Dominio del balón escénico

Con pocos recursos en escena, Antón Araiza demuestra que puede construir un mundo entero a partir de su cuerpo. En Bambis dientes de leche, Ocho metros cúbicos logra una obra efectiva y conmovedora.

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Cuando Peter Brook escribió que el teatro puede ser algo tan simple como un humano atravesando un espacio vacío mientras alguien más lo observa, no se refería a que toda obra debería de ser desnudada hasta el menor número de elementos posibles, sino a la necesidad de preguntarle a cada texto qué elementos le son fundamentales para llegar al público con la fuerza deseada.

Bambis dientes de leche le hace esta pregunta al texto escrito y ejecutado por Antón Araiza. Define las respuestas con claridad y las trabaja hasta que funcionan como acciones dramáticas y composiciones escénicas elocuentes, y no como ocurrencias autobiográficas validadas por el valor sentimental de lo anecdótico. Hacer esto en el entorno teatral mexicano y, además, lograr mantener la capacidad de conectar con el público desde temas tan populares como el fútbol y los recuerdos de la infancia sin caer en lugares comunes o comedia simplona, es toda una hazaña.

Los que vayan a ver Bambis dientes de leche podrán reír con las imágenes de la botarga de E.T. en la fiesta de 5 años del personaje que Antón encarna, podrán emocionarse —si es de su gusto— con recuerdos bien narrados del Mundial del 86 y la sonrisa de Pique. Hay cierta debilidad en casi todo humano ante la supuesta vulnerabilidad de un “yo” que se narra a sí mismo, más aún si lo hace con la claridad que desearíamos todos para narrar nuestras experiencias. La obra es generosa en ese primer nivel de lectura, y enamora a muchos por su tono autobiográfico, cotidiano y entrañable.

Ahora, quien no quiera hacer “la ola” cada vez que escucha hablar sobre fútbol, notará desde momentos muy tempranos la distancia que existe entre la narrativa aparentemente idílica de la infancia y el gesto de desasosiego del personaje que la narra. “No me gusta. Pero me gusta que les guste”. Este fraseo del conflicto interno del personaje se repite en muchos momentos como signo de puntuación que nos deja ver que, si bien la voz narrativa que lleva la historia es la del niño en su presente, el punto de vista que echa luz sobre lo vivido es el adulto que ya dio sentido a su historia y a la construcción de su identidad. Hay una distancia irónica que salva al recuento de la infancia de la cursilería o la sobresimplificación. En este sentido, el texto se enriquece con capas de significado gracias a la actuación de Araiza.

A un nivel anecdótico, Bambis dientes de leche descree de la definición de niño que respetamos desde el siglo XIX: el ser puro, ingenuo y feliz que vive en un mundo escenografiado por sus padres. Deja entrever las vetas melancólicas y autoconscientes de la niñez, la brecha entre el deseo por complacer a los que lo rodean y el despertar de deseos propios.

Así, el personaje que monologa en escena nos pasea por las experiencias de un niño que empieza a notar que el mundo —personificado por sus padres y otras figuras adultas— intenta moldearlo a una identidad que le resulta incómoda pero a la que se ajusta mientras entiende por qué ciertas miradas y ciertos escenarios lo mueven más que otros. El protagonista explora, pues, qué de lo conocido —el futbol, sobre todo— es más relevante para él. Descubre que ser visto, ser parte de un equipo y montar un espectáculo, son tres elementos que lo hacen sentir más vivo que “perseguir el balón”.

El tercer nivel de lectura de esta obra es el que me parece el más interesante, puesto que son pocas las obras teatrales que logran construirse de manera elocuente más allá de la anécdota y más acá de la pretensión intelectual. Bambis dientes de leche se consagra como un monólogo a celebrarse por su elección de recursos escénicos. Su director, David Jiménez Sánchez, ha comprobado en múltiples ocasiones (pienso en Venimos a ver a nuestros amigos ganar o, mejor aún, en su primera colaboración con Antón Araiza, Pato Schnauzer) que sabe depurar el problema escénico hasta encontrar soluciones eficientes. A falta de la figura germana del dramaturgo que media entre el texto y su ejecución (como ha propuesto Gotthold E. Lessing), solemos atribuir al director toda hazaña en escena, pero me atrevo a adivinar que en este caso Antón también tuvo algo de mano en el resultado que vemos sobre el escenario.

La dramaturgia de este monólogo se apoya en tres mecanismos para conferirle fuerza a la historia de la vocación incipiente y conflictiva del actor en medio de un entorno “futbolero”: el primer mecanismo, como bien señalan en el sitio web del Museo Universitario del Chopo, abraza un formato semejante a la comedia stand up, en la que los movimientos del actor a través del escenario son limitados, las emociones se transmiten principalmente con la combinación de voz, gestos faciales y uno que otro movimiento de manos, pero, sobre todo, con la contención del narrador respecto a lo gracioso de la anécdota: un “standupero” contiene sus emociones para que nosotros ríamos de su desgracia. La catarsis no se da en quien vivió la experiencia y la narra, sino en el espectador que se ve reflejado en ella. Así, con el primer movimiento, Araiza nos tiene atrapados en un vínculo emocional bastante simple —a partir de anécdotas de señoras insoportables y líneas de película fácilmente reconocibles— que nos permitirá acompañarlo a nuevas profundidades.

En el segundo movimiento, las experiencias futbolísticas del pequeño Juan son narradas al compás de una coreografía de tap que funciona, tanto como eco de los movimientos en el campo de fútbol, como percusión que ayuda a montar y a conducir la tensión de la anécdota. El recurso es fantástico y Antón no sólo lo ejecuta con gracia, sino que parece disfrutarlo enormemente.

Empapado en sudor, el intérprete transita hacia el tercer recurso de la obra, en el que narra lo sucedido en dos campos de juego —el del futbol y el de su interior—, mientras trapea una superficie plástica. Esta acción podría parecer aleatoria pero cumple múltiples propósitos: primero, moja lo suficiente la superficie plástica para posibilitar la coreografía que seguirá; segundo, ofrece el trapeador como recurso que personificará al pequeño Juan en conversaciones con su padre; tercero, la labor estereotípicamente femenina de trapear hace contrapunto a la narrativa de masculinidad impuesta al personaje central. Mientras que el discurso de la obra siempre versa sobre el fútbol y su mundo estereotípicamente masculino, los recursos escénicos apuntan insistentemente hacia una construcción identitaria y de género que se desmarca de lo tradicional y busca alternativas. Los “zapatos que suenan” y el trapeador son guiños a la historia alterna que el personaje escribirá para sí mismo: al igual que el fútbol y la actuación, el tap y el trapeado son sinécdoques de la posibilidad de una identidad singular frente a la identidad normativa esperada de cada uno de nosotros.

La conclusión de la obra puede ser y es omitida. Tras pasearnos por una breve escena en la que el protagonista es parte de sus primeras experiencias escénicas en el circo (dato curioso: Antón Araiza sí fue parte del Circo Atayde), el texto opta por una silepsis y cierra con un oscuro justo después de apuntar a la formación del equipo de la compañía teatral a la que Antón pertenece: Ocho metros cúbicos. A pesar de que toda autobiografía es intencional y tiene algo de ficción, frente a nosotros se encuentra el autor que recopila todos estos recuerdos, narrándolos ya como un actor consolidado bajo la luz del reflector de un escenario. Su presencia y su decir son testimonio del desenlace de la historia.

Bambis dientes de leche es una obra que se presenta como espectáculo pero que ofrece más capas de disfrute y análisis para quien las quiera encontrar. Confirma que Antón Araiza es uno de los actores más talentosos y virtuosos de la escena mexicana —con un rango performativo amplio que le permite transmitir muchos matices emocionales a partir de una comprensión bien digerida de lo dramático y de un gran control corporal, escapa casi siempre del melodrama— y que la mancuerna que hace con David Jiménez Sánchez es, hasta ahora, siempre una combinación ganadora.

Me alegra decir también que con esta obra confirmo que Ocho metros cúbicossabe cómo montar obras de teatro dignas de nuestros aplausos de pie cuando hace gala de uno de sus mejores atributos: saber seleccionar y depurar cuidadosamente sus recursos escénicos. Tras el desencanto experimentado en “Esto no es Dinamarca”, vuelvo a encontrarme con la compañía que admiro y sigo. Irónicamente, en una obra que habla sobre la dificultad para definir la identidad propia, Ocho metros cúbicosdemuestra, en Bambis dientes de leche, tener una identidad poética, a la vez potente y conmovedora, simple y profunda, cercana e inteligente, capaz de acercar al teatro a nuevos seguidores o satisfacer a espectadores más exigentes. Una “ola” para ellos por favor.

María José de Tal. Maestra en Estudios teatrales por la Universidad de Ámsterdam. Fundadora de Verbo mata carita®.

Bambis dientes de leche hasta el martes 07 de marzo en la sala “Xavier Villaurutia” del Centro Cultural del Bosque. Se presenta los lunes y martes a las 20:00 hrs. NOTA: el lunes 06 de marzo no habrá función.

 

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Publicado en: Curadero