La única recomendación artística que no te puedes perder esta semana.

Este mes, en distintos espacios de la ciudad, está teniendo lugar el festival de danza contemporánea y performance Encender un fósforo, un foro múltiple y plural en el que estas disciplinas reflexionan sobre su esencia, entorno y perspectivas.

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La danza contemporánea en México lleva varios años haciéndose preguntas. Los temas, métodos y formas escénicas sin duda están en cuestión, aunque también el lugar de las artes en el mercado laboral, frente al público y con sus pares. Sin embargo, quizás lo más característico de las inquietudes de coreógrafos, intérpretes y colectivos independientes —concepto que también se diluye en interrogantes— en activo, es que estas preguntas han resultado en investigaciones complejas y de cuyo proceso participa cada vez más el público. Ejemplos nacionales que vienen pronto a la cabeza son Foco al Aire o el Colectivo AM.

Este hecho ciertamente trasciende a la danza: las propuestas artísticas que son más bien inquietudes puestas en escenarios y no productos “acabados” están en el teatro y, por supuesto, en las artes plásticas y visuales. También es cierto que esto ocurre desde hace décadas y que los públicos no se acostumbran al cierre del telón —o a salir del museo— asumiendo la dimensión en construcción e inacabada de lo que acaban de ver. En medio de tanta indefinición, los propios creadores se preguntan, como Flor Firvida, una artista escénica y del performance que llegó de Argentina a México para continuar su trabajo artístico: “¿Qué espacios y modos de relación podemos construir para este tipo de procesos?”.

Por eso, esfuerzos como el de Encender un fósforo, festival de danza contemporánea y performance organizado por Alma Quintana, Marta Sponzilli y Silverio Orduña, que está teniendo lugar en varios espacios de la ciudad a lo largo del mes de mayo, son interesantes, valiosos y sobre todo pedagógicos.

Lo último es doble en el caso de Encender un fósforo porque en realidad parte de un diplomado para artistas jóvenes iniciado en 2017, cuyo nombre preguntaba de hecho “¿Cómo encender un fósforo?” para incitar la reflexión colectiva de varias de las interrogantes que plantea el quehacer artístico hoy. Una de las participantes es Julia Barrios, coreógrafa e intérprete que acaba de regresar a México después de estudiar y trabajar en los Países Bajos, quien cuenta que a su regreso se encontró con un contexto artístico y dancístico tan diferente que su propia práctica se vio problematizada; entonces buscó “un espacio de reflexión para entender cómo usar las preguntas hacia mi desarrollo artístico así como para indagar cómo podía reflejar mi práctica artística y hacerla relevante dentro del contexto mexicano”.

Pero el resultado es pedagógico también para los espectadores, y no solo porque una de las obras incluya una clase de zapateado. Es una muestra de las preguntas y resoluciones a las que están llegando los artistas jóvenes en México, de los nuevos espacios que pueden ser colonizados por la danza —hace una semana presentaron un performance en la Glorieta Insurgentes, pero también estarán en el Museo del Chopo— y de las formas en que las geografías y las disciplinas se están encontrando unas a otras hoy. Participan artistas de distintos lugares que además son coreógrafos, intérpretes de danza folklórica, artistas sonoros, filósofos o científicos sociales. “Y la diferencia los une”, explica Silverio Orduña.


Parquear Bando, obra de Thembi Rosa (artista invitada a Encender un fósforo). Fotografía de Alejandra Ibáñez (participa en el festival con la pieza Paisaje del encuentro). El performance Parquear Bando se presentará el sabado 19 a las 17h en el Salón de Danza del Centro Cultural Universitario.

 

Todo coreografiado

La intención fundamental de Encender un fósforo es hablar de la coreografía. No en su acepción relacionada con la danza clásica que busca el orden de los cuerpos de manera premeditada, autoritaria y con un criterio primordialmente estético que resulta en filas de bailarinas —da igual si son cisnes, flores, copos de nieve o Willis— inmóviles y acalambradas. Tampoco es una idea de coreografía que se circunscriba al escenario. Su idea es ver “la escritura del cuerpo en el espacio”, asumiendo que esa es una práctica que va mucho más allá de la disciplina dancística (incluso en sus variantes más contemporáneas). Como explica Orduña, los cuerpos y los objetos se distribuyen de muchas formas en el espacio, por lo que “el diálogo entre prácticas y ‘producires’ artísticos coincide en la indagación sobre la coreografía”.  En este sentido, las obras que produjo el diplomado están lejos de ser tradicionales, y se vinculan más a lo que sucede hoy en el arte conceptual.

Los estudiantes trabajaron alrededor de ejes que se preguntan por la construcción corporal de la identidad, la relación entre cuerpo y objeto, el espacio público y el arte contemporáneo. Las piezas llevan estas cuestiones mucho más lejos. Por ejemplo, está la obra colectiva Paisaje del encuentro que interroga las economías del tiempo a través de la pausa y la lentitud. Cuenta Ambar Luna, una de las creadoras, que en el acto involucraron la lengua, el olfato y el tacto con la presencia de toronjas, un recurso poco común para una pieza de danza. La artista de Querétaro insiste en lo importante que fue en su proceso adaptar el método de investigación a la búsqueda que tenían y no dejar que fuera preestablecido disciplinariamente.

Por otro lado, Yessica Díaz, quien junto con Engelbert Ortega, creó la pieza A-Ser que explora la materialidad de los cuerpos por medio de un proceso de amasado a través del cual afectan y son afectados, cuenta que durante más de catorce años se había dedicado a abordar la comida como medio para proponer algo y que el proceso de Encender un fósforo es lo que le ha permitido llevarlo más allá: “hasta ahora me estoy preguntando sobre el cuerpo y sus relaciones con la comida”.

Otra pieza colectiva es Ensayos fakelóricos de Patrick Trigoso, Carmen Maya, Alberto Montes y Rosa Landabur, una crítica a los conceptos de identidad, nación y la danza folklórica como proyecto nacional que los artistas plantean a partir de desmontar la técnica del zapateado y la irrupción del charro y del mariachi. Landabur, de Chile, presenta también Nuevo Zoologique Mexicano, que sigue una investigación en torno a los zoológicos humanos que se realizaron en Francia a fines del siglo XIX. La obra es un cruce que ella describe como “bastardo” entre esa investigación sobre los zoológicos humanos y su experiencia: “la reflexión sobre la contemporaneidad mexicana, principalmente en el contexto de la danza y su folclorización como espectáculo y divertimento para la mirada del extranjero”.


Ensayos Fakeclóricos. Fotografía de Alejandra Ibáñez (participa en el festival con la pieza Paisaje del encuentro).

 

Y para completar la muestra de variedad: Julia Barrios, Flor Firvida y Mariana Landgrave, bajo el nombre de Colectivo Moho, desarrollaron Derivaciones y Sabi. Ambos proyectos, a modo de performance, buscan relacionarse con aspectos específicos de la materia orgánica y los objetos de la vida cotidiana. La primera obra reevalúa los valores de uso, caducidad y consumo de los objetos de la vida cotidiana, y la segunda es un “performance duracional” que consiste en hacer un tejido de manzanas (¡otra vez frutas!) a lo largo de seis semanas. Vemos a las artistas continuarlo in situ durante una hora, agregando manzanas nuevas a las que se han ido deteriorando.

 

Rigidez artística e instituciones

El conjunto de piezas también logra otra de las cosas que se propusieron los organizadores del proyecto: intervenir la rigidez de los límites que existen entre las artes. Orduña explica que en la última década se ha considerado la posibilidad de que los medios artísticos se flexibilicen y habla específicamente de la inclusión de bailarines o coreógrafos a los espacios museísticos (podemos citar a Jérôme Bel y a Xavier Le Roy, quien estará pronto en el museo Jumex). Orduña cuenta que el festival, si bien es de danza, acabará con una pieza performática, pero que vive en museos, realizada por la artista argentina Amalia Pica en 2015, titulada Asamble.

A este festival en particular lo apoyan diversos espacios e instituciones. El Goethe Institut-Mexiko, el Espacio X del Centro Cultural de España en México, el Auditorio del MUAC, el Teatro de la Danza del Instituto Nacional de Bellas Artes, el Salón de Danza de la UNAM, el Foro del Dinosaurio y otros espacio del Museo Universitario del Chopo. Sin embrago, a la pregunta obligada de cómo sienten estos artistas que las instituciones culturales en el país acompañan sus trayectorias, en muchos casos incipientes, la respuesta es que no muy bien, aunque cada vez haya más espacios de colaboración. “Las instituciones son, en gran medida, las personas que las dirigen y que trabajan en ellas, e ir abriendo diálogos es muy importante”, dice Ambar Luna. Por parte, Yessica Díaz cree que “las instituciones que han creado un imaginario triunfante de legitimidad en el arte son complicadas, pero cada vez hay más opciones de colectivos con cierta autonomía o interés por hacer las cosas de otra forma en la medida de lo posible”.

Encender un fósforo quiere ser “un agente de cuestionamiento y disenso”. Además de lo ya comentado, sobre algunas de las dinámicas económicas, políticas y laborales de la danza: “una generalidad son las condiciones de precariedad en las que se hace danza en México. Los salarios por proyectos, la falta de seguridad social, las difíciles condiciones para generar la movilidad de las piezas. Creo que es ahí donde todas tenemos un gran reto” piensa Luna. Contrasta con lo que dice Flor Firvida sobre otras realidades en América Latina:

“No puedo dar un visión del panorama general de la danza en México, pero podría decir a grandes rasgos que aquí hay una mayor presencia de lo institucional y por lo tanto un sostén o apoyo en el cual lxs artistas se recargan, y esto puede ser mejor o peor según cómo se vea. En Buenos Aires hay una fuerte comunidad de la danza independiente y una idea, ya hace muchos años, de lo independiente como parte de nuestra identidad como artistas”.

El ejercicio motivado por Encender un fósforo resulta en más interrogantes. Algunas que responden al estado de la cuestión de las artes hoy: ¿cómo crear un mejor intercambio artístico y aprovechar los espacios que cada vez le abren más sus puertas al movimiento?, por ejemplo. Otras son autorreferenciales en el mejor sentido, pero las hay viejas y urgentes al mismo tiempo: las que conciernen al futuro de la danza en México y lo que es más, a sus bailarines.

Y frente a todo ello, ¿qué tiene que decir el público?

 

Ana Sofía Rodríguez
Editora de nexos en línea.