Llega el centenario de nuestro hombre de letras más histriónico, ingenioso y audaz. A diez décadas de su nacimiento, hoy 21 de septiembre, estos diez pasos en el tiempo dan cuenta de sus encuentros y creaciones, y nos guían con equiparable ingenio y humor por la vida y obra del artista de Confabulario. En las líneas que siguen vamos, hay que decirlo, de la mano de una de las más dedicadas conocedoras del “género Arreola”.

1918.   Con el equinoccio de otoño, nace el cuarto de catorce hijos de los Arreola Zúñiga. Se llamará Juanito y se dará a conocer muy pronto como Juanito, el recitador. Era el mes de otoño, autumnus, auctus, annnus, augeo, auge, futuro auge de la literatura mexicana. En enero de ese año también en Jalisco había nacido José Luis Martínez; en marzo y en Guanajuato, Emma Godoy; en mayo, Pita Amor y fue en la Ciudad de México; en julio y Nayarit, Alí Chumacero. Juanito —Juan José Arreola, el quinto de los cinco de los del 18— nació en la madrugada del sábado 21 de septiembre. Eso fue hace cien años y fue en Jalisco. En su popular Confabulario de 1966, dijo Arreola: “Yo, señores, soy de Zapotlán el Grande. Un pueblo que de tan grande nos lo hicieron Ciudad Guzmán hace cien años”. Y ahora otra vez son cien años. “Procedo —hemos leído— en línea recta de dos antiquísimos linajes: soy herrero por parte de madre y carpintero a título paterno. De allí mi pasión artesanal por el lenguaje”. Primero, Juan José Arreola se define por el oficio para enseguida asentar: “Nací el año de 1918, en el estrago de la gripa española, día de San Mateo Evangelista y Santa Efigenia Virgen, entre pollos, puercos, chivos, guajolotes, vacas, burros y caballos”. En un par de líneas —entre el evangelista (ex recaudador de impuestos de Cafarnaúm) y la virgen morena, nacidos ambos un 21 de septiembre también, y los animales de corral (“seguido precisamente por un borrego negro que se salió del corral”)—, Arreola resume su contexto histórico, católico también: él mismo, otro “regalo de Dios”.

1928. Dice Juan José Arreola [sobre el 17 de julio de 1928 y lo leemos en El último juglar: “[Y]o desperté a la vida política con el asesinato de Álvaro Obregón. No se me olvidará nunca el día en que mi papá llegó con la noticia a la casa: ‘¡Asesinaron a Obregón!’ Fue entonces que me enteré que existía un presidente de la República, que existían gobernadores y que existían presidentes municipales. La conmoción en la casa fue muy grande porque el nombre de Obregón era muy familiar entre nosotros […]. La seguimos [vida de Obregón] paso a paso en los periódicos, como si fuera la vida de un familiar. Aunque de todos modos, todo el pueblo de México vivía entonces muy de cerca y en carne propia la Revolución”. Juanito estaba a punto de cumplir diez años. De golpe y porrazo supo de un país que iba más allá de la casa familiar. Dijo también Arreola (bromeando, comenta Vicente Preciado Zacarías en sus Apuntes de Arreola en Zapotlán): “¡Bendito sea Sebastián Allende que cerró las escuelas en 1929! –por eso no terminé el cuarto de primaria y me dio clases en su casa el maestro Aceves, porque si no, me lleva la chingada”. Con la política callista, el cierre de escuelas, de lo que irónicamente Arreola dice que fue favorecido. A José Ernesto Aceves —maestro también de José Luis Martínez— siempre agradeció Arreola que le hubiera abierto el camino de las letras, de la curiosidad por el saber. Mientras se asomaba al “mundo ilustrado”, sus “mil” trabajos ambulantes y domésticos lo sostenían en lo básico de su existencia cotidiana. A sus primeras lecturas las acompañaban sus primeras escrituras: diarios, cartas, recaditos, travesuras en papel (como el reiterativo “–Me acuso Padre” de la confesión del niño de La feria: de haberse aprendido una adivinanza, “Tenderete el petatete/ alzarete el camisón”; o una canción: “Vamos juntado virutas/ en casa del carpintero, las cambiamos por dinero/ y nos vamos con las p…”).

1938. Ciudad de México. Miércoles 21 de septiembre de 1938. “Hoy cumplo veinte años”, anota Juan José en su diario. Es su primera época teatral metropolitana. Va al Teatro Arbeu, ve a María Conesa. Xavier Villaurrutia dirige El barco tenacidad de Charles Vildrac; Arreola asiste a la Escuela Teatral de Bellas Artes, 1937-1938. Antes de ser narrador “profesional”, Juan José Arreola fue joven de teatro: en el acto de la representación (con antecedentes en la declamación y su capacidad histriónica de toda la vida); en el acto de la creación: La hora de todos (1954). Nombres ligados a él, los de Fernando Wagner, Xavier Villaurrutia y Rodolfo Usigli. El suyo mismo, y Tercera llamada, ¡tercera! o Empezamos sin usted (1971).

1948. Con su nombre y su firma, ya habían aparecido “Sueño de Navidad” (1941), “Hizo el bien mientras vivió” (1943). También había editado la revista Eos y la revista Pan. Una con Arturo Rivas Sainz y la otra con Antonio Alatorre. Ya conocía a Juan Rulfo y habían publicado los dos. ¡Años aquellos en Guadalajara! A finales de los cuarenta, casado, y de regreso en la Ciudad de México, Juan José Arreola “sale” del Fondo de Cultura Económica, donde había bautizado la serie Breviarios y escribía solapas de “libros ajenos” (ecos de esos libros aparecen recreados en su propia creación). Ya había publicado Gunther Stapenhorst (1946). Ese año del 48, estaba a punto de publicar Varia invención (1949), uno de sus dos libros (el otro fue Confabulario) de los que Julio Cortázar le dijo a su autor que “agarraba a los toros por el cuerno”; uno de los libros que Jorge Luis Borges escogió para su biblioteca personal. Años después, escribió Arreola: “La última vez que nos encontramos Jorge Luis Borges y yo, estábamos muertos. Para distraernos, nos pusimos a hablar de la eternidad”. Antes de este diálogo eterno, Juan José Arreola, aquí en la tierra, publicó el primer Final del juego de Julio Cortázar.

1958. Marcel Marceau estaba en México. En la colección Los Presentes, Arreola ya había publicado el primer libro de Elena Poniatowska (Lilus Kikus) y el primero de Carlos Fuentes (Los días enmascarados), ambos de 1954. Hubo muchos más escritores, unos reconocidos, entre ellos José Revueltas, a quien Arreola le publica En algún valle de lágrimas (1956) y otros que muy pronto lo serían, como Sergio Pitol, con Victorio Ferri cuenta un cuento (1958), oFernando del Paso, Sonetos de lo diario (1958). Con Héctor Xavier, Juan José Arreola va al zoológico de Chapultepec. De ambas manos surge Punta de Plata/Bestiario: 18 textos de Juan José Arreola y 24 dibujos de Héctor Xavier (1958). Ese año a José Emilio Pacheco le publica La sangre de Medusa. Juan José Arreola va de la calle Varsovia a la de Río Elba. Son los años de Cuadernos y Libros del Unicornio, de sus talleres literarios. A Beatriz Espejo le publica La otra hermana (1958). Juan José “vive” en La Casa del Lago (allí juega ajedrez y en su casa, ping pong), actúa en Poesía en Voz Alta. Ya había publicado cinco Cuentos (1950), Confabulario (1952), La hora de todos (1954), Confabulario y Varia invención (1955). Es la década mayor de su cuentística, de la que volvemos a leer, entre otros relatos, “El guardagujas”, “El prodigioso miligramo”, garbanzos de a libra, del oficio artesanal del autor de “Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos”.

1968. Un año antes, se había “empanicado” con Alejandro Jodorowski en Fando y Lis. De 1968 es su antología “de antologías”, Lectura en voz alta. La segunda parte del año fue “cruel” para Juan José Arreola. ¿Para quién no? ¿Quién iba a decir a principios de ese año que en este de 2018 en La Casa del Lago se conmemorarían los sucesos del 68? Arreola habla del 68, de la tragedia, parteaguas del siglo XX mexicano, de las invectivas de las que fueron blanco de ataques algunos escritores —él mismo—. Es éste un capítulo aún por explorar. Arreola ya había publicado Confabulario total (1962), La feria (1963) y la versión popular de Confabulario (1966). La feria, homenaje a Zapotlán el Grande, es la novela polifónica por antonomasia. Dijo Rosario Castellanos: “Nunca, ninguna novela mexicana había desbordado tal gracia como la que se regala en La feria".

Ilustración: Kathia Recio

1978. Jorge Luis Borges está en México. Arreola dialoga con él en la Capilla Alfonsina. Arreola se quita el chambergo y se lo pone a Borges. Borges lo celebra. Recitan a Góngora, a Quevedo. Sobre la lengua nacional, Arreola le pregunta a Borges qué hay que enseñar en la escuela primaria. Borges dice rotundamente: a los niños no hay que enseñarles gramática; es muy aburrida. De esos días es la anécdota que ya he contado antes: Arreola esperaba (se lo habían prometido) el Premio Nacional de Lingüística y Literatura. Le dijeron por teléfono que “siempre” no se lo darían; Fernando Benítez estaba enfermo y sería para él. Arreola, frustrado, dice que no irá a la grabación que un rato después se le haría con Jorge Luis Borges. Borges llama a casa de Arreola y le dice que si no va a la grabación a la Capilla Alfonsina, él tampoco irá y promete visitarlo en su casa. Arreola se paraliza, nos dice que viene Borges, que hay que limpiar el departamento. Se para en seco y exclama: “para qué… si está ciego”. Un día después, se dio el diálogo, los diálogos en los que Arreola, así lo dijo Borges, le “permitió intercalar uno que otro silencio”. Ya había publicado su Inventario (1976). Y muy al principio de los setentas, Palindroma (1971): “Are cada Venus su nevada cera”; la de Arreola es su Venus de los nabos de “Tres días y un cenicero”.

1988. Es el año de Ramón López Velarde. Una lectura parcial de Juan José Arreola. Arreola relaciona al poeta con su ficción. Informa que “Alejandrina (personaje de La feria) es en realidad Doña Belén de Azárraga […] feminista española de la que se enamoró López Velarde”. Y ofrece el dato del origen de la frase con la que acompaña la presencia de Alejandrina: “y pues llegas, Lucero de la tarde, tu trono alado ocupa entre nosotros”. Dice Arreola: “Es el final del rollo de Alejandrina —la poetisa que vende versos y cremas de belleza—, en La feria. Es el pasaje aquel cuando el narrador (que soy yo) vuelve al hotel y Alejandrina ya se ha marchado y le deja un recadito”. Si en la realidad, como él dice, López Velarde estaba enamorado de la musa y el narrador de esta parte de la novela (él, como nos informa) está enamorado de Alejandrina, entonces la admiración del escritor de Zapotlán por López Velarde se transforma en querer él mismo ser el poeta zacatecano (Je est un autre, le sopló Rimbaud). ¿Tendría razón Octavio Paz cuando le dijo: “Eres tan cursi y tan genial como López Velarde”? ¿Se lo diría en serio?

1998. Es el año de El último juglar. Memorias de Juan José Arreola de Orso Arreola, su hijo. Ese año el maestro sufrió una operación quirúrgica. Me dijo Antonio Alatorre que Arreola estaba muy mal de salud. Aquella operación fue nada menos que el 12 de noviembre, cumpleaños de nuestra Décima Musa mexicana. Dijo de ella Juan José Arreola: “Sor Juana Inés de la Cruz es la estípite y cariátide del barroco”; “Las antítesis más antagónicas se dan en Sor Juana”; “Sor Juana es el Segundo Monstruo; el otro es Lope de Vega”; “El Divino Narciso es El Cantar de los Cantares de Sor Juana”. Así dijo el “Hijo Preclaro y Predilecto” de Guadalajara, quien ese mismo año fue premiado con el Ramón López Velarde. Veinte años antes había publicado su libro acerca del autor de la “Suave Patria”. Arreola escribiría sobre “El santo olor de la panadería” y también “Como aguinaldo de juguetería”. Unos años antes, leímos Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola (1920-1947), contada a Fernando del Paso (1994). Cuando en 1990 dialogaron Juan José Arreola y Antonio Alatorre en El Colegio de México, los vi saludarse con tanta alegría y cariño que le pedí a Antonio que le diera un beso a Juan José. Ese beso en la mejilla, en aquella tarde de lluvia y afuerita del Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios del colmex, fue el beso al hermano que de la mano llevó a Antonio Alatorre al amor a la palabra.

2008. Primer año que llegamos a una de sus décadas en la que su persona ya no está en la tierra; su personaje lo estará siempre.  Muere el lunes 3 de diciembre de 2001, unas horas después de terminada la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que en 1992 le diera el Premio Juan Rulfo. Juan Rulfo y Juan José Arreola, “la yunta de Jalisco”. Escribió Juan José Arreola: “Los pueblos de Jalisco […] dan la impresión de haber estado desprovistos de habitantes durante siglos”; pudo haberlo dicho Juan Rulfo. Lo mismo cuando en boca de Juan Tepano, dijo Juan José Arreola: “—A los cuervos no les tires, Layo. Nomás espántalos”. De muchas maneras, Juan y Juan José estuvieron juntos siempre. En el número 2 de la revista Pan de Guadalajara, Arreola y Alatorre publicaron por primera vez “Nos han dado la tierra” de Juan Rulfo. Ya desde 1954 Emmanuel Carballo había puesto una marca de distinción: “Arreola y Rulfo, cuentistas”. Ese diciembre, en clases, en casa y en todo lugar,  lloramos la ausencia del guardagujas mexicano. Mientras tanto, Arreola está en el cielo dando cuentos al creador, quien (no) le reclama los derechos por “El silencio de Dios”.

2018. Aquí estamos. Son diez décadas de Juan José Arreola, como sus Diez doxografías de Palindroma. Las dedicó a Octavio Paz. Aparecieron en Palindroma (1971). Por su brevedad, las decimos, como si fuéramos sus autores. No lo somos, pero sí sus lectores, sus co-lectores, colectores de “los prodigiosos miligramos” de Juan José Arreola. A manera de ejemplo:

Francisco de Aldana
No olvide usted, señora, la noche en que nuestras almas lucharon cuerpo a cuerpo.

Homero Santos
Los habitantes de Ficticia somos realistas. Aceptamos en principio que la liebre es un gato.

Prometeo a su buitre predilecta
Más arriba, a la izquierda, tengo algo muy dulce para ti. (Ella se obstinó en el hígado y no supo del corazón de Prometeo).

Cuento de horror
La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones.

Es ejemplar aquí el regocijo con el cuerpo, la coincidencia de la ficción con la realidad (al derecho y al revés), el vaivén de los géneros; la síntesis de un cuento propio, de la arácnida literaria que teje el cuento de horror. Ejemplar el juego entre el decir y el cómo decirlo. Arreola le dijo a Vicente Preciado Zacarías: “La forma no es más que el fondo subido a la superficie”.

Arreola fue ave de la palabra (¿pájaro favorito? —le preguntaron. El carpintero —contestó de inmediato quien con su precisión, rigor y agilidad hizo su más precioso oficio artesanal y perfecto). Juan José Arreola, quien dijo que “a lo loco” había venido a la Ciudad de México, quien con su “locura literaria” sigue fascinando con su genio, escribió más de lo que se supone no sólo por la cantidad de sus textos sino porque con ellos tocó profundidades, contextos, culturas, la suya propia y otras ajenas. Pocos escritores han sido leídos como él por otros escritores quienes, como sus demás lectores, reconocen en Juan José Arreola al más fiel servidor de la palabra.

 

Sara Poot-Herrera
Escritora y profesora-investigadora de UC Santa Barbara. Cofundadora de UC-Mexicanistas. Es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.