El año clave de 1968 produjo, entre muchas otras cosas, un alud de libros, de narrativas que intentaron contar, y lo siguen haciendo, los hechos que, en diferentes latitudes, cambiaron para siempre la relación de la sociedad con el poder.
A cincuenta años del 68 mexicano, ofrecemos un recorrido en dos partes por las geografías y los títulos más representativos sobre los movimientos sociales. Empezamos en el continente americano, donde México y su macabro 2 de octubre, y Estados Unidos y su infame guerra, detonaron escrituras portentosas.

No me fío de las crónicas transmitidas de oído, de los relatos redactados demasiado tarde y sin posibilidad de pruebas. La historia de ayer es una novela llena de hechos que nadie puede controlar, de juicios a los que nadie puede replicar.
—Oriana Fallaci, Entrevista con la historia (1974)

 

La Historia es actuada por hombres, quienes además la escriben, delimitan y, en un acto posterior, incluso hasta la interpretan. Leen en ella, en lo que intuyen sus hitos, inflexiones y tiesuras, las constelaciones de signos que les permiten explicar una forma posible del pasado, el sentido del presente y la posible dirección de los futuros. A nadie queda duda de que los hechos de 1968 son una bisagra en el camino hacia la necesaria modernización a la participación ciudadana. La literatura, escrita sin descanso por cientos de escritores, cumplió con su tarea al registrar en parte los hechos a través de diversas modalidades de estilización lingüística. Era perceptible que sucedía en tiempo presente una conmoción del espíritu a todos los niveles, entre otros, en el mundo de las artes, espejo de la condición humana.

El legado cultural de los movimientos estudiantiles de 1968 es amplio y, a su modo y desde las fuentes más diversas, alimentó a las décadas que le siguieron. Asumo la convicción de que sus efectos aún son perceptibles en la sociedad contemporánea. A partir de entonces, la rebeldía se volvió un reto y no únicamente por otra manía producto del ocio para enfrentar a la autoridad, ya que fue posible plantear “otro camino” de actuar en el mundo, en defensa de valores fundamentales, como la libertad de pensamiento y organización política. El autoritarismo, que logró preservar el ejercicio del poder para unos pocos a lo largo de la historia, se vio de pronto diezmado hasta la transparencia. Ya no fue tan fácil, pese a que algunos políticos lo hicieron, como en el caso de México, abrir fuego a diestra y siniestra para dispersar a una multitud con demandas legítimas. El poder ha retrocedido de manera paulatina para dar espacio a quienes con su trabajo diario y acción continuada, salen a las calles a dar sentido al concepto de aquella soberanía radicada “esencial y originariamente en el pueblo”.

No queda sino reconocer que este proceso hacia la participación ciudadana es producto de una izquierda que nunca bajó el brazo, pese al desaliento y los golpes para lograr un silencio indestructible. Fuera a través de la academia, de los medios de comunicación o de cualquier otra forma de intervención en la vida pública, abrió caminos hacia la libertad de expresión como nunca antes había sucedido. Este biombo de narrativas para contar aquellos hechos, en la conmemoración de los 50 años del movimiento estudiantil de 1968, es un paseo organizado de lo particular a lo general por aquel legado que aún entrega sus victorias en la plaza, pese a que ya no se perciba como una victoria para la población joven que nació en condiciones de libertad casi irrestricta. Se comenta de modo irónico que ya es posible burlarse del Presidente, del Ejército y de la Virgen María. Lo más importante en México: ya es posible reemplazar a los administradores sin importar su filiación partidaria. La era del Partido único llegó a su fin. El país y el mundo no son los mismos después de aquel año de agitación y efervescencia política y cultural. Los beneficios del año 1968 están más presentes que nunca.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

México

Con dificultad podrá hallarse, en la historia de la humanidad, algún movimiento social que no dejase tras de sí alguna narrativa para explicarse a sí mismo. En un primer momento en tiempo presente y, acto seguido, de las consecuencias en una doble vía: en tanto que hecho histórico y expresión cultural. Ese registro es fundamental no solo para calibrar la importancia que un movimiento social tuvo en su momento, sino también para sugerir conexiones con otros hechos, sincrónicos y asincrónicos, e incluso para intuir que nada sucede sin motivo. La hipótesis de porqué los alemanes que votaron por Adolf Hitler, aún inexplicable para muchos, se explica fácil con que fue una consecuencia de la situación de Alemania después de la Primera Guerra Mundial y, de manera paralela, al brote de los fascismos europeos, entre otros, en Italia con Mussolini, en España con la Falange y el ideario “joseantoniano”, en Rumania con la Legión de San Miguel Arcángel de Corneliu Codreanu, en Bélgica con el “rexismo”, etcétera. Era el clima de una época.

Los hechos sucedidos en mayo del 68 en Francia, polinizados a la mayoría de los países occidentales, son producto de un despertar colectivo en el que la condición de “ciudadano” se volvió fundamental para intervenir en la planeación y ejecución de los asuntos públicos. El modelo democrático, que aún se perfecciona incluso en los países con mayor tradición de implementarlo para el reemplazo ordenado de los administradores, otorgó carta de participación a una ciudadanía crítica, salida de las universidades, que se entregó con entusiasmo a modelar formas de participación para limitar los abusos de la clase política. Esta intervención, debe decirse, no siempre ha dado los mejores resultados. La llave de la participación, abierta sin control, genera un flujo que debe modularse so pena de que la materialización de objetivos se diluya hasta que no haya manera de hacer efectiva la ejecución de una política pública. Esto es: el modelo democrático llevado al extremo conduce a escenarios de ingobernabilidad. La euforia electoral es solo un tramo de la vida democrática, a la que sigue el periodo efectivo en que deben implementarse acciones para el mejoramiento de la población.

La narrativa que generó el 68 mexicano es profusa. Se cuentan más de cincuenta títulos entre obra literaria y testimonial, monografías, crónicas y memorias de participantes en los hechos. Es previsible, además, que el cumplimiento de los cincuenta años de los hechos de Tlatelolco genere otro aluvión de bibliografía. Los hechos de violencia conmocionan a las sociedades y en el caudal mexicano, al lado de testimonios de primera mano —Luis González de Alba con Los días y los años (1971)—, suceden aquellos que se vuelven necesarios producto del periodismo —Elena Poniatowska con La noche de Tlatelolco (1971)—. En ocasiones, como sucedió en México, las visiones son encontradas e irreconciliables, otras son materia de desecho y, algunas de las más logradas, se generan desde la ficción para dar cuenta de tramos de historia que nadie registró. Cincuenta años parece un periodo de tiempo lo suficientemente espaciado como para reconstruir lo sucedido. Y más: para concluir que es un parteaguas en la historia nacional. El poder aún siente recelo del torrente salvaje y actúa en consecuencia.

El escenario electoral de 2018, por su parte, en nada se parece a aquel de 1968. Aquel México es una memoria que avivó debates que hoy carecen de vigencia porque son verdades consumadas. Las comunicaciones ultrarrápidas y la capacidad de registrar en video cualquier hecho, por cientos de espontáneos (y además transmitirlo en tiempo real en las redes sociales) modifica en su totalidad la interacción entre la masa que sale a la calle para hacer demandas al poder público, y las posibles respuestas de éste. Esto impacta el hecho literario. La posibilidad de relatar un hecho, más aún en el actual fermento favorable para la crónica, se amplifica hasta límites insospechados. Las narrativas del 68 en México, en su mayor parte, están formadas por testimonios que se fueron compartiendo entre los participantes. Es una gigantesca bola de nieve en la cual resulta difícil probar las afirmaciones de los protagonistas o de quienes tuvieron conocimiento de los hechos, fuera directo o indirecto.

El registro literario de los hechos oscila entre el registro más epidérmico a la estilización más onírica. La distancia entre La Plaza (1971) de Luis Spota, con su defensa de la acción gubernamental, se aleja del registro esteticista de Juan García Ponce en La invitación (1972) o de Palinuro de México (1977) de Fernando del Paso. Son modalidades polarizadas que se tocan en el uso de la palabra como registro de hechos, y nada más. En la parte ideológica, cada una de las entregas debe leerse desde la perspectiva de que la teoría marxista flotaba en el ambiente. El llamado a la praxis de Karl Marx se vivió como una fe colectiva y no pocos se lanzaron a la guerrilla o al terrorismo para intentar la toma del poder político. México se sincronizó con el tiempo del mundo, si bien los movimientos semirevolucionarios que se organizaron fueron de base campesina y con escaso apoyo popular, sin acceso a armas de alto poder y sin formación ideológica y militar. Y es que, a diferencia de otras tradiciones literarias, en México el llamado “Movimiento del 68” generó un segmento de narrativas para dar consistencia a una convulsión social de base estudiantil y urbana, que cimbró no solo a la sociedad civil sino también a la clase política. Además de los títulos citados, los siguientes son una lectura recomendada para leer las líneas generales del movimiento de 1968 en México:

1. Con Él, conmigo, con nosotros tres (1971) de María Luisa Mendoza.
2. Si muero lejos de ti (1979) de Jorge Aguilar Mora.
3. Pánico o peligro (1983) de María Luisa Puga.
4. La imaginación y el poder (1998) de Jorge Volpi.
5. La libertad nunca se olvida. Memoria del 68 (2004) de Gilberto Guevara Niebla.

La existencia de un gobierno represor integrado por dirigentes preparados para cualquier acto, fuera legal o ilegal, con tal de limitar los esfuerzos por democratizar a la sociedad o de evitar que la epidemia roja llegase al país —temor que no era infundado debido a la Revolución cubana—, generó conciencia entre quienes sentían comodidad por los métodos del Partido hegemónico. Lo que subrayan las narrativas del Movimiento del 68, de manera global, es cómo se fracturó la confianza ciudadana en la clase política y cómo los hechos de violencia se filtraron a la sociedad en su conjunto. La búsqueda de la utopía salió de las páginas de los libros para instalarse en la calle. Fredric Jameson, en Arqueologías del futuro (2009), lo explica de la siguiente manera: “La dinámica fundamental de cualquier política utópica (o de cualquier utopismo político) radicará siempre, por lo tanto, en la dialéctica entre la identidad y la diferencia, en la medida en la que dicha política tenga por objetivo imaginar, y a veces incluso hacer realidad, un sistema radicalmente distinto a éste”. Esa fue la intención de aquellos jóvenes. Soñar con la utopía y lanzarse en su búsqueda.

 Estados Unidos

En un balance entusiasta aunque no sin alguna razón, George Katsiaficas refiere en The Global Imagination of 1968. Revolution and Counterrevolution (2018) que el movimiento de 68 fue “histórico” porque causó que de 1968 a 1970 cuarenta naciones se “democratizaran” entre 1974 y 1991. Es una opinión liberal cargada de buenas intenciones, ya que no ofrece parámetros de lo que considera esa “democratización”, lo que hace pensar en la antigua “cristianización” hispánica, que consistía en llegar a una tierra y poner una cruz en el suelo. Luego de cincuenta años, sin embargo, es posible hacer un recuento de los procesos de ciudadanización en el mundo —término que prefiero a “democratización”—, a la cual las convulsiones del año 68 ayudaron de manera sensible. En Estados Unidos, luego del Macartismo (1950-1956), la clase intelectual de ese país se acercó sin reservas a los marxismos (no hay otro modo de calificarlos) para generar lo que sería conocido como la New Left versión norteamericana (1960-1970), de la que saldrían defensas beligerantes en diferentes ámbitos: los derechos civiles, el feminismo, la liberalización de la mariguana, los estudios de género, la lucha por ejercer sexualidades más responsables, además de otras reivindicaciones que hoy se asumen de manera natural como parte de la agenda de la izquierda en ese país y en el resto del mundo. Se quiera o no, lo que sucede en Estados Unidos repercute en todos los países occidentales.

Para la segunda mitad del siglo XX, el alto grado de industrialización de ese país hace que cuente con una numerosa clase obrera calificada, bien remunerada y con asistencia social, lo que genera que la población originaria apenas sienta descontento con la gestión pública. Los problemas sociales, diferentes por país y región, admiten gradientes y para el inicio de la década de 1950 los índices de acceso a oportunidades de desarrollo por parte de los norteamericanos originarios no eran escasas. El enemigo público número uno, el comunismo, se hallaba lejos y no parecía que hubiese una amenaza a la democracia del continente. Aún faltaban nueve años para que se concretara la Revolución cubana. Pese a lo anterior, los desastrosos efectos de la guerra de Vietnam avivaron la discusión sobre la responsabilidad política del gobierno y de la sociedad en su conjunto. Aquella intervención errónea, que generó aluviones de narrativa con la forma de protesta, aún se mantiene como una de las más equivocadas de la historia moderna de los Estados Unidos. Las voces disidentes, que incluyeron a los intelectuales más destacados de la época, dedicaron sus energías a relevar las fallas en las decisiones de una clase política que se quedó sola frente a las críticas, que llegaban no solo del interior del país sino también del exterior. Iniciaba la fase de la vida norteamericana en la que todo acto tendría un escrutinio a nivel microscópico.

El año de 1968 es una inflexión para el pensamiento de izquierda no solo en los Estados Unidos sino en todo el mundo. La revisión plural del pensamiento marxista, que habría de unirse con el psicoanálisis, por ejemplo, y con otras corrientes analíticas para abrir nuevos caminos a su aplicación en la sociedad, se dispararía hasta generar frondosidades conceptuales de proporciones insospechadas. Llegado cierto punto todos eran marxistas, pero el concepto perdió fidelidad y finura en el trazo. “Reinterpretar el marxismo” se volvió un ejercicio cotidiano en las universidades norteamericanas que, por lo demás, contaban en sus plantillas con pensadores europeos exiliados en esas tierras después de la Segunda Guerra Mundial. El comunismo a la “china” con su énfasis agrícola, el “cubano” con el apoyo soviético, terminaron en parte con el entusiasmo y las aplicaciones marginales —Corea del Norte y otros países de bajo impacto— apenas generaron interés como fuentes inspiradoras para conseguir una flexibilización necesaria que permitiese aplicar el ideario marxista a la realidad del primer mundo. Contrario a lo que profetizaron Marx y Engels, las revoluciones comunistas no sucedieron en los países más desarrollados, consecuencia de los excesos del capitalismo, sino que fueron la iniciativa de una pequeña vanguardia muy activa y militante, con la iniciativa suficiente para tomar las armas e intentar asonadas guerrilleras, quienes impusieron regímenes que terminarían en fracasos monumentales para sus respectivas poblaciones.

El efecto benéfico en la sociedad norteamericana, producto de quienes salieron a las calles en 1968, es directo. La fiscalización de las actuaciones públicas se ha vuelto una normalidad, cincuenta años después, y los jóvenes ejercen su libertad de expresión como jamás lo habían hecho, lo mismo en las calles que en las redes sociales. Salvo casos aislados, el autoritarismo se encuentra casi fuera del discurso público, limitado a una permanente observación de la sociedad civil. Los hechos de 1968 dinamitaron una forma monolítica de intervenir en la realidad, para dispersarla en múltiples direcciones, con el apoyo de millones de ciudadanos. El proceso de construcción democrática en los Estados Unidos se aceleró en las últimas tres décadas del siglo XX. Con lo anterior, la literatura extendió las alas. Los beats, desde su reducida audiencia inicial, lograron llevar el discurso de la protesta a una arena estética, con gran estilización y con la fuerza suficiente para motivar más y nuevos actos de la imaginación política. Aullido (1955) de Allen Ginsberg, En el camino (1957) de Jack Kerouac y El almuerzo desnudo (1959) de William Burroughs respectivamente, agitaron la plaza con cientos de consignas vertidas en sus libros que habrían de provocar inquietud en jóvenes con o sin formación política. Las obras de Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William Burroughs, y de otros artistas de todas las disciplinas, son paradigmáticas cincuenta años más tarde, para ilustrar el Geist de la nueva América, empática con la clase trabajadora originaria y atenta de las mutaciones del espíritu.

El efecto directo de la fusión de literatura y política fue lanzar a los jóvenes a las calles, con lo que el poder público debió aprender a interactuar con la masa que grita y se manifiesta, antes que solo reprimirla con salvajismo y brutalidad. En lo que atañe a las ideas, la imaginación abrió nuevos moldes para la agitación cultural, a lo que ayudó la proliferación de drogas alucinógenas y teóricos de la conciencia que hablaron de ellas como capaces de acortar la distancia entre la experiencia humana y el contacto trascendente. Los hechos de violencia sucedidos la Convención Nacional del Partido Demócrata, celebrada en Chicago en agosto de 1968, con el propósito de elegir el candidato para las elecciones presidenciales de 1968, no podría repetirse. Fue necesario construir un diálogo con la nueva masa de jóvenes que salieron a las calles para darle vida al flower power.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.