Esa obra formidable que es el Canto general de Pablo Neruda no puede entenderse a cabalidad sin acercarnos a su primera edición, publicada en México en 1950, y diseñada por el artista español Miguel Prieto, amigo de Neruda desde los convulsos tiempos de la guerra civil española. El siguiente ensayo traza la historia de una amistad y, sobre todo, la de la edición de uno de los libros fundamentales de la poesía del siglo XX.

El nacimiento de La Tarumba y la amistad con Pablo Neruda

Esa tarde del verano madrileño de 1934 se reunieron en la Cervecería de Correos, en el número 53 de la calle de Alcalá, tres personajes que no sabían que iban a ser amigos y que la guerra por venir les daría un lugar en la historia del siglo XX. Ninguno de ellos era madrileño. Miguel Prieto había nacido en el ambiente rural de Almodóvar del Campo, Ciudad Real, en La Mancha; creció en medio de una instrucción modesta relacionada con el trabajo del campo y obrero, completamente alejado del oficio de las artes. Federico García Lorca, nacido en el seno de una rica familia granadina, vivía en la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde se había hecho amigo de otros personajes que, a la postre, serían artistas famosos en España, como Luis Buñuel, Rafael Alberti o Salvador Dalí. El otro, un extranjero, un diplomático famoso por ser poeta y que había conocido a García Lorca en Buenos Aires, Argentina, el poeta Pablo Neruda, quien era cónsul en Barcelona, aunque estaba por convertirse en el representante chileno para la capital española. Ninguno de ellos imaginaba que en pocos meses se encontrarían recorriendo los campos ibéricos con un teatro guiñol y, mucho menos, que años más tarde, Miguel Prieto y Pablo Neruda se reencontrarían al otro lado del océano, en México, para realizar el proyecto más importante de sus vidas:

Debía ser por el año de 1934 cuando un grupo numeroso de amigos nos reuníamos por las tardes en la Cervecería Correos de Madrid y entonces surgió la idea de montar un guiñol literario entre Federico García Loca, el poeta chileno Pablo Neruda, que entonces era cónsul general de su país en España, y yo. Los tres estuvimos varios días tratando de buscar nuestro teatrito, y fue Neruda el que encontró el nombre de La Tarumba, por aquella voz popular que dice “que de tanto hablar uno se vuelve tarumba”.1

La Cervecería de Correos se encontraba en la calle de Alcalá 53. En esa misma calle, pero en el número 59, estaba el Café Lion, donde realizaban también tertulias literarias a las que acudían José María Cossío, Luis Lacasa, Eduardo Ugarte y otros escritores y artistas. En los bajos de esta cafetería se celebraba también la tertulia “La ballena alegre”, que reunía a los miembros de La Falange, partido político de ideología fascista, bajo la dirección de José Antonio Primo de Rivera,2 primogénito del dictador Miguel Primo de Rivera.

Años más tarde, en plena guerra civil, el grupo de amigos visitó con La Tarumba los rincones más necesitados de España —aldeas, hospitales, fábricas, escuelas— llevando lo mismo las farsas cervantinas que fragmentos de tragedias griegas. Pero sobre todo llevando las palabras de los poetas fundamentales del momento que vivía España, como la pieza Los salvadores de España, de Rafael Alberti, quien se sumaría al proyecto, lo mismo que el poeta Luis Cernuda.

Miguel Prieto y Bellas Artes

Una vez pasada la guerra y tras un largo periplo que incluyó la participación en la famosa batalla del Ebro, en Cataluña, cruzar los Pirineos para llegar a Francia y quedar preso en un campo de concentración en Saint-Cyprien, y su posterior llegada a México en el buque holandés Veendam, Miguel Prieto se instaló en México y en diez años realizó varios trabajos como tipógrafo y formador en diversas revistas, además de participar en varias exposiciones colectivas e individuales, lo que le permitió relacionarse con el mundo artístico de la Ciudad de México de los años cuarenta. Gracias a ello, el  9 de septiembre de 1948 el pintor Fernando Gamboa, jefe del Departamento de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes, le otorgó el cargo de Jefe de la Oficina de Ediciones de Bellas Artes, de reciente creación. Dicho encargo incluía la responsabilidad sobre la prensa y propaganda del instituto. Fernando Gamboa tenía mucha confianza en Prieto; le había conocido en el II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas de Valencia en 1937, y ayudó al manchego a llegar a México cuando fue comisionado por el embajador mexicano en Francia, Narciso Bassols, para planificar la vida de los intelectuales españoles que se exiliarían en México.

Durante su periodo al frente de la oficina de publicaciones de Bellas Artes, Prieto realizó carteles, campañas publicitarias, cédulas, programas de mano, catálogos, invitaciones, libros, y hasta llegaría a diseñar vestuarios y escenografías para obras de teatro, lo que conforma un acervo de decenas de piezas de diseño gráfico al servicio de las exposiciones y actividades del Instituto. También hizo trabajos para los pintores más connotados de la plástica mexicana como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Dr. Atl; para músicos como Carlos Chávez o José Pablo Moncayo; homenajes a escritores como Xavier Villaurrutia o bailarines como José Limón. Entre las colaboraciones realizadas para artistas mexicanos, una de las que más destacó fue el paquete de diseño realizado para conmemorar los 50 años de vida artística de Diego Rivera, que incluyó piezas de exposición, invitaciones y un catálogo monográfico del artista guanajuatense. Pero de toda la obra gráfica realizada por Miguel Prieto en Bellas Artes la que más se destaca es el Canto general de Pablo Neruda.

El Canto general y el reencuentro con Pablo Neruda

El Canto general significó para Miguel Prieto no solo la oportunidad de trabajar en uno de los proyectos más importantes de su carrera al lado de los grandes muralistas mexicanos, sino que supuso su reencuentro con un amigo del pasado que desde 1940 era cónsul general de Chile en México.

La formidable primera edición del Canto general no puede explicarse sin las amistades que Neruda hizo entonces (Siqueiros y Rivera, por ejemplo) o las que reencontró aquí (como Miguel Prieto, aquel pintor amigo de Lorca, exiliado en México luego de la Guerra Civil).3

El Canto general fue editado en 1950 y producido en los Talleres Gráficos de la Nación. Además de la trascendencia del décimo poemario de Pablo Neruda, la edición contó con la colaboración de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros como ilustradores. No sería esta la primera colaboración entre el poeta chileno y el pintor transterrado en esta nueva etapa mexicana. Ya antes Miguel Prieto había realizado una edición privada del antecedente de este extenso poema, el Canto general del Chile, cuyo tiraje de tan solo 100 ejemplares realizó en 1943 como regalo para su antiguo compañero de lucha. Neruda volvió a México en 1949 para participar en el Congreso Latinoamericano de Partidarios de la Paz y de esta visita surgió el proyecto de la nueva edición en la que Miguel Prieto fungió como director tipográfico de la obra, en lo que muchos consideran como la cumbre del trabajo del artista manchego:

Con esa sensualidad Prieto hizo el diseño tipográfico de Canto general, de Pablo Neruda, que armó a lo largo de quién puede saber cuántas horas y meses para que al cabo se imprimiera en marzo de 1950. Más de 15 mil versos desplegados a lo largo de más de 550 páginas, en las que todo es equilibrio, simetría, incitación a la lectura. Es, sin duda, la obra mayor de Prieto, la mejor muestra de su capacidad para dar un carácter plástico a las letras.4

El tiraje de la obra fue de 500 ejemplares llamados “normales”, realizados en papel Malinche (de fabricación mexicana) más otros cien realizados papeles Château y Manila (cincuenta y cincuenta respectivamente). De los primeros “normales”, 300 estuvieron firmados por el autor y los pintores. La obra se financió por un sistema de suscripción, así que los suscriptores, doscientos en total, fueron mencionados en las últimas páginas a manera de agradecimiento. Entre los poseedores de la primera edición se encuentran los nombres de  muchos personajes notables de la política mexicana e intelectuales y artistas tanto nacionales como españoles, como Lázaro Cárdenas, Fernando Benítez, Pablo Picasso, Paul Eluard, Dolores del Río, Carlos Pellicer y muchos otros, destacando entre las menciones la de la República española como un gesto del poeta a sus amigos transterrados en México.5 Otro guiño a la España republicana se encuentra en el diseño del libro, cuyas tapas son rojas y amarillas, como la bandera española, mientras que la invitación con la que se convocaba a la firma de ejemplares era de color morado, el mismo morado de la bandera de la República.

Sobre la edición de Canto general se ha dicho que no solo es una de las obras cumbres de Miguel Prieto en cuanto a su labor tipográfica, sino que es una de las más importantes que se hayan realizado en nuestro país:

Extremadamente sabia es la combinación de tipos. Martí Soler Vinyes dice al respecto que Miguel Prieto utiliza “Caslon para las cursivas en todos los títulos (mezclado con altas redondas Bodoni Bold), el Bodoni para capitulares, el título general de la obra y los poemas en cursivas (con algunas citas dentro de los poemas también compuestas en cursivas), el Cochin para los subtítulos y para casos como el texto del índice, la lista de subscriptores y el colofón, y el Century Book para el texto general de los poemas en redondas”. Combina el negro con el rojo de las capitulares Bodoni. Incluye una cinta de lectura, en tela roja.6

Años después, en 1956, el mismo año de la muerte de Miguel Prieto, ocurrida el 12 de agosto, el propio Pablo Neruda escribiría su “Oda a la tipografía” dedicada al pintor manchego. Más allá de las precisiones y aciertos técnicos del trabajo tipográfico de Prieto, en este proyecto quedan de manifiesto su capacidad de conciliar talentos al servicio de una obra de la que estaría convencido tanto en su faceta como artista como en la de militante. El Canto general habría comenzado como el Canto general de Chile, pero le ocupó doce años al poeta escribir un poemario en el que describiera la geografía y la lucha de los pueblos americanos. Para Miguel Prieto fue importante colaborar con esos ideales nacidos en La Tarumba más de diez años atrás, al lado de su amigo y colaborador chileno.

 

Alfredo Peñuelas Rivas
Escritor. Autor de La orfandad de la muerte (Jus/Conaculta, 2014). Es investigador y profesor en la UAM-Cuajimalpa.


1 Perujo, Juana María. “Miguel Prieto: identidad vivida” en Miguel Prieto 1907-1956: la armonía y la furia. Coords. Miguel Pedrazo Polo y Patricia de la Puente, Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Museo Nacional de Arte, Instituto Nacional de Bellas Artes, Embajada de España en México, 2007, p. 34.

2 Las reuniones de “La ballena alegre” aparecen en la novela Riña de gatos, del autor catalán Eduardo Mendoza, donde se retrata, de manera humorística, a la sociedad convulsa del Madrid de 1936.

3 Inclán Cienfuegos, Luis Héctor. “Primera edición del Canto general, de Pablo Neruda” en Testigos del pasado: 30 años del área de acervos históricos. Coord. María Eugenia Ponce y María Isabel Martínez Azteca. Universidad Iberoamericana. México. 2014. p. 7.

4 “Miguel Prieto: El arte de la letra”. Redacción. Revista Proceso. 2 de diciembre de 2007.

5 Inclán Cienfuegos, Luis Héctor. “Primera edición del Canto general, de Pablo Neruda” en Testigos del pasado: 30 años del área de acervos históricos. Coord. María Eugenia Ponce y María Isabel Martínez Ateca. Universidad Iberoamericana. México. 2014. p. 14.

6 Bonet, Juan Manuel. “Miguel Prieto: maestro tipógrafo” en Miguel Prieto 1907-1956: la armonía y la furia. Coords. Miguel Pedrazo Polo y Patricia de la Puente, Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Museo Nacional de Arte, Instituto Nacional de Bellas Artes, Embajada de España en México, 2007, p. 107