A John Berger (1926-2017) nunca le gustó que lo describieran como crítico de arte. Quería ser pintor, pero pronto descubrió que era mejor escritor y dedicó su carrera a escribir novela, poesía, guiones, ensayos de crítica social y, sobre todo, incansables textos dedicados al arte: a su historia, a sus obreros, a las estructuras que lo han moldeado. Obsesionado con el contexto político y social que hace al arte, como lo demostró en su famosa serie (y ensayo correspondiente) Ways of seeing, el interés de Berger estaba en dialogar con los artistas en concreto, sin importar que hubieran vivido hacía cinco siglos, y por ello les estaba agradecido. El libro Portraits. John Berger on artists (Verso, 2015), reúne las múltiples impresiones que le provocaron al inglés 74 artistas de la historia: desde los pintores de las cuevas de Chauvet, hasta Randa Mdah. El pasaje dedicado a Jerónimo Bosch, “El Bosco”, es particularmente interesante. Las asociaciones que hace entre un tríptico del pintor flamenco, el Zapatismo y la urgencia de un mundo mejor es muestra de la mente versátil, política y siempre dispuesta a dejarse atrapar por pinceladas, del hombre que fue Berger.


En la historia de la pintura se pueden encontrar extrañas profecías. Profecías del pintor que no tenían la intención de serlo. Es casi como si aquello que por sí solo es visible fuera capaz de tener sus propias pesadillas. Por ejemplo, en El triunfo de la muerte de Bruegel, pintado en la década del 1560 y ahora en exhibición en el Museo del Prado, es evidente una terrible profecía de lo que serán los campos de exterminio nazis.

La mayoría de las profecías, cuando son específicas, están condenadas a ser malas, pues a lo largo de la historia hay siempre nuevos miedos. Incluso si algunos de ellos desaparecen. Lo que no hay son nuevas felicidades; la felicidad es siempre la vieja, lo que cambia son los modelos de lucha por conseguirla.

Medio siglo antes de Bruegel, Jerónimo Bosch pintó su tríptico El jardín de las delicias, que también está en el Prado. El panel a mano izquierda muestra a Adán y Eva en el Paraíso, el panel central describe el jardín de las delicias terrenales y el de la derecha representa el infierno. Y este infierno se ha convertido en una extraña profecía del clima mental impuesto en el mundo gracias a la globalización y al nuevo orden económico de final de siglo.

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El jardín de las delicias, Jerónimo Bosch

Me explico. Lo anterior tiene poco que ver con el simbolismo empleado en la pintura. Los símbolos del Bosco probablemente provienen del lenguaje secreto, herético y proverbial del algunas sectas milenaristas del siglo XV que creían que, ¡era posible construir el cielo en la tierra si se erradicaba la maldad! Se han escrito múltiples ensayos sobre las alegorías que se pueden encontrar en esta obra.1 Sin embargo, si la visión del infierno del Bosco es profética, la profecía no está tanto en los detalles, por más acechantes y grotescos que sean, sino en el conjunto. Dicho de otro modo, en lo que constituye al espacio del infierno.

Ahí no hay horizonte. No hay continuidad entre las acciones, no hay pausas, caminos, patrones, pasado o futuro. Sólo existe el clamor de lo disparatado, lo fragmentario y lo presente. En todas partes hay sorpresas y sensaciones; sin embargo, no resultan en nada. Nada fluye: todo interrumpe. Es una suerte de delirio espacial.

Comparemos este espacio con lo que vemos en el intervalo de anuncios, o en un boletín de CNN, o en cualquier comentario noticiero de los medios masificados. Hay una incoherencia comparable, un salvajismo de emociones separadas comparable, un frenesí similar.

La profecía del Bosco era la de una imagen del mundo que hoy nos transmiten los medios de comunicación bajo la influencia de la globalización y su necesidad de vender incesantemente. Ambos son como rompecabezas con piezas miserables que no embonan.

Y este fue precisamente el término que usó el Subcomandante Marcos el año pasado en una carta sobre el nuevo orden mundial. Escribía desde Chiapas, al sur-este de México.2 Su visión del planeta actualmente es la del campo de batalla de una Cuarta guerra mundial (la tercera sería la llamada Guerra Fría). El objetivo de la beligerancia es conquistar al mundo entero mediante el mercado. El arsenal es financiero y, sin embargo, hay millones de personas siendo mutiladas o asesinadas a cada momento. El fin de aquellos que financian la guerra es dominar al mundo desde centros de poder nuevos y abstractos: megalópolis del mercado, que no estarán sujetas a ningún otro control que no sea el de la lógica de la inversión. Mientras tanto, nueve décimas partes de las mujeres y hombres viviendo en el planeta viven bajo precios dentados que no cuadran.

La rugosidad en el panel del Bosco es tan similar que esperaría encontrar ahí las siete piezas nombradas por Marcos.

La primera pieza que nombró tiene un signo de dólar en ella y es verde. Ésta consiste en la nueva concentración del capital global en cada vez menos manos, y el crecimiento sin precedentes de la pobreza.

La segunda pieza es triangular y consiste en una mentira. El nuevo orden asegura que racionalizará y modernizará  la producción y  la empresa humana. En realidad es un regreso al barbarismo del principio de la revolución industrial, con la diferencia fundamental de que esta vez el barbarismo no está controlado por ningún principio o consideración ética contraria.

El nuevo orden es fanático y totalitario (no hay reclamos dentro de sí. Su totalitarismo no lidia con la política —que, a sus ojos ha sido suplantada— sino con el control monetario global). Consideremos a los niños: cien millones viven en las calles, doscientos millones están comprometidos con la fuerza laboral global.

La tercera pieza es redonda, como un círculo vicioso. Consiste en la migración forzada. La forma más innovadora de aquellos que no tienen nada, que buscan migrar para sobrevivir. Pero el nuevo orden funciona día y noche bajo el principio de que quien no produzca, no consuma y no tenga dinero que poner en el banco es inútil. Entonces, los migrantes, los que no tienen tierra y los vagabundos, son tratados como los desechos del sistema que se deben eliminar.

La cuarta pieza es rectangular, como un espejo. Consiste en el intercambio continuo entre bancos comerciales y estafadores mundiales, pues el crimen también se ha globalizado.

La quinta pieza es más o menos un pentágono. Consiste en una represión física. Bajo el nuevo orden, los estados nación han perdido su independencia económica, su iniciativa política y su soberanía. (La nueva retórica de la mayor parte de los políticos busca disfrazar su impotencia política, diferenciada de las formas cívicas o represivas). La nueva tarea de los estados nación es administrar lo que les ha sido asignado, proteger los intereses de las mega empresas de los mercados y, sobre todo, controlar y vigilar lo inútil.

La sexta pieza tiene la forma de un garabato y consiste en quebraduras. Por una parte, el nuevo orden lidia con las fronteras y distancias mediante la comunicación instantánea de los intercambios y tratos, de las zonas de libre mercado (NAFTA) y mediante la imposición de una sola e incuestionable ley de mercado. Por otra, provoca la fragmentación y la proliferación de fronteras socavando al estado nación, por ejemplo, en la vieja Unión Soviética, Yugoslavia, etc. “Un mundo de espejos rotos”, escribió Marcos, “reflejando la inútil unidad mundial del rompecabezas neoliberal”.

La séptima pieza del rompecabezas tiene la forma de un bolsillo, y consiste en todos los bolsillos de resistencia al nuevo orden que se están desarrollando a lo largo del mundo. Los Zapatistas en el sur-este mexicano son uno de ellos. Otros, en otras circunstancias, no necesariamente han decidido la resistencia armada. Los muchos bolsillos no tienen tampoco un programa político como tal que sea común. ¿Cómo podrían, existiendo en un rompecabezas averiado? Aún así, su heterogeneidad puede ser prometedora. Lo que tienen en común es su defensa de lo inútil, de lo próximo a ser eliminado, y su creencia de que la Cuarta guerra mundial es un crimen en contra de la humanidad.

Las siete piezas jamás embonarán para tener sentido. Esta falta de sentido, su absurdez, es endémica del nuevo orden. No hay horizonte, como lo previó el Bosco en su visión del infierno. El mundo está ardiendo. Cada figura está intentando sobrevivir a través de la concentración en sus necesidades y supervivencia individual e inmediata. La claustrofobia, en su forma más extrema, no es causada por el exceso de multitud, sino por la falta de continuidad entre una acción y la que le sigue, que es tan cercana que podría tocarla. Esto es lo que es el infierno.

La cultura en la que vivimos es quizás la más claustrofóbica que ha existido. En la cultura de la globalización, como en el infierno del Bosco, no hay destello de otro lugar u otra manera.  Lo que hay es una prisión y, de cara a semejante reduccionismo, la inteligencia humana es reducida a la codicia.

Marcos terminó su carta diciendo: “Es necesario hacer un mundo nuevo. Un mundo donde quepan muchos mundos, donde quepan todos los mundos”.

Lo que hace la pintura de Bosch es recordarnos —si es que las profecías pueden ser recordatorios— que el primer paso hacia construir un mundo nuevo tiene que ser un rechazo a la imagen de mundo que está impresa en nuestras mentes, así como a todas las falsas promesas que se usan en todas partes para justificar e idealizar la necesidad delincuente e insaciable de vender. Otro espacio es vitalmente necesario.

Primero, un horizonte ha de ser descubierto. Y para ello tenemos que reencontrar a la esperanza, contra  todos lo pronósticos de lo que el nuevo orden pretende y perpetúa.

La esperanza, empero, es un acto de fe y ha de sostenerse con acciones concretas. Por ejemplo, la acción de acercarse, de medir las distancias y caminar hacia ellas. Esto llevará a colaboraciones que renieguen de la discontinuidad. El acto de resistencia  significa no sólo rechazar la absurda imagen del mundo que se nos ofrece, sino el denunciarla. Y cuando el infierno es denunciado desde dentro, es que deja de serlo.

En bolsillos de resistencia como los que existen hoy, los otros dos paneles del tríptico del Bosco, que muestran a Adán y Eva y al Jardín de las delicias terrenales, pueden ser estudiados en la oscuridad con una luz de antorcha… cuando los necesitemos.

Me gustaría volver a citar al poeta argentino Juan Gelman.3

llegó la muerte con su recordación/
nosotros vamos a empezar otra vez/
otra vez vamos a empezar/
otra vez vamos a empezar nosotros

contra la gran derrota del mundo/
compañeritos que no terminan/o
arden en la memoria como fuegos/
otra vez/otra vez/ otra vez.

 

Traducción de Ana Sofía Rodríguez de Portraits. John Berger on artists (Verso, 2015).


1 Uno de los más originales, aún si disputado es The Millennium of Hieronymus Bosch de Wilhem Franger (Faber y Faber).

2 Esta carta fue publicada en agosto de 1997  en la prensa mundial, por ejemplo en Le Monde Diplomatique, París.

3 [en la versión original en inglés el poema es citado de:] Juan Gelman, Unthinkable Tenderness, traducido del español por Joan Lindgren (University of California Press).