Se ha hablado mucho de los recortes presupuestales del Festival Internacional Cervantino y su efecto en la calidad de las propuestas artísticas. Aquí un breve balance de los éxitos y fracasos escénicos de la edición de 2017.

Concluyó el Festival Internacional Cervantino (FIC) en su edición número XLV. Al finalizar, su directora Marcela Diez Martínez Franco dio una conferencia de prensa con un informe cuantitativo preliminar: 350 mil asistentes, la participación de 2,367 artistas, 62 grupos internacionales de los cuales veinte vinieron de Francia, el país invitado. Además, se presentaron 21 grupos nacionales, 11 grupos del Estado México y 26 de Guanajuato.

En términos numéricos, han sido muy señalados los recortes que sufrió el Festival en los últimos dos años. Según una nota del periódico Excelsior, hubo una reducción importante no solo en el presupuesto general del festival, sino en el rubro destinado a la contratación de artistas internacionales: de 23.8 millones de pesos en 2015, a 17.6 millones en 2016 y 17 millones en la más reciente edición. Algunos han criticado la amplia participación guanajuatense como síntoma del detrimento en la calidad general del programa.

Sin embargo, una actividad sociocultural tan grande como es el Festival Internacional Cervantino no solo atiende a indicadores numéricos, ni asegura que un mayor gasto represente la inclusión de eventos de mayor calidad. A pesar de los ajustes, desde el ámbito cualitativo —y subjetivo— esta edición, con sus 120 actividades escénicas, confrontaron a los espectadores con piezas de gran calidad.

Jorge Volpi estuvo al frente del FIC de marzo de 2013 hasta diciembre del 2016, y la directora actual, quien asumió el cargo en enero de este año, estuvo a la cabeza de la división de programación durante todo el periodo de Volpi. Por ello, es de asumirse que la programación de 2017 en realidad se gestó desde la administración anterior. La propia Diez Martínez ha mencionado que las actividades se planean con 3 o 4 años de anticipación. Durante la dirección de Volpi, el festival se regeneró, ofreciendo programas eclécticos, ambiciosos, de buena calidad en general.  A pesar de la ausencia del escritor, esta edición no fue la excepción.

Contrastes

Llama la atención que dentro de los créditos y los informes del festival —que le cuesta al país un aproximado de 80 millones de pesos—, no se mencione quién lleva a cabo la curaduría de las piezas escénicas invitadas. Esto sale a colación dada la participación de algunos montajes que, dentro de la calidad general, resaltan en lo pobre de sus propuestas aunque sus producciones sean notables: grandes escenografías y muchos actores en escena.

Resulta incomprensible que el mismo festival que presenta Pixel (del Centro Coreográfico Nacional de Créteil y del Val-du-Marne), proponga también Pinocchio Siglo XXI(de Roseland Musical). Las piezas estuvieron catalogadas dentro del programa de danza y coinciden en el uso de la tecnología y la estructura fundamental de su contenido, pero sus resultados son diametralmente opuestos. Mientras Pixel es un trabajo preciso y exquisito, con una evidente investigación de la luz, el uso de las proyecciones y animaciones, y un manejo corporal de gran elaboración, Pinoccio S. XXI es un mal montaje del cuento clásico, con tecnología que no logra amalgamarse con los cuerpos vivos, ni hacer coherente (o divertida) su propuesta.

Pasó lo mismo con dos obras que fueron comisionadas particularmente para esta edición del FIC. Una es Después de Babel. Reconstruyendo comunidad, del Colectivo mexicano Teatro Sin Paredes, y la otra, Móvil cambiante, del compositor mexicano Javier Torres Maldonado, interpretada por la orquesta Klangforum Wien. Ambas se asumieron como las promesas del Festival pero, dada su derivación, al verlas surge la pregunta de qué términos establece el FIC para escoger dichas promesas. Después de Babel fue una intervención escénica de calle que invadió la geografía alrededor de la antigua estación de trenes de Guanajuato con un resultado desastroso. El dispositivo escénico no logró intervenir efectivamente la vía pública y mucho menos construir ni reconstruir comunidad. No incluyó a los paseantes, por el contrario, los reprimió, los alejó, instaurando de nuevo jerarquías que el teatro contemporáneo trata de borrar, o por lo menos cuestionar. Fue una propuesta que parecía ambiciosa, pero cuya inefectividad la dejó en pretensión. Los intentos de copiar los formatos del teatro contemporáneo eran evidentes, pero la puesta careció del entendimiento de fondo que estos implican. Con un gran presupuesto federal, proveniente del FIC, Efiartes y el FONCA, el Colectivo quedó a deber.

Por el otro lado, Móvil cambiante, presentada en el Teatro Juárez como parte de un concierto de la Klangforum Wien, indagó en el sonido desde diferentes esferas aludiendo a su característica inicial: la vibración. El uso de los recursos performáticos y la interpretación de un ensamble de músicos que ha estrenado más de 500 obras, se hicieron visibles. El compositor mexicano reflexionó sobre la materia misma (la verticalidad, simetría, trayectorias, superposición) y el concierto entero fue un ejemplo claro de música de cámara del siglo XXI, en donde la relación ejecutantes-instrumentos-espacio-espectadores, adquiere una dimensión que reconfigura el suceso de una sala de conciertos.

Importaciones incompletas

En cuanto al resto de la oferta de artes escénicas del FIC, la diversidad en forma y contenido siguió siendo la constante principal: desde grandes producciones como La rana lo sabía(de Compagnie du Hanneton) o Ça ira (1) Fin de Louis (de Joël Pommerat), hasta piezas de pequeño formato pero con indagación propia como La caída(de Collectif Porte 27) o Fábulas a partir de las obras de Jean de La Fontaine(de Théâtre de l’incredule). El festival trajo obras de las que ya teníamos referentes en México, como Clausura del amorde Pascal Rambert que, después de su participación exitosa en el Festival de Avignon en 2011, fue montada en la Ciudad de México hace tres años; o las obras de Wajdi Mouawad, quien es ya conocido en nuestro país gracias a los montajes que ha hecho Hugo Arrevillaga con su dramaturgia. Apenas el año pasado este director adaptó Las lágrimas de Edipo y en Guanajuato se presentó la propuesta del propio Mouawad en un montaje vibrante en términos de sonido y visualidad que resultó conmovedor. También se presentó la obra más reciente del dramaturgo libanés-canadiense, Inflamación del verbo vivir, en la que fusiona el video con el único actor en escena para narrar una épica personal e íntima.

De las tres obras mencionadas —Clausura, Las lágrimas de Edipo e Inflamación del verbo vivir—, el cuestionamiento sobre su inclusión en la programación no es producto de su calidad, pues las tres puestas fueron excelentes, sino por la escasez de sus funciones. La obra de Rambert solo dio una función en el teatro Juárez; las de Mouawad solo se presentaron en un par de ocasiones en Guanajuato, pero ninguna se presentó en otra ciudad, como muchas otras piezas que, en la coyuntura del Cervantino, son invitadas a dar una pequeña gira por el país. Esto quizás se deba a la poca disponibilidad de los artistas, pero es una pena que se paguen los viáticos de estos traslados y no se aproveche la producción para darles más visibilidad.

En cuanto al país invitado, Francia, además de los espectáculos, introdujo un formato denominado “Caravane” proveniente del Centro Nacional de la Danza. El objetivo era presentar en un microuniverso lo que este centro hace en Francia para producir, investigar y difundir esta disciplina. Con esta intención, Caravane conistió en tres días de talleres —uno incluso con la directora del centro, Mathilde Monnier—, un espectáculo de Noé Soulier titulado Movimiento sobre movimiento, proyecciones de videos y el reparto de diversos folletos pedagógicos sobre asuntos concernientes a la danza. Como participante del taller de Monnier, soy testigo de que su generosidad y actitud proporcionaron brío, esperanzas y ciertas herramientas a los asistentes, los cuales fueron en su mayoría estudiantes de la licenciatura en Artes Escénicas de la Universidad de Guanajuato. La organización y pedagogía de la institución eran tan notables, que hubiera sido valioso que algunos funcionarios se acercaran a aprender sobre la formación integral llevada a la praxis de forma tan clara y eficiente.

Folclor y revolución

El programa del FIC incluyó propuestas de folclor que cumplieron con su objetivo dentro de la preservación de las tradiciones y el repertorio. Ejemplo de ello fueron la Orquesta Sinfónica del Estado de México, la del Estado de Guanajuato y los Ballets Folclóricos de Eslovaquia, Samavya-India, los Entremeses Cervantinos y el tradicional de Amalia Hernández. Sobre esta última, en las calles se oía a algunos guanajuatenses quejarse de su repertorio repetitivo, mientras que simultáneamente se formaba una fila enorme para entrar al evento. Como en muchos casos, esa contradicción justifica más su programación que lo artístico de su propuesta.

El tema eje de la edición XLV del FIC fue la Revolución. De ahí que hubiera mesas de discusión, lecturas de manifiestos, múltiples referentes a las revoluciones mexicana, francesa y rusa. Y si bien el montaje Ça ira (1) Fin de Louis literalmente versaba sobre la Revolución francesa en una contemporaneización de cuatro horas y media que tomaba el escenario e incluía actores en toda la butaquería como forma de incluir al espectador dentro de la asamblea, fueron otros dos los montajes que resaltaron por su poder de revolucionar del formato teatral, por hacer uso cabal y extremo de los recursos que tiene la escena para proponer otra cosa.

Uno de ellos fue Mateluna, de Guillermo Calderón, del que ya hablé hace unas semanas; y el otro, más estridente, performático y potente, Still Lifede los codirectores italianos Ricci/Forte. Esta última pieza es un ejemplo claro de teatro postdramático que llegó a los escenarios de Guanajuato, León, Mazatlán y Culiacán; un teatro en el que no hay una anécdota ni una historia, sino una sucesión de estados que se concatenan con fluidez y poesía. Los directores deciden usar elementos tan comunes que podrían parecer cliché: plumas, agua, ventiladores, sangre, vísceras, pero todos son reapropiados e integrados de manera orgánica. Lo que en cualquier otro montaje podría sentirse como agresión, aquí se siente como caricia, como belleza en movimiento. Es una obra que logra lo que pareciera imposible: una reconfiguración in situ del espectador y la comunidad. A partir de un tema como el bullying, la puesta desarrolla diversos cuadros plástico-dramáticos en los que queda evidenciada la enfermedad de la sociedad, el encasillamiento, la falta de libertad. La obra propone y exige desde la acción, no la tolerancia, sino la diversidad, y como provocación ante cualquier opinión homófoba, los actores —hombres— bajan del escenario y comienzan a besar en la boca a un espectador y luego a otro, y a otro. Ante el azoro, los hombres se dejan besar, aceptando con ello otro tipo de contrato social. Solo uno se negó. Las actrices también empiezan a besar a las mujeres en la audiencia. Todo se vuelve una fiesta. Esta pieza terminó con los espectadores subiendo por su propia cuenta a firmar un papel en blanco, puesto sobre un bastidor en el escenario, comprometiéndose de manera simbólica y activa a un cambio, una revolución.

Still life, foto tomada de la Galería del FIC


Escena final de ‘Still life’, foto de la autora

Una recomendación…

A propósito de revoluciones y su injerencia en el campo de las artes —y el significado que tienen en la vida cotidiana—, es importante mencionar por último lo absurdo que resulta la venta de boletos para el espacio de la gradería en el Teatro Juárez. El recinto se construyó durante el porfiriato y fue terminado por el arquitecto Rivas Mercado. La actividad teatral, así como la espectatorial y la social, han sufrido cambios importantes en el siglo XX y lo que va del XXI. La visibilidad desde la gradería es casi nula y su vínculo con las idea de clases sociales, lo antidemocrático y la ciudadanía de tercera, adquiere dimensiones mayúsculas. Si bien el teatro no tendría por qué remodelarse, pues sin duda es un inmueble con valor patrimonial, habría que reconfigurar el uso del área de la gradería, así como el significado que emite el que alguien sea receptor de cualquier propuesta escénica no musical desde ese sitio.

Habrá que ver qué pasa en el FIC del 2018, a cargo completamente de Marcela Diez Martínez Franco, con el reto nada fácil de tener a India como país invitado: una nación de tradiciones y culturas milenarias, pero con escasa producción, educación y difusión artística contemporánea. Será interesante ver cómo se traslada esa sabiduría a los escenarios de Guanajuato y anexas.

Nadia Be’er. Investigadora y crítica de artes escénicas.