de ello es esta muestra pre-inaugural que llama a la reflexión de que un México contemporáneo deber ser un México incluyente y universal.

 

Alfredo Peñuelas Rivas
Escritor. Autor de La orfandad de la muerte (Jus/Conaculta, 2014).


1 Cabañas Bravo, Miguel – México, refugio de los artistas españoles del exilio de 1939 – Elena Horz (ed.): Pinceladas. Dos raíces, dos tierras, dos esperanzas. México D. F., Horz Asociados, 2014.

 

 

Un comentario en “El nuevo Museo Kaluz: 80 años del exilio español en México

  1. Magnifico artículo sobre la exposición de los 80 años del exilio español que reaviva su relato en la cultura mexicana. Felicidades.