Incurable, poema largo o novela en verso, dividida en nueve capítulos, se publicó originalmente en 1987. Sus casi 400 páginas de versos están pobladas de asombros, terrores, revelaciones y reflexiones que socavan la naturaleza del lenguaje. La experiencia de su lectura es un acto abrumador, sin treguas, pues, como escribió Emiliano Álvarez, en el poemario “no hay una sola concesión, un solo momento en donde sintamos permiso de abandonar, siquiera un poco, el compromiso intelectual y sensible que implica —o debiera implicar— la lectura”. No hay tampoco poema contemporáneo en México que trate de manera semejante el desbordamiento de imágenes y la proliferación de la voz poética.

Para celebrar sus treinta años de aparición, la editorial Era reedita ahora por primera vez este libro de suma importancia para la poesía mexicana de finales del siglo XX. Aunque ningún muestrario pueda tan siquiera acercarse a la experiencia de Incurable, ofrecemos algunos extractos del primer capítulo, para darle al lector un mínimo roce de la imponente creación que le llevó quince años concluir a David Huerta, uno de nuestros más admirables poetas vivos.


Capítulo 1. Simulacro

[…]
Adivinar en los almacenes de las palabras dónde se esconde el rayo, el escondrijo del mundo en la bolsa del día,
la página mercurial que no ha sido escrita y cuya blancura está recubierta con la tinta de los deseos desalojada por los nombres,
vagabundeo en busca de esa adivinación en la escuálida y pegajosa luz de este almacén,
abandonado por las noches y espolvoreado por el hisopo lejano de un chispazo de fiebre: Este almacén de palabras
donde te sientes el oscurantista, el tuareg, el animal, el monstruo en la laguna de las denominaciones,
el gato negro sobre las piernas de la reina de las palabras,
el intruso sin credenciales, el prófugo, el anegado, el ladrón de instrumentos ortopédicos,
el que traga nueces con cáscaras, el que bebe el menstruo en una copa pompeyana,
el que se asusta con sus propios reflejos, el que pena en la madrugada de las vacaciones afantasmadas, el que se pone verde
cuando piensa en su madre con las piernas abiertas y no precisamente dándolo a luz,
el que tiene una lengua telescópica, el que se duele por ausencias inventadas y por melancolías falsas,
el que baila una danza de gusanos, el que construye murallas chinas en sus labios agujerados,
el que brilla como una brújula rodeada de nortes,
el que se lanza en la corriente para rescatar una dentadura postiza como si fuera una civilización a la deriva,
el que sabe callarse en medio del estruendo, el que se pone las manos en la entrepierna y aúlla como una hidra delirante,
el que se siente un islote y oye el rumor del mar en la profundidad de los rostros.

El almacén de las palabras es un lugar extraño, húmedo, una galería sigilosa, un hospital dormido.
Cardumen candoroso, con su latinidad a cuestas,
difícil, fosforescente como una omega “en el pizarrón de las etimologías”.
Ojiva o multitud, ramo de piedras, rocas, en el oro del nombre,
siemprevivas palabras, “oscura siembra”, en la cúspide sorda y monumental del mármol sonoro.

El almacén es un espacio trémulo, una tecla genésica
que el mundo amplifica hasta la magnitud mortuoria del réquiem o la súplica.
El almacén de las palabras: el almacén de las palabras.

§

El sábado es una pobre reliquia, un magma de procesiones milimétricas,
una riqueza evadida: camino por un pozo abierto,
mi cuerpo es una mancha en el espejo del sábado, mis manos tocas las llegadas, las despedidas, el golpeteo
de lo que se construye como sábado, una deriva de óvalos o una implantación quirúrgica en el cuerpo de la semana,
algo diverso y contradictorio que no acaba de surgir, una artesanía de agotamiento. Dicen que es la rutina,
el cansancio, la falta de imaginación, el trazo indeleble de la cotidianidad (tema de tesis).
Quién sabe dónde se esconde el verdadero sábado: el sábado árido, funesto, esdrújulo, está aquí:
es el aburrimiento, la falla geológica en la raíz de nuestras cordilleras o costumbres.

§

Enciendo un cigarro mientras me observas, he llegado a las 5 y estoy peinado para la ceremonia de tus observaciones.

Devoración de las cosas por la luz del verano. El verano: un oro destilado y recto,
plegado entre tus ropas, garfio sobre tus mejillas de pan y tus dedos empapados de asombro.
Garfio mis frases contra los cortinajes. La ge y la jota: desprendimientos áridos del yo, brusco sonido
en el sentir del “análisis”. Palabras, roces. Tu sed corpórea inclinada sobre una sangre de páginas.
Pero si observas mis imágenes, el cinematógrafo extenso donde establezco mi intermitencia,
observarás mejor aún. Yo es condición de concordancia, una mera colección de gestos y sonrisas que no son más que dientes,
como decía Kerouac. Hipertrofia del yo para tu observación.
¿Qué bisturí, qué rayo, qué microscopio me preparas? Deambulo, vagabundeo, sentado y con mi cigarro entre los labios,
echando humo por la boca torcida con una melancolía inconsolable
pero eso ¿de qué serviría? Habla. Es lo mismo. Hablo en ti.

El narcisismo en mangas de camisa me toma por los sobacos y me levanta frente a ti
como si fuera un ídolo labrado en la cortesía, un puro jade para la simulación de tus creencias.
Es tu acero, la fuerza de tu contorno lo que me desconcierta, el amordazado simulacro que tú o la tercera persona me habían preparado. Ahora bebo una cerveza, recuerdo la obsesionante palabra Benelux en mis labios, como en otras ocasiones;
busco el arrasamiento de los signos en un cuadro de Francis Bacon y no encuentro, inconsolablemente,
más que una hilera de ficciones debajo de la tela: pintor inglés contemporáneo, Quevedo, Goya.
Estoy seguro que Francis Bacon ha pactado con lo mejor de mis intenciones al poner esto sobre este papel…
Tu risa me desmorona pero no tengo más remedio que ponerme a reír —yo también.
Porque no hay misterio ni Goya ni pintores ingleses. Un verano se difunde bajo todo lo que sucede ahora,
mas no nos toca decidir dónde se encuentra en realidad esa otra luz que creemos haber observado.
Esta luz que entra por la ventana, a mis espaldas, y atraviesa con un fluir pausado los cortinajes,
es ya una forma de olvido que sirve para decidir la verdadera naturaleza de tus observaciones.
Mis imágenes te observan con una fruición desmesurada. Es todo lo que te puedo decir, lo que digo en ti.

§

No llevo en mí marcas intolerables, únicamente una línea transversal que suena como un polvo,
como un lazo claro. Intolerable es lo que se detiene, lo que enmascara las piedras del esfuerzo,
lo que desvía el hambre con una pasajera satisfacción. La sobrevida está en el esfuerzo,
en la transversal que traduce el esfuerzo en una energía que habita el corazón de hierro de los minutos.
Pero a su vez la sobrevida nos agrega a una lucha contra las otras larvas y madrugadas y roces, cuerpos
que nos rebasan, y cuyo rastro brillante y húmedo advertimos en el sistema del día.
Los otros marcan la sobrevida cuya fuente es la fuerza;
la marcan con un padecimiento que nos ata, que nos congrega para qué.
La sobrevida, la fuerza o el esfuerzo están marcados por un lazo siempre diferente,
mojado en la exterioridad de los padecimientos, urdido en los temblores vivos. Cada margen que nos rebasa
derrama “nuestro texto” en el telar de los poderes humanos.
Las apariencias consisten en que no tenemos más que “márgenes”.
Esta sustancia es variada y está en el fondo lacustre de la superficie novelesca. La “actividad sustantiva” de los otros —hemos dicho—
es una derivación o una deriva siempre en los márgenes, un rodeo mercurial que enlaza el lenguaje a los padecimientos exteriores.
El padecimiento tiene una sustancia relativa: crece como una transparencia, como una enredadera, entre chispazos,
y luego cede a otra ficción del yo, se enmascara en el esfuerzo y en el trabajo, se convierte en el suceso que entendemos.
Pero entender es una parte, un engranaje de las apariencias: el verdadero “entender” consiste en un uso de la fuerza,
en un dar en el blanco con el pedernal de nuestro cuerpo,
en una blancura donde divergen los haces del esfuerzo en un follaje que, así, multiplica geométricamente
los poderíos instantáneos que construimos. […]

§

Un lenguaje simula oírse, desliza tintas en el oído
y cierra en los rostros una expresión convenida: pero luego resbala rumbo a sus dédalos, informe
y ciego, sordo. Lenguaje como disfraz y cerco, blancura desgarrada del aire desalojado por las palabras dichas,
atmósfera que se quiebra imperceptiblemente y separa en su seno
el destino y el usufructo de dos respiraciones.
Conversar es así un modo de excluirse, una demanda piadosa del que oye y un soterrado desprendimiento
del que habla, escena que recorre el vacío del follaje “personal”,
y luego retorna a su melancolía cuando el aire sella de nuevo sus esclusas.
En el nivel de la sangre se cocinan palabras turbias, gritos incomprensibles y bellísimos, cargados
con una mercadería perversa, guardada en un almacén oscuro y expuesta en el taller del minuto con un desdén o una furia
para el consumo del tiempo convenido. Conversar es dilatar una ausencia y dilatarse,
como en el monólogo del exiliado, en una postergación y una usura.
El que habla vende una pobreza y trueca en el sistema de sus proferimientos
una percepción por un disimulo. Así, el que escribe rescata esa pobreza para el cielo de la página,
la decora, la finge para un reino diverso, para un baile al que el lenguaje no está invitado.
Pero ante la blancura de lo dicho y lo conversado, la negrura de escribir maneja de otro modo
el usufructo, la censura, las fracturadas costumbres del prestamista locuaz que llevamos adentro, en un subsuelo piadoso y desesperado.
[…]

 

Fuente: David Huerta, Incurable, México, Ediciones Era, col. Alacena, 2018, 390 p. Ya disponible en librerías del país.

 

David Huerta
Poeta, ensayista y traductor. Su poesía reunida está publicada en La mancha en el espejo (FCE, 2013).