En gran parte del mundo el inicio de año se corresponde con una fantástica y por veces aterradora forma de beber. Al término de nuestro maratón más importante, el Guadalupe-Reyes, es tiempo de detenerse un momento para averiguar cuáles son las magias y misterios de ese padecimiento sin solución: la bebida y su eterna escudera, la cruda. Porque si el consumo de alcohol data de la Edad de Piedra, la sed incurable que nos embarga en estas fechas, como en tantas otras, es por lo tanto una de nuestras más longevas y presentes tradiciones humanas. ¡Salud por estos cinco libros!

Bajar a los infiernos y salir con vida

Empezar con el siguiente título no se debe al placer del aguafiestas sino a la búsqueda de una solución para el problema del alcohólico que vuelve a la “normalidad” y regresa a la vida, ahora y para siempre, sobrio. Hugo Hiriart, dramaturgo y narrador, descendió a los infiernos del alcoholismo, como tantos otros artistas, del cual se tuvo que curar no tanto para salir adelante sino por seguir con vida. Su libro es una guía certera y una explicación elocuente, coloquial, de los caminos de la enfermedad que padece el alcohólico, el que ha dejado de beber por gusto y lo hace por las formas de la necesidad en que se han convertido sus miedos, sus angustias, su ansiedad.

El punto de partida del escritor, ajeno a remedios psicológicos o clínicos, es fundarse en la voz de su propia experiencia, con suficiente autoridad para lanzarse al ruedo. El siguiente paso es el reconocimiento del alcoholismo como una enfermedad común: no es un asunto de avidez, falta de voluntad, vicio ni debilidad de carácter. Así enseña por qué ciertas personas deben imperativamente dejar de beber y cómo su entorno debe entenderlos y acompañarlos en un proceso tortuoso, comparable a un laberinto sin salida. Pero más que al que convive con alcohólicos familiares o amigos, las páginas de Hiriart están dedicadas a los que han perdido totalmente el control de su bebida y que hallarán aquí un manual didáctico sin fecha de caducidad, sincero y directo, de cómo seguir la vida sin alcohol. Con los años, el autor se mostró arrepentido de algunas omisiones en su libro: entre ellas, el no haber dedicado suficiente tinta al problema central neurológico de la ansiedad del paciente.

Hugo Hiriart, Vivir y beber, México, Tusquets, 2006, 102 p.


El Santo Grial de los remedios

Así como los esquimales tienen siete palabras para nombrar la nieve, cada país tiene su expresión obligatoria y altamente locuaz para expresar lo que en México llamamos “cruda”: la “resaca” en España, “hangover” en inglés o “gueule de bois” (“hocico de madera”) en francés. Después de siglos de desarrollo científico y médico, el Santo Grial sigue oculto y los remedios caseros son tan abundantes como las variedades etílicas que los suscitan. Ante este maremágnumde recetas, Andrew Irving se propuso recopilar los mejores métodos alrededor del mundo, consultando borrachos especializados de todas las edades y reuniendo a los más aclamados expertos en la materia: los bartenders. Las variedades de “cura” son sorprendentes: desde el Thomas Abercrombie (incluye dos Alka-Seltzers en un tequila doble) hasta jugos concentrados y huevos crudos de un sorbo.

Para los que dudaban de que la resaca es toda una ciencia, estamos aquí en el terreno del pragmatismo absoluto, en manos de un médico especializado en padecimientos hepáticos que, junto a las más de cuarenta recetas extravagantes, se ha tomado la molestia de agregar todo tipo de detalles divulgativos sobre los efectos devastadores de los elixires cantineros en el cuerpo. Además, el libro incorpora imágenes de actores de Hollywood en estados deplorables que les recordarán esos días en que tenían la cosquillosa sensación de haber sido arrollados, la noche anterior, por un convoy militar nazi. La curiosidad del Dr. Irving lo lleva hasta a un tema de investigación que apasionará a más de un tesista somnoliento: la historia de los remedios crudescos que remonta hasta la Antigüedad.

Andrew Irving, How to Cure a Hangover, Max Press, 2005, 224 p.


El borracho más genial de su época

Kingsley Amis tuvo tal afición por la bebida que se llegó a autoproclamar uno de los más grandes bebedores de su época. El alcohol despertaba en él una curiosidad insaciable. Autor de tres libros sobre el trago, Amis llegó a ser toda una autoridad en la materia: caracterizó la cruda “física” y la “metafísica”, propuso remedios originales y estudió los rituales del alcohol como nadie. Para él no había duda de que la preparación de bebidas embriagantes era uno de los zoclos de la civilización y seguía siendo, a nuestras alturas, una de sus trabes maestras: solo la generosidad y el buen trato pueden afianzar la vida alcohólica.

En Sobrebeber, el caballero inglés afila sus pensamientos mediante el roce de su fino arte de la ironía para servir una serie de cocteles explosivos en los que profundiza en la existencia del crudo y los libros reconfortantes que debe leer, aún más crudos que su estado de salud mañanera; crea fórmulas para evitar los compromisos de la bebida o teoriza sobre la tacañería y su relación con las copas. El borracho jovial y jocoso que rezuma erudición y sapienza etílica aparece en estas páginas como un verdadero guía espiritual de buró o de cantina, según el temperamento, cuyas ocurrencias son imperdibles: por ejemplo, la situación de Gregorio Samsa esa mañana, convertido en un ser indigno, es —según Amis— la mejor representación literaria de una cruda.

Kingsley Amis, Sobrebeber, Barcelona, Malpaso, 2015, 328 p. [Leer la introducción aquí y un extracto del libro aquí].


Elogio de la poesía y el vino

Es un inagotable tópico: Dionisio, regordete y risueño, embriaga a la comunidad, vierte y reparte el vino de la concordia y la inspiración. Dionisiacos fueron los poetas malditos franceses y, de ahí, de Darío a Hemingway, la lista no para de extenderse. Pero de los escritores briagos, los poetas siempre atribuyeron a ciertos elíxires la sinuosa aparición de sus musas. Ya en la Biblia, El cantar de los cantares destaca que los placeres de la amada son solo mejor que el vino. En esa raíz de cultura vinatera y obviando la sangre de Cristo, hay que darle gran cabida a Oriente: para cierta rama del sufismo, el vino abre las compuertas del éxtasis. Eso sucede en los inmortales versos del Rubayat de Omar Khayam (1048-1132), un poeta persa del siglo XII cuya trascendencia se percibe desde San Juan de la Cruz hasta Borges. El Rubaiyat debe tener unas doscientas traducciones al castellano y es imposible no encontrarlo en cualquier librería como uno de los clásicos de la poesía universal.

Los Rubayat, poemas en cuartetas, de factura directa y depurada, se concentran en el goce del instante y la sencillez de la vida frente a la frivolidad de las riquezas y el poder. El vino es el elemento filosófico que congrega el placer instantáneo y aparentemente hedonista. Es en realidad una metáfora hilada del éxtasis místico encontrado en el amor divino. Sus cantos al vino son los cantos a la belleza del presente fugitivo y a la sabiduría de la plenitud gracias a la conciencia de la vanidad de la vida: “Elogia la alquimia del vino, capaz de ahuyentar de un solo trago más de mil sufrimientos” (versión de un rubayat en prosa de José Emilio Pacheco).

Omar Kayam, Rubayat, versión de Clara Janés y Ahmad Taherí, Madrid, Alianza editorial, 2013, 208 p.


El mural de los ebrios ilustres

Siguiendo con el tópico del alcohol y la escritura, un ensayo de finales de 2017 se dio a la tarea exquisita de elaborar un gran fresco de esa relación, que se columpia entre la lucidez, la alegría, la enajenación y el suicidio, entre los escritores y el trago. Con erudición y un piquete adecuado de anécdotas y humor, Alcohol y literatura responde, en la pluma de Javier Barreiro, a la pregunta inicial de por qué, entre todos los artistas, los escritores resultan ser los más apegados a la bebida y los que, por ende, más acaban sufriendo sus estragos depresivos y nerviosos, como si la creación literaria implicara una búsqueda en el fondo de las botellas. Aunque el autor se remonta a la embriaguez de Anacreonte, su trato es con los escritores dipsómanos contemporáneos de los cuales establece hasta una tipología: los “malditos”, como Malcolm Lowry y su himno delirante al mezcal que es Bajo el volcán, o el legendario Dylan Thomas, que se mató por culpa de esos míticos 18 whiskies derechos; los “compulsivos”, tímidos y obsesivos como Juan Carlos Onetti; los “bon vivants” de tipo más bien sibarita y refinado, como Norman Mailer.

En el panorama que construye Barreiro no faltan tampoco los lugares de borrachera: bares, tabernas, pubs y otros antros del mal son el punto de encuentro de los dipsómanos ilustres que crean para fuera y destruyen sus adentros. El ámbito hispanoparlante es una de las vetas de interés del libro, que depara buenos estoques, como por ejemplo el hecho de que a Neruda le sugirieron cambiar el título de sus memorias (Confieso que he vivido) por uno más realista y honesto: Confieso que he bebido.

Javier Barreiro, Alcohol y literatura, Palencia, Menoscuarto, 2017, 280 p.