Las presentaciones de libros parecen una actividad obsoleta, además de soporífera. Pocos saben por qué siguen existiendo.

Para Sergio, para Robin

Es su solemnidad innecesaria la que me hace preguntarme esto. Acartonadas e inútiles, su formato anquilosado las convierte en hermanas del congreso, la cátedra soporífera, la misa dominical. Tornan la conversación amena en un suplicio donde las palabras rechinan y duelen, son cerradura forzada.

Revestidas de un aire viciado, las presentaciones han perdido toda razón de ser; se saben aburridas. Por eso ruegan auxilio a la cerveza gratuita y a los canapés de atún que sirven como carnada para atraer a la audiencia. ¿Qué hacer cuando estas artimañas fallan? Si los asistentes pueden contarse con una sola mano a la que le sobran dedos, no faltará aquél que preludie su participación agradeciendo ese espacio tan íntimo, por no decir, impopular, por no decir deprimente, por no decir ya sabía yo que debía quedarme en casa.

Quizá si seguimos efectuando este extraño rito de bautizo editorial es porque la presentación es un ardid para imaginar mundos perfectos, donde todos los libros son excepcionales y valiosos, los ponentes se agradecen y miman y acicalan y comparten la mesa y el pan; nos hace pertenecer a un mundo en donde el agua embotellada brota cual manantial plastificado. El protocolo acoge una serie de actos ineludibles: 1) la puntual narración de cierta anécdota personalísima que nada viene al caso; 2) el clímax conmovedor que puede devenir en llanto (al gusto); 3) la difamación de otros autores o círculos (presentes o no); y 4) la cita sesuda en otro idioma; actos que van subiendo de tono como una borrachera. Pero a pesar de ello, de las pequeñas moronas de cizaña y terror, el ambiente general es el de la conformidad, medianía estéril, ese sentimiento tan lejano a la literatura.

¿A quién debemos esta actividad por demás sobrada? ¿Cuándo comenzó? Me gusta pensar en los muchos Primeros Hombres: el que juntó sus labios con otros para inventar el beso, el curioso que hurgó entre la cáscara más ruda hasta encontrar agua de coco, el que forjó una nueva palabra. Todo Primer Hombre, inaugurador de oficio, vive por un momento en la tentativa de ser dios o ser demonio. Su actuar puede devenir legado o lastre o bocanada de olvido. Un Primer Hombre dio origen a ese ritual árido y nos comprometió a la mesa rectangular de mantel verde, a las semblanzas mal leídas (que, me consta, pueden confundir las siglas del FONCA con las del FONACOT), a los lugares comunes, al tedio.

Ilustración: José María Martínez

Hagamos un cálculo vago: si alguien decide gastar dos horas a la semana, pensemos, cada quince días en eventos como estos; a lo largo de un año habrá destinado la pasmosa cantidad de cincuenta y dos horas sentado en ese templo libresco a medio derruir, preso de un fanatismo digno de las viejecitas arrodilladas que recorren los misterios dolorosos entre sus dedos mientras las notas de un órgano cimbran su corazón. El Dios de la Literatura está sediento. Exige su tributo. ¿No puedes regalarle tan sólo una hora a la semana? Ven, oveja perdida, confiesa tus pecados: no terminaste a Proust ni tampoco el Ulises, abandonaste un libro en la página veinte, no devolviste otro que alguien te prestó y por tu culpa alguna colección quedó incompleta, por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa. Top, top. Primera llamada. Top, top. ¿Sí me escuchan? Atiende a este discurso que el presentador va a leer como se lee el padrenuestro, de corridito y sin pausa. Sólo así expiarás tus pecados.

Espero que en tiempos próximos la conciencia ecológica sea capaz de erradicar las presentaciones de libros al sopesar la cantidad exacta de kilos de papel que gastamos al año en personificadores. O que, por fin, alguien se harte del genio maligno que provoca amnesia en los amigos, quienes ya sentados en el pódium se olvidan de tu nombre y te dicen El Autor o, peor aún, te hablan por tu apellido, recordándote lo que pocos: tus años en el colegio, donde más que una persona, eras un número de lista.

Mis únicos dos motivos para asistir a los eventos literarios consisten en sonsacar a mis amistades, ya reunidas, para sudar —quiero decir, comulgar— mediante lúbricos ritmos latinos al término del evento, y en perseguir como buitre lo que se ofrezca gratuito, siempre al acecho del mesero inerme. Sólo eso espero de las presentaciones, pues, en un presente donde no se necesita salir de casa para ir al cine ni para hacer las compras, en este mundo a domicilio, ¿qué nos hace empecinarnos en seguir religiosamente las fórmulas corroídas?¿Es necesario reunir a ocho personas en una salita para decir lo que se puede escribir en dos párrafos? Quizá su aporte existe, pero no bajo ese formato en donde el diálogo pocas veces ocurre entre las participaciones moderadas, sino desperdigado en los pasillos, postrero, escurridizo. En las escasas oportunidades que he tenido de presenciar intentos frustrados por cambiar este protocolo, he topado de bruces con personajes que caen en la paradoja de pervertir un orden al que, de hecho, se someten. No se preguntan por el objetivo primordial que nos hace reunirnos y comentar. Se siguen ciñendo a un mismo y eterno corsé. Semblanzas, aprietan. A mí me pareció que, aprietan. ¿Concebiste el libro unitariamente o por partes?, aprietan. Voy a leer sólo un fragmento para no aburrirlos, aprietan. Con mi total agradecimiento para, aprietan.

Se escuchan los aplausos finales. Las sillas rechinan e inauguran el bullicio. Vuela la pluma y hace piruetas confusas, ¿cuál es tu nombre? Las presentaciones diseminan por la faz de la Tierra ejemplares autografiados que saturan las esquinas de las librerías de viejo. ¿Es una dedicatoria el mayor beneficio que se puede obtener del contacto con el autor? Hay problemas literarios a los que aún no hallamos respuesta. Asistir a estos eventos nos ubica en la frontera donde pelea la importancia del artífice con la del artificio. ¿Qué es la literatura fuera de la página? Yo más que esta pregunta, tengo una sospecha. Si seguimos perpetuando una práctica como ésta solo por costumbre, pronto el ser asistente a eventos se convertirá en oficio, como sucede con todos aquellos trabajos creados por la inercia: el del individuo destinado a doblar la porción de papel higiénico en la entrada del baño, el de los promovendedores que disparan balazos de perfume, el del semáforo humano. Tal vez en algún momento ya no faltarán editores o correctores de estilo, sino escuchas. No creo que el viejo truco de abarrotar salones con estudiantes incautos nos siga funcionando mucho tiempo.

 

Laura Sofía Rivero
Ensayista. Su libro Tomografía de lo ínfimo obtuvo el Certamen Internacional de Literatura “Sor Juana Inés de la Cruz” 2017.