En homenaje al historiador mexicano fallecido el pasado 2 de octubre, un grupo de amigos, colegas y asiduos lectores ofrecen aquí un testimonio de sus aprendizajes, lecturas y reflexiones en torno a una vida y obra que cambiaron para siempre la historiografía universal y el humanismo.

Humanista universal

En alguna ocasión, Miguel León-Portilla me explicaba que en el mundo no hay muchas civilizaciones originarias. Tal vez podamos admirar con sobrados motivos a las civilizaciones helénica o romana, pero no son originarias, sino deudoras de otras anteriores. Entre aquellas que no deben su desarrollo a alguna civilización anterior se cuenta la que floreció entre los ríos Huang He y el Yangtze, hace unos siete mil años, así como la mesopotámica o la egipcia. Entre ellas, hay que incluir las que surgieron en el complejo cultural mesoamericano.

La referencia a las civilizaciones del “viejo mundo” no era gratuita. León-Portilla no era un especialista en la cultura náhuatl ni en los pueblos originarios mesoamericanos interesado solo en el pasado prehispánico ni su interés era chovinista o folclórico. En realidad, tenía puesta la mira en eso que antiguamente se llamaba historia universal. Este término ha sido menospreciado, con justa razón, porque tradicionalmente ha escondido eurocentrismo. Sin embargo, me parece que podemos recuperarlo precisamente de la mano de León-Portilla, quien aspiraba a construir un humanismo incluyente de civilizaciones, lenguas y tradiciones diversas, empezando, por supuesto, con las originarias de América.

Tal vez esa fue la lección más importante que me dejó, además del ejemplo de una rígida disciplina. León-Portilla transformó el concepto de humanismo. Lo despojó de la carga eurocentrista como hizo al mostrar que podía haber filosofía en lengua náhuatl. Si pudo hacer eso, fue porque también tenía un conocimiento profundo precisamente del humanismo europeo. Si no hubiera sido especialista en la cultura náhuatl, de cualquier manera sería recordado como uno de los más destacados conocedores de la historia europea, desde la Antigüedad hasta los siglos de la expansión. Es difícil catalogar a don Miguel como historiador, antropólogo, lingüista o incluso activista. Era un poco de todo. Era fundamentalmente un humanista, como aquellos a quienes estudió y a los que tanto admiraba. En su obra, hay un nuevo sentido para lo universal.

—Alfredo Ávila (historiador, UNAM-El Colegio de México)

 

Miguel León-Portilla y Torquemada

No olvido una conversación. Sucedió una tarde de junio de 1963, yo todavía estudiante en El Colegio de México, y llegue a la Facultad de Filosofía de la UNAM a buscar al Profesor Miguel Leon-Portilla a la Facultad de Filosofía en el Instituto de Investigaciones Estéticas.

Llevaba conmigo una separata de la revista Historia Mexicana donde se había publicado mi artículo: “Vindicación de Torquemada”. Llegué cuando iniciaba su seminario de cultura y me pidió esperar a que terminara. Pude observar entonces al grupo extraordinario de estudiosos iniciar su aprendizaje del idioma náhuatl. Terminada la clase, conversamos sobre la vida inquieta de Fray Juan de Torquemada. Fue custodio de los papeles de Antonio Valeriano, el discípulo de Sahagún. Leyó —y cita— casi todas las crónicas y relatos asequibles. Mientras escribía organizaba representaciones teatrales en latín y en lengua mexicana para animar festividades, rescataba calzadas inutilizadas por las inundaciones, supervisaba la construcción de capillas y retablos, redactaba peticiones en favor de indígenas que demandaban el pago por la realización de obras públicas  e incluso solicitó al Virrey Luis de Velasco reinstaurar el mercado de indios de Tlatelolco.

Su obra, Monarquía Indiana, publicada en 1612, tenía singular valor al afirmar que “todos los pueblos son iguales en su naturaleza pero diferentes por la forma cómo adoptan la experiencia”. Fray Juan de Torquemada escribió una historia original desde el punto de vista de quienes vivieron, hicieron y padecieron la conquista. Tiempo después, celebraríamos la publicación por Miguel León-Portilla junto con un gran un equipo de lingüistas e historiadores de la obra completa de Juan de Torquemada.

—Alejandra Moreno Toscano (historiadora, El Colegio de México-UNAM-INAH)

 

La mejor intervención política

No tuve la fortuna de conocer a Miguel León-Portilla.  Sus traducciones de cantos nahuas cinceladas en el blanco mármol del Museo Nacional de Antropología fueron para mi un imán que me fascinó desde niño. Y es que León-Portilla fue “un clásico” desde joven. Por eso, como en aquel cuento de Monterroso, desde que despertó mi curiosidad histórica, León-Portilla ya estaba ahí.

Tardé algunos años en percatarme de que había en su labor una mezcla rara entre el impulso filológico y una voluntad de darle contenido al relato nacional. Quizá le haya aprendido a combinar el compromiso con la investigación erudita con la política a su tío, Manuel Gamio, no lo sé, pero tanto tío como sobrino tuvieron aquello en común.

Así, el primer libro de Miguel León-Portilla, Filosofía náhuatl, es una exploración del pensamiento “filosófico” de los antiguos nahuas. A primera vista, el esfuerzo medular de León-Portilla es filológico, ya que afirma la necesidad de conocer la lengua indígena, y leer los textos cuidadosamente en su idioma original. Es, finalmente, desde esa erudición que León-Portilla iría seleccionando textos y armando un canon literario que pudiera servir para entender las ideas nahuas acerca del universo, el hombre, y la naturaleza. Pero había junto a la filología otro impulso, que era el de contemporizar a los antiguos nahuas con la historia moderna. ¿Existió realmente una “filosofía” náhuatl? ¿Acaso los textos seleccionados y hechos famosos por León-Portilla fueron productos de los métodos de interrogación, discusión crítica, y argumentación racional de definen a la filosofía como actividad? No hay mayor evidencia de que los textos nahuas del canon establecido por León-Portilla hayan resultado de los métodos de discusión crítica y argumentación racional identificados por los griegos como la marca de la filosfía. Los textos nahuas eran, creo, otra cosa.

Y, sin embargo, su empeño por convertir a los antiguos pobladores de mesoamérica en contemporáneos no sólo de los modernos, sino también de la antigüedad latina o griega, fue también una intervención política en el mejor sentido. Al poner a los antiguos mesoamericanos en diálogo con nuestra modernidad, León-Portilla rompió con su aislamiento. Así, el erudito Miguel León-Portilla fue uno de los intelectuales que más hizo por tender un puente entre la cultura mexicana y la modernidad global.

—Claudio Lomnitz (antropólogo e historiador, Univ. de Columbia)

 

Murió el indigenista

En el adiós a Miguel León-Portilla, me vienen a la cabeza las siguientes imágenes de su obra, que no sé si la resumen con certeza y justicia, pero quiero apuntarlas porque, contradiciendo a la mala prensa, me recuerdan que una vida muy larga no puede ser tan plana ni carente de interés.

Miguel León-Portilla fue el joven historiador del siglo pasado que da la vuelta a los hispanistas e indigenistas ortodoxos y decide ir tras un indígena más real. A la imagen caricaturizada, León-Portilla opuso el sentir de los indígenas de carne y hueso que creyó haber “escuchado” en sus propios escritos. Al ser sublimado de los indigenistas y denigrado de los hispanistas, nuestro erudito opuso el rostro del indígena que hablaba desde lo que nombró la visión del vencido. Dice de esta manera en su más emblemático libro: frente a la perenne lectura de las fuentes españolas para saber de la Conquista, “rara vez se piensa en la admiración e interés recíproco que debió despertar en los indios la llegada de quienes venían de un mundo igualmente desconocido”.

A la distancia, la obra de Miguel León-Portilla sigue siendo encomiable en este México que no sólo olvida al indígena, sino que además se sirve de él para insultar con expresiones por todos conocidas y que no cabe repetir. Pero habría que reconocer que los años también han sugerido que los textos sobre la visión de los vencidos no son transparentes, que no expresan una auténtica relación indígena sobre lo acontecido en la Conquista, sino que en muchos casos repiten la visión del europeo. En este sentido, con el mayor respeto que siempre debe suscitar quien no piensa como nosotros, cabe preguntarse si León-Portilla habría permitido que se dijera que Visión de los vencidos presenta sin lugar a duda aquel problema que él identificó en los estudios que por vez primera habían empleado documentos “indígenas”, esto es, que la lectura que ofrecía se había hecho con algo de “ligereza”.

En 2010, en el capítulo “Encuentro de dos culturas” de la serie Discutamos México, Miguel León-Portilla suscribía su vieja tesis sobre la visión del vencido, aunque con un notable matiz, porque por un lado hablaba de los presagios funestos que, según los indígenas, habrían anunciado la llegada de los conquistadores: el cometa surcando el cielo mexica, los templos en llamas, la grulla con un espejo, el lamento de la Llorona, etcétera. León-Portilla enumeraba estos presagios como un “prólogo en el cielo” de lo que había de suceder en tierra indígena. Pero, por otro lado, había algo novedoso en su discurso porque relativizaba el contenido de los escritos indígenas sobre la Conquista. Cito sus palabras: “Yo prescindo de si existieron o no”; ante todo, agregaba, los presagios fueron construcciones culturales mesoamericanas que buscaban introducir al invasor a la visión de mundo del indígena para poder “controlarlo”. En una colaboración anterior, señalé que precisamente este aspecto sobre la visión de los vencidos es recuperado por académicos como Federico Navarrete, quien, por ejemplo, nos lleva a asumir que el Moctezuma que planearía esconderse en una cueva para escapar a los españoles no forzosamente es una imagen carente de sentido dentro de la cosmovisión indígena. Tal vez el hecho nunca ocurrió, pero no deja de llamar la atención que esta imagen remite con claridad a la mentalidad mesoamericana: la cueva, decíamos ahí, es Aztlán, la alegoría del sitio al que se acude en busca de los orígenes, de los difuntos, para preguntarles —diría Federico Navarrete— cómo responder ante las adversidades del presente.

No es este el momento para el descrédito ni mucho menos para el improperio, sino para reconocer la labor del intelectual que nos enseñó a valorar al desvalido, a ese que siempre queremos agachado. Al final de sus años, Miguel León-Portilla parece creer menos en la transparencia de sus fuentes, pero jamás desatiende el susurro del indígena: tal vez se había equivocado al pensar que el indígena le hablaba con voz propia, pero nunca quiso pensar sus documentos como meras invenciones e imposiciones del invasor, como objetos desprovistos de valor cultural. En el fondo, Miguel León-Portilla siempre le dará al indígena la oportunidad de decirse tal cual puede ser, sin ninguna vergüenza de por medio.

—Germán Luna Santiago (historiador, asistente editorial de Signos Históricos, UAM-Izt.)

 

Constructor de nuestra idea del México antiguo

Hace 60 años que se publicó Visión de los vencidos, al mismo tiempo aparecía el primer número de la revista Estudios de Cultura Náhuatl. En ambas empresas, Miguel León Portilla seguía los pasos de su maestro Ángel María Garibay K. Si Garibay descubrió un pasado universal mexicano, León Portilla hizo las contribuciones decisivas para construir esa idea que aún nos hace sentir distintos y quizá algo más libres frente a otras naciones. Tenemos una antigüedad, en aquella antigüedad había política, imperio, técnica, comercio, había incluso pensamiento trascendente, poesía y actos de amor. León portilla trabajó por décadas para darle forma a esa idea. Imaginativo, brillante, preciso, conocedor, académico de nivel mundial, divulgador alegre, editor, constructor de instituciones. Indigenista cuando el término aún podía significar algo. Él nos dio mucho de lo que pensamos sobre nuestro pasado remoto, le puso palabras, imágenes.

Se va quien quizá sea el último de los grandes maestros fundadores de la antropología mexicana. Erudito, incansable, amable y simpático; sumamente sencillo en proporción a su fama y talento. Pensemos por ejemplo que, si hiciéramos una lista de los 20 libros mexicanos más importantes, probablemente deberían estar en ella su Visión de los vencidos y la extraordinaria y bella obra Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares. Este último libro, por cierto, fue la lectura que más influyó en mi decisión de estudiar Historia. Yo le debo eso, y todos le debemos mucho. Vive su obra.

—Pablo Escalante Gonzalbo (historiador, UNAM)

 

Conservar la brújula

La visión de Miguel León Portilla es hoy más vigente que nunca. A 500 años de la Conquista hemos perdido una voz que nos invitaba constantemente a conciliarnos con ese pasado que ahora vuelve a brotar en un contexto de polarización inusitada. León Portilla continuamente recordaba a sus alumnos que la Conquista la hicieron los indígenas y la Independencia los españoles, una afirmación que nos obliga a reflexionar sobre cómo hemos construido nuestra identidad y cómo la historia tiene también un uso político. Ahora que la historia vuelve a estar al centro del debate, sus palabras resuenan con mayor fuerza. Él se ha ido, pero sus textos se conservan como una brújula.

Veka Duncan (historiadora del arte, conductora en Adn40)

 

El poder del canto

En un lugar denominado Celhuayocan, dos jóvenes se reúnen para compartir sus talentos respectivos y transformar el mundo.  Los vincula, además de la fraternal comunicación, la certeza de que las ciudades eternas están fundadas sobre el canto, y que la palabra es elemento constructor que nos hace inmunes y permanentes. Se llaman Rubén Bonifaz Nuño y Miguel León-Portilla. El refugio se encuentra cerca del sitio donde fue ultimado el general Francisco Serrano en una nueva demostración del poderío de Huichilobos sobre el de Quetzalcóatl, del espíritu de la violencia sobre el de la civilización.

Celhuayocan es un topónimo proveniente del náhuatl y significa “lugar donde abunda la soledad”. En soledad prospera el pensamiento. En ella se propicia el espacio donde podemos sentir el ala del ángel o el golpe de la sombra. Desde muy joven, Miguel León-Portilla fue dueño de sus propios recursos. No sólo tuvo capacidad para acuñar los conceptos en los que ha creído y cultivado a lo largo de su fecunda existencia, sino encontró que dentro del grado de civilización alcanzado por los antiguos mexicanos, la poesía era una de sus más altas manifestaciones.

Fue así como se dio a la tarea de recuperar el rostro y los detalles de la aventura vital existente detrás de las palabras que hasta nosotros han llegado. Cuando José María Vigil, primer director de la Biblioteca Nacional, orgullosamente custodiada por nuestra Universidad, descubrió entre múltiples papeles el manuscrito que la posteridad conoce por Cantares mexicanos, surgió un nuevo horizonte para el historiador, el lingüista, y el poeta. Si una biblioteca encuentra justificación gracias a los afanes de quienes beben en sus acervos, León-Portilla se convirtió desde el principio en fiel estudiante del manuscrito y posteriormente inoculó esa curiosidad y ese espíritu de investigación en numerosos discípulos que lo han acompañado en la interminable tarea de traducir, en más de un sentido, la sabiduría y sensibilidad de los pueblos originarios.1

—Vicente Quirarte (escritor, UNAM-El Colegio Nacional)

 


1 Fragmento de “Poderes del canto”, en Miguel León-Portilla a 90 años de su nacimiento, México, UNAM, 2017.