El teatro contemporáneo mexicano está en un momento digno de desenrollar la alfombra roja. La primera edición de los Premios Metropolitanos de Teatro lo hace para un segmento de la industria de las artes escénicas; corresponde aprovechar la oportunidad para redirigir el reflector a obras distintas que también merecen ser premiadas con nuestra asistencia.

Con la incomodidad de quien rara vez se pone un traje, David Gaitán subió al escenario de la primera edición de los Premios Metropolitanos de Teatro para recibir el premio a la mejor adaptación por la reescritura que hizo de Enemigo del Pueblo, en conjunto con la Compañía Nacional de Teatro.

“Todo esto que hacemos, vestirnos así, venir […] es para que ustedes se acerquen más al teatro. […] A las obras que no participaron por motivos ideológicos o presupuestales, también […] porque también ellos son todo el teatro de este país”.

Aunque algunos tengan sus reservas respecto a los criterios para participar (desde las cuotas de entrada al glamour obligatorio), los Premios Metropolitanos de Teatro —fundados por Sergio Villegas y conocidos ya como “los Metro”— podrían beneficiar a todo el teatro de la Ciudad de México.

Acortar el nombre de estos premios no es una manera de disminuir su importancia. Acaso pone en mayor evidencia su paralelismo con los Tony Awards, cuyo nombre oficial, publicitariamente imposible, es “Antoinette Perry Award for Excellence in Broadway Theatre”. Evidenciar la similitud entre ambas premiaciones nos permite hablar de las implicaciones de estos premios. Aun cuando la versión mexicana acaba de nacer, es síntoma de que aquí existe la calidad de teatro necesaria para celebrarse con bombo, platillo y vestidos largos. También es presagio de que, si aprovechamos bien esta iniciativa como comunidad vinculada a las artes escénicas, podríamos potenciar los esfuerzos incluso de quienes están en contra de todo aquello que se asemeje a Broadway.

Ingenuidad idealista aparte, todo concurso surge con una agenda de intereses específica en mente. Para poder generar un evento organizado, toda institución que premie las artes debe estipular los criterios que regirán su premiación. Eso implica definir reglas que muchas veces obedecen a requisitos logísticos. Aunque “los Metro” surgieron con la misión de posicionar a la Ciudad de México como una capital mundial del teatro, era evidente que tendrían que definir su carisma específico y eso dejaría a algunas manifestaciones teatrales fuera de la contienda. En el caso de los Premios Metropolitanos de Teatro sólo pudieron registrarse las obras de teatro —musical y no musical— que pudieran garantizar por lo menos 12 funciones en la Ciudad de México en las 8 semanas posteriores a su registro u ocho funciones con una función a la semana. Esto con el fin de lograr que el jurado de 20 especialistas de diferentes áreas del mundo escénico pudiera asistir a un número determinado de funciones de las 51 obras registradas para concursar en esta edición.

El resultado fue una producción de calidad internacional, con todo y número musical de apertura cómica, en el que Joserra Zúñiga escribió que “el teatro es lo mejor y lo peor que te va a pasar en la vida” para la voz de Chumel Torres. Con esta capacidad autocrítica y visión humorística para enfrentar la realidad de gran parte del mundo del teatro en México, los Metro hicieron un guiño también a aquellos que no tienen la capacidad adquisitiva de actores como Diego Luna, Luis Gerardo Méndez o Ludwika Paleta —aun si estos tres también aceptaron ser voceros del proyecto—. La elección de pedir al mundo del teatro que se emperifolle más de lo normal, o de invitar a influencers ocurrentes como anfitriones de la noche, habla, sobre todo, de la capacidad del equipo de los Premios Metropolitanos para lograr que las miradas que normalmente sólo verían entretenimiento televisado volteen a ver lo que pasa en los diferentes foros del país.

Sin embargo, hay todo un mundo de teatro —al que Gaitán se dirige en su discurso original— que no aparece en los Premios Metropolitanos y merece ser galardonado con nuestra presencia. Sea porque no pagaron la cuota de entrada para registrar su obra, sea porque las circunstancias no les permitieron garantizar su permanencia durante 8 semanas en un foro, o porque simplemente no se alinean con lo que este premio en particular busca iluminar.

A continuación tomo el reflector de lujo que instalaron los Premios Metropolitanos de Teatro y lo redirijo sobre de obras que cumplen con 5 características que me parecen dignas de celebrar en la oferta contemporánea del teatro en México. En algunos casos incluiré obras nominadas o premiadas por los Metro —porque cumplen con estas características— pero éste será un ejercicio de nominación paralela que seguramente el propio Sergio Villegas aplaudirá, puesto que en entrevista con Gato Pardo afirmó que: “Lo que nos falta como industria es […] más visibilidad para obras que no tienen presupuesto para tener más publicidad […]. Yo disfruto de todos los tipos de teatro y nuestro jurado también”.

Hayan recibido una de las esculturas de Aldo Chaparro —quien representó en bronce la continuidad del proceso creativo— o no, he aquí lo que distingue al mejor teatro mexicano contemporáneo que no alcanza siempre los criterios para entrar a un concurso como los Metro, pero que está tan convencido de lo que hace que está dispuesto a soportar las dificultades descritas por el monólogo de apertura de estos premios.

El mejor teatro mexicano contemporáneo:

1) Se aleja del melodrama.
2) Establece relaciones matizadas con el público.
3) Podría ofrecerle a Netflix mejorar sus personajes.
4) Le gana a YouTube en su capacidad para generar imágenes.
5) Amplía continuamente su búsqueda para tomar nuevos riesgos.

Para los apasionados, me explayaré sobre por qué estas cinco razones ameritan que hayamos estrenado el equivalente a los Tony Awards para el teatro mexicano, sin por ello forzarme a usar las obras nominadas o premiadas como ilustraciones de mi análisis.

El mejor teatro mexicano se aleja del melodrama

Aunque en el léxico mexicano mucha gente suplique “no hagas drama”, la plaga que ha aquejado la ficción (y la vida) del mexicano es el melodrama. Es decir, las representaciones con emociones mal moduladas o, en otras palabras, aquello a lo que Televisa nos ha acostumbrado.

Se agradece, entonces, que algunos creadores mexicanos trabajen en construir tonos distintos. Tal es el caso de la premiada como mejor obra del año, Wenses y Lala (escrita y dirigida por Adrián Vázquez —quien fue premiado como mejor actor—), que se atreve a ver la dificultad en su justa medida, aunque después reencuadre la realidad con un sentido del humor que solo los narradores póstumos —que con la vida por detrás, tienen la distancia necesaria para redimensionar la historia— logran.

Otro caso es el éxito de Mendoza de Los Colochos, o el de los montajes de Incendios y Bosques de Wajdi Mouawad —adaptadas por Hugo Arrevillaga—, que hablan de la apertura del público mexicano a ser testigo de obras trágicas. Sin embargo, la fórmula que David Gaitán usa en su versión de Antígona y de Edipo, dos clásicos griegos, combina la estructura trágica con momentos cómicos que permiten a un público más amplio soportar la tensión de historias en las que el desenlace es difícil de atravesar.

El punto de fuga cómico se consagra, entonces, como la estrategia clave del teatro mexicano para conciliar al público con temas difíciles. Incluso en obras “documentales” como Venimos a ver a nuestros amigos ganar, de la compañía 8 Metros Cúbicos, nos ayuda a digerir el racismo más despreciable con una versión estilo Ku Klux Klan de La Negrita Cucurumbé. El humor en nuestro país se ennegrece también cuando lo necesitamos.

Sea en las estrategias narrativas más elaboradas —como la narración a tres tiempos simultáneos de El amor de las luciérnagas de Alejandro Ricaño— o en los riesgos en la construcción del tono de las obras, los creadores mexicanos contemporáneos nos ofrecen ficciones que permiten contar historias mejor moduladas y con más confianza en la complejidad emotiva del espectador.

El mejor teatro mexicano establece relaciones matizadas con el público

No es casualidad que el Premio Metropolitano a la mejor adaptación del año se lo haya llevado la obra que lidió con una interrupción directa de un espectador que después se negaría a bajar del escenario durante varios minutos. La adaptación de Enemigo del pueblo de David Gaitán decidió —literalmente— darle armas al espectador para atacar con burbujas lo que le pareciera “inaceptable” en el comportamiento del protagonista. Y aunque los logros de esta adaptación de la obra de Ibsen vayan mucho más allá de la anécdota transgresora —al demostrar la capacidad de nuestra Compañía Nacional de Teatro de tomar riesgos formales, dialogar con la realidad política actual y apostar por creadores jóvenes–, ésta es síntoma de que no todas las obras se esconden detrás de la seguridad de la cuarta pared.

La multiplicidad de relaciones que el teatro contemporáneo mexicano establece con los espectadores requiere de matices en los que cada obra es un encuentro con reglas específicas, a veces explícitas, a veces implícitas. En Reincidentes, por ejemplo, la compañía Todas las Fiestas de Mañanagenera una dinámica grupal en la que tenemos la ilusión de estar participando al mismo nivel que el resto de los actores; sin embargo, el caos potencial de abrir la ficción a la intervención del espectador es contenido con maestría por parte de los actores, quienes negocian amistosamente con los presentes hasta dónde puede llegar su intervención.

Mendoza —que mantiene a Los Colochos en tour perenne por el mundo— vuelve la ambición y la violencia de Macbeth más cercanas y problemáticas al involucrar directa e indirectamente al público; mientras que otras obras, que presumen de vanguardistas, le hablan de frente y a los ojos al espectador y no soportan cuando son interpeladas de vuelta.

Lo innegable es que los creadores teatrales mexicanos abandonan ya frecuentemente la seguridad de una ficción convencional para ensayar un diálogo distinto con el espectador, sean capaces o no de lidiar con los resultados.

El mejor teatro mexicano podría ofrecerle a Netflix mejorar sus personajes

La mejor parte de la comunidad del teatro en México podrá “compartir las latas de atún” —como dijo Chumel Torres en los Premios Metropolitanos— pero no está dispuesta a sacrificar la riqueza de sus construcciones ficcionales. Eso incluye ir más allá de los estereotipos en sus personajes. ¿Para qué querría alguien a los personajes de La casa de las flores después de haber pasado más de una hora con el personaje que Antón Araizaconstruye en Bambis dientes de leche? Las obras galardonadas en los Metro no cumplen necesariamente con creces en esta categoría, pero hay ejemplos de sobra allá afuera que son los que me interesa señalar.

En Consígueme una vida, por ejemplo, Adela Jalife desdobla el personaje redondo de la protagonista en tres representaciones estereotípicas del ser mujer, ayudada por el formato de cabaret que ha mantenido a Ana Francis Mor de Las Reinas Chulas como una de las voces indispensables para la crítica política en nuestro país. En La desobediencia de Marte de Juan Villoro, los dos protagónicos oscilan entre quienes representan en escena y quienes son fuera de la diégesis, en un juego metateatral. En Edipo: nadie es ateo, Diana Sedano se transforma en Tiresias para dislocar cualquier seguridad que tengamos del antiguo sabio; se mueve entre lo cómico, lo trágico y lo erótico sin perder nuestra mirada. En la misma obra, Raúl Briones (Edipo) le da una clase magistral a Diego Boneta sobre cómo se vería si un día Luis Miguel creciera, desarrollara sentido trágico o alguna capacidad poética.

Entre la construcción de estrategias narrativas menos predecibles y la capacidad actoral que el Centro Universitario de Teatro (UNAM), CasAzul y la Escuela Nacional de Arte Teatral (INBA) gradúan —por mencionar los tres centros principales de los que emergen grandes actores—, los mejores escritores del teatro mexicano se esmeran por construir personajes más memorables y con mayor profundidad. Las voces logradas en Wenses y Lala, Mendoza o Tijuana (de Lagartijas Tiradas al Sol) son ejemplo de cómo el habla mexicana se puede moldear para que reconozcamos aspectos de nuestra vida en las palabras y gestos de quienes prestan su cuerpo para construir historias.

Los actores del teatro en México saben el reto que enfrentan y se disponen a seguir aprendiendo. La serie de entrevistas de Sara Pinet con actores consagrados del teatro mexicano, titulada Los monstruos me hablan, es muestra de los ejercicios intergeneracionales que nuestros actores practican para ofrecernos los prodigios que podemos ver en las tablas, a veces por módicos treinta pesos.

El mejor teatro mexicano le gana a YouTube en su capacidad para generar imágenes

Entre el manejo del lenguaje y la maestría creciente para manipular la estética del espacio escénico, el mejor teatro contemporáneo nacional se esmera en construir imágenes que estimulen nuestra imaginación, nos hagan cuestionarnos sobre lo que vemos o indaguemos de manera más activa en la ficción al ofrecernos escenas que van más allá del significado directo de lo denotativo.

Entre lo que pocos mencionan de Enemigo del pueblo —ganadora a mejor adaptación en los premios Metro— está una imagen sumamente poderosa: la hija del doctor Stockmann devora —literalmente— un periódico entero con la misma voracidad que deglutimos las fake news en las redes sociales. En la citada Mendoza de Los Colochos,las tres brujas de Macbeth son condensadas en una sola vieja, seguida por un gallo, diciendo palabras que nos embrujan con una voz en la que parece que revivieron a Juan Rulfo. El río, de Jez Butterworth —dirigida por Enrique Singer y en la versión de uno de los mejores traductores mexicanos: Alfredo Michel—, deja que reconozcamos matices en los personajes que integran la historia amorosa del protagonista con la entrada y salida de diferentes actrices parecidas entre sí. Nada, de Jane Teller —dirigida por Mariana Giménez—, construye el mundo de un grupo de adolescentes con movimientos que harían a Grotowski sentirse orgulloso de lo que unos cuerpos son capaces de lograr.

Si bien las galardonadas El hombre de La Mancha y Los Miserables montan obras que nada le piden a producciones musicales de otras latitudes reconocidas mundialmente como capitales del teatro, también en nuestro “off-Broadway” y “off-off-Broadway” hay alimento para quienes tienen hambre de otro tipo de imaginarios.

El mejor teatro mexicano amplía continuamente su búsqueda para tomar nuevos riesgos

Si tuviera que quedarme con un solo acierto del teatro que amo, sería su capacidad para tomar riesgos. Cuando los recortes presupuestales a la cultura son un anuncio de que gran parte de las artes en México seguirán sufriendo para subsistir, nuestra comunidad artística responde con retos aún más osados para confirmar que lo que están haciendo tiene un valor intrínseco.

El mejor teatro contemporáneo en México toma riesgos cada vez mejor investigados, privilegia —aunque lo sufran— llegar a más personas sobre cobrar caro, y trabaja por formar a los espectadores desde la niñez con la sutileza y maestría de obras como Emilia y su globo rojo (galardonada por mejor dirección —de Leticia Amezcua— y mejor diseño sonoro —de Iker Madrid—) o Zapato busca a Sapato—dirigida por Clarissa Malheiros—. Los prepara para lo que verán en la vida adulta porque se vuelve cada vez más consciente de la posibilidad que tiene el teatro para ser más que una manera de pasar una tarde de ocio cualquiera.

Si el mejor teatro se tiene que vestir de frac para que lo voltee a ver quien normalmente no le hace caso, hará gala de sus dotes histriónicas porque existe, como anuncia el origen de su nombre, para ser visto por todos.

 

María José de Tal
Maestra en Estudios teatrales por la Universidad de Ámsterdam. Fundadora de Verbo mata carita®.