El cineasta y escritor lituano Jonas Mekas (1922-2019), considerado el padre del cine experimental, falleció el pasado miércoles en Nueva York a los 96 años. El siguiente poema largo, inédito hasta ahora en español y en versión de Rocío Cerón, documenta su particular visión del mundo y del cambio de un siglo que le costó, entre otras cosas, el exilio huyendo del horror nazi.

Conocí a Jonas Mekas en 2013. Había llegado a México a una muestra sobre su obra en el MUAC. La curadora asociada, Amanda de la Garza, me pidió traducir uno de sus poemas emblemáticos, “Réquiem por el siglo XX”. Desde ese encuentro con su poesía —ya conocía algo de su filmografía— hasta el día de hoy, han pasado seis años. El encuentro y la conversación con él y su obra ha durado, y durará, muchos años. La aguda forma de mirar el mundo, el sentido fragmentario, polisémico y evanescente que atraviesa su escritura poética hasta sus películas, ha marcado la forma en que he ido aprehendiendo el mundo. La caída hacia las cosas, y a la naturaleza de las cosas, es siempre un pequeño gesto, una forma de entrega que parte de lo mínimo, del traspié, de la observación por el ojo de la cerradura o del movimiento de la brizna. La enseñanza de Mekas, personal pero seguro compartida por más, es la entrega del cuerpo y la percepción hacia esos breves destellos de memoria y belleza que hay en nuestras vidas. Para, desde ahí, construir lenguaje(s) que ardan.

Rocío Cerón


 

Hace quince minutos terminó
el milenio,
lo mire todo por TV.
Fidji, Nueva Zelanda, Tokio, Moscú,
París, etc.
Sucedió mientras editaba
mí película, por decirlo así,
cayó entre los cortes. Entre los cortes de una película
titulada Mientras yo avanzaba
ocasionalmente vi algunos breves resplandores
de belleza.
Un vals de Viena suena en la radio,
hace un minuto se escuchaba
la Novena sinfonía.

Ahora tecleo y pienso en
ustedes, mis queridos amigos,
en Tokio, París, Hamburgo, Vilnius, Sao
Paulo, Madrid y muchas otras ciudades
y pueblos y caseríos, algunos de ellos
sin nombre.

Ah, Peter y Hermann, ¡casi olvido
Viena! Esto me costará una botella de
vino Veltliner.

El tipo de la radio charla ahora sobre los
más grandes eventos del siglo.
Pero todavía debo escuchar algo sobre Apollinaire
y Vallejo y Buñuel y Trakl, Huidobro,
Cocteau, Yessenin, Isidore Isou,
Gertrude Stein, y los burros de
Ávila, y Julio César y Augusto, y mi
niñez en el río Roveja, y Maxi,
el gato del Anthology, y todos los nombres de las
mujeres que amé, todo aquello que realmente
importa y que formó la mente y esencia
de mi siglo.

En realidad no me importa esto o
aquello, porque Harry Smith, quien todavía vive
en el Anthology /se le escuchó cuando investigaba
en la biblioteca anoche/ —me dijo
que todo se encuentra eternamente en las estrellas,
y Harry lo sabía, Agrippa von Nettesheim
lo sabía también, lo sabía Giordano Bruno
y Giuseppe Zevola y Barbara Rubin y
especialmente, estoy seguro de ello,
Storm De Hirsch.

Todo está aquí y ahora
y mañana, los poetas y las cosas que en realidad
importan, como la amistad, el amor,
los ángeles, el aleteo de las mariposas
en China, y cosas
así, e incluiría la poesía de
Jackson McLow, Basho y, absolutamente,
los panqueques de papá, del estilo que yo hago, del estilo
que mi madre me enseñó a hacer /¡sin cebollas,
por favor!/

Celebro todo ahora, ya tarde
esta noche, exactamente a treinta minutos de entrar
al Tercer milenio, y brindo por todos ustedes
—y ah, por ti Robert Kelly y por ti también Tuli Kupferberg—
mientras avanzamos… Querido Gozo, todo es
una gran broma que nos han jugado, no importa, inventada
por algún lunático zen o
Taylor Mead.

AL SIGUIENTE DÍA
estábamos sentados en el Dempsey´s /no teníamos ganas
de ir al bar Mars por alguna razón/
Audrius y Augusto, bebían nuestra cerveza ámbar
irlandesa. “Vi llegar esta mañana”, dijo
Augusto, “se trataba de una clara y
hermosa mañana, una buena señal
para el Milenio”.
Bebimos por ello. Después Augusto dijo, “Ah,
recuerdan cuando nos dieron
todas esas cosas en el manicomio, los rusos,
y yo solía ponérmela debajo de la lengua
para escupirla”
“Yo hice lo mismo”, dijo Audrius.

Esta era una conversación muy distinta a la de
Pan Tadeusz de Adam Mickiewicks, pero pensé
que resumía para mí
todo el siglo XX, aquel del cual
habla la gente y celebra,
pero no el mío.

Ah, cuántas píldoras e inyecciones tu cuerpo
soportó, querido Augusto,
cuántas inyecciones más te pusieron por la fuerza,
es sorprendente que aún toques música y cantes
y pintes y sigas vivo.

MÁS TEMPRANO ese día
nos sentamos en la mesa redonda, en
el Anthology. Esperamos a Masha, pero ella
llamó, estaba enferma. Había planeado traer
un poco de arenque ruso con col
y otras cosas.
En lugar de ello, teníamos vino.
Cómo va a ser, nos preguntamos, con tanta alharaca
sobre el Y2K y lo demás, ¡cómo es que no se menciona
a la persona responsable de todo!
Entonces brindamos por Jesucristo. Augusto
bebió vino tinto del Ródano, yo bebí
vino verde barato porque en estos días todo yo
estoy en España, pienso que soy mitad
español.

¡Ah, mis amigos!
Algunas veces tuvimos grandes momentos.
Días rojos, azules, amarillos y naranjas,
no todo era negro,
tendrían
que admitirlo.
Todos vimos destellos de belleza y
felicidad mientras avanzábamos, aún
en el estancamiento,
mientras avanzábamos entre los horrores
del siglo XX —¿viste la fotografía
de una madre cargando a un niño, en
Sarajevo?, o quizá era otro lugar violento,
la sangre corría sobre
la cara del niño, la foto era
a color. ¡Ah, ah, qué manera de comenzar
la vida! Siglo XX, espero que nunca vuelva,
ni siquiera en mis malos sueños, espero que sea
tragado por un hoyo profundo y escupido
en el noveno círculo de
Dante.

Las cicatrices marcan nuestros cuerpos, mentes,
incluso nuestras almas,
algunos no siempre dormimos bien
toda la noche —yo no— a veces seguimos
saltando en la cama, sin saber porqué, mientras los horrores
permanecen.

A pesar de ello, te abrazo, nuevo Milenio, lleno de
esperanza, de la esperanza del tonto,
con confianza,
creyendo aún en los milagros,
en Santa Teresa de
Ávila y San Francisco, en los pajarillos y los insectos,
en los árboles rotos de Versalles por los que lloré.
Todavía creo en todas las cosas que no son importantes y son
inútiles para mis contemporáneos
mientras avanzo,
como todos,
todos solos en nuestra esencial
soledad que nos une, creyendo en
el Paraíso,
muy, muy invisible pero de transparencia
relumbrante e
inevitable.

Es tarde y de noche.
No puedo dormir. Son
las tres de la mañana. Sigo escribiendo.
Qué otra cosa puedo hacer. Qué otra
cosa puedo hacer. Qué otra cosa puedo
hacer.

Incluso la carne ya no
arde.
Los ojos, ¿dónde están los
ojos? Quiero verlos.
Díganme, díganme —no volteen la mirada
hacia otro lado.
Quiero ver dentro de ellos. Pero no
me atrevo, siento temor por lo que hay
dentro—

mientras me muevo y avanzo,
hacia adelante.

© Traducción de Rocío Cerón.