El siguiente ensayo vuelve sobre algunos aspectos de la vida y obra de Bloom, sobre sus métodos y su inusitada capacidad lectora. Sobre todo, destaca su interés por las letras hispanoamericanas y su extraña relación con Octavio Paz, a quien conoció y dedicó un par de textos breves.

1. Hablar de un escritor citando a otro

Recuerdo el efecto que tuvo en mí el leer, hace doce años, unas palabras que John Berger pronunció en Buenos Aires —a través de una videoconferencia—, en el marco de un encuentro sobre pensamiento urbano. Las resumiré —intentaré resumirlas— de manera muy gruesa, por cuestión de espacio.

Gran parte de la población mundial habita en ciudades. No obstante, más allá de verla como un espacio ajeno, peligroso, sus habitantes rara vez piensan en lo que la ciudad significa. Pero, si la lucha de clases existe —y existe— algo que siempre debería tenerse presente es que las ciudades son el espacio en que esa lucha se desarrolla:

Las ciudades son campos de batalla entre pobres y ricos. Pero debemos ser muy cuidadosos y no confundirnos. No son los pobres los que forman barricadas; son los ricos los que erigen paredes para alejarse de los pobres.

Y lo vemos en la manera en que las ciudades han sido conformadas, con espacios exclusivos —excluyentes—, con guardias en las puertas, barreras que impiden la libre circulación, puntos de registro en los que se exigen credenciales para demostrar la confiabilidad de las personas.

La ciudad no es, entonces, el promisorio espacio de oportunidades y convivencia cordial que se dice, sino el espacio de una guerra civil cada vez menos enmascarada, en el que el ciudadano sin medios para ser cliente —dice Berger— se convierte de inmediato en un nuevo tipo de pobre: un enemigo de clase.

Por supuesto, una vez que esto ha sido dicho, todo parece evidente: todos hemos sido testigos de la progresiva privatización de ciertas zonas comerciales y residenciales, correlativa a la creciente pauperización del espacio urbano, y todos hemos padecido ambas de una u otra manera. Pero cuando alguien expresa tan claramente eso que quizá todos hemos intuido, pero no puesto en palabras, las cosas cambian; eso es algo que ocurre cada vez que cobramos conciencia de algo —un fenómeno posible sólo a través del lenguaje.

2. Un sobreviviente de otra era

Decidí empezar así, de esta manera que parecerá extraña, esta breve nota acerca de Harold Bloom, muerto la mañana del lunes en un hospital cercano a su casa en New Haven, Connecticut, por dos razones: la más importante, porque me interesa hacer hincapié en el poder de transfiguración del pensamiento crítico y quise utilizar como ilustración un ejemplo que no se refiriese al ámbito literario, sino al entorno inmediato, común a cualquier lector, más allá del interés que pueda tener en la obra de Bloom. No sé si me equivoco pero me parece que así ese poder resulta más evidente.

Una vez que un buen crítico señala algo, y al hacerlo consigue, como lo hace Berger, condensar verbalmente un sentir común, exponerlo para que todos lo vean, ese algo no sólo se vuelve patente y visible sino que también nos obliga a ver de una nueva manera todo lo que lo rodea. Y eso es algo que Bloom también hacía. Su prosa daba la impresión de poder desentrañar con facilidad casi cualquier obra que examinaba o comentaba, y situarla acertadamente en su contexto histórico, político y social, para enseguida decirnos lo que esa obra o conjunto de obras significaba. La ciudad de los libros se transfigura bajo la lectura de Bloom.

La segunda razón es que, no obstante que le habría extrañado verse asociado con Berger —a quien jamás menciona en El canon occidental—, Bloom, como Berger, pertenece a una comunidad de artistas y pensadores que por una u otra razón deciden darle la espalda a su tiempo. A los 46 años de edad, Berger, nacido en Londres, elige, en la cima de la celebridad, vivir en Vallée du Giffre (un pueblo campesino en los Alpes, ajeno al turismo y tan pequeño que no figura en muchos mapas), en una casa muy rudimentaria. Allí vivió 44 años, murió en 2017.

Como Berger, Bloom desconfiaba de los beneficios de la civilización, aunque su desconfianza encontraba objetivos distintos. Uno de ellos era la informática que, si bien posibilita el acceso rápido y relativamente fácil a un infinito mar de información, pervierte y destruye el hábito de la lectura o, para decirlo de manera más precisa, el placer de leer.

No recuerdo en cuál de sus libros (estoy, desde luego, lejos de haber leído todos) Bloom dice que al leer a ciertos poetas se notaba que escribían escuchando a los pájaros, levantando la vista del papel para voltear a ver el árbol, y que invitaban a ser leídos de la misma manera. Leer por goce estético es, esencialmente, demorarse, paladear.

Por cierto, Bloom nada tenía en contra de la lectura rápida. Parte de la admiración que suscita como lector se debe a la vertiginosa velocidad con que leía —él mismo dijo en diversas ocasiones que podía leer un libro de 500 páginas en unas cuantas horas—, pero hacía una distinción entre la velocidad con que era capaz de leer para informarse (casi una página de un vistazo) y la velocidad con que leía cuando se trataba de una lectura por placer estético. En este último caso se forzaba a leer más lentamente, a detenerse en unos cuantos versos. Tenía, además, una memoria apabullante. Su manera de reconocer si algo le conmovía y valía la pena era aprenderlo de memoria casi al momento de leerlo. Sabía centenares de poemas y le gustaba citar tal o cuál en medio de una entrevista para ilustrar las ideas que exponía. En algunas de las muchas entrevistas que concedió para la televisión (Jeanne Gould, su esposa, decía que le encantaba ser entrevistado) se le ve decir el poema con los ojos cerrados, emocionado, deleitándose con el sonido y el sentido de cada palabra.

Bloom tenía una relación peculiar con la lengua inglesa pues, aun cuando nació en Nueva York (en el lado este del Bronx, para ser exactos), creció en el seno de una familia inmigrante que hablaba cotidiana y exclusivamente en yiddish, y sólo hasta los cuatro años comenzó a aprender inglés. A esa misma edad empezó a leer, y se volvió un lector compulsivo, un adicto a la lectura, y entre las obras que leyó y releyó —y contribuyeron a desarrollar su memoria— estaban los libros proféticos, de William Blake, que una de sus hermanas sacaba en préstamo de la biblioteca, pues la familia no tenía dinero para comprarlos.

Por supuesto —contaba Bloom—, entonces no entendía lo que leía. Pero con su lectura disfrutaba la calidad incantatoria del sonido de las sílabas a la vez que aprendía a pronunciar palabras que nadie le había enseñado. Casi podría decirse que aprendió a leer cantando.

No se puede calificar su capacidad como lector sino de asombrosa. Quién sabe cuántos miles de libros habrá leído. El solo pensarlo aturde un poco. Y asombra también su energía para escribir: además de los cerca de cuarenta libros que publicó entre 1959 y este año, redactó más de 350 prólogos. Y escribía a mano.

Yo jamás aprendí siquiera a escribir a máquina —le dijo a Pablo Ingberg, poeta y traductor argentino que lo entrevistó para el suplemento cultural de La Nación en diciembre de 1999—. [Usted] está viendo a un dinosaurio, un brontosaurio, un sobreviviente de otra era, de cuando la gente trabajaba a mano y leía con sus propios ojos libros de verdad, que uno podía abrir. Soy consciente de que esa era ya pasó, y lo digo con gran tristeza. Creo que Borges en cierto sentido tuvo suerte de no verlo. […] Tuvo suerte, porque con el nuevo siglo se termina la era del libro. En su lugar, tendremos la era de la pantalla de televisión, de la pantalla de la computadora, de la realidad virtual y todos los otros sustitutos del duro, difícil y glorioso acto de la lectura.1

Le preocupaba que a los jóvenes les costará trabajo aprender a leer, que se perdieran de la dicha de leer a Shakespeare, por cuya obra tenía una devoción, como se sabe, cuasi-religiosa. “Tal vez creamos que podemos vivir sin leer a Shakespeare o a Cervantes —decía—; no podemos. Son creadores de civilizaciones.” Como lo diría, de una manera ligeramente distinta el poeta John Berryman: “tenemos sólo una vida: es estúpido morir sin haber leído a Shakespeare”.

3. El lector atento a las letras mexicanas

Una de las razones por las que un lector hispanoparlante no podía dejar de admirar y agradecer el trabajo de Harold Bloom era su permanente interés por conocer la literatura de lengua española, algo inusual en la cultura de habla inglesa, que por lo general hace gala de autosuficiencia. Y sin duda esa fue una de las razones que motivó al jurado del Premio Internacional Alfonso Reyes a otorgarle esa distinción hace 16 años, en septiembre del 2003.

Como parte de ese amplio interés Bloom tenía especial empeño en conocer la literatura mexicana, y así lo dejó ver al siguiente mes, cuando viajó a Monterrey para recoger su premio el 12 de octubre. En sus declaraciones a la prensa mencionó su gran admiración por Juan Rulfo y por Octavio Paz, y dejó bastante claro que había leído obras de Alí Chumacero, Salvador Elizondo, Eduardo Lizalde, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y Daniel Sada.

Harold Bloom (ed. e introducción), Octavio Paz, Broomall, Chelsea House Publishers, 2001, 248 p.

Sin embargo, el único escritor mexicano sobre el que realmente se dio tiempo para escribir fue Octavio Paz (“el hombre de letras más sobresaliente de su país”). Le dedicó un par de breves textos. El primero es una nota de siete páginas incluida como introducción al volumen titulado simplemente Octavio Paz, parte de la serie Modern Critical Views, una antología de ensayos críticos sobre la obra de Paz seleccionada y presentada por Bloom. El pequeño escrito es una somera revisión de dos títulos de Paz: El laberinto de la soledad y Sor Juana Inés de la Cruz o las Trampas de la Fe.

El segundo texto forma parte de Genius: A Mosaic of One Hundred Exemplary Creative Minds, publicado en 2002. Se trata de un ensayo con bastante más sustancia que el primero —aunque vuelve a abordar El laberinto y Sor Juana para proponer a La Malinche y Sor Juana como extremos de la visión masculina de la mujer que priva en México— y, sobre todo, contiene un pequeño testimonio que interesa por lo que nos deja saber tanto de Bloom como de Paz.

Bloom comenta brevemente Conjunciones y disyunciones, libro escrito entre 1968 y 1969 en el que Paz se refiere a la rebelión juvenil, que viene de vivir intensamente (al punto de que su posición frente a los acontecimientos cambia el curso de su vida). Cita Bloom:

Si la rebelión contemporánea (y no pienso únicamente en la de los jóvenes) no se disipa en una sucesión de algaradas o no degenera en sistemas autoritarios y cerrados, si articula su pasión en la imaginación poética, en el sentido más libre y ancho de la palabra poesía, nuestros ojos incrédulos serán testigos del despertar y vuelta a nuestro abyecto mundo de esa realidad, corporal y espiritual, que llamamos presencia amada.

El pequeño párrafo está cargado de acontecimientos relativos a la vida de Paz de los que Bloom, por supuesto, poco podía saber. Pero escuchemos ahora a Bloom:

Ese texto [del cual sólo he citado un fragmento. N. del A.] no deja de darme un poco de grima, y me recuerda mi único encuentro con el poeta en Nueva York en 1971 o 1972, cuando chocamos por el asunto de la autenticidad espiritual de los sucesos ocurridos entre 1967 y 1970. Él invocó a Blake, a Novalis y a Breton y yo repliqué que Blake había diagnosticado estos falsos amaneceres como producto de la rebelión cíclica del titán que llamó Orc, que al envejecer siempre se convierte en Urizen, un maduro dirigente de negocios, del gobierno y de los medios —y ése efectivamente ha sido el destino de mis propios estudiantes rebeldes de hace 30 años. Pero Paz era un poeta-profeta, un genio que deseaba empeñosamente fusionar la poesía y la vida. Yo lo idolatraba cuando ocurrió ese breve desencuentro, y hoy quiero hacer un acto de contrición, no por lo que me atreví a profetizar (que las últimas consecuencias del levantamiento destruirían los estandartes estéticos) sino por no haberme quedado callado para escuchar todo lo que Paz pudo haber dicho.

Pero Bloom nunca dejó de decir lo que pensaba cuando no estaba de acuerdo con alguna idea, y nuevamente refutó a Paz en El canon occidental cuando se refirió a la ascendencia de Whitman sobre tres poetas de lengua hispana y lusitana: Borges, Neruda y Pessoa. No hay espacio ya para tocar el asunto, que el lector curioso podrá seguir en las páginas 484-485 de The Western Canon (Harcourt & Brace, 1994). Baste decir ahora que Bloom califica como un hermoso equivoco una observación sobre Whitman que se encuentra en las últimas páginas de El arco y la lira.

No deja de llamarme la atención que no exista una mención al trabajo o a la persona de Bloom en la obra de Paz.

 

Rafael Vargas
Poeta y traductor.


1 Pablo Ingberg, “Soy un sobreviviente de otra era”, entrevista a Harold Bloom, suplemento cultural de La Nación, Buenos Aires, 18 de junio del 2000.