Envidia. Pasión egoísta que presenta la felicidad ajena, no como un bien que debemos aplaudir o imitar, sino como un mal que deprime o rebaja considerando nuestra inferioridad. De ahí nace el sentimiento de tristeza del bien ajeno y la alegría de su mal; que a su vez engendran la antipatía, la aversión, el odio y la venganza.

Enciclopedia de Idioma

Si la envidia fuera tiña, cuántos tiñosos hubiera. Así dice el sabio dicho y no hay un ser humano en la vida verdaderamente vivida sin abrigar alguna vez ese envilecimiento de la inteligencia, del corazón, de los sentimientos. La envidia es del corazón, de los sentimientos. La envidia es un gran pecado, protagónico sobre los demás, aunque dicen lo mismo de la soberbia. No lo creo, la soberbia responde a un miedo de ser inferior y se disfraza de pedantería, presunción, no se enmascara, en cambio la envidia sí, es una especie de saco dorado con forros sucios y pestilentes. Puede ser una gran oradora la envidia, alguien con quien estar de tan su halago, su zalamería, la carantoña presta, el beso de Judas. La envidia conquista en la presencia del envidiado, pero en dándose vuelta el infeliz cambia la faz del carantoñero, le crece la nariz, la piel verde, lo inclina la joroba y empieza a vomitar insidias, quebrantos ampulosos, el mal de la calumnia, y si es asaz profesional, aplausos desmesurados pero vistosamente falsos.

La envidia pesa no sé cuantos kilos, cae sobre la espalda y se tiene la obligación de llevarla para no hacerla notable. Es salada, amarga la comida, el amor y los viajes, obliga al silencio, pero tal es el disimulo que la víctima no sabe bien a bien si lo visto u oído es sincero o solo la burla insustituible de la envidia. La envidia es peor que el hambre: no cesa, no llena al devorador, no satisface pues, y al día siguiente vuelve a albergar la interioridad del envidioso; porque el envidiado sigue viviendo, amando, concibiendo, pariendo y así en el arte, nada más que en materia de la creación la envidia es posible de metamorfosis, de decir, de volverse un aliciente, un elemento de poder.

La llamo a esa influencia envidia blanca. Son estados singulares si se producen en dos escritores, por ejemplo. Cada uno se empeña con la envidia blanca en superar al otro. Son ésas también las parejas pares de López Velarde, combatiendo en buena lid, en obras magníficas al empuje de la envidia individual, doble, entre pares. Los ejemplos sobran, y la estupefacción del uno envidioso ante el logro dorado del otro, envidioso también, da como fruto exquisito otra obra igual, o mejor, o mayor. Van caminando juntos sin amor pero haciendo hijos plenos de belleza. Resulta sumamente interesante descubrir que la envidia es un resorte accionado al futuro: la suerte de la bonita la desea… todavía no se casa, aún no pare un hijo, le falta la fortuna  y “envejecer con dignidad”, y no obstante cunde el pánico y el vinagre de los resentidos.

Sin la envidia no habría personajes de teatro, de novela y de serie televisivas en donde los envidiosos son protagonistas tanto como los lisiados en sillas de ruedas. Débese admitir tal golpe de Estado si los envidiosos desaparecieran de la Tierra. Acabáranse los bajos instintos, el temor y los gritos de indignación de los enterados. Hay miles de ejemplos de envidientos en historias inventadas o reales, sobre todo estas últimas. Y anécdotas de los malévolos deshaciendo una broma, una disculpa, un elogio, la consumación del objeto anhelado fracasados con la expresión de una sola palabra, envidiosa por supuesto. Las más hondas amistades son posibles de palidecer, percudirse, abollarse o terminar de golpe hechas cisco con los pendones de los cuates del alma. Aquí ni siquiera se necesitaban murmuraciones, movidas de la sin hueso, es decir: la calladuría es la lápida. Seamos claros: la envidia no deja aplaudir el éxito, gustar del vestido, felicitar el peinado, señalar la belleza de con quien se contraen nupcias, gustar de la casa tenida, el perro mágico, de la luz del cuartito donde se recibe, de la manera heroica detenedora de la ancianidad, la cual los envidiosos fingen no atestiguar. Es una lata, francamente. Por lo que a mí respecta me fatiga a la desesperación la envidia ajena, me da frío porque es un costal de hielos, raspa mi espalda. Tal vez por eso hago mi vida solitaria, no deseo a nadie en la ganaduría de mi pan, ni al menos ser leída, oída en una conferencia, acompañada en el viaje, milagrosamente atendida en la desgracia, la cual hasta es disimulada.

La envidia es el ejercicio de la tarea política, es un capítulo inacabable. Llegar a un puesto es inadmisible para los demás. La competencia es tan despiadada que quizá sobrepase a la de la literaria (que me lo digan a mí). Desde luego esa envidia proviene del odio, del rencor ¿y por qué no de la conciencia del ser menor? Puede llegar a la mayoría de edad en el magnicidio, en el crimen, en el arrebato de la existencia. No quiero decir de la muerte infame de Luis Donaldo Colosio que el infeliz criminal haya tenido envidia (¿cómo abrigarla siendo un gusano en cualquier aspecto?) del excepcional candidato, sino los imaginarios autores intelectuales. ¿A poco los hermanos Kennedy no fueron dignos muchachos de la alta sociedad, guapos, ricos, elegantes, inteligentes, etcétera, etcétera, como para no tenerles dinosáurica envidia?… ¿El mismo Lincoln? ¿O Álvaro Obregón comiendo rico mole de guajolote?

¿Y la envidia religiosa? Solo con evocar a Sor Sol. A Sor Juana Inés de la Cruz en su celda forrada de libros haciendo un soneto y escribiendo la receta de un platillo para agradecer a la virreina Mancera el sostenimiento de su convento… Allí está la guerra en contra de grandes sacerdotes del pueblo, lapidados por las autoridades eclesiásticas para acallarlos en su lucha por los pobres, de nosotros los no envidiados (es un decir). Las monjas apresadas en el reclinatorio, en la umbrosidad de los corredores, en el huerto, en la conciencia, en el amor, en el deseo…

La envidia es absolutamente humana. Envidio a quien pueda definirla en letras. Yo nada más la combato de mí y sobre mí.

 

María Luisa Mendoza
Periodista y escritora. Autora de Ojos de papel volando y El perro de la escribana, entre otros libros.

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Publicado en: Ciudad de libros