Un 22 de junio de 1818 nació Ignacio Ramírez, uno de los liberales ilustres que alumbraron nuestro siglo XIX. Al hombre que inmortalizó Diego Rivera, lo hizo trascender también su clara visión del Estado laico, su ideario adelantado a su tiempo y su empeño en la transición entre “el lenguaje de las armas” y “el lenguaje de las letras”, como nos recuerda el autor de este texto.


Nuestra Ciudad de México tiene en un espacio acotado dos representaciones de Ignacio Ramírez. La primera es la escultura colocada en el arranque del original Paseo de la Reforma, ese que Porfirio Díaz concibió como la ruta heroica de un México que el poeta Ramón López Velarde vio como “una patria pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado”. La escultura muestra un Ramírez pequeño de cuerpo, compacto, con gesto sosegado y no con la actitud incendiaria con la que por lo general se le identifica. Sostiene en la mano un documento. Puede tratarse de una alegoría de la Constitución de 1857, a cuyo cuerpo y espíritu contribuyó de manera tan definitiva, con su talento y energía. Pero también es una demostración de que el poder de las letras, la supremacía del pensamiento, supo imponerse en el siglo XIX al discurso de las armas.

El pedestal de la estatua luce en su flanco izquierdo una pinta que en estridente rosa mexicano exige: “NI UNA MENOS”. Es una manifestación espontánea de la multitud que, al exigir el regreso de los 43 normalistas desaparecidos, dio rienda suelta a sus manifestaciones callejeras y llenó de grafitis los pedestales de los próceres. Hacerlos parte de la protesta ciudadana. Que dejaran de ser silentes estatuas de bronce y se unieran al clamor colectivo. La escultura de Ramírez fue la primera de un hombre de letras en el Paseo, y fue inaugurada diez años después de su muerte, en la fecha conmemorativa de la Constitución, el 5 de febrero de 1889, al principio de la tercera administración de Porfirio Díaz. En su edición del día siguiente, el periódico El Monitor Republicano de Vicente García Torres, dio testimonio del hecho de la siguiente manera:

No fue una gran fiesta por supuesto, ni mucho menos; de una manera bien humilde, hemos celebrado el aniversario de nuestra Constitución.

Los pabellones de las naciones amigas izados en las legaciones, las banderas mexicanas en los edificios públicos, el comercio cerrado y nada más.

A las diez de la mañana el Presidente de la República, acompañado de los ministros á un salón que el Ayuntamiento mandó improvisar á la entrada del Paseo de la Reforma.

Allí tuvo lugar la ceremonia de descubrir las estatuas de Ramírez y Valle que se había anunciado oportunamente.

El acto fue breve y sencillo, los discursos de los señores Chavero y Puga alternaron con piezas tocadas por la música de artilleros; al último un joven habló en nombre de los obreros.

En seguida fueron descubiertas las estatuas que son de tamaño aproximado a la estatura humana, de bronce o de una liga parecida. Ignacio Ramírez, el Nigromante, viste al uso moderno, y está ligeramente encorvado, como él era; Leandro Valle de uniforme incompleto de general, como él usaba, ocupan las primeras pilastras de la Calzada y están colocadas las estatuas la una frente a la otra.
Terminada esta ceremonia desfiló la comitiva.

La segunda imagen de Ramírez se encuentra a unos pasos, en el museo que custodia la pintura mural de Diego Rivera, “Sueño de un domingo en la Alameda”. Ramírez se encuentra a la izquierda del mural, en compañía de otros connotados liberales: Benito Juárez, Leandro Valle, cuya escultura, como lo subraya la nota del periódico, se encuentra justamente frente a la de Ramírez; Ignacio Manuel Altamirano, discípulo del Nigromante en el Estado de México. Originalmente, en la pintura de Rivera el pliego sostenido por Ramírez decía: “Dios no existe”, anatema que despertó la ira de las buenas conciencias, lo cual condujo a que durante un tiempo el mural estuviera tras un biombo hasta que el pintor, luego de diversos ataques que incluyeron el daño a su autorretrato, accedió a modificar el texto. Actualmente, en el papel sostenido por Ramírez se hace constar que en la Academia de Letrán, Ramírez dio su lección de ingreso en 1836. El folleto explicativo que se da al visitante a la entrada del Museo defiende la idea de que Ramírez expresó las palabras “Dios no existe”. En realidad, de acuerdo con testigos, pues no existe versión escrita del discurso, la expresión fue No hay Dios, diferente al radical, definitivo y tajante Dios no existe, que sintetizaba el pensamiento laico de su tiempo, la necesidad de encontrar una respuesta científica a los fenómenos del mundo y, como dice el propio pintor Diego Rivera:  

La afirmación no era mía, como creyó mucha gente, sino que en realidad había sidohecha por Ramírez cuando era estudiante ante un público de estudiantes y profesores en la Academia de Letrán… Ramírez afirmaba la tesis de que la humanidad sólo puede avanzar a base de la ayuda mutua, lo que hacía un absurdo de la idea de la ayuda sobrenatural. [ …]

Sección izquierda de “Sueño de una tarde dominical en la Alameda”, Diego Rivera, 1947, fresco mural, Museo Mural Diego Rivera, México. Debajo de Benito Juárez, Ignacio Ramírez sostiene su “Conferencia en la Academia de Letrán”, documento que originalmente expresaba: “Dios no existe”.

Dejemos la palabra al biógrafo de Ramírez, Enrique M. de los Ríos en el libro Liberales ilustres mexicanos de la Reforma y la Intervención:

Presentóse un día a esa academia un joven cuyo traje revelaba pobreza y sus maneras encogimiento de verdadero colegial, con el carácter de candidato. Según el reglamento de la sociedad debía presentarse una tesis de introducción y el joven neófito conforme a esta exigencia ocupó la tribuna y empezó a leer el tema de su discurso. Los socios todos, los hombres llenos de lauros y de fama, se levantaron con asombro fijando sus miradas con avidez en el joven orador cunado éste leyó el tema de su discurso el cual era el audacísimo siguiente: “No hay Dios; los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”.

Empezó el candidato a desenvolver en su disertación una teoría enteramente nueva y osada y de tal manera cumplió su cometido que los viejos de la Academia a pesar del escándalo mayúsculo que había dado el atrevido orador, al concluir este de hablar se pusieron de pie y lo felicitaron, habiendo añadido uno de los Lacunza: “Voltaire no hubiera hablado mejor sobre este asunto”.

Ramírez hubiera subrayado de buena gana el grafiti que en este siglo XXI insiste en la integridad femenina. Vivió en una época en que el machismo a ultranza se imponía sobre las buenas intenciones del liberalismo avanzado. Por fortuna han llegado dos textos salidos de su pluma, “La coqueta” y “La estanquillera”, incluidas en el álbum Los mexicanos pintados por ellos mismos, impreso por Murguía en 1854 y acompañado de litografías del gran Hesiquio Iriarte. Guardan semejanza con textos de naturaleza semejante escritos en otras partes del mundo, cuyo propósito era explicarse el surgimiento de tipos populares, de conductas que estaban modificando la sociedad. Ramírez logra un elogio encendido de la naciente clase media:

La estanquillera vestiría como princesa si sus recursos correspondieran a sus recuerdos y a sus aspiraciones: amiga del lujo, ha conciliado su elegancia con sus escaceses; dos veces al día sujeta su sedoso pelo a los caprichos de la moda; mucho es que tenga una camisa, pero no le faltan tres mascadas, que alternativamente y con estudiado abandono, cubren sus hombros y ciñen con la base torneada de su blanco cuello; la parte superior de su túnica siempre es nueva y está limpia; el resto de su traje es el testimonio de su miseria; ¿pero qué importa? El complaciente mostrador se encuentra firme delante de ella para cubrir las faltas voluntarias y forzosas de la presumida hermosura.
         
Ramírez no fue un hombre de letras. Fue algo menos pero siempre algo más. En palabras de su discípulo Altamirano, “fue periodista, legislador y tribuno, hombre de acción y combatiente”. Y todavía más: “Los que piden de un pensador, a toda costa, un libro compaginado, no reflexionan en que una propaganda diaria y sostenida es más eficaz que un libro: no reflexionan en que los fundadores de una época, los grandes apóstoles de una idea no escriben jamás libros, no tienen tiempo, se ven obligados a mezclar la acción a la palabra”. Por eso una de las obras fundamentales de Ramírez fue el discurso pronunciado el 16 de septiembre de 1861. Luego de la  victoria militar en los llanos de Calpulalpan, en que Jesús González Ortega derrotó a los ejércitos conservadores al mando de Miguel Miramón y con lo que formalmente terminaba la Guerra de Reforma, el presidente Benito Juárez consideró la conveniencia de fortalecer el lenguaje de las armas con el lenguaje de las letras. De tal manera, la conmemoración de la Independencia el 16 de septiembre era una oportunidad inmejorable para fortalecer el liberalismo. Los mejores oradores de la Reforma hicieron su actuación pública en plazas y teatros. A Ramírez correspondió hacerlo en la Alameda, en presencia del presidente de la República. En palabras de Altamirano, “es el panegírico más elocuente de la Independencia y de la Reforma, y una profecía de la victoria definitiva de las instituciones liberales contra sus enemigos”. Más allá de la natural admiración por el maestro, la pieza oratoria de Ramírez despertó el entusiasmo de sus oyentes, como queda demostrado en la apoteósica celebración pública que tuvo lugar después de pronunciado, su publicación al día siguiente en el periódico y su aparición en diversos medios impresos.

Ya Agustín Yáñez subrayaba la necesidad de estudiar detalladamente la oratoria de la Reforma. Si bien ahora es una práctica que por desgracia ha caído en el desuso y se ha llenado de lugares comunes y pereza mental, el discurso de Ramírez sigue vigente tanto por el poderío de sus metáforas como por sus construcciones verbales, su riqueza y originalidad conceptuales. Al examinar la mayor parte de las piezas oratorias del siglo XIX, más allá de su sentido pragmático, se pierde su espíritu original. No sucede así con la pieza del Nigromante, cargada de energía, de conceptos que nos sacuden y nos obligan a estar aquí, a doscientos años de su nacimiento. Los discursos cívicos pronunciados con motivo de la Independencia tenían un fin noble: infundir entre la población analfabeta la importancia de emanciparnos de España. Pero Ramírez iba más allá. Con un gran espíritu de síntesis, explicaba: “…tras de las horas consagradas a la devoción y tras de las falanges de días festivos, encontraba cerrados los puertos por el sistema prohibitivo, incendiada la viña, el tabaco y la morera por monopolios, ocupados los primeros puestos por extraños, y la inteligencia recogidas sus alas y palpitando azorada entre las manos la inquisición”.

Toda generación tiene una figura maldita o heretodoxa: José Joaquín Fernández de Lizardi, Marcos Arróniz, Manuel Acuña, Bernardo Couto Castillo, Jorge Cuesta, Max Rojas, fueron seres de creación excepcionales, marginales por sí mismos. Ramírez encarnó el pensamiento radical y avanzado del liberalismo. Llamarse a sí mismo el Nigromante es una declaración de principios y una actitud ante la vida: se sabía responsable de una generación que debía apostarlo todo o no ofrecer nada. Por eso pudo decir en una parte de su discurso, con pleno conocimiento de causa: “¿Qué cosa es un héroe? Es el hombre que sabe que el derecho de morir se compra con grandes servicios a la humanidad; es el hombre que sabe que las naciones nacen en una victoria; y si sucumbe, es el Satán que lucha todavía, porque el edén de las sociedades es el progreso, y si la espada de un ángel defiende el paraíso, sólo otra espada podrá abrirse paso burlando la tiranía del destino”.

Terminan estas palabras con la descripción de una fotografía en la que Ramírez, de pie, está acompañado de un Guillermo Prieto sentado. Ambos nacieron hace doscientos años, con cuatro meses de diferencia. Ambos se llamaron hermanos a lo largo de su vida. Inclusive proyectaron escribir unos Misterios de México, a semejanza de los que Eugenio Sue escribió sobre París. No lo hicieron los mexicanos, pero a lo largo de su fecunda existencia ambos revelaron los misterios de un México que no acabamos por fortuna de descifrar, pero al cual dotaron de rutas para transitar, de caminos para que las palabras libertad, reforma, independencia recuperen su significado original. En febrero de este año recordamos el bicentenario del natalicio de Prieto. Estuvimos en la Rotonda donde a unos pasos de Prieto arde el polvo enamorado de Ramírez, y descubrimos con satisfacción que la escultura de Guillermo Prieto se encuentra justamente bajo la ruta por donde atraviesan el cielo los aviones, de tal manera que su espíritu sigue navegando en la modernidad. Ramírez aspiraba a que la Reforma la expresara “no mi humilde voz ni un envejecido oráculo, sino la electricidad en el telégrafo, la luz en el daguerrotipo, el vapor escapándose de la locomotora, la imaginación entre las galas de la poesía, y los escritos de la ciencia que la imprenta desencadenó con mano generosa”. Ahora la energía eléctrica que atraviesa instantáneamente el ciberespacio, transmite su rebelde patriotismo. Por eso está más allá de la estatuaria que lo representa, y es tan vigente y tan moderno en un México que lo reclama y hace suyo.

 

Vicente Quirarte
Poeta y ensayista. Es autor de Elogio de la calle, entre otros títulos.

 

  

 

 

 

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