Pintor, grabador, muralista, dibujante, escultor: Federico Cantú  logró como pocos hacer de la obra de arte una metáfora del tiempo. A treinta años de su muerte, recordamos a este imprescindible del arte mexicano.

Hay en la mayoría de los arlequines, saltimbanquis y bufones de Federico Heraclio Cantú Garza (Cadereyta, Nuevo León, 3 de marzo de 1907 – Ciudad de México, 29 de enero de 1989) el aire de la bohemia intelectual del París que vivió entre 1924 y 1934. Un orden festivo y melancólico dentro del equilibrio cromático. Una atmósfera caracterizada por noches frívolas y vanguardias que se gestan entre clamores de guerra.

Un óleo con ese tema, titulado precisamente “Arlequines” (1936), remite indudablemente a Picasso. Junto a los arlequines, uno de ellos descalzo abraza a una mujer desnuda, el trazo de un toro apacible, copas de vino, un instrumento musical y un par de manzanas. Yo agregaría que hay en este cuadro un tono picaresco que sin rayar en lo obsceno refleja un pasado memorioso.

“Recordemos —dice su nieto Adolfo Cantú, albacea de la obra de Federico— que el tema de Arlequín en Picasso, predominante en la “época rosa” (1904-1907) es retomado por muchos en los años 20, entre ellos por Cantú. Posteriormente en 1934 lo aplica en el mural del Bar Papillon.”

“Arlequines” (1936).

La muerte le impidió ver a Federico Cantú la recuperación de los dos paneles del mural “Vida, pasión y muerte de Arlequín” que realizó junto con Roberto Montenegro en el Bar Papillon del antiguo callejón de la Condesa en 1934, a su regreso definitivo de París. Mientras que Cantú rememora su época en París, Montenegro hace lo mismo con sus andanzas en Venecia.

“A mi llegada a México me contacté con León Tissot, que fuera socio y después dueño del Bar Papillon; le presenté una serie de anteproyectos con el tema de la vida, pasión y muerte de Arlequín, con toda esa serie de apuntes que traje de Paris y que posteriormente fui retomando a lo largo de toda mi vida”, dijo Cantú en su momento.

Cantú dividió su tema en dos panos: el primero con el tema de Riviere Gauss, donde representó su atelier de Montparnasse en Rue Delambre en el Hotel des Écoles, describiendo una de esas juergas fantásticas que acostumbraba. Y en el pano II representó la Riviere Duat donde los personajes transitaban en Montmartre dentro del bar Lapin Agil.

Una nota periodística habla del Bar Papillon como “un sitio latino para la gente feliz. Respetuoso, correcto, lleno de juventud, el gracioso local se llena de personas bien en estos días de sol radiante que burla el invierno entre oros que se multiplican sobre los cristales y los espejos.” Pero en la obra de Cantú hay también arlequines devastados o en actitud derrotista. Es el caso de su “Arlequín triste.”  Impresionismo asociado a la emoción lírica, diría el maestro Raúl Rangel Frías, quien puso a disposición de don Federico, en los años sesenta, los muros de Filosofía y Letras de la Facultad de Ingeniería en la Universidad de Nuevo León para que hiciera ahí sus relieves. Y de paso reconociera la grandeza de su paisano Alfonso Reyes y de un poeta trotamundos, Porfirio Barba Jacob, mediante la realización de dos monumentos en 1988.

Hijo de notables, el padre de Federico Cantú fue el médico, periodista y poeta Adolfo Cantú Jáuregui y su madre la escritora María Luisa Garza, Loreley.

“Los colores de Federico Cantú –explica Rangel Frías— son de tonos mordaces. Los rojos y verdes ejercen una acción luminosa quemante del físico de las cosas; y hacen de materia existencial, como suele entenderlo el mexicano del desierto. Uso propio de ciertos ocres y tierras, asociadas con luces de azul y oro apagadas a la sombra filtrada de vidrieras amarillentas.”

Salvador Toscano advierte en un texto de 1946 sobre “las pinceladas a grandes rasgos”, “los contrastes violentos” y sobre los colores quemantes “chillando el rojo con el verde” aplicados por el pintor a sus lienzos. “Intenso el colorido, precisa la línea, composición estructural, telas, grabados, dibujos, murales y estructuras revelan el espíritu armónico que los creo”, escribió el poeta Alí Chumacero, con quien solía desayunar Federico cada domingo. El poeta recuerda al artista como alguien adicto a la expresión directa e incisivo en sus opiniones: “…pinta cautivado por la magia de lo desconocido, no se olvida de trasladar a su cuadro la apariencia terrenal de sus personajes, la realidad de carne y hueso de los ángeles, hombres y mujeres que conviven en una creencia compartida”.

Autorretrato con Paleta” (1950). Colección Cantú y de Teresa.

El tiempo, en los murales y relieves del artista, no se petrifica, más bien se detiene cuando pasado y presente se cruzan y emprenden el viaje infinito. “Entre la exactitud matemática y el escándalo musical, frente a la cordura y el delirio, junto a la medida y la exaltación, su arte ondea buscando penetrar las apariencias a fin de poner de manifiesto la estructura misteriosa de la realidad”, remata Chumacero, que parece entrar a la obra de su amigo Federico disfrazado de arlequín sigiloso.

No veo en su obra la proximidad al surrealismo que se le suele atribuir por el hecho de haber tenido contacto, en su etapa formativa, con los surrealistas, y por su cercanía con Antonino Artaud, quizá el menos surrealista de los surrealistas. Hay más bien una cercanía con Picasso, sobre todo en obras como “Paletas y corazones”, y en la pictografía narrativa que lo acompañó toda la vida. De lo que sí puede hablarse, a 30 años de su muerte, es de los contrastes de su obra, no solo en la diversidad de temas de acuerdo a las etapas que lo fueron definiendo, sino por la variedad de técnicas utilizadas a lo largo de más de 50 años de trabajo. Maestro del grabado a buril, la punta seca, la acuarela, el óleo, el temple; de ejecuciones en caballete, murales al fresco, relieves en piedra de la montaña y con mármol mexicano.

Figuran en su ruta artística lo mismo los temas barrocos que los griegos y latinos, acompañados muchas veces de los motivos prehispánicos en Mesoamérica, el contexto americano, el paisaje en el que lo mismo abunda el desierto que la montaña, la vegetación y el entorno urbano. No en vano es el único artista mexicano que se vincula con las tres corrientes más destacadas del arte: la de París, la de Nueva York y la Escuela Mexicana de Pintura.

Retratos, paisajes, caballos y desnudos en líneas ágiles y fluidas, complementadas por peces, guitarras, copas, libros, cuadros minimalistas, sillas, pájaros; animales se van revelando a lo largo de su obra con una emoción que oscila entre la emotividad y el pensamiento. 

Federico Cantú, diciembre de 1988, junto a su obra “Arlequín Pirata” (1932).

Constantes son sus motivos a Atenea, Diana, Diotima, Deméter y a Sócrates, lo mismo que a los Atlantes de Tula y a Quetzalcóatl, al igual que figuras de la historia clásica, escenas de la época precortesiana, el arte sacro y personajes de nuestra realidad social.  Su flora la conforman palmas del desierto, cactus y magueyes. ¿Qué hace que un creador como Federico Cantú no emprenda una ruta puramente vanguardista o se estanque en una mexicanidad de folclor aldeano? ¿De dónde viene esa mirada en extenso si Monterrey, aunque con ímpetu de gran ciudad, no dejaba de ser una aldea en mangas de camisa? Quizá del hecho de vivir una parte de su infancia en Estados Unidos, a donde parte su madre al estallar la Revolución y donde el pequeño Federico hace del pizarrón su primer lienzo. Posiblemente de los primeros ejercicios en la Escuela de Pintura al Aire Libre de Coyoacán, bajo la tutela de Alfredo Ramos Martínez, donde lo inscribe su madre a su regreso a México. O tal vez de los consejos de Alfonso Reyes, su mentor en los años de Montparnasse, en el sentido de que “la única manera de ser provechosamente nacional consiste en ser generosamente universal”.

Poeta del pincel y del buril, pocos como él lograron hacer de la obra de arte una metáfora del tiempo en la que lo mismo cabe la mitología griega que la náhuatl. Dioses y humanos se van desplegando a lo largo de los muros, deidades del sueño y de la razón, del mito a la terrenalidad. Me atrevería a decir que las musas de Federico son mitad carne y hueso y mitad nebulosa y reinvención. Por qué no, mitad pecado y devoción.

Pintor, grabador, muralista, dibujante, escultor, su singular pasión por el arte lo hace ocuparse de temas sociales, religiosos, históricos, literarios, prehispánicos, antropológicos y abrevar, como ya hemos dicho, en la mitología antigua. Sus desnudos, ya corran, monten a caballo, permanezcan en actitud contemplativa o maternal —nunca sumisa—, reposen en el lecho con la cabeza separada o miren con desconcierto la mano ágil y casi invisible que los traza, poseen una fuerza estética que corresponde al impulso emotivo que las crea. José Alvarado, al parafrasear a un crítico mexicano, dice que “son los más sensuales de la pintura mexicana.” A la vez que sus ángeles orando, tocando el cello, espulgándose o en oración, su “Seminario de las Misiones”, las versiones del “Cura de Ars” y “La Letanía Lauretana” y “La Virgen de La Purísima” lo hacen ver como un pintor religioso de gran valía. El Calvario, La última Cena, los temas relacionados con vírgenes, arcángeles y santos ocupan su atención.

Quien quiera validar a Federico Cantú solo por su papel como pintor se equivoca. Fue durante toda su vida un gran lector. “A Villón lo leí con una constancia admirable, al igual que a Jean Nicolás, Arthur Rimbaud, Paul Valéry, Lord Byron, Paul Eluard. De ahí mi inspiración para ilustrar los poemas de mis grandes amigos, Renato Leduc, Cardoza y Aragón, Artaud, Mackinley Helm, José Alvarado y Alí Chumacero”, dice Federico en voz de Adolfo Cantú Elizarrarás en el ensayo “La memoria mural de Federico Cantú”.

“Las enseñanzas de Quetzalcoátl.” Mural Centro Médico del IMSS (1963).

Hay que recordar que Federico es un narrador nato a lo largo de su obra. En creaciones de los años 60 narra las enseñanzas de Quetzalcóatl ante los toltecas; lo mismo hace en “Los Altares”, que lamentablemente se derrumbó. Ahí plasmó relieves y tallas directamente sobre la montaña de la Sierra de Galeana. Y ni qué decir de “La Tira de la peregrinación azteca desde Chicomóztoc” o la presencia de la guerra en “La caída de Tenochtitlán”, “La caída de Ulises” o “Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis”.

Dice Adolfo, quien ha seguido la ruta de su abuelo y de su padre Federico Cantú Fabila, que a Federico no le gustaba que lo clasificaran como “artista”. Es razonable, era más que eso. Y a la vez, como a todo gran creador, el término le quedaba corto. Me atrevería a decir que Federico Cantú tenía un poco de clásico, de bárbaro del norte, de necio y de alma errante del Renacimiento. Sin temor a exagerar, tal vez haya sido el último renacentista mexicano del siglo XX.

Treinta años de ausencia de Federico Cantú son motivos suficientes para que su legado y su patrimonio artístico sea reconocido por la sociedad mexicana.

 

Margarito Cuéllar
Escritor. Dirige la revista Armas y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Compilador del libro José Alvarado (Cal y Arena/ UANL, 2018).

* Quien desee dar seguimiento a la obra de este artista mexicano puede consultar los siguientes links, alimentados por Cantú y de Teresa colección de arte referentes al tema: http://cantuart.blogspot.com/ y http://cantubook.blogspot.com

 

 

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