En una primera entrega, Luis Bugarini recorrió los libros fundamentales que capturaron, desde diversas narrativas y géneros, el 68 en el continente americano. En esta entrega toca voltear a ver a Francia, el epicentro de esa época, y a Italia, que junto al país galo representan dos de las naciones que más tinta han dedicado para interpretar esas páginas de la historia.

Francia

Francia fue el epicentro de la acción cultural del año 1968. Ríos de bibliografía inundan las bibliotecas y librerías sobre lo ocurrido en aquel país. Sus pensadores gozaron de fama universal y sus libros se tradujeron con velocidad y entusiasmo. Entre lo más reciente de esa bibliografía, destaca 1968 in Europe. A History of Protest and Activism, 1956–1977 (2008), de Martin Klimke y Joachim Scharloth, en el que elaboraron una panorámica de amplio espectro para anotar lo sucedido a raíz de aquel ejercicio de ciudadanización. Es un recorrido de amplia documentación, en el que destaca su conclusión por determinante:

Los hechos de 1968 pueden ser considerados como no solo una coyuntura crítica en la historia de la Guerra Fría y el siglo XX, sino que también ocupan un sitio preeminente en los anales de proyectos revolucionarios transnacionales. En ambos casos, sus mensajes y reverberaciones siguen hoy con nosotros.

Hay entusiasmo en estas palabras, al igual que verdad y síntesis. A su modo, los hechos de 1968 dan sentido al internacionalismo marxista al hermanar a todos los pobres del mundo, organizados para lograr un objetivo compartido. El brote de la globalización traía consigo al enemigo en los pliegues de la ropa.

Ilustración: Patricio Betteo

Es incontestable que los ecos de las consignas callejeras escuchadas en París y en otras ciudades francesas se mantienen intactas en el tiempo. Las pintas de aquellos muros, durante los días álgidos de las huelgas y agitaciones, explican con humor y entusiasmo lo que fue ese terremoto de las ideas. En las páginas de The Walls Have the Floor (2007), Julien Besançon recogió parte de los grafitis que se escribieron en 1968 en Francia. Muchos de ellos dieron la vuelta al mundo y se reprodujeron sin mención de autoría, origen o nacionalidad. No es difícil mostrarse agradecido con este ejercicio. La pinta callejera, con sus limitantes y facilidad para registrar el sentir popular, se erigió como la pauta ideológica a seguir. Era el primer contacto de los jóvenes despolitizados con lo que sucedía en las calles del país. Recupero unas cuantas:

1. Ser libre en 1968 es participar.
2. Tengo algo qué decir pero no sé qué.
3. Un hombre no es estúpido o inteligente: es libre o no lo es.
4. Todo poder explota. El poder absoluto explota absolutamente.
5. Vine, vi, creí.
6. ¡Ármense, camaradas!
7. La revolución es increíble porque es real.
8. Ni robot ni esclavo.
9. No te comprometas con una sociedad en decadencia.
10. Lo sagrado es el enemigo.

Lo que se escribía era la síntesis de una juventud que soñaba con un mundo mejor, así fuese a través de las ideas del filósofo alemán, llevadas a la práctica en Rusia en 1917. Una nación que en 1956 iniciaría un proceso de “desestalinización” a iniciativa del propio Nikita Jruschov. Los resultados de su mala implementación costarían la vida a millones de personas. Antes hice referencia a los grafitis porque igualmente la cultura sufrió una metamorfosis y de las aulas y el atelier del artista, saltó a las calles para que millones de jóvenes hicieran sus planteamientos políticos con una base sólida de cara a la sociedad. El pensamiento político del ámbito occidental se contrastó con la realidad, oscilante entre dos promesas salvíficas de crecimiento humano: socialismo y comunismo.

El situacionismo, por ejemplo, que, si bien ya traía camino, hasta 1968 se abrió paso en sus filas a través del détournement, con el que propuso la modificación de nuestro entendimiento de la realidad y el hecho político en un entorno capitalista. La ciudadanización de la sociedad, como parte del perfeccionamiento del modelo democrático, es una victoria del movimiento juvenil, como lo es asimismo sentar al modelo capitalista en el banquillo de los acusados para dotarlo de rostro humano. Si no todos podrían ser Ernesto Guevara y “crear uno, dos, tres Vietnam”, o lanzarse a la épica del tour revolucionario La Habana-El Congo-Bolivia, al menos podría intentarse la revolución como un acto individual en medio de la barbarie.

Raoul Veneigem se pronunció en ese sentido con La revolución de todos los días (1967) en el cual, como lo dijo Antonio Gramsci años atrás, la revolución cultural precede a un cambio político. La modificación radical de las estructuras presupone al “hombre nuevo” que habrá de operarlas. De otro modo, sucedería lo mismo del caso soviético: la intelligentsia tomaría el control de los medios de producción y preservaría para sí y para su descendencia los beneficios de los nuevos modos de explotación de los bienes colectivos.

Lo anterior pone de manifiesto que el debate estaba en su punto más alto. Además estaba aparejado de la posibilidad real de tomar el poder y acceder a cargos de dirección. El hecho cultural, más atento que nunca del hecho político, registraba aquellos intentos de cambiar a la sociedad que también tuvieron sus intentonas fallidas. Uno de ellos: el terrorismo. La Fracción del Ejército Rojo y las Brigadas Rojas, integradas por marxistas enfebrecidos, fundadas a principios de la década de los setenta, teñirían de sangre la esperanza juvenil y serían la parte menos agraciada de la lucha política. La década de 1970 recibiría a Francia con crisis económica y política. La escuela de Frankfurt y el psicoanálisis sentarían las bases del nuevo diálogo entre las ideas y la realidad, el cual no se modificó sino hasta que dos aviones se impactaron con las Torres Gemelas de Nueva York en 2001. Herbert Marcuse, uno de los ideólogos de más fuste para remodelar la forma clásica del marxismo, ganó una audiencia sensible y militante, pero los afanes revolucionarios amainaron antes del fin de la primera mitad de la década de los setenta. Más que nunca parece claro que el capitalismo se impondría por su énfasis en la libertad individual.

La muerte de Ernesto Guevara (1967) no ayudó al entusiasmo de Jean Paul Sartre, que terminó convencido de la injusticia de la sociedad occidental, aunque nada más allá de eso. A la manera de una ola gigantesca, los movimientos de 1968 llegaron a la playa de una sociedad que se mantenía cómoda bajo el sol, y si bien dejó revueltas y desequilibrios temporales, con el tiempo todo se balanceó de nueva cuenta. La caída del muro de Berlín, que pareció dar la victoria definitiva al capitalismo regulado, trajo consigo hambre, desempleo y falta de oportunidades, en países que no pueden hacerse cargo de sus poblaciones y las envían a exilios forzados a las naciones desarrolladas. Con esa caída, al parecer, se extinguieron las ideas de revolución y de progreso, ambas indispensables para el pensamiento de izquierda.

A escasos cincuenta años de aquellos movimientos, alimentados por el entusiasmo juvenil y un segmento minoritario de la clase trabajadora, brotan preguntas que nunca tienen respuestas fáciles. Subrayo una: ¿hacia dónde seguir? El camino al frente está más emborronado que nunca. La función social de la literatura, bajo las premuras que impone la realidad, se agazapa tras experimentalismos y exquisiteces que impiden trazar una salida al desastre de la actualidad. Occidente se quedó sin ideologías para darse un rumbo a seguir. Quien sostiene que el marxismo aún tiene savia para motivar un programa político creíble y viable, solo confirma que no se tiene nada en las manos, más allá de las promesas de un pensador del siglo XIX, y de sobrado entusiasmo. En dos siglos no se ha hecho nada más que desmenuzar aquel pensamiento y cruzarlo con otros brotes de ideas que han generado sarampiones temporales de ideas sin aplicativo en la realidad. Esa izquierda, por lo común triunfalista y embravecida, que este año conmemora los beneficios obtenidos en aquellas peleas, también tiene la misión de edificar un observatorio para los años que vienen y actuar en consecuencia. A nadie conviene quedarse cruzado de brazos.

Italia

El caso italiano se diferencia de los anteriores por varios aspectos centrales. Enuncio los más sobresalientes: Italia fue aliada del bando que perdió en la Segunda Guerra Mundial, con lo que fue afectada en directo por los hechos de la posguerra; es el asiento de los Estados Pontificios, lo cual determina en parte la agenda política internacional, sea de manera favorable o desfavorable; por aquellos años gobernaba una coalición de izquierda integrada por la Democrazia Cristiana y el Partito Comunista Italiano, un aspecto esencial para entender el alcance del movimiento estudiantil y la recepción que tuvo desde el poder público y, finalmente, el denominado “milagro económico” de la década de 1960, impactó de manera directa en la percepción de la falta de equidad en los jóvenes italianos y trabajadores, que migraron de sur a norte para emplearse en las fábricas de Fiat, Olivetti y otras empresas dedicadas al diseño y los automotores del lujo (Ferrari, Ducati, Lamborghini, Maserati, Alfa Romeo, etc.) El cine, por su parte, atraía capital para inversión del extranjero y los escritores que padecieron los efectos adversos de la posguerra, abandonaron las temáticas siniestras y lúgubres de miseria, hambre y desempleo, para darle lustre al legado de la vieja Roma. Es en este contexto en el que miles de jóvenes salen a las calles a encararse con el poder público para decir: aquí estamos.

Las novelas sociales de Vasco Pratolini e Ignazio Silone abrieron paso a la mejor producción de Cesare Pavese y a un joven Italo Calvino, que si bien tiene un segmento de producción literaria realista, próximo a la denuncia —ver La especulación inmobiliaria (1963)— terminó centrando su vocación en la imaginación de mundos paralelos.

El “caso italiano” respecto a los hechos de 1968 se ha vuelto paradigmático para evaluar su impacto en la sociedad moderna. Jan Kurz y Marica Tolomelli incluso hacen referencia a una rivolutione antropologica y a que en ningún otro país “puede distinguirse un antes y un después en el tiempo histórico”.1 A su modo de entender, aquel periodo de la historia italiana generó un “nuevo movimiento social”: la oposición extraparlamentaria. Italia, que andaba menos veloz en crecimiento europeo que los demás países de Europa continental, lo mismo por los estrados del Mezzogiorno que por la migración excesiva que recibe debido a su localización mediterránea, se sincronizó con el espíritu de la época.

Los hechos sucedieron casi idénticos a como sucedieron en otras partes del mundo: estudiantes en las calles, toma de las escuelas y cierre de instalaciones, enfrentamientos con la policía, violencia contra un sector indefenso. La facultad de arquitectura fue el escenario de aquella lucha, que resultó en la ocupación de las instalaciones universitarias por el ejército y muchos estudiantes lesionados. La diferencia principal con otros países es que no hubo muertos producto de esos enfrentamientos. Las fuerzas del orden mantuvieron la calma y no hubo instrucciones de lesionar a los asistentes, con lo que éstos pusieron en evidencia su capacidad para organizarse y su falta de miedo a los palos, una frontera que pocas veces se había cruzado. Hubo saldo blanco en esos ataques, pese a que hubo quienes intentaron generar historias de abuso de la fuerza pública para su beneficio. El enfrentamiento neurálgico, si bien hubo escarceos alrededor de las principales universidades del país, sucedió en Roma en marzo de 1968 —meses antes en el reloj mundial—, ya que los hechos iniciaron desde febrero de ese año.

En contraste con lo anterior, que ha sido calificado con actitud triunfalista por los historiadores italianos, los estudiantes italianos no lograron conectarse con las demandas de la sociedad ni con la base trabajadora que, o bien aún tenía esperanzas en el experimento soviético, pese a la intervención de la URSS en Hungría en 1956; o preferían darle una oportunidad al socialismo institucional que ofrecían la Democrazia Cristiana y el Partito Comunista Italiano, pese a su notable burocratismo, su rigidez en la interpretación del marxismo y la promesa de que no cambiaría nada salvo los administradores del camino a la salvación. En la parte literaria, Italia daría títulos al mercado europeo que se han vuelto imprescindibles tanto para la alta cultura como para la popular. Elsa Morante publicó La historia en 1974 y Primo Levi El sistema periódico en 1975. Eugenio Montale recibió el premio Nobel de literatura ese mismo año. La plástica y el diseño italiano, por su parte, siguieron su andadura para consolidarse como uno de los más poderosos de Occidente.

La conmoción multitudinaria que llevó a las calles a miles de jóvenes dejó lecciones para todos. El poder volvió a los palacios a replantearse cómo debería ser su relación con la sociedad civil a la que, en principio, sirve y debe regir administrativamente en su beneficio. Poco tiempo después, el glamour de La dolce vita (1960) de Fellini se extinguiría con los bombazos del terrorismo. Milán sería la primera plaza elegida para un baño de sangre. A esta fecha, Italia se mantiene con dificultades como la tercera economía de la zona euro, pero los efectos del terrorismo en la década de los setenta fueron devastadores para la industria. Ahí donde se colocan bombas en los aviones, la industria de la aviación se paraliza porque nadie querrá subirse a uno de ellos. Y ese mismo efecto en cascada en diferentes rubros de la producción. Acudir a una plaza o a un centro comercial se volvió un salto de riesgo. En la parte menos feliz del movimiento de 1968, destacan los brotes intermitentes de terrorismo. Una sociedad que lo padece tiene un flagelo que debe ser neutralizado. Los jóvenes que perdieron la paciencia y creyeron con fervor absoluto en la promesa marxista, dedicaron sus energías a secuestrar aviones, embajadores y atletas. El odio semita se juntó con un arabismo mal entendido, lo que detonó acciones violentas de rechazo en los países occidentales. El caso del Aldo Moro es un ejemplo de estos ajustes de cuentas, a esta fecha sin una sola respuesta, lo mismo que el de Enrico Mattei. Ambos decesos aún esperan un esclarecimiento convincente para dar un carpetazo lejos de toda duda.

Hay muchas maneras de contar lo sucedido en 1968. Sucedió demasiado y se requieren todas las manos posibles para una empresa semejante. La sociedad es un relato gigantesco al cual la literatura hace una aportación, desde las palabras y la imaginación de cientos de autores. En otra barandilla, más exigente y plural, se encuentra la Historia, que espera datos fieles para interpretar lo sucedido. Desclasificar archivos secretos y dar paso libre a los investigadores, es un modo de acceder a la modernidad, de concretar la ciudadanización a la que se ha hecho referencia en este texto. Las sociedades también se alimentan de verdad y siempre hay zonas con claroscuros.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.


1 1968 in Europe. A History of Protest and Activism, 1956–1977. Eds. Martin Klimke y Joachim Scharloth, 2008.