A partir de la lectura del libro más reciente de Federico Navarrete, este texto pone en tela de juicio la vigencia de la visión de los vencidos que enarboló Miguel León-Portilla.

Lo admito desde ya, este texto es un sincero y respetuoso elogio. Porque Federico Navarrete es el académico que todavía tiene tiempo para los indígenas, así del pasado como del presente, contrario a quienes han añorado el recuerdo de un México dorado y exótico anterior a Cortés, olvidándose, sin embargo, de los indígenas de carne y hueso, de ese México “originario” al que parece que siempre le estamos pidiendo que se disculpe por vivir, aparentemente, al margen de la cultura. Si a Roma le aplaudimos por hacer poesía con el rostro del México indígena, con mayor razón a Federico Navarrete por ocuparse de la construcción de un imaginario nacional en el que no quepan ni las desigualdades ni el racismo que hace como que no existe, pero está. Pues diga quién no ha visto inditos en el Metro, quién no sabe que pata rajada son ellos. “Mamasota fea y terrible, pero madre que no discrimina, la capital”, asegura, equivocándose, José Joaquín Blanco en su oda a la Terminal del Norte. Él mismo lo reconoce enseguida: “Y ves que aquí, en el mero Defe, a la gente le gusta sentirse bien guapa. En la Terminal del Norte distingues a los que salen de los que entran, porque los de aquí andan más lavaditos, más peinaditos y con ropa menos pasada de moda”. En este México discriminatorio, digámoslo, los “trajes” de los inditos, junto con su “dialecto”, no sólo están “pasados de moda” sino que parecen como salidos de otra dimensión, que se queda, precisamente, lejos de las salas de espera y las puertas de abordaje de la Terminal.

Federico Navarrete tiene una amplia obra como investigador indigenista. Tengo presente, en especial, sus libros de divulgación histórica. Quien no lo haya leído aún deberá estar buscando ya Huesos de lagartija, su bestseller. En esta novela juvenil el historiador de la UNAM cuenta la heroica defensa que los mexicas sostuvieron contra la conquista de Tenochtitlan a manos de los españoles. Es un relato ficticio, pero verosímil. Sus diálogos son un producto de la invención, pero se corresponden fehacientemente con lo que sabemos acerca de la historia de la conquista.

Historias mexicas, de Federico Navarrete

Bajo el sello de Turner y la UNAM llega a nosotros en este 2019 otro libro de Federico Navarrete titulado Historias mexicas. Se nos vende como una novela, sin serlo. En realidad, estamos ante una gran obra erudita que creo que el público no especialista no podrá leer de corrido ni con el mismo placer que ofrece la literatura propiamente dicha. Yo recomendaría empezar con una lectura al revés, es decir, leer primero Historias mexicas y después Huesos de lagartija. Al hacer esta lectura al revés, Huesos de lagartija dice más. Dice, por ejemplo, que podrán no ser reales las palabras y los suspiros que Federico Navarrete pone en boca del joven Cuetzpalómitl, el protagonista de la novela, pero tampoco improbables dentro de la cosmohistoria indígena. Así, las siguientes líneas nostálgicas que cierran la novela pueden sentirse o como un recurso narrativo del escritor o como la representación genuina del pensamiento del indígena conquistado en 1521 y que Federico Navarrete conoce de sobra: “Lo que sucedió con nosotros, los mexicas, había pasado antes con muchos otros pueblos, y seguirá pasando con los que vendrán. Así lo quiere el destino… Todo esto lo sé, hijos míos, porque me lo han enseñado otros hombres. Los viejos me han contado sus historias y los libros me han dicho las suyas… nada en esta tierra dura para siempre, que el destino nos alcanza a todos”.

Qué duda cabe, el libro que ahora nos entrega Federico Navarrete es uno más de sus retornos sanos a la visión de los vencidos que hace tantos ayeres bautizara Miguel León-Portilla. Además de sano, pertinente porque, bajo la postura más dogmática, inflexible y paralizante, hay quien denuncia que la visión de los vencidos acerca de la conquista no es tal, que la voz de los crueles españoles estuvo siempre detrás de los textos coloniales que hoy se nos venden como testimonios auténticos de la visión del vencido. En estos casos, como bien lo sabe Federico Navarrete, la imagen ideal que se tiene del indígena ante su amo español es la de un ser agachado, pasivo, que escribe lo que éste le dicta, o bien, que él mismo decide escribir sus historias de la conquista pero a la manera del amo, esto es, bajo la concepción cristiana del mundo y de la historia para obtener así su beneplácito y favores, todo lo cual —como bien afirma Pastrana Flores— aparentemente reduciría los textos coloniales a algo menos que la paráfrasis de la Biblia.1

Falso sería entonces aquel prólogo maravilloso en el que ciegamente nos enseñó a creer Miguel León-Portilla: el cometa surcando el cielo mexica, los templos que arden por ensalmo, los alaridos de nuestra Llorona… Estos portentos serían pura retórica, adaptación burda de imágenes sobre la guerra caras a la historia sangrienta de Occidente, formas “bellas” de contar la historia de la conquista. Se supone que La guerra de los judíos de Flavio Josefo sería la fuente de inspiración de esta retórica. Lo probaría el hecho de que, ahí, para explicar la caída de Jerusalén ante Roma, el judío converso y traidor a su patria “adorna” el suceso bélico con presagios que, como en Tenochtitlan, habrían preparado la victoria del conquistador: “Una vez —decía Flavio Josefo en su libro— aparecieron encima de la ciudad una estrella semejante a una espada y un cometa que duró un año entero”.2

Pero tal vez se ha sido demasiado optimista con esta forma de entender la visión de los vencidos. Acaso ha caído en el ostracismo. Acaso debería autocuestionarse si no habrá caído ya —paradójicamente, buscando lo contrario— en aquello que reprocha a los bárbaros conquistadores: aplastar la memoria del vencido, acallar, como dice Federico Navarrete, “sus murmullos”. Recordaré aquí el comentario, más o menos exacto, que una mujer espetó a un académico que aseguraba que las historias de la conquista escritas por los indígenas son, de nuevo, retórica: “¿Por qué nosotros vamos ahora a ningunear estos relatos?”.3

En Historias mexicas Federico Navarrete quiere confiar en la voz del indígena. Quiere entender su palabra en el corazón de los sueños, los anhelos y las frustraciones que le heredaron sus padres. En su lectura, la visión del vencido le cuenta más acerca de la cosmohistoria del pueblo conquistado que de aquello que el dominador le habría obligado a creer y escribir. Aquí tanto el Moctezuma perplejo ante los españoles como los presagios sobre su llegada tal vez no sean imágenes fidedignas de lo que realmente pasó en la conquista, pero este historiador no descarta el profundo valor cultural que ellas habrían tenido para los indígenas.

Federico Navarrete es sabio al reconocer las intenciones edificantes que tuvieron las crónicas de la conquista. Pero no cree que lo que nos hemos acostumbrado a resumir como una mera fábula, de factura occidental y superpuesta a los hechos “reales”, lo sea completamente. El recorrido a través de la cosmohistoria indígena, como la que se puede hacer en Historias mexicas, abre las puertas a una comprensión diferente. Descartados también por Federico Navarrete como reacciones comprobadas del indígena ante la invasión española, o bien como causas que explican ampliamente la victoria española, los presagios de la conquista, empero, pudieron haber procedido de una mentalidad común tanto en Europa como en México. En lengua indígena se llamaban tetzahuitl, “eventos extraordinarios y ominosos”, signos, por ejemplo, del posible fin —que no seguro ni fijado con total certidumbre— de los cronotopos solares e imperiales en que vivían los indígenas, incluidos los mexicas. “Estos tetzahuitl —dice Federico Navarrete— incluían fenómenos celestes, como la manifestación de cometas, luces brillantes, estelas u otros, fuegos inmensos, incendios inesperados o sin causa aparente, la aparición de animales portentosos y de seres humanos con características poco comunes, como deformidades físicas, o de personas provenientes de pueblos distantes”.4

En la antiquísima tradición indígena, nos dice Federico Navarrete, los cronotopos solares e imperiales contemplaban una serie de rituales cuyo objetivo era detener su colapso, como el recurso a los poderes de los brujos, tal como Moctezuma lo habría hecho —según leemos en la Visión de los vencidos— con aquella “misión” de “magos” y “presagiadores” que mandó a Cortés para combatirlo.5 En esta tradición solar e imperial, en efecto, el máximo gobernante, esto es, el tlatoani, cumplía un rol preponderante en el desciframiento de los “signos”. Sólo él podía identificar qué divinidad los había provocado y por qué. Es lo que se lee en la Visión de los vencidos respecto a Moctezuma: es él quien manda a recoger en cada pueblo a los “nigromantes” y “encantadores” para que le dijeran “si vendrá enfermedad, pestilencia, hambre…”.6 Como no le revelaran ningún suceso, el tlatoani mexica habría permanecido atormentado por el futuro incierto, tanto que había planeado huir de la ciudad: “meditaba y andaba meditando en irse a meter al interior de alguna cueva”, a donde moraba Cintli, la diosa del maíz.7

Para algunos ojos, esta visión de los vencidos es algo menos que una broma porque nos presenta como niños tontos a hombres portadores de una sublime cultura: “¡qué es esto!”, decía algún historiador. Por lo que Federico Navarrete tiene razón cuando afirma que el académico actual procede de la misma manera en que lo hicieron los frailes al cortar y enmendar a su antojo los textos indígenas porque no estaban interesados en comprender al sometido sino sólo en vincularlo a los estrechos límites de la historia cristiana. Pero Federico piensa distinto: real o ficticio, el intento de escape de Moctezuma le dice más, le dice que no por azar habría elegido una cueva para resguardarse, sino que si lo hubiera hecho así es porque, dentro de la cosmohistoria indígena, este espacio se revestía de la mayor sacralidad. La cueva es el cerro, es Aztlán, la alegoría del sitio al que se acude en busca de los orígenes, de los difuntos, para encontrarse con ellos, de nuevo, porque, como lo comprobaba la historia, nada era eterno.

Más que certezas tal vez lo que bien sabe transmitir el libro de Federico son posibilidades de una historia más humana, que comprenda, que evalúe sus prejuicios. Historias mexicas nos lleva a pensar las crónicas indígenas como el producto de un diálogo complejo entre lo indígena y lo europeo, y, en este caso, no sólo serían obra de invención, sino también de reinvención. Aquí el indígena es un ser activo y no aquello que la cotidianidad se ha acostumbrado a hacer de menos. Es una imagen preferible para las conmemoraciones de 1519, la oportunidad para recomponer falsos estereotipos.

• Federico Navarrete, Historias mexicas, México, Turner, coll. Noema, 2019, 272 p.

 

Germán Luna Santiago
Historiador, estudiante del Posgrado en Historiografía en la UAM-Azcapotzalco.


1 M. Pastrana Flores, Historias de la conquista, UNAM, 2009, p. 20.

2 M. Segundo, Historia y mirada en las crónicas de América, UGTO, 2018, pp. 89, 130-135; G. Rozat, “Los relatos de la conquista”, Historia y Grafía núm. 24, 2016, pp. 44-45.

3 España y México a la luz de las nuevas investigaciones sobre la conquista, CEHM, 2017.

4 Federico Navarrete es cuidadoso en remarcar que, para la tradición indígena, los presagios de la conquista no deben verse con la carga judeocristiana del término, sino en el sentido de aquellos signos que podrían informar un cambio. M. Pastrana Flores tiene dos bellos textos al respecto, “La idea de tetzahuitl en la historiografía novohispana”, Estudios de Cultura Náhuatl, núm. 47, 2014, y el capítulo “Los presagios” de su libro citado Historias.

5 M. León-Portilla, Visión de los vencidos, UNAM, 2014, p. 40.

6 Ibíd., pp. 16-17.

7 Ibíd., p. 44.

 

 

Un comentario en “Historias mexicas, retorno a la visión del vencido

  1. Podría decirme en qué consiste la diferencia de los relatos del autor con “La visión de los vencidos”? (Me perdí en los meandros).