Con la llegada del nuevo gobierno y a 85 años de su fundación, el porvenir del Fondo de Cultura Económica es nebuloso e incierto. Por eso conviene reflexionar sobre la historia y los principios de la casa editorial más importante de Iberoamérica.

Cuando Daniel Cosío Villegas regresa de sus estudios de Economía en Harvard, Wisconsin y Cornell, así como Finanzas Públicas en la London School of Economics, presiente la necesidad de crear en la educación superior mexicana un espacio dedicado a la investigación y enseñanza económica. Con esta idea urgente nacería, a principios de 1929, la Facultad de Economía de la UNAM.

Varios problemas empezaron a presentarse de inmediato, entre ellos un impedimento casi insuperable que condenaba a la naciente Facultad al fracaso: los libros y textos especializados más importantes no estaban traducidos. Ese detalle podía frustrar por completo el proyecto universitario.

Consciente de lo anterior, Cosío Villegas viaja a España para motivar a las editoriales de ese país a que tradujeran un catálogo de libros imprescindibles. Consigue que su idea se discuta en el Consejo de administración de la editorial Epasa-Calpe, una de las más importantes de habla hispana. Cuando piensa que logrará su cometido, el filósofo José Ortega y Gasset se opone “alegando como única razón que el día que los latinoamericanos tuvieran que ver algo en la actividad editorial de España, la cultura de España y la de todos los países de habla española ‘se volvería una cena de negros’.1

El humillante rechazo no frena a Cosío Villegas, que años después consigue el financiamiento necesario para concretar su idea con la ayuda del Gobierno mexicano. Nombra entonces una junta que se encarga de la traducción, edición e imprenta de los textos y así, en septiembre de 1934, el FCE empezaría su operación de forma lenta y limitada. No había suficientes traductores, profesores o interesados en llevar a cabo la labor que su crecimiento exigía.

Ilustración: David Peón

En 1936, Lázaro Cárdenas le confía a Villegas la embajada de Portugal, un suceso que podríamos interpretar como un exilio suave para mantener a raya su carácter inquebrantable y su espíritu crítico y opositor. Sin embargo, como afirma Enrique Krauze, “al poco tiempo de su arribo, estalló la guerra civil española [y] Cosío Villegas se estableció en España, donde concibió la idea de proponer al presidente Cárdenas dar asilo a la crema y nata de la intelectualidad española. Muy pronto, comenzaron a llegar a México poetas, ensayistas, pintores, historiadores, filósofos […] que dejarían una huella profunda en la vida cultural y académica de México”.2

Con el estallido de la guerra y la llegada de los españoles, Cosío Villegas y Alfonso Reyes crean La Casa de España en México —hoy El Colegio de México— donde reciben a decenas de letrados ibéricos que, naturalmente, utilizan la proximidad con el Fondo para publicar. En el marco de estos sucesos empezarían a cobrar relevancia revistas especializadas como El trimestre económico, y se crearían otras como Cuadernos Americanos, que alimentan desde entonces el debate intelectual y político del país.

El FCE vive a partir de ahí un crecimiento inesperado: además de los libros de economía, también se empiezan a publicar libros de derecho, filosofía, literatura, historia, etc., y, en consecuencia, se amplía significativamente el número de lectores. El trabajo editorial del Fondo incrementa su red a otros países. Cosío Villegas y sus sucesores emprenden un sinnúmero de viajes contratando escritores y abriendo sucursales por todo el continente, lo cual “era en cierta forma un cumplimiento del viejo sueño bolivariano en el ámbito de los libros”, según Krauze.3

Además de difundir el material creado en México, las sucursales que abría el Fondo en América Latina buscaban captar nuevos escritores y nuevas ideas. Esto le otorgaba un protagonismo aún mayor, pues la apertura de las filiales coincidió, en la mayoría de los casos, con procesos militares y golpes de estado que desangraron al continente; de manera que el Fondo, a partir de la década de 1950, se volvió mucho más que una editorial o una librería, se convirtió en una verdadera trinchera intelectual. Esa fue por años la visión y grandeza del Fondo, convertirse en el oxígeno del diálogo cultural de América Latina.

En el mes de sus festejos conmemorativos, la hoja de ruta sugiere otros caminos. De las diez filiales que tiene el Fondo de Cultura Económica, dos —Brasil y Venezuela— están en proceso de desaparecer, y cuatro de las ocho restantes presentan un panorama desalentador: la sucursal en Argentina está prácticamente inhabilitada; Madrid tiene grandísimas pérdidas acumuladas; Colombia tiene más de 300 mil libros en bodega; y hace algunos días la fuerza pública intentó desalojar la filial de Guatemala por un pleito legal. Un desastre.

Lejos de vislumbrar una solución, todo indica que los problemas se acentuarán. La cultura no parece ser una prioridad del nuevo gobierno y, por tanto, es víctima de la austeridad que corroe a las instituciones desfavorecidas del país. La ya insuficiente asignación de recursos al FCE sufrió, este año, otro recorte presupuestario —27 millones— dejándolo en una verdadera posición de riesgo operativo. Esa falta de dinero, por ejemplo, es una de las razones que impedirán su participación en la Feria Internacional del Libro en Frankfurt, a celebrarse en octubre de este año. La otra razón se debe a que, en palabras del actual director, “el Fondo tiene poco que ofrecer”. Distintas voces se han pronunciado en contra de la decisión. Frankfurt es una oportunidad inigualable, nada menos que la feria comercial más importante del mundo, que registra aproximadamente siete mil expositores, 280 mil visitantes, diez mil periodistas y más de cien países invitados. No asistir es casi un crimen cultural. Este tipo de decisiones desvirtúa la labor de servicio público editorial, refleja desprecio por nuestros autores y limita la difusión de su trabajo.

Es tan solo un ejemplo de lo que quisiera ser un cambio sustancial en la forma de operar la institución cultural. Desde su llegada a la dirección, la gestión de Paco Ignacio Taibo II ha sido polémica. Apasionado historiador y ferviente hombre de izquierda, Taibo II no tardó en modificar la visión de la dependencia. En su corta gestión ya se empiezan a entrever pocos aciertos y más señales de alerta.

Algunos focos rojos, por ejemplo, se encendieron con lo acontecido en El trimestre económico. Esta revista académica, que publica el FCE, vivirá, en palabras de Taibo II, un giro de 180 grados. Este giro consistió en despedir a todo el comité editorial para después anunciar que “sacarían el pensamiento neoliberal de la revista”. Lejos del debate sobre qué política económica debe prevalecer, segmentar la revista es atentar contra la pluralidad que el Fondo defendió por años. Ya hemos recordado que el FCE sirvió como espacio combativo precisamente en contra del adoctrinamiento ideológico. Restringir la publicación de textos a la corriente de pensamiento que defiende su director es un escalofriante contrasentido.

Pero no todo parece negativo en esta nueva narrativa. Destaca la agenda por democratizar la lectura. La idea de la nueva administración es mejorar las redes de distribución, disminuir los precios esperando consolidar nuevos lectores y llevar libros de bajo costo a zonas marginadas. Estos programas de fomento a la lectura tienen indudablemente una buena intención. En poco más de seis meses, Taibo II ha logrado vender más de 1 millón de libros y la colección “Vientos del Pueblo” agotó la mitad de su tiraje a pocos meses de su lanzamiento. Sin embargo, como edición popular, “Vientos del Pueblo” deja mucho que desear. Se trata de una catálogo de pequeños folletos engrapados, con papel barato y fácilmente reemplazables, que privan al lector del placer de un verdadero libro, como objeto que debe ser atesorado e incluso heredado a través de generaciones.

La gestión de Taibo II no debe estar peleada con la misión original del Fondo. Su brigada por fomentar la lectura y vender más libros no debe sacrificar calidad por cantidad. El FCE como empresa del Estado fue creada para editar, imprimir y vender libros de alta calidad, obras inéditas y especializadas que no necesariamente eran comercialmente atractivas. Son estos libros los que han diferenciado la labor editorial del FCE. Ya lo decía Jose Emilio Pacheco:

Jamás sabré cómo sería el mundo
Si no existieran los libros del Fondo.
Tampoco podré medir todo lo que me han dado.
Lamentaré en todo caso no haber leído más
Entre todo lo rescatable y digno de perduración y defensa

Recibir recursos públicos le otorga a la editorial una oportunidad inigualable para desembarazarse de la mano invisible y situarse en un escenario distinto a las editoriales y librerías convencionales, eternamente ancladas a las exigencias de la demanda popular. Buscar autores y publicar textos técnicos, novedosos, “rescatables y dignos de perduración y defensa” son tareas fundamentales del Fondo. En ese sentido, el legado de Cosío Villegas no debe olvidarse; es cierto que necesitamos más lectores, pero también mejores textos y mejores ediciones. Ambos ejes deben ser compatibles.

A 85 años de su fundación, la nueva administración se encuentra con retos tan evidentes y puntuales como devolverle al FCE la presencia internacional de sus mejores épocas, fomentar la lectura sin sacrificar la calidad y vigorizar el debate científico y cultural. Ojalá que así sea, para que se sigan cumpliendo los deseos del poeta Ali Chumacero: “que el Fondo dure por lo menos una eternidad”.

 

Daniel E. Torres Checa
Estudiante de la maestría en Derecho Constitucional en la Escuela Libre de Derecho.


1 Daniel Cosío Villegas y Gabriel Zaid, Imprenta y vida pública, México, FCE, 1985, p. 181.

2 Enrique Krauze, La presidencia imperial, México, Tusquets, 2009, p. 71.

3 Ibidem, p. 183.

 

 

2 comentarios en “A 85 años del FCE: retos, legado y porvenir

  1. Obligatorio e imprescindible el apoyo a la cultura, gran error de este gobierno tener recortes presupuestales en tan importante renglón de la vida cultural de un país.

  2. El problema con los fanáticos de izquierda al frente de instituciones culturales es que tienden a destruirlas por motivos ideológicos, dogmatismo e intolerancia. Eso pasó en Venezuela con Monte Ávila Editores, prestigiosa editorial que fue engullida por El Perro y la Rana, una editorial creada por el chavismo que ahora también dejó de funcionar. Espero que no le ocurra lo mismo al FCE.