Este año, el Festival Internacional Cervantino superó sus números en términos de presupuesto y asistencia. Sin embargo, la organización y selección de participantes parecen haberse empobrecido. Un diagnóstico preocupante para el mayor evento cultural de México.

En la ciudad de Guanajuato los Uber continúan en un estado de liminalidad legal, la cobertura de celular se sigue perdiendo en los túneles, la gente sigue acudiendo de manera masiva al Festival Internacional Cervantino aun cuando no todos asistan de manera regular a las actividades culturales. En la sala de prensa hay muchas caras conocidas, igual de amables y trabajadoras que el año pasado, la contraseña del WiFi es casi la misma, pero entre el festival del año pasado y este hay diferencias evidentes.

En 2017, Marcela Diez Martínez debutó como directora del FIC y al finalizar esa edición prometió que la de 2018 sería la mejor en su historia, con la India como país invitado y Aguascalientes como el estado a celebrar. Aseguró que superaría lo conseguido en el 45 aniversario del que se considera el festival cultural más importante de nuestro país.

El 10 de Julio de este año se hizo la presentación oficial del programa completo. En esa conferencia se anunció que este año el festival había visto un aumento presupuestario de 17 millones de pesos, lo que significaba un incremento de 33% respecto al año anterior. Se contaba con un total de 105 millones de pesos provenientes del presupuesto federal, 33 millones del gobierno de Guanajuato y otros 33 millones de patrocinios y embajadas.

Sin embargo, la impresión como público no fue de incremento. Como punto de partida basta ver el catálogo de la oferta cultural de este año, expuesto en una publicación de 280 páginas de 21.5 x 11.3 centímetros en blanco y negro, mientras que el del año pasado tuvo 168 páginas, fue de considerable tamaño (27.2 x 21.2 centímetros) y a color. Podría parecer un detalle superficial, o acaso una decisión pragmática o ecológica de parte de la dirección del FIC, pero al analizar la programación y experimentar el festival en sí mismo, el catálogo mencionado no fue sino el botón de muestra para categorizar el resto del FIC 2018.

Portadas: Izquierda edición 2017, derecha edición 2018.

El aumento en presupuesto no se tradujo de manera eficaz. Para empezar, hubo menos actividades académicas dirigidas al público en general. En 2017 se impartieron tres talleres de gran calidad: el del Centro Nacional de la Danza de París, uno a cargo del importante artista belga Jan Fabre, y el del reconocido teatrero chileno Guillermo Calderón, además de la Academia Cervantina y las actividades de FIC Incluyente. Este año, por el contrario, se creó el programa de Encuentro crítica cultural, con participación bajo convocatoria, en donde fueron seleccionados algunos representantes de distintas disciplinas: 5 de teatro, bajo la guía de Fernando de Ita; 4 en música, liderados por Lázaro Azar; y 4 en danza, con la batuta de Rosario Manzanos. Se continuó con la Academia cervantina, para la cual fueron seleccionados 18 músicos, pero la oportunidad de que alguno de los artistas invitados impartiera un taller para favorecer el intercambio cultural y ratificar su presencia en nuestro país se perdió completamente.

Por otro lado, parecería que en la última edición del FIC de este sexenio la cooperación institucional estuvo más floja que de costumbre, por lo que las actividades del Cervantino tuvieron un eco menos resonante en otras ciudades. La gestión estratégica en el manejo de artistas dejó mucho que desear pues hubo propuestas que solo viajaron a la capital para dar una función (como la desaprovechada coreógrafa, bailarina y tallerista belga Michèle Noiret); otras que solo se presentaron en Guanajuato (como las propuestas de Teatro Mladinsko y Scene Mess); y unas cuantas que programaron gira por el país, pero en horarios poco estelares (como el Kijote Kathakali de la compañía Margi, una de las propuestas estelares que se presentó el 29 de octubre a la una de la tarde en un auditorio de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM).

La organización de un festival de esta magnitud requiere de la coordinación de un enorme grupo de personas y departamentos desconocidos para el espectador común. Sin embargo, puedo afirmar que la ejecución evidente del festival detona varias preguntas: ¿vale la pena traer a una compañía desde Asia o Europa para que solo dé una función? ¿Por qué no se optimizó la presencia de las compañías por medio de talleres o charlas como en otros años? ¿Por qué se decide programar a una compañía escénica como el Laboratorio de Adishakti, que tiene como eje de trabajo el laboratorio y la investigación, sin invitarles a compartir parte de sus procesos con la comunidad artística mexicana? No se entiende cómo es que el Festival Internacional Cervantino no tiene cerrados ciertos tratos interinstitucionales que permitan la movilidad artística en los múltiples foros y teatros que tiene la república mexicana, ni que haya tal variedad en la calidad entre una edición y otra. ¿Cómo es que hay funciones que, aun con los boletos de cortesía, los invitados y las comunidades de “Cervantino para todos”, tienen un 30% de localidades vacías?

El FIC es sin duda un proyecto de industria cultural muy relevante para el país. Se calcula que este año tuvo una derrama económica de 458 mil millones de pesos para la ciudad de Guanajuato, y en la conferencia de prensa final se informó que el balance preliminar registró una presencia de 367 mil 249 asistentes, lo que representa un incremento del 4% en comparación con el año anterior. En términos cuantitativos, pues, la dirección del FIC pareció cumplir con creces.

Pero la pregunta es por la calidad de los programas. Al menos en el área de artes escénicas, la programación denota una vez más que el FIC no tiene un perfil claro. Por un lado, las propuestas de la India como país invitado no se integraron considerando sus particularidades culturales: esta nación tiene una concepción escénica muy diferente a la occidental, pues no conciben el teatro dramático bajo la herencia griega, no dividen la danza del teatro y no tienen una práctica de teatro contemporáneo en un sentido europeo-americano. Bajo estas premisas se presentaron Ganapati, del mencionado Laboratorio Adishakti, y el Kijote Kathakali, que es una propuesta intercultural de España y la India. Ambos montajes eran de excelencia artística, con un rigor de investigación y ejecución ejemplares que, sin embargo, escaparon a la mayoría de los espectadores. Aunado a esto, no se entendió el propósito del resto de la programación; curiosamente hubo mucha presencia de eventos balcánicos, tantos, que la península entera parecía un segundo invitado, acompañado de conferencias sobre el territorio, el ballet del Teatro Nacional de Eslovienia Maribor, la obra ¡Maldito sea el traidor a su patria! de Teatro Mladinsko, también de Eslovenia, la puesta ¿Qué es Europa? Un ritual de guerra, y el concierto de Damir Imamović, ambos de Bosnia y Herzegovina. De manera paralela, pero aislada, se presentó el espectáculo de calle alemán Alice on the run, una obra masiva que usa al personaje de Lewis Carroll para hablar de la migración, y la obra Un día tranquilode Mikuni Yanaihara, representada por la compañía japonesa P. La obra se sintió ajena, inclasificable a pesar del interés de su propuesta, su texto frenético y su fisicalidad.

A pesar de la variedad, no hubo puestas en escena que fueran brillantes en términos conceptuales o que dialogaran con las teatralidades de corte internacional más contemporáneas, a diferencia del año pasado. El tema del festival, “El futuro es hoy” —que suena tan ambiguo como abarcador— fracasó como eje, pues aunque la diversidad puede usarse como bandera, el posicionamiento curatorial de un festival de la talla del Cervantino no puede ser destinado a la vaguedad.

Fotografía: ProtoplasmaKid / Wikimedia Commons / CC-BY-SA 4.0

Es innegable el crecimiento e importancia del festiva, así como sus áreas de oportunidad. En el año 2000, Ramiro Osorio, su entonces director, tuvo la idea de definir anualmente un continente, un país y un estado como invitados de honor. Esta estrategia tenía fines económicos, mercadológicos y de profundización en contenidos artísticos. Hoy pareciera que se decide un tema y se eligen invitados como parte de una tradición, pero faltan estrategias que capitalicen y fortalezcan dichos esfuerzos, así como cuestiones de logística que acompañen de manera efectiva las iniciativas que surjan.

Es absurdo planear una plática de introducción a una actividad estelar como la que dio Estela Leñero sobre la puesta Ganapati sin una mesa y un micrófono preparados para la ocasión, y sin más público que el acarreado un segundo antes, como si la actividad fuera una ocurrencia. Tampoco es aceptable que las traducciones simultáneas se deleguen a personas que no dominan los idiomas, como en el caso de la clase de yoga impartida por DITI Kirit Vora. Y mucho menos se explica que el Mesón de San Antonio —sede del festival desde hace un tiempo—, no sea acondicionado con gradas escalonadas que hagan visible lo programado para todo el público. Los actores de Como gustéis, de la compañía georgiana Teatro Marjanishvili, quizá no entendieron nunca por qué la mitad del público veía la obra de pie o por qué muchos abandonaron la sala después del intermedio.

Por otro lado, una de las apuestas fuertes del festival, Slav, del candiense Robert Lepage, se canceló a dos funciones de su estreno en el festival de jazz de Montreal. La razón es que el montaje fue acusado de apropiación cultural, pues versaba sobre cantos de esclavos negros y en escena solo había dos cantantes negras del un total de siete, lo cual se leyó como una ofensa. El FIC no tuvo más remedio que cancelar, pero no ofreció ningún comunicado oficial, incluso a pesar de que el tema y su polémica sean de gran relevancia para la producción artística nacional.

El Festival Internacional Cervantino se ha consolidado a lo largo de muchos años, ha requerido esfuerzo y estrategias para conseguir un nivel artístico que corra de manera paralela con la derrama económica que le significa al estado, y contiene muchas de las virtudes y defectos que caracterizan las políticas culturales en el país. Por ahora tiene retos a sortear y un gran material e historia para diagnosticar, analizar y propiciar su crecimiento en los años por venir.

 

Nadia Be’er
Investigadora y crítica de artes escénicas.